El Ciclista Solitario: Historias de Esfuerzo y Superación en el Mundo del Ciclismo

El ciclismo, un deporte que exige resistencia, estrategia y una gran fortaleza mental, ha sido escenario de historias tanto trágicas como inspiradoras. Desde la fatídica muerte de Tom Simpson en el Tour de Francia hasta la inspiradora trayectoria de Mónica González, una ultraciclista chilena, el mundo del ciclismo está lleno de relatos de esfuerzo, superación y desafíos.

Monumento a Tom Simpson en el Mont Ventoux

La Trágica Historia de Tom Simpson en el Mont Ventoux

Tom Simpson no podía mantener el ritmo de carrera en la etapa más dura y más célebre del Tour de Francia. A cinco kilómetros de la meta, con una temperatura alrededor de 40º, sin suficiente agua y con una dolencia estomacal que con los días se le fue complicando hasta casi incapacitarlo de la competencia, las posibilidades de llegar a la cima de Mont Ventoux como ganador eran más bien pocas. Simpson lo sabía.

Por eso, una semana atrás de aquel 13 de julio de 1967, el entrenador de su equipo le ofreció estimulantes y estupefacientes. No eran años de pruebas de doping ni contramuestras ni de exámenes exhaustivos al final de las etapas. Simpson había dormido mal la noche anterior, aseguró su coequipero Colin Lewis, quien al final se convertiría en el testigo fiel en la muerte del ciclista inglés.

Dos kilómetros antes de la meta comenzó a cabecear de lado a lado de la carretera, cayendo finalmente sobre ella, fue socorrido de inmediato por unos aficionados que exaltados por la tensión del momento no pensaron en llamar una ambulancia sino en levantarlo y empujarlo. Él les decía: “Put me back on the bike!” (¡Subidme a la bicicleta!). Así continuó 500 metros más, según contaron algunos testigos.

Después de decretar su muerte en el hospital de Provenza, en el sudeste de Francia, el Tour continuó y coronó al Pingeon como campeón. Una semana después se comunicó los resultados forenses: la causa del deceso fue una insuficiencia cardíaca ocasionada por una mezcla de anfetaminas (según Modestino, se le encontraron tres tarros en el bolsillo de su camiseta: uno vacío, otro con algo de alcohol, tal vez brandy). Colin Lewis contó a los medios ingleses: “En aquel Tour hizo mucho calor, pero el del Ventoux fue insoportable. En aquella época no podíamos recibir llamadas desde los coches, salvo en la zona de avituallamiento, aunque algunos aprovechaban los pinchazos para que lso mecánicos les empacasen botellas a escondidas”.

Después de la muerte de Simpson se iniciaron los controles antidoping, se controlaron más los equipos de ayudantes, los carros y todos aquellos que rodearan a los ciclistas. Aquella escena del británico tambaleándose fue vista en directo por todo el mundo, y significó un cambio radical de la lucha antidopaje en la UCI. En 1968 se erigió un monumento al ciclista.

En el blog ‘Cajón de sastre’, su autor, Modestino, un aficionado español al ciclismo cuenta: “ En un momento de la transmisión el comentarista refirió que Simpson había tenido que ser evacuado en helicóptero, algo que ya había pasado con otros corredores y no dio lugar a una excesiva alarma”. Minutos después de finalizar la etapa, en los avances informativos de RFI y la BBC se comunicaba la muerte de ciclista inglés.

Con el tiempo se fueron develando detalles de la muerte de Simpson. Una semana después se comunicó los resultados forenses: la causa del deceso fue una insuficiencia cardíaca ocasionada por una mezcla de anfetaminas (según Modestino, se le encontraron tres tarros en el bolsillo de su camiseta: uno vacío, otro con algo de alcohol, tal vez brandy).

Esto ocasionó una práctica particular en el Tour de aquellos años: algunos ciclistas desde pelotón paneaban hacer un café raid, algo así como un asalto a un bar de carretera o un camión de reparto que pasaba por allí. Aquel día, luego del café raid sobre la mitad de la etapa, Lewis le pasó a Simpson una botella de Coca cola, que era el botín más preciado. Éste se la tomó de un sorbo, sin respirar, desesperado por el calor y el cansancio. Luego le preguntó a Lewis qué otra cosa tenía. Le quedaban una botella de agua y otra de coñac Remy Martin.

Mónica González: Una Ultraciclista Chilena Rompiendo Esquemas

A diferencia de muchos ciclistas, Mona no aprendió a andar en bicicleta cuando era niña con esa bicicleta prestada del hermano, ni tampoco estaba su mamá o su papá tras ella gritándole que ya logró sacar las rueditas chicas. Mona escapa de todo cliché.

Actualmente, Mónica González tiene 34 años y reside en Santiago de Chile, pero estuvo 22 días viviendo en la ruta. Esta es (una parte de) la historia de una mujer que a los 22 años decidió comprarse una bicicleta -sin saber andar- y ese mismo año llegó pedaleando de Santiago al Santuario de Lo Vásquez.

Todo comenzó con una vida nómade. Por el trabajo de sus padres, vivió en diferentes ciudades desde niña. ¡Claro que no había espacio para bicicletas con tanta mudanza! Pero un cruce con una ciclista feliz en Santiago marcó su destino: “Empecé a notar a los ciclistas. Yo también quiero estar así”, se dijo. Y pese a nunca haber pedaleado, rompió el chanchito, partió al barrio San Diego y compró una bici de paseo para ir a la universidad.

Aprendió sola a pedalear en la explanada del Parque O’Higgins. Nadie le enseñó. Su trayecto habitual a los estudios duraba sólo minutos, pero Mona pasaba horas arriba de la bicicleta antes de volver a la casa. Se le hacía de noche sólo rodando por la ciudad y pronto comenzó a buscar nuevos horizontes. “El cuerpo me lo pedía”, argumenta.

“Fue una muy bonita decisión. Descubrí una nueva independencia, por así decirlo. Era yo la que me llevaba a diferentes lugares y más rápido, sin tanta gente alrededor. Influyó mucho ese primer encuentro con la ciclista feliz”, recuerda Mona. Así pasaron algunos meses y consiguió prestada una MTB -algo pesada pero con cambios- que le permitió ir en grupo hasta Pichidangui, hasta que un 8 de diciembre, apenas con lo puesto, mil pesos en el bolsillo y sin saber muy bien a dónde iba, unirse a un grupo que iba en bicicleta hasta el Santuario de Lo Vásquez. Todo el mismo año que aprendió a usar la bicicleta.

“No usaba casco y tampoco sabía usar bien los cambios, así que la primera cuesta la subí caminando”, recordó en medio de risas. “Cuando empezó el frío y no tenía con qué abrigarme, empecé a preocuparme, pero me las arreglé como pude y seguí pedaleando hacia Lo Vásquez. No sabía qué estaba haciendo. Aprendí a la mala”. Ese día se dio cuenta de que era capaz de llegar de una ciudad a otra de forma autosuficiente y entonces no hubo vuelta atrás: llevaba el ultraciclismo en las venas.

“Siempre estuve ligada al atletismo y al alto rendimiento, pero me aburrí de competir. Descubrí que en la bicicleta podía hacer deporte y disfrutarlo más, vivir el momento sin preocuparme del resultado”, explica. Y así, entre una bicicleta prestada y otra por trueque, el 2019 comenzó con las Brevet, pero al estilo Mona: no pudo ir a la de 200 km, así que se inscribió en una de 400 km. Llegó fuera de tiempo, pero la completó. “Mi celular no tenía batería, entonces no marqué todos los puntos de control, tampoco sabía comer para una actividad así, ni dormir las siestas cortas que hacen normalmente. Tampoco uso calas o acolchado. Compré algunas cosas antes y llegué con las puras ganas”, comenta. “Los otros ciclistas me miraban como una loca perdida… Y bueno, perdida llegué hasta Francia”, se ríe.

Así llegó a la Brevet de París-Brest-París a probar piernas, hasta que estando lejos, se sintió lejana y llamada por el desierto. Y hoy nos encontramos conversando en Puerto Varas tras hacer un viaje desde Arica, en el extremo norte del país, recorriendo más de 3 mil kilómetros a pura energía humana.

“Siempre éramos las mismas cinco o seis mujeres que íbamos a las Brevet”, comenta. Explica con algo de congoja que “el mundo está constantemente recordando que soy vulnerable, como diciéndome ‘eres mujer, tienes que tener miedo’, pero no lo entiendo así”. Por otro lado, Mona no participa de ninguna agrupación. Le gusta ser independiente, llevar su propia bandera. “Me pasa que cuando estoy en grupos, me siento absorbida, no puedo ser auténtica. No me gusta pedir permiso. Yo hago las cosas no más”.

“Mis papás nunca me apoyaron en lo deportivo”, relata. “Preferían verme haciendo otras cosas, pero me recalcaban que no era lo mío”, continúa. “Cuando fui a Francia les cambió un poco el switch, pero para mí fue algo decepcionante, porque hago lo mismo acá en Chile. Ya pasé esa barrera de contar con su aprobación. Si quiero hacer algo, lo hago igual”.

De ese pensamiento fugaz que surgió en Francia, Mona se entusiasmó a preparar el viaje por el desierto, pero en Santiago se dio cuenta que necesitaba más, y siguió al sur. “Al principio me daba miedo el desierto, ir sola a un lugar que no conocía. Luego compré los pasajes a Arica y ya no había vuelta”, cuenta.

“Aterricé en Arica, saqué mi bicicleta del aeropuerto y pensé ‘¿Y ahora qué? ¿Dónde duermo? ¿Por dónde parto?’ Me fui a la vida”, recuerda. “Todas las cosas que he hecho son un poco así, como si una parte de mí supiera que lo voy a lograr, que todo va a salir bien”, relata. “Que pase lo que tenga que pasar”, es su lema. Mantenerse abierta a que le pasen cosas buenas y -pese al miedo- a que le pasen cosas malas, explica. “Es la paga”, sentencia.

No obstante, cercano al río Cachapoal, nunca pensó que iba a encontrarse con los “caminantes”. Mona inocentemente pensaba que eran peregrinos o comunidades indígenas, pero la verdad es que los caminantes eran “prófugos, narcos, delincuentes que se meten ahí porque no hay señal”. “Los vi a los ojos. Nunca había pedaleado tan rápido y sin mirar atrás”, recuerda.

En el desierto hay lugares inhóspitos para la vida humana y Mona pudo vivirlo en carne propia. “De Arica a Iquique sufrí mucho. ‘No voy a poder salir de acá’, pensaba”, mientras, calculaba salir de ahí a fin de año, con esa sensación que hasta hoy le da escalofríos. “Aquí me puedo morir”, era su pensamiento intrusivo más frecuente, como cuando se quedó sin comida y agua en una cuesta que la encontró de noche. La noche más larga que recuerda, donde se mojaba los labios con toallas húmedas para no perder hidratación.

“Una vez en la cima apagué las luces. Era un punto en la inmensidad”, reflexiona. Cuenta emocionada que abrazó fuerte a la primera persona que vio. “La señora me invitó a pasar para lavarme y yo no lo podía creer. Allí bajé mis expectativas. Me sentía tan pequeña”. Y agrega: “una parte de mí quedó en el desierto”.

Cuando llegó a Iquique, un amigo la contactó con una agrupación de mujeres que la recibieron en una cadena de relevos para acompañarla durante todo su trayecto por el norte. “El relevo del amor”, le pusieron. Le dieron ánimos para seguir pedaleando y se contactaron para que siempre la recibiera alguien en el próximo lugar hasta Copiapó. “No te vamos a dejar sola”, le recalcaron. Las chicas no sólo la ayudaron a trazar una ruta segura y realista, sino que además entendían sus miedos, alegrías y sus emociones más profundas. “Estoy sufriendo ¿y qué tiene que esté sufriendo? Tengo miedo y lo voy a hacer con miedo. Lo estoy haciendo por todas”, y confiesa que tiene ganas de volver y no perder contacto con esa red de apoyo.

"No lo había pensado antes, pero es una forma de activismo", recalca. "La gente no me creía que venía pedaleando desde Arica y que mi destino era Puerto Montt, pero sobretodo no me creían que andaba sola". Afirma que en los libros de historia siempre hay hombres logrando hazañas, pero "las niñas del mañana ya no van a encontrar raro que las mujeres hagamos cosas increíbles".

Cuando faltaban 400 kilómetros para llegar a Puerto Montt se dio cuenta que aún tenía días a su favor, de su objetivo principal de 30. Aprendió a pedalear a los 22 años y recorrió casi todo Chile en 22 días. Mona reflexiona sobre sus sensaciones antes y después del viaje: “Antes pensaba en el desierto y me daba miedo. Hoy me da paz, me contiene. Soy tan pequeña pero fui parte de eso. Está bien que haya algo más grande que nosotros”.

Finalmente, con miles de kilómetros, sentimientos, experiencias renovadoras y paisajes en su interior, un consejo que Mónica elige dar a otros cicloviajeros es “confía en tu cuerpo, con calma y siente el impulso.

Puedes ver la historia de Mónica González en video

Otros Ciclistas Destacados y Momentos Inolvidables

Fernando Vera: El Lobo Solitario del Ciclismo Chileno

El nombre de Fernando Vera quizás no sea familiar para los más jóvenes. Sin embargo, según dijo el mismo Julio Martínez, fue el mejor de todos los tiempos en el ciclismo chileno. Ya han pasado varios años desde los días de gloria de Vera sobre su bicicleta, con un casco y una sonrisa en el rostro. Hoy, sentado tras su escritorio en el gimnasio del Centro de Entrenamiento Olímpico en Ñuñoa, el ex ciclista pasa sus días encargado de este lugar, en el que las conversaciones con los jóvenes asistentes son una constante en el día. De su tradicional bicicleta de pista, pasó a una silla y un computador con música que ponen los asistentes.

Siempre solitario mientras entrenaba, el apodo de Lobo comenzó a rondar cerca de Fernando Vera. Su preferencia por pedalear sin compañía, cimentaron la leyenda de este hombre, que durante los momentos definitorios de las carreras, arremetía con un gran zarpazo y vencía a quien se pusiera frente a él.

Hoy, los tiempos han cambiado y Vera sufre para lograr llegar a fin de mes. En la actualidad los jóvenes deportistas gozan de más beneficios y tecnología, además de poder asegurar su futuro tras dejar la competencia profesional. En la década de los 70 y 80, los atletas debían luchar aún más. Sin duda alguna, la vida de Fernando Vera no ha sido fácil. Nació en el seno de una familia humilde, donde ambos hermanos se iniciaron en el ciclismo. Alimentar a dos deportistas no fue sencillo para la familia Vera Vargas. Comenzó a correr con jeans, zapatillas planas y una bicicleta de paseo por el Parque Cousiño y llegó en la última posición en su primera carrera. Esto no lo amargó y siguió con la que hasta hoy es su gran pasión, que a punta de perseverancia, lo llevó a lo más alto. En el corto plazo, llegó a ser el mejor de Chile en su categoría.

Ya en la selección adulta, aún no tenía una bicicleta propia, se fiaba de la amistad y el compañerismo para conseguir una prestada para cada una de las carreras. “Corría hubieran o no premios, me gustaba correr, era mi vocación”. El momento de más felicidad para el Lobo llegó en 1988. Luego de 15 apariciones en la Vuelta a Chile, logró vencer. Visiblemente emocionado comentó que “fue impresionante. Era una espinita que tenía clavada”, explica el Lobito, como le dicen quienes lo conocen.

En la actualidad, enfrenta otra competencia dura, pero fuera de la pista o la ruta. Luego de superar un cáncer colorrectal en 2004, su vida cambió. “Me operaron como indigente en la Posta Central”, relata Vera. Con poco dinero y apelando a una deuda histórica del gobierno, llegó en reiteradas oportunidades hasta La Moneda para que le otorgaran una pensión como ex atleta. Sólo recibió una pensión de gracia de 82 mil pesos, con la que debió intentar sobrevivir. En vez de enfocar su caso como el de un ex deportista, fue evaluado como indigente. “El pago de Chile” es el gran responsable de esta situación dice Vera. Para un deportista, solo con estudios hasta segundo medio, la escuela de la vida fue la que lo formó como persona y profesional. Cuando más difícil se hizo la vida, una mano salvadora llegó para ayudar al ex ciclista.

Un llamado desde la calle Ramón Cruz lo sorprendió. Desde las oficinas del Comité Olímpico fue citado a una reunión para conversar sobre su futuro. Neven Ilic, su presidente, lo invitaba a unirse como trabajador de planta y volvería a pasar sus días rodeado de jóvenes. Siempre con lo justo para vivir, este trabajo cayó del cielo y lo tienen en el gimnasio con su clásica simpatía. Esto fue hace ya cinco años y la sonrisa en el rostro del Lobito contagia a quienes lo ven, pero confiesa que eso es de la puerta para adentro, cuando vuelve a su hogar recuerda el pasar de vida y vuelve la tristeza. “He ganado muchas medallas, pero tiene que cambiar la mentalidad para que apoyen a ex deportistas”.

Reconocido por su trabajo en el CEO y no por sus años de gloria deportiva, se ganó el cariño y aprecio de todos quienes llegan a ese lugar. Todos lo llaman por su apodo. La palabra Lobito se repite constantemente durante el día. Sin embargo, el sobrevivir se transformó en una constante en la vida de Fernando Vera, quien gracias a sus amigos, está saliendo adelante para ganar esta carrera.

Gaspar Riveros: El Triatleta Chileno de Alto Rendimiento

Fue por el empuje de mi padre, él siempre fue deportista, corría maratones y nosotros (sus hijos) lo acompañamos a entrenar. Cuando son temporadas de mucho entrenamiento, sobre todo antes de los juegos Olímpicos, son 30 horas semanales y diez horas menos de una vida laboral, no existe el sábado, el domingo, el feriado o el relajo. Es un deporte que requiere mucha demanda, son tres disciplinas, tienes que correr como un atleta, nadar de forma profesional y andar en bicicleta como ciclista. Lamentablemente, es muy difícil este deporte, y digo lamentable, en el sentido de que es muy difícil el balance de las tres disciplinas.

Hoy, por primera vez en la historia tuvimos dos triatletas, Diego y yo, ambos clasificados por el ranking olímpico y no por una invitación o por el ranking continental. Yo creo que lo principal es una mentalidad, apoyar y auspiciar a los deportistas con posibilidades de que sean olímpicos.

¿Qué viene ahora en la vida de Gaspar Riveros? Es una pregunta super difícil, que la he estado pensando mucho. Mi equipo de triatlón está en Italia y yo vivo en Suiza, estoy a cuatro horas de mi hija y no puedo pensar en enfocarme un 100% en el triatlón. Por otro lado, tengo muy pocos auspiciadores, mi equipo de Italia es el que me pasa las zapatillas y la ropa. Si tú me preguntas si me encantaría seguir, sí, me encantaría, pero ya no depende solo de mí.

Yo terminé el Colegio y me tomé un año sabático. Pude haber entrado a otras universidades, pero quería enfocarme en el deporte y la UNAB era reconocida a nivel nacional por el apoyo que les entregan a los deportistas. Me dieron facilidades para congelar, para volver, para participar en competencias, pero había profesores que las daban y otros no.

Momentos Curiosos en el Tour de Francia

A continuación, algunos momentos curiosos que han marcado la historia del Tour de Francia:

  • El Vino de Abdón Pamich: En la edición de 1905 alguien puso clavos en la carretea, lo que provocó el abandono de muchos ciclistas debido a que no existía la asistencia en carretera.
  • El Vino de Abdón Pamich: 20 kilómetros le distanciaban de ser el primer africano en vencer una etapa en el Tour. Un aficionado le ofreció una botella al argelino y, dado el insoportable calor que estaban sufriendo, no dudó en aceptarla y beber de ella. Para su desgracia, contenía vino en lugar de agua. Las altas temperaturas, el agotamiento y sus creencias musulmanas que nunca le habían permitido tomar alcohol provocaron su desfallecimiento. Quedó inconsciente a la sombra de un árbol y de nada sirvieron sus esfuerzos por regresar, desorientado y sin fuerzas, a la carrera.
  • El Despiste de Perico Delgado: Aquella gran vuelta fue testigo de un despiste impropio, difícil de ver incluso en una carrera amateur. Era el prólogo y todo el mundo del ciclismo estaba pendiente de quien debía defender el título de campeón. Él único despistado era él, quien se presentó en la salida 2:40 minutos más tarde de lo establecido. «Me encontré con Thierry Marie durante el calentamiento y estuvimos charlando sobre cómo era el trazado. Le dije ‘Thierry, me voy que llego tarde’ y sí, llegué tarde«, recordaba Perico en MARCA años después. El segoviano hizo un gran tiempo en aquella contrarreloj de Luxemburgo. Fuera de su error tan sólo cedió 14 segundos con el vencedor de la etapa (Breukink).
  • El Helado de Julio Jiménez: Era la primera participación de «El Lechuga» en la ronda gala. Coronó el Col de Romeyère con 14 minutos de ventaja y, una vez allí, decidió bajarse de la bicicleta y esperar. Los aficionados no creían la escena, menos aún cuando cogió helado de un puesto ambulante para tomárselo sentado allí. Lo cierto es que aquel descanso era una parada que el toledano realizó para esperar al coche de asistencia. Consideró que bajar el puerto con dos radios de la rueda trasera rotos no era la mejor idea. Finalmente el protagonista fue alcanzado y no pudo lograr la etapa.

Valentina Cruz y Pablo Domínguez: Arte Chileno al Alcance de los Niños

SANTIAGO.- "¿Qué mira este hombre?", "¿Por dónde pasea este curioso ciclista?", "¿Qué escribe el hombre solitario?". Estas son algunas de las preguntas que nos permiten identificar detalles en las obras de la artista chilena Valentina Cruz (Concepción, 1940). El libro "La maleta mágica" ($14.000), contiene diez de sus pinturas, las que se presentan antecedidas por este juego, a modo de que los niños se acerquen a su obra. El ejemplar pertenece a la colección "Arte chileno al alcance de los niños", de la editorial Ekaré Sur. "Nos pareció interesante mostrar a niños y jóvenes las posibilidades del dibujo a partir del trabajo de Valentina. También quisimos compartir la dimensión más fantástica de su trabajo, una ventana a mundo imposible, donde la imaginación juega un rol fundamental", comenta la curadora de los libros, Agustina Perera.

Las escenas surrealistas de Cruz, contrastan con los definidos y sencillos paisajes de Pablo Domínguez (1962-2008), cuya obra es motivo del segundo ejemplar de la colección: "Cordillera Azul" ($14.000.). Frases como "Azul como el mar", "Amarillo como el pasto seco en verano" y "Gris como nubes de tormenta", se ubican antes de cada una de las pinturas, permitiendo un juego con el intenso colorido, característico de la obra de Domínguez. También son diez obras las que componen el ejemplar dedicado a este pintor, cuyo trabajo fue seleccionado porque "permite un diálogo profundo y directo con los niños, por los temas escogidos por el artista: la naturaleza, los animales y los objetos cotidianos".

Además, cada ejemplar incluye una breve biografía del pintor destacado. La de Valentina Cruz habla de una "gran escultora y dibujante, impertinente viajera que ha conocido 'medio mundo' y que actualmente se desempeña como profesora de dibujo en la Universidad Finis Terrae". En tanto, la de González presenta a un joven que decidió ser pintor luego de que una tía le regalara una caja de lápices y que, durante su vida, señaló: "Los niños siempre han sido una medida para mí. Les pregunto, ¿qué opinan de este cuadro? Y siempre dicen cosas certeras...

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