Kawasaki, una empresa japonesa conocida por su diversidad de productos, desde motocicletas hasta tecnología aeroespacial, se distingue por una cultura de innovación y vanguardia. Este espíritu se manifiesta en sus proyectos ambiciosos y su influencia en diversas áreas, desde la movilidad hasta el arte y la música.

El Innovador Sistema de Movilidad Híbrida "ALICE SYSTEM"
Para abril de 2025, Kawasaki tiene guardado un proyecto secreto que ya no es tan secreto, y que llega directamente desde fuentes japonesas. Según Webike, la fábrica de Akashi tiene preparada la presentación de su nuevo sistema de movilidad híbrida, "ALICE SYSTEM". El nuevo sistema de propulsión nipón está equipado con un motor biturbo de presión creciente desarrollado por Kawasaki. Y a grandes rasgos, servirá para equiparlo en motos, coches, aviones y hasta en barcos. Más o menos. La misma fuente "confirma" que Kawasaki expondrá en el próximo Salón Internacional de Japón 2025 el "ALICE SYSTEM".
En esta ocasión hay que tener altura de miras y no quedarse con que se trata de un simple motor. Básicamente, la explicación es conectar varias herramientas de transporte público, como trenes, aviones y automóviles (coches y motos) integrados, y utilizar un motor alimentado con gas llamado "O'CUVOID" como su principal fuente de energía.
Este sistema de movilidad híbrida ha sido diseñado para conectar distintos tipos de transporte. Imagínatelo así, y lo entenderás. Te subes a una cabina en modo moto, llegas a una estación y, sin bajarte, la misma cabina se acopla a un tren o un avión y sigue su trayecto. Todo esto sin necesidad de trasbordos ni interrupciones. Suena futurista, ¿verdad?
El corazón está en ese "O'CUVOID", que nace de un motor de moto. Funciona con gas y está equipado con un sistema de presión biturbo. Evidentemente hay muchas preguntas al respecto. Pero muchas. El futuro es ya, pero claro, ¿será un proyecto real con aplicaciones concretas o solo un ejercicio de marketing?
El Futuro de la Movilidad: Vehículos Eléctricos y Transporte Autónomo
El Motor "O'CUVOID": Corazón del Sistema ALICE
El sistema ALICE se basa en un motor de gas llamado "O'CUVOID", equipado con un sistema de presión biturbo. Este motor está diseñado para ser la principal fuente de energía para una variedad de vehículos, desde motocicletas hasta aviones.
Influencia en la Música y el Arte Contemporáneo: El Caso Rosalía
Hablar de Rosalía va a ser una coyuntura tan válida como cualquier otra para plantear ciertas cuestiones de música, de ontología de las imágenes y de las creencias que perpetuamos en torno a lo que es y lo que debería, o no, ser el arte. Rosalía es lo que Paquita Salas (serie en la que, por cierto, entonó la intro en los cuatro primeros capítulos de la segunda temporada) llamaría una artista «tres sesenta» (360º): canta, baila, compone, produce y hace performance. Por eso es tan complicado elegir un punto de partida estático desde el que comenzar el análisis.

Pasearse por el proceso creativo de Rosalía es muy parecido a transitar un museo circular, de estancias delimitadas conviviendo en un espacio abierto, conectadas entre sí, donde todo se integra: el pasado remite a lo presente, y lo presente necesita del pasado para aspirar a una comprensión total. Total, pero no acabada ni absoluta, como buena posmoderna que es, y vanguardista, y futurista, y experimental.
Rosalía: Una Artista Multifacética
Rosalía es una artista que desafía las convenciones y explora nuevas formas de expresión. Su enfoque innovador y su disposición a romper con las normas establecidas la convierten en una figura representativa del arte contemporáneo.
Ciñéndonos a una descripción de lo más básica, se considera arte a cualquier producción humana que sea capaz de reproducir, mediante el manejo de la técnica, una representación de lo observable en la naturaleza o de lo imaginado por quien crea. Eso grosso modo, porque si hubiera que meterse en detalle verían que cada periodo histórico y autor ha tenido a bien ir añadiendo un detallito aquí, cambiando otro allá, acercándolo más al alma o a la ética, al sentimiento o a la razón; infiriéndole una finalidad balsámica o agitadora, proyectándose a la universalidad o al elitismo. Pretender hablar de arte obviando que se trata de una categoría cambiante sería volver al argumento teológico del pensamiento cristiano bizantino.
El universo Motomami está lleno de referencias a Dios. Dios como GPS («yo manejo, Dios me guía»), Dios como punto cardinal en el eje de prioridades («lo segundo es chingarte, lo primero es Dios»), Dios como antítesis de Santa Rita («Si Dios te lo da, te lo quitará»), incluso Dios como llamada de atención a la humildad («keep it cute [en lenguaje boomer sería algo como: «echa el freno, Madaleno»], que aquí el mejor artista es Dios»). Pero nunca como artífice de lo que ella ha creado. ¿Por qué? Porque Rosalía es cristiana sin ser bizantina, sino todo lo contrario. Su libertad creadora parece encontrar límites solamente en la destreza tecnológica para llevar la idea a buen término.
No pretende mantenerse dentro de las zonas seguras de la moral, porque pesan menos que el gusto por la innovación, el constante aprendizaje y la creatividad. Porque, a pesar de los esfuerzos del entorno por politizarlo todo, algunos músicos todavía entienden que la música no tiene necesidad de ser correcta, ni una reivindicación social; que ni siquiera ha de adecuarse al pedagogismo que convive con la politización general.
En sus propias palabras, transcritas de una entrevista de promoción del disco Los Ángeles, en 2016: «La música para mí no es algo moral. […] Si a mí eso me hace vibrar y eso tiene una carga, me da igual que esté atentando contra un valor moral que me haya enseñado durante todos estos años equis sociedad».
La Voz como Instrumento: Más Allá de la Dicción
¿Es inmoral que no se entienda lo que canta la mitad de las veces? Bueno, desde luego no cumple con el ideal de dicción y comunicación al que puedan estar acostumbrados según qué oídos, aunque habría que revisarse por qué no molesta tanto que la música burguesa, como la ópera, sea imposible de descifrar si no es con un folleto traducido por delante. En todo caso, podríamos decir que es un acto amoral, en tanto que lo que se busca que prevalezca es la voz y no las letras, de manera consciente y voluntaria.
La voz como instrumento de percusión, lírico, o transformado/deformado al ser regurgitado por la tecnología. Como instrumento musical que vibra y busca provocar semejante efecto en los oyentes, y no como mediación del logos. Como, por ejemplo, Joe Strummer cantando «spanish bombs, yo te quiero infinitou, yo te cuerah’, oh, ma’ corasooon» en el estribillo de una canción sobre la guerra civil española, supuestamente. O el cien por cien de las canciones de la primera etapa de los Beatles y el cincuenta por ciento de las demás.
Tampoco busca adecuarse a un canon de belleza platónico, kantiano o hegeliano. La obra de arte no debe ser la belleza en sí misma porque la belleza ha muerto; ni alegre; ni alegre ni triste, ni clara ni oscura, no debe divertir ni maltratar a las personas individuales sirviéndoles pastiches de santas aureolas o los sudores de una carrera en arco a través de las atmósferas. Una obra de arte nunca es bella por decreto, objetivamente y para todos.
Toda esta ausencia de moldes preconcebidos en los que hacer encajar a la obra antes de haberla creado, junto con el desapego a la noción de una realidad en grado sumo que merezca todos los esfuerzos creadores, vuelve la mirada al campo de lo cotidiano, de lo banal, de lo insustancial. Y no es algo malo, solo distinto.
El Arte Contemporáneo: Más Allá de la Comprensión Racional
Todavía recuerdo la conmoción que me provocó que uno de mis profesores de Estética, en el último año de carrera, nos explicase, con tanta despreocupación y jovialidad, que los que decían no entender el arte contemporáneo eran quienes realmente habían captado la esencia del mismo, aunque no lo supieran. Porque el arte contemporáneo ni se entiende ni se mide con la realidad. Se ve, se oye, te causa estupor o rechazo, se vive en el momento. Te hace preguntarte sobre el sentido de lo que estás presenciando, esperando con los brazos cruzados una pista que te permita mantenerte cómodamente en la posición de espectador pasivo, pero te devuelve la callada por respuesta. Una risilla a lo sumo.
Sucede que, una vez explotado el capital de la realidad reproducible con el virtuosismo del copista y la racionalidad despótica, se puede explorar el concepto en movimiento, la armonía en lo que solo puede tener una explicación ambigua, rozando lo inefable.
Características del Arte Contemporáneo
Dentro de la notable extensión que abarca lo contemporáneo, existen -como no podía ser de otra manera- multitud de subcategorías y actitudes que las acompañan. En lo común encontramos, en primer lugar, un profundo conocimiento e incluso manejo de la tradición. Lo segundo que comparten es, justamente, ese amor por la ruptura, con lo anterior y con toda certeza adquirida, inclusive con lo que se espera que sea una obra de arte, con el modo de proceder del artista y con la expectativa de predicción del receptor.
Por mucho que les pueda sorprender, las fugas de Bach son un anticipo de dicha actitud. Lo comenta Adorno en Figuras sonoras. Es sabido que, en contraste con toda su música derivada de tipos de danza, rara vez los desarrollos en las fugas de Bach están construidos simétricamente y solo muy artificialmente pueden ajustarse al esquema de los ocho compases de Riemann; incluso la regla académica advierte contra el empleo como tema de fuga de un periodo regular con una cadencia imperfecta en su centro. Tanto para Bach como para los contemporáneos, romper significa dividir, segmentar, fragmentar, un reorganizarse de la materia de manera, a priori, no lógica. Como puede estar pareciéndoles este artículo, en el que dije que iba a hablar de Rosalía pero les acabo de recomendar a Bach. O como el poema dadaísta, el ready-made, el ensamblaje o el collage.
El tercer punto en el que coinciden los artistas contemporáneos estriba en la mirada individual por encima de la de conjunto, en esa narrativa de y desde la cotidianidad a la que nos referíamos unas líneas atrás. En la música se puede identificar claramente en el cambio de lo coral frente al solista, que incluso se hace los coros a sí mismo, como si fuese otro al meterle distorsión a la voz. En la literatura, con el auge de la autobiografía y autoficción.
El cuarto, el estar dentro de un sistema de consumo de masas que o bien los explota o bien los condena al ostracismo (en cualquier caso, que decide su sino), y que a su vez depende de lo que Walter Benjamin llamó reproductibilidad técnica. Esta reproductibilidad viene a corroborar el primer y el segundo punto anterior, y a completar el tercero. Es decir, que aunque la creación nazca de ese yo disfrazado con una capa de divina omnipotencia, que invisibiliza a los otros, necesita (por razones tan mundanas como la comida o la vanidad) conseguir que el producto pase a ser relato de un nosotros. ¿Cómo?
La extrañeza del intérprete ante el sistema de aparatos, tal y como la describe Pirandello, es intrínsecamente del mismo tipo que la extrañeza del ser humano ante su aparición en el espejo. Pero ahora la imagen del espejo puede separarse de él, se ha vuelto transportable. ¿Y a dónde se transporta? La extrañeza, por tanto, es el rasgo común del artista, del público, y un fiel reflejo de nuestra época (quizás, incluso, de lo que están sintiendo al leer estos párrafos).