Alexa, Camilo, Daery, Emmanuel y Tomás, estudiantes del colegio Padre Esteban Gumucio, ubicado en la comuna de La Granja, tuvieron la oportunidad de vivir una experiencia única en la nieve. Estos niños, cuyas edades oscilan entre los 10 y 12 años y que provienen de hogares con ingresos familiares limitados, fueron seleccionados por su esfuerzo y resiliencia.
Los centros de esquí de Santiago esperan recibir alrededor de 500 mil chilenos durante esta temporada invernal, pero estos niños son parte de los más de cinco millones de capitalinos que sólo pueden observar la cordillera nevada desde sus casas. Al iniciar este viaje ellos se saben afortunados.
Como explica Mauricio Fuentes, profesor de historia del colegio y quien los acompaña en esta ocasión, fueron escogidos por su esfuerzo: "no relacionado directamente con las notas o la disciplina, sino con un esfuerzo relacionado con la vida". Porque aunque ahora sólo parecen niños acelerados que juegan en la nieve, en casa a algunos los esperan situaciones complicadas y barrios donde hay drogas o violencia. "Ellos van al colegio con toda esa carga emocional y cuesta que se concentren, pero no son irrespetuosos. Todo lo contrario, nos ven como un modelo a seguir y nos tratan con cariño y respeto", agrega Mauricio.
La Llegada a Portillo y la Emoción Desatada
Apenas llegaron, y luego de que la gente de Portillo los equipara con bloqueador solar y ropa más térmica e impermeable (de otra forma eran cinco casos de neumonía segura), los niños son "liberados", casi como si fueran animales salvajes, para jugar en la nieve. Lo primero que hacen: tirarse al suelo y mover sus brazos y piernas de un extremo a otro. "Son angelitos, como en Los Simpson", explica Camilo.
Él es bajito, moreno y revoltoso. Tiene una sonrisa gigante y ahora toda la boca naranja por culpa de una Fanta. Hace sólo un rato, mientras la van de Portillo subía lentamente las curvas, el pequeño se retorcía del mareo. Habían pasado a una estación de servicio, donde les compraron bebidas y galletas que pocos minutos después Camilo vomitó. Recostado en la primera fila de la van, sus compañeros intentaban animarlo: "Camilo, respira. Inhala… exhala…", decía Daery cual experta en primeros auxilios, justo antes de empezar ella misma a sentirse mal.
Pero a medida que el paisaje comienza a tornarse blanco, los niños se impacientan áun más. Alexa lanza la pregunta que todos se mueren por hacer: "¿Falta mucho?". La respuesta es clara, "cuando no aguanten el frío, significa que llegamos".
Suena a película de terror, pero sólo se trata de una batalla campal con bolas de nieve. -Ay, tía ¡me quema la caraaaaaa!
🔴#PORTILLO #AHORA Turistas disfrutan de la nieve esquiando en Portillo.Continúa nevando en el lugar.
Antes de almorzar. Los niños se prueban el equipo con el que asistirán a sus clases de esquí. Mientras se ponen las botas y cascos, esquiadores de diferentes nacionalidades, sobre todo brasileños, entran y salen. Para ellos, que sólo están preocupados de la nieve, la comida y los perros rescatistas que se pasean por los pasillos, son sólo gente. Gente más, gente menos.
"Y ustedes, ¿de dónde vienen?", les pregunta uno de los encargados de arrendar los equipos. "Nosotros somos de La Granja", responde con naturalidad Camilo, ya revitalizado. "Pues bien, Camilo de La Granja, espero que esquíes harto", le dice el empleado de Portillo, despidiéndolo. "Sí, voy a esquiar mucho, como…". No, no hay ninguna referencia posible que Camilo sepa citar. Si fuera fútbol, tenis o automovilismo quizás sí, pero ¿esquí?
Mientras, Daery no suelta su celular. "Los pobrecitos están haciendo tareas allá", dice con cierto goce. Mucha gente la llama. Su papá, su tía y quién sabe quién más, por lo que ella no se despega del aparato. Daery tiene una actitud ejecutiva. Le pido que corte para cambiarse ropa y hace un gesto con la mano que se podría traducir como "linda, aló, estoy hablando con alguien, no me molestes". Con su pequeña humanidad, la pálida y pecosa Daery es una mujer empoderada.
Al subir al comedor principal los niños admiten que se lo quieren comer todo (y lo hacen). Camilo lee en voz alta el menú y luego dice "yo soy un caballero" y agrega interpelando a Alexa, "dama, ¿qué se le ofrece?". Cuando llega el mozo, y luego de echar otra mirada analítica a la carta, Camilo sin tomar en cuenta los refinados platos que allí aparecen, pregunta: "¿Tienes puré con vienesas?". Camilo tiene "la medio perso" agrega Emmanuel, y todos se ríen. El menú escogido finalmente se resume en hamburguesas, espagueti boloñesa y, claro, puré con vienesas. ¿Para qué más?
La euforia total llega con los helados. ¡Tantos sabores para escoger! Luego de resistirse Alexa, que es peruana y vive con su mamá, deja a un lado su hamburguesa y escoge un sabor para su copa. Entre cucharadas, retoma la hamburguesa y le da una mascadita, esperando que nadie se dé cuenta, mientras Daery no para de hablar. Sin embargo, no duda un segundo en ponerle con su mano una "L" de loser a Tomás en la frente, cuando todos dicen que es el más inteligente. "Dicen que soy nerd pero eso no es verdad, porque yo no soy loco por los computadores", aclara él.
La conversación está completamente monopolizada por los niños, que se ríen porque la carta ofrece "cake" (torta). Hasta que en cierto punto, Tomás dice "bueno, hablemos cosas de adultos", para integrar a los más grandes. "¿Cómo está la familia?, ¿Cómo están los hijos?" son algunas de las preguntas que dicen remedando el tono de los mayores. "¿Cómo está el trabajo?", agrega otro. "Aquí, poniéndole el hombro", responde Tomás con toda la naturalidad de alguien que no trabaja pero que probablemente ha escuchado esa frase inumerables veces en su casa.
Jim es el instructor de esquí. Es francés. A Camilo le dice "Camillo" y nunca consigue decir bien el nombre de Daery, probablemente porque nunca lo entendió. Es un poco militar y los niños claramente no están preparados para su estricta disciplina: "Tío, ya me cansé", le dice Alexa. "Pero si el esquí es un deporte, Alexa, obvio que te vas a cansar, de eso se trata", le responde con dureza para continuar.
Ellos están frustrados porque no los dejaron salir con bastones, pero la verdad es que apenas se pueden manejar con un solo esquí. "Es como una patineta", dice Daery, que siempre competitiva va primera en la fila. Entremedio de cada tarea hay muchos gritos, pero no se registra ningún caído. Para cuando llega la hora de subirse a la "alfombra mágica" una huincha que los transporta a mayor altura (lo más cercano a una telesilla que experimentarán) está todo cubierto de una bruma, muy blanca por supuesto, que no deja ver nada.
-Tío- le dice Alexa al profesor Jim- ¿tenemos que subir solos por ahí?
-Claro, Alexa, quiero que sean autónomos.
-¿Qué es autónomos?
- Independientes, Alexa.
- Ahhh...
Y se suben todos en fila, para luego lanzarse (media) cuesta abajo. Quienes esperamos sus descensos, cruzamos los dedos de que hayan aprendido bien a frenar.
Jim se siente satisfecho. En su español afrancesado dice que han aprendido muy rápido y que lo hacen súper bien. Casi somos atropellados en varias ocasiones, pero ningún niño termina en "las mallas", que sería como decir que perdieron el control y chocaron. Ellos se sienten triunfantes y luego de las fotos de rigor, es hora de tomar té.
"Profe, yo voy a decirle a mi papá que me traiga mañana", se despide Alexa.- "Tía, ¿puedo comerme una tortita de milhoja o un helado en el cuartito elegante?", pregunta Camilo.- ¿En el cuartito elegante? -dice Verónica- Sí, donde fuimos a almorzar.
Nos acompañan Ana Montes, jefa de alimentos y bebidas, y Susan Espinoza, asistente de marketing de Ski Portillo. Quieren saber cómo ha sido la experiencia de los niños, que rápidamente comen galletas y toman leche. Ellas mismas les hacen unos sándwiches con jamón y queso, mientras se enteran de que todo fue muy bueno... excepto caerse, porque la nieve estaba muy helada y quema. No era "suavecita" como Alexa pensaba.
Llega Miguel Purcell, gerente general de Ski Portillo, a saludarlos. Los niños no saben bien quién es, sólo que es un caballero grande y serio, pero las muchachas se apuran en aclararles que es su jefe. Entonces Daery no duda un segundo en declararle: "¡Este ha sido el mejor día de mi vida!". Purcell arquea las cejas y sonríe, a Ana y Susan se les escapa un "awww".
Mientras se sirven una segunda taza de leche, los chicos analizan su estrategia de vuelta al colegio, el lunes. Por supuesto, van a cobrar por información tan privilegiada. Si sus compañeros quieren saber, tendrán que pagar. ¿Cuánto? "20 chocolates", dice Camilo. "20 lucas", dice estratégico Tomás. "30", se sube Daery, porque "para qué cobrar 20 cuando puedes cobrar 30".
Emmanuel, que es alto y delgado, está casi acostado en su silla sin decir nada. Dice que le duele la cabeza y al examinarlo es claro que tiene fiebre. "Emmanuel, ¿sabías que estabas enfermo?", le pregunta preocupada Verónica. El niño confiesa que se sentía un poco resfriado en la mañana, pero que jamás se habría pedido la nieve por eso. Una rápida visita al doctor del hotel confirma el diagnóstico: influenza. Emmanuel sale con mascarilla y casi en cuarentena de Portillo. "Pero no me arrepiento de haber venido", afirma decidido.
Finalmente, el grupo se coloca en el puerta del hall para una foto de despedida. Los chicos hacen su típica pose. Lo más viejos dirían que es como un signo "paz", pero de lado, pero ellos explican que es una "V". ¿La "V" de qué?, preguntamos nosotros.

Ski Portillo, Chile