En este artículo, exploraremos diversos temas, desde los horarios de Tesco West Brompton hasta las reflexiones personales de una abogada llamada Laura y un caso legal intrigante. También nos adentraremos en las experiencias de otros personajes y situaciones que se entrelazan en esta narrativa.

Las Reflexiones de Laura en Ashburton
Las postales son francamente horribles, pero Laura las escribe con cariño en la mesa de una cafetería de la calle principal de Ashburton, mientras saborea un té de Ceilán cortado con leche caliente y espera un bocadillo de ensalada de gambas acompañada de una Pepsi. Un menú perfectamente aceptable para un pueblo perdido de Devon. Ignora dónde dormirá esta noche, y le agrada la idea. ¡Qué más da!. El miedo te hizo ver alucinaciones, Laura, aquí en el campo estarás a salvo hasta que amaine la tormenta. James tenía razón, lo importante es mantener siempre la cabeza fría, aislarse y observar los toros desde la barrera, como si tú no fueras el protagonista.
Selecciona la vista más bonita del Parque Nacional de Dartmoor y escribe unas líneas a su amigo, cariñosas pero escuetas. Las restantes postales al azar, según van saliendo. A su madre que la encontrará cuando regrese de las vacaciones en Fiji-, A Wise, Ferguson y McGimpsey -los tres socios del despacho-, a dos secretarias y una chica del gimnasio con quienes sale de compras de vez en cuando, al señor Montgomery, profesor de derecho mercantil en Oxford, su ‘padrino’ de la universidad y a quien todavía plantea consultas de trabajo… Escribe con alegría, como si estuviera de vacaciones, mientras acaba el bocadillo.
¿Qué vida escoges, Laura? No le desagrada la idea de trabajar a todo tren. El ambiente en el bufete es bueno, los jefes son tres señores de cierta edad que la tratan como si fuera su nieta. Mordisquea el bolígrafo y medita. Tal vez nadie haya asumido aún el caso de ‘Finney contra Johnson Enterprises’.
El Caso 'Finney contra Johnson Enterprises'
El viento derrumbó los andamios de un edificio en Wapping, barrio industrial del este de Londres, y una de las vigas metálicas cayó justo sobre la cabeza de un transeúnte, provocándole daños cerebrales. Pide medio millón de libras de indemnización, porque perdió su empleo como controlador de crédito, tiene mujer y dos hijos adolescentes a punto de ir a la universidad, y la pensión estatal que recibe es ridícula. La empresa alega que la estructura estaba bien instalada y cumplía los requisitos mínimos de seguridad, y confía en sus abogados -‘Wise, Ferguson y McGimpesey’- para que minimicen la compensación por daños y perjuicios.
No resulta un caso fácil, el argumento obvio es que fue un accidente impredecible, provocado por unas ráfagas extraordinarias de viento en un día de temporal, y que la culpa no se le puede atribuir a ‘Johnson Enterprises’, por muy trágico que haya sido el suceso y muy desafortunada la situación personal del pobre Finney. Al fin y al cabo no era ningún angelito, un miserable controlador de crédito, vaya trabajo repugnante, habrá privado a muchos del dinero para una hipoteca, o un coche… Tal vez incluso sería posible desviar la culpa hacia el ayuntamiento, por no haber previsto el mal tiempo y prohibido el paso de los peatones por la acera, argumentos más retorcidos se tragan los jurados…
Laura mira el reloj. Necesita volver al coche si no quiere que le pongan una multa y enriquecer absurdamente en treinta o cuarenta libras al ayuntamiento de Ashburton. Hace un gesto pidiendo la cuenta. Dar señales de vida, saludos a todos. ¿Alguien se encarga ya de ‘Finney contra Johnson Enterprises’?. Primero llamaría al viejo Montgomery, para pedirle su opinión. Los casos de indemnizaciones y responsabilidad civil son casi siempre impredecibles, pero es esencial vislumbrar cuando menos un atisbo de victoria, creer en un plan de acción. El juicio ha sido fijado para mediados del próximo mes y resulta concebible que nadie lo haya hecho suyo todavía, aunque los abogados de Finney deben estar ya en contacto para explorar las posibilidades de un acuerdo extrajudicial.
¿Con qué cantidad se conformarían?. ¿Cien mil libras, ciento cincuenta mil?. McGimpsey tiene bastante con un lío de expropiaciones de tierras para la ampliación del metro en el que lleva ya metido un año. Y no imagina a Wise ni a Ferguson ocupándose de una minucia como la suerte de ‘Johnson Enterpirses’. Por fin aparece la camarera con la cuenta. Le gustaría seguir soñando pero apenas tiene cinco minutos para llegar al aparcamiento. Guarda la agenda y recuerda el fajo de cartas aún sin abrir. Pensaba leerlas durante la comida, pero se entretuvo con las postales. Bueno, si llevan un par de semanas en la maleta bien pueden aguantar hasta esta noche. Se levanta, dejando una libra de propina en la bandeja.
Las Actividades de Andy en Londres
Cuatro horas escasas de sueño y una pequeña cabezada en el avión hacen que Andy esté agotado. El vuelo de Bruselas sale a las dos y cuarto de Heathrow, pero antes tiene que hacer un montón de cosas. Conecta Sky News en la televisión y aparecen los mofletes y la cabellera rubia tan familiar de Reginald Leafe (son imágenes de archivo, porque estaba mucho más delgado). Esta tarde se espera el anuncio de un ‘desarrollo importante’ en el ‘caso Patel’. Por lo demás terroristas protestantes matan a una familia católica en los suburbios de Derry con una bomba de gasolina, los habituales enfrentamientos entres palestinos y el ejército israelí en Gaza, el temporal de lluvias cierra numerosas carreteras en Escocia, los sindicatos amenazan con recortar sus contribuciones al partido laborista en vista de que se ha vuelto tan de derechas como Thatcher…
Andy se pone el chandal y las zapatillas de deporte, baja a la cocina, muele café y exprime cuatro naranjas. Baja a la carrera hasta el Belsize Village y compra los periódicos sin dar pié a que Samur, el quiosquero, le entretenga. Hoy no es el día. La cafetera echa humo. Hojea la prensa con el desayuno unas tostadas y un pomelo ligeramente azucarado- y sube al despacho. Encuentra el escritorio cubierto de recibos agrupados en montones. Separa los del viaje a Amsterdam y los introduce en un sobre. Prepara la bolsa de viaje con la seguridad y la rapidez de quién pasa casi más tiempo fuera que en su casa. Indumentaria de deporte, ropa interior, camisas, una corbata, una chaqueta, unos pantalones de vestir, aspirinas, el neceser, el pijama… Repasa su lista y se da por satisfecho.
Enciende el ordenador y entra en su correo. Nada de Laura. Comprueba que el pasaporte, los billetes, la agenda telefónica y el dossier de Julia van en el bolsillo lateral del maletín. El reloj de cuco del salón da las once, aún tiene una hora. ¿Qué mejor forma de matar el rato que un Celtic-Rangers de no se sabe cuándo?. Aguanta quince minutos y pierde la paciencia. Cero a cero, mucha pasión y poco fútbol. Avanza la cinta hasta el final, cuando los jugadores se estrechan la mano y desaparecen por el túnel de vestuarios. En la esquina superior izquierda de la pantalla se lee 2-2. ¡Vaya partidazo!. Tiene que ser el ‘derby’ de octubre en Ibrox, porque no es un resultado que se dé todos los días. Avanza la cinta un poco más y aparece un partido viejísimo, de finales de los sesenta o principios de los setenta, por las camisetas ceñidas y el corte de pelo de los jugadores. Quizá la última vez que se enfrentaron Fulham y Manchester City.
No figura todo el encuentro, tan sólo ocho o diez minutos. El ‘minicab’* sortea como puede el tráfico de Swiss Cottage cuando Andy cae en la cuenta de que olvidaba algo fundamental. Pide al taxista que dé media vuelta y regresa a casa. Desconecta la alarma, sube al despacho y de un cajón extrae el sobre con las fotos de James en Amsterdam, las que recogió en Victoria haciéndose pasar por Míster Delport.
La Llamada de Andy a Maite
- Julia, soy Andy. Voy ya camino del aeropuerto. El avión de Bruselas lleva retraso. ‘British Airways’ echa la culpa a una huelga de celo de los controladores aéreos franceses, pero cualquiera sabe. - Centro de Asistencia a las Mujeres Víctimas de la Violencia Doméstica. - Buenos días. - Yo soy Maite, y no recuerdo a ningún amigo que se llame Andrew. - Perdone, señorita. Tiene razón, no nos conocemos -dice Andy en tono afable-. - Claro interrumpe la voz del otro lado del teléfono-. Y alguien le contó que estaba liada con él… Viejas chismosas… Pues permítame decirle que no es asunto suyo. - Me llamo Andrew Brotherton y soy abogado dice Andy con firmeza-. - ¡Ay, que me va a dar hipo! exclama Maite en castellano cuando finalmente consigue controlar las carcajadas-.
- Perdone, ¿qué le decía?. Ah sí… Pues ese tipo de casos eran el pan nuestro de cada día, lo que le daba de comer. Tenía tres o cuatro clientes fijos, firmas importantes que le pedían informes sobre la vida y milagros de los miembros de un jurado, dónde trabajaban, sus trapos sucios. - ¿Qué otro tipo de asuntos llevaba Horan? - Nada de asesinatos ni cosas parecidas, qué va. (La compañera vuelve a preguntar a gritos por la carpeta. - ¡Qué pesada!. - Venga, pero deprisa. - Deje que piense… No se me ocurre nada más… ¡Ah sí!. Una vez me contó que tenía como cliente a unos grandes almacenes, los propios empleados robaban los televisores y los videos y los vendían en el mercado negro. También colaboraba con el Departamento de Servicios Sociales de Camden, o Islington, o algún barrio de gente bien, observaba a los parados y a los asilados políticos, para detectar si por un lado recibían dinero del estado y por otro trabajaban en negro, cosas así…
No gastaba mucho en anuncios, eso seguro, creo que tan sólo en periodiquillos baratos de barrio, y de vez en cuando en el ‘Time Out’*, así que raramente llamaban los clientes a la puerta. Los casos de maridos cornudos eran una excepción, aunque nos divertíamos mucho cuando nos los contaba. - ¿Recuerdas a una chica bastante guapa, morena, de pelo liso y media melena, metro setenta, delgada, elegante?. - Sí, ahora que lo dice. Quería saber si su marido se la estaba pegando con otra, ¿cierto?. - ¿Qué ocurrió? pregunta Andy con calidez, como si de verdad le interesara la suerte del detective-. Andy no dice nada, esperando que sea ella quien retome el hilo, siente que acaba de tocar una fibra sensible. - No quiero parecer sensiblera dice por fin Maite-. Nuestra relación se resumía en tomar café y un bocadillo, ir al pub o al cine, alguna vez me acompañó a casa, alguna vez fui yo a la suya. Los dos somos mayorcitos, nos reíamos juntos, compartíamos confidencias, y yo hubiera dicho que éramos amigos.
Pero desapareció sin decir palabra. - Dijo que estaba aburrido de trabajar como investigador privado. - No. Y la verdad es que no creo que fuese cierto, o tal vez sí, no hay quien entienda a los hombres. Nunca antes habló de cambiar de trabajo o dejar la oficina, por lo menos a mí. Una mañana pasó para anunciar que se iba a una empresa de seguridad. Era un día de mucho movimiento y no me enteré muy bien. Evitó mirarme a los ojos. - ¿Tienes el teléfono de su casa? - No tiene teléfono en casa. En realidad no tiene casa. - En una marina, más allá de Sunbury. Es un nombre complicado, tendría que mirarlo. Ancla allí un yate pequeñajo, poca cosa. Es su ‘hobby’. Le llamo de vez en cuando al móvil pero parece desconectado explica Maite-.
La Paranoia de Laura y la Búsqueda de 'Carter'
Laura mira por los retrovisores cada quince o veinte segundos, de un modo casi obsesivo, pero ni rastro del Mercedes. Podía imaginar muchas cosas, pero nunca que una pandilla de chinos fueran tras ella. ¿En qué andabas metido, querido James?. Se muere de hambre, necesita hablar urgentemente con Andy y opta por hacer un alto en Ashburton, la localidad más grande de la región. Deja el Range Rover en un gran aparcamiento público al aire libre, paga un ticket para una hora, lo coloca en el parabrisas y convence al perezoso ‘Carter’, adormilado en el asiento de atrás, de que la acompañe. Abre el maletero y saca el fajo de cartas sin abrir que recogió en la oficina de Correos de Notting Hill. Podría echarle un vistazo mientras toma un bocadillo.
Es un pueblo agradable con su iglesia en lo alto de la colina, un ayuntamiento antiguo y noble, oficina de información, casitas estilo Tudor, en fin, lo típico. Se nota que no es época vacacional, con poca gente en las calles y todos ellos nativos. El mercadillo es encantador, un conjunto de puestos de fruta que no brilla artificialmente como la de Londres, carnes y pollos orgánicos, libros usados, platos de cerámica y artesanía de madera. Se fija en un atril que le gustaría a James… Pero James ya no es parte de tu vida, Laura. ¿Cuándo lo vas a aceptar?. Enfila la High Street de Ashburton en busca de una cafetería animada. Se le antoja ensalada de gambas con pan integral y una Pepsi Max, por ejemplo. Y de postre una barrita de chocolate.
Se detiene a mirar el escaparate de una tienda de ropa. Desde luego la moda de Devon no es la de Bond Street, y sus diseñadores quieren vestir a todo el mundo como campesinos, aristócratas frustrados, cazadores de zorros…. Distingue a través del cristal a un dependiente que gesticula y habla animadamente con dos hombres. Ve sus caras de refilón. Son orientales, parecen los mismos del coche. Le entra un tembleque. Tienes que acabar con esto, Laura, así no puedes vivir. ¿Te creías una heroína de película de James Bond?. Busca a ‘Carter’ en todas direcciones, pero el muy travieso ha desaparecido. “No te me pierdas ahora, por favor, no me hagas esto, tenemos que irnos”. Rompe a llorar en plena calle, desquiciada de los nervios. Los peatones la miran, pero nadie se dirige a ella.
Espera a calmarse un poco, se limpia la cara con un ‘kleenex’ y regresa al mercadillo en busca de su perro. Lo llama a voz en grito, ante la mirada crítica de un personal acostumbrado a la calma apabullante del campo y que detesta cualquier alteración del orden establecido. Busca en todas direcciones, pero es difícil distinguir al animalito entre la marea de gente que pulula por los puestos de carne, verduras, quesos locales, antiguallas… Sale a la calle principal y otea el horizonte. Ni rastro. Inhala su ‘Ventolín’, jadeante, y comprueba que está casi agotado. Y en ese momento ve a los dos hombres de la tienda que se mezclan plácidamente con un grupo de turistas japoneses, con las cámaras digitales y los videos en miniatura colgados del cuello, y suben al autocar de dos pisos que los espera. ‘Carter’ se pasea entre ellos, olisqueando los zapatos. El perro mueve la cola al verla venir, y Laura respira de alivio. Estás paranoica. ¡Pensabas que unos simples turistas iban a por ti!. Ahora puedes disfrutar tranquilamente de tu bocadillo y tu coca-cola.
El Apartotel The Harrington - Gloucester Road
Alojamiento de 4.0 estrellasApartotel con gimnasio abierto las 24 horas, cerca de Museo de Historia Natural ResumenUbicaciónPreciosServiciosPolíticasThe Harrington - Gloucester Road - 1 Harrington Gardens goza de una ubicación excelente, a solo diez minutos a pie de Museo de Historia Natural y Imperial College London. Los apartamentos disponen de cocina básica, wifi gratis y mesas de comedor. La amabilidad del personal y su buen estado general marcan la diferencia entre los viajeros. Este alojamiento se encuentra a muy poca distancia del transporte público: Estación de metro Gloucester Road está a 3 min y Estación de metro South Kensington, a 8 min.

Reflexiones Finales
Por la Kensington Church Street no asoma un taxi ni por de casualidad, tendrá que ir andando hasta el metro. Pasa ante una casa de apuestas, ‘Coral’, y decide aprovechar para hacer unas cuantas preguntas. Tal vez luego tenga más suerte con el transporte. El panorama en el interior es pura decadencia. Media docena de personas de pié, pendientes de las c...