Motociclismo Adaptado: Superando Límites y Desafiando Obstáculos

El motociclismo adaptado se ha convertido en un símbolo de superación e inclusión, permitiendo a personas con discapacidades disfrutar de la libertad y la adrenalina de las dos ruedas. A través de adaptaciones ingeniosas y una gran determinación, estos motociclistas desafían los límites físicos y demuestran que la pasión no conoce barreras.

Historias de Inspiración

Conozcamos las historias de motociclistas que han transformado sus vidas a través del motociclismo adaptado:

Susana "Tormenta" Hermosilla González

QUILPUÉ.- Susana Hermosilla González es conocida como “Tormenta” en el mundo motoquero de la región y el país. A sus 42 años parece haber vivido varias vidas que han dejado secuelas. “Tormenta” es madre de 3 hijos (también motociclistas), abuela de 2 nietos y además es la primera mujer motociclista con discapacidad física, que ha recorrido Chile de extremo a extremo y parte de Sudamérica sin ningún acompañante. A inicios de 2016, los aficionados a las motos ya la ubicaban por su primera gran travesía, la “Ruta 5 Chile”, donde iba documentando en fotos en redes sociales, su solitario trayecto por la Ruta 5 Norte desde Arica, hasta el final de la Ruta 5 Sur en Quellón, Chiloé.

“El 6 febrero de 2016 en la autopista a la altura de San Pedro- Quillota, yo iba en mi moto a 100 km/h y me impactó por atrás un auto que iba a 160. Me llevaron al Hospital San Martín y me diagnosticaron lesiones leves en el coxis. A las 7 horas me dieron el alta y seguí haciendo mi vida normal.

Susana pasó del dolor, al parálisis del lado izquierdo y estuvo 4 meses interna en el Hospital Van Buren de Valparaíso, donde le hicieron la primera infiltración de medicamento a la médula. Al salir de alta en el mes de mayo, le dijeron que no volvería a caminar y que debía volver a un control en noviembre. Susana le dijo a su doctor que volvería a Caminar y que llegaría en moto a la consulta.

Con el accidente y los gastos médicos, Susana debió vender su primera moto y casi todas sus pertenencias y debió reinventarse para salir de este mal momento. “Una familia de Santiago, que no conocía en persona, pero que siguieron mi travesía en la Ruta 5 Chile, me regalaron una Regal Raptor 2009. Ahí dije: ‘no, yo tengo que conducir esta moto’ y la bauticé como ‘Esperanza’. Ahí fue cuando comencé a ver tutoriales en YouTube de ejercicios de rehabilitación para mis pies y un motoquero kinesiólogo me ayudó también. No respondía bien mi rodilla, pero cuando vi que podía mover el pie izquierdo para pasar los cambios supe que montaría esa moto, que hoy tiene el sello de discapacidad y está adaptada para que pueda llevar mis muletas.

Pero había más. A bordo de “Esperanza” vinieron nuevas rutas. “El 2019 me levanté y cumplí mi promesa a Punta Arenas por Tierra del Fuego. En total hice 4 retos por los 4 meses que estuve hospitalizada. Hice todo el sur de Sudamérica en moto, 38 días de viaje, 9378 kilómetros. Cuando llegué me fui derechito a pabellón para otra infiltración a la columna, ya que mi cuerpo estaba muy maltratado. Pero el reto lo completé el 2021, cuando me fui al norte del país, donde llegué hasta Visviri, Putre y Parinacota, terminando el tripartito.

Susana continuó con su emprendimiento y su labor como fundadora del moto club “Faraonas”, donde participaba en diversas actividades, principalmente de ayuda a la comunidad. Hasta ahora la comunidad de motociclistas la ha ayudado a costear sus tratamiento, pero los dolores se hacen cada vez más insoportables y los medicamentos le están ocasionando fuertes alzas de presión, que la han enviado varias veces a Urgencias. “Para evitar el gasto del tratamiento para el dolor y evitar más riesgos a mi corazón decidimos hacer una ‘Tormentatón’ y así entrar a pabellón en una clínica de Viña del Mar. Son cerca de 2 millones de pesos que necesito para costear la intervención.

“No hay palabras para agradecer todo lo que hacen por mi, sé que a todos nos cuesta ganar la plata, sobre todo en estos tiempos.

Eduardo "Walo" Frías

Eduardo “Walo” Frías es conductor del programa Rock & Ruedas en la Radio Futuro. Hace años que comenta sobre tuercas y entrega consejos mecánicos a sus radio escuchas. Pero, en 2013 las tuercas le jugaron una mala pasada y quedó parapléjico luego de sufrir un accidente en moto.

El 25 de mayo de 2013, Eduardo “Walo” Frías se preparaba para otro sábado más de motos. Junto a su buen amigo, Ítalo Cantele solían juntarse a practicar enduro dos veces al mes y ése sábado no sería una excepción. El reloj de la camioneta de Walo marcaba las 8:30 de la mañana y camino a la pista, conversaban sobre Nicola Dutto, piloto italiano de enduro que quedó parapléjico tras sufrir un accidente en moto en 2010.

“Me acuerdo que íbamos hablando de lo fantástico que es él. Nos parecía increíble que pese a su condición nunca renunció a su pasión”, cuenta Ítalo. Dutto construyó una moto adaptada, con un asiento y un chasis especial logrando en 2012 competir en Baja Aragón, una competencia de rally que se realiza en España. Actualmente, es piloto oficial en la copa del mundo de Bajas, uno de los rallies más importantes luego del Dakar. La historia de Dutto tenía a Walo y a Ítalo asombrados.

“¡Qué fantástico! La garra y el coraje que hay tener. “Cuando llegamos a la pista, yo andaba en mi moto, una KTM 250 EXC, e Ítalo en una Yamaha WR250”, relata Walo. Ambos amigos levantaban polvo en el circuito Motopark ubicado en Colina. Ya llevaban tres vueltas a la pista, cuando Walo le propone a Ítalo intercambiar motos.“ Yo le había aconsejado que se comprara una moto similar a la mía y por eso, le su- gerí que nos cambiáramos”. Fue así, que decidieron probar la moto del otro, sin embargo existían diferencias entre los vehículos.

“Yo estaba consciente de las diferencias de ambas motos. La Yamaha de Ítalo tenía una ciclística distinta a la mía. Se trataba de una moto mucho más lenta en sus reacciones debido al diseño de su chasis. Era una moto menos dócil”, explica Walo. De igual forma se cambiaron de moto. Walo montó la Yamaha y la KTM pasó a manos de Ítalo. Fue entonces que nuevamente iniciaron el trayecto por el circuito.

Ítalo Cantele y Walo Frías en uno de los paseos que solían hacer.

“Llevábamos pocas vueltas a la pista y en una zona casi recta y a una velocidad relativamente rápida, me enfrento con una piedra en el camino. Era un obstáculo que estaba justo en la mitad, pero no generaba mayores inconvenientes para los pilotos. De hecho, existían dos trazos para esquivarla, uno por el lado izquierdo y otro por el derecho”, dice. Las veces an teriores, Walo no había tenido problemas al pasar tal roca, pero esta vez no conducía su moto.

“Cuando me enfrento a la piedra quiero pasarla por el lado derecho, muevo la moto y ésta no reacciona. A toda velocidad, Walo sale disparado de la Yamaha y golpea su cabeza contra una elevación del terreno. Una vez que cae, pasan unas décimas de segundo y escucha un crujido en su espalda. “Es el mismo ruido que se oye al tomar dos ramas gruesas y romperlas”.

Pronto, se le viene a la mente una conversación que había sostenido con Carlo de Gavardo, piloto de motociclismo y automovilismo fallecido hace casi un año. “En una ocasión, pensé que me había cortado un ligamento andando en moto. Le consulté a De Gavardo, que sabía lo que era cortarse los ligamentos -había sufrido el corte en sus dos piernas”. En esa oportunidad, de Gavardo le pregunto si acaso había sentido un crujido, a lo que Frías le contestó que no. “Entonces no te los cortaste”, le aseguró.

Esta vez, al oír su espalda crujir, Walo tuvo la certeza que se trataba de algo grave. Lo ocurrido con la médula espinal de Walo es un tipo de accidente que los doctores denominan el “latigazo del escorpión”. Al golpear su cabeza contra el terreno, su cuerpo no logra absorber la energía del impacto. Esto hace que se produzca una colisión en seco y que sus piernas se alcen a la altura de la cabeza.

Tendido sobre su estómago y completamente solo, Walo se da cuenta que no puede mover las piernas. “El dolor es súper fuerte. Es como si me hubiesen atravesado la espalda con un chuzo caliente. Lo primero que hago es respirar profundamente y cuando me doy cuenta que respiro normal, me relajo un poco”.

Luego de un rato, Ítalo, quien iba delante de Walo y que no se había percatado de su caída, regresa a ver qué había pasado con él. “A lo lejos veo la moto botada y a Walo tirado en el suelo”. Se acerca a él y le pregunta si está bien, a lo que Walo contesta: “estoy pa’ la cagada.” Sin dimensionar la gravedad de la caída, Ítalo le dice que se pare para sacudirse. En ese minuto Walo le dice a su amigo que no puede pararse. Entendiendo que se trata de algo grave, deciden pedir ayuda.

Walo le dice a Ítalo que saque el celular que llevaba en su banano y que llame al doctor José Miguel Zabala, traumatólogo que hasta la fecha es el encargado de velar por la salud de los pilotos del Rally Mobil. Mientras esperan se forma un círculo consternado de gente alrededor del accidentado. Pilotos que estaban corriendo e incluso el mismo administrador del circuito, se acercan para auxiliarlo. Pero no se podía hacer mucho más que esperar la asistencia.

“La espera se hizo eterna”, recuerda Walo. Los minutos pasaban y el helicóptero no llegaba. Tendido en el suelo boca abajo, Walo escuchaba la conversación telefónica que sostenía uno de los sujetos con el equipo del helicóptero. “Le decía las coordenadas exactas del lugar a través de su GPS. Escuchábamos el ruido del helicóptero y por teléfono le gritábamos que era más a la izquierda”.

El paramédico realiza una serie de pruebas para revisar si existía sensibilidad en las piernas de Walo. Peñisca con fuerza su muslo y le pregunta si siente algo. “Me acuerdo que el paramédico lo hizo tan fuerte que parecía como si le quisiera sacar un pedazo de pellejo”, cuenta Ítalo. Entre varios, dan vuelta a Walo con cuidado, lo suben a la camilla y lo montan en el helicóptero. De inmediato, el helicóptero emprende vuelo a la Clínica Santa María. A la distancia, Ítalo ve cómo se aleja. “Al ver esa escena me puse a llorar. Me convertí en un mar de lágrimas”. Con sus antiparras empañadas, levanta la moto que quedó tumbada en el suelo, la sube a la camioneta y se marcha del lugar.

Al poco rato, Ítalo llega a su casa, se da una ducha y llama a la ex señora de Walo para contarle lo que había pasado. Eduardo “Walo” Frías siempre vibró con las tuercas. A los 10 años se devoraba las revistas sobre motos y a los 12, salpicado en aceite, ya desarmaba su propia moto. En plena adolescencia, junto a Ítalo, quien era su compañero de colegio y amigo de barrio, arreglaban sus motocicletas y las corrían todo el día. Nunca dejó de dibujar motos y autos en un block. Su obsesión era tal, que sus más cercanos reconocen que Walo nunca se destacó en el colegio porque su afán por las dos ruedas siempre fue mayor.

Estudió mecánica automotriz en el Inacap. Para entrar recurrió al contacto de un amigo, porque su resultado en la Prueba de Aptitud Académica fue, como él denomina, “pésimo”. Pero, de fierros y tuercas, él sí sabía y en los primeros meses en la escuela se encargó del trabajo en los talleres del instituto.

A mediados de los ochenta, su hermano mayor, que vivía en Estados Unidos, le envió un casete con un programa de radio de unos motoqueros que conversaban sobre tuercas y entregaban consejos mecánicos. “Tú deberías hacer esto en Chile”, le sugirió su hermano. En 1995 la oportunidad finalmente llegó. La hermana de Walo trabajaba con Fernando Paulsen en el canal La Red y el periodista recién se había comprado una moto y ¡quién mejor para arreglársela que el Walo! Un día conversando, Paulsen le dijo: ‘Tú sabes harto de autos y motos, pero además hablas bien, ¿por qué no formas parte de mi programa de radio?”. Así nació el Informe Tuerca, en el que Walo resolvía dudas mecánicas de los auditores.

Más tarde, conformó el programa Rock&Ruedas de la Radio Futuro, en el que comenta sobre autos, conductas viales e intenta solucionar problemas mecánicos de los radioescuchas. Tan importante es para él la radio, que cuando tuvo el accidente, desde una cama en la unidad de tratamientos intensivos, su mayor deseo era comunicarle a sus seguidores que estaba vivo. Había mucha especulación de la prensa. “Llevaba tres días en la UTI y le propuse a la Radio Futuro que me sacaran al aire. Sólo quería que la gente supiera que estaba bien”.

Fue así que coordinaron un enlace telefónico a la hora que a Walo más le acomodaba. Estaba todo listo. Tendido sobre la cama de la Clínica Santa María, esperaba en línea para hablar cuando de pronto ingresa un doctor que Walo no conocía y le ordena que corte el teléfono. “El doctor me gritaba que no podía usar el teléfono porque según él, existía un protocolo de la clínica que prohíbe que el paciente entregue información sobre su estado de salud porque si estás en la UTI es porque estás vulnerable a cualquier cosa”.

Walo desconocía la norma hasta ese minuto y se rehusaba a colgar el teléfono. “Compadre, estoy a punto de salir al aire. No puedo cortar”, le insistía. “Él actuó muy mal. Incluso se refirió a mi condición en forma despectiva y no entiendo como un doctor puede hacer eso conociendo tu estado”. “¡Qué bueno encontrarte así!

Finalmente, el doctor se dio cuenta que sería inútil conseguir que Walo le hiciera caso y se retiró. Luego de que el equipo médico subió a Walo al helicóptero, éste emprendió vuelo de inmediato a la Clínica Santa María. Mientras la cirugía se llevaba a cabo, los dos hijos de Walo, Josefina y Andrés iban a enterarse recién del accidente de su padre. “Estábamos esperando a mi papá porque habíamos quedado en tomar once, pero no llegaba y no habíamos sabido de él en todo el día”, cuenta Josefina. En eso, Ítalo llama a Claudia, la ex señora de Walo y mamá de Josefina y Andrés. “Me acuerdo que me estaba preguntando dónde podía estar y justo Ítalo llamó a mi mamá. Nos dijo: vénganse al tiro a la clínica porque Walo tuvo un accidente”.

Josefina relata que cuando llegaron a la clínica, Ítalo los recibió en estado de shock. “Nos dijeron que a nuestro papá se le había quebrado la columna. Yo traté de calmarme y escuchar a los doctores. Mi mamá estaba muy exaltada”. La operación seguía en curso. - Lo sé doctor. Lo supe el minuto en que me accidenté- respondió Walo. No hubo llanto. Al día siguiente, Josefina y Andrés pudieron recién ver a su papá. -Perdónenme.

-Tu nos has cuidado a nosotros todo este tiempo. Desde ese día Josefina y Andrés cumplieron su palabra. Al mes del accidente, Walo salió de la UTI y fue derivado al Centro Los Coigües, donde inició un programa de rehabilitación. Los niños acompañaron a su papá en todo el proceso. “Nosotros lo ayudamos lo más que pudimos,” cuenta Andrés. En una de esas rutinas de ejercicio, el hijo menor de Walo dimensionó lo que realmente significaba la condición de su papá. “Estábamos en el centro de rehabilitación y teníamos que levantarlo para pasarlo a su silla. Entonces, me acuerdo que levanté las piernas de mi papá y ahí me di cuenta en verdad por lo que él estaba pasando. Levantar sus piernas era como levantar peso muerto.

“Esa ha sido la única vez que he llorado en todo el proceso”, confiesa Walo. Más que la pena, la admiración es lo que predomina en el discurso de los hijos de Walo. “Yo encuentro que mi papá lo enfrentó con madurez. A sus 53 años, estoy segura que otros en la misma situación habrían tomado una actitud como la que toman los niños: ponerse a llorar sobre la leche derramada. Mi papá es distinto”, dice Josefina con una sonrisa. Sentado a un costado de ella, Andrés asiente y agrega: “Mi viejo siempre ha sido fuerte.

Luego de un año de la operación a la columna vertebral de Walo, algo salió mal. Uno de los procedimientos que le hicieron en la Clínica Santa María el día de su accidente, consistía en implementar material de osteosíntesis. En palabras sencillas, se instalaron placas, clavos y tornillos de titanio en su columna vertebral para fijarla tras la fractura. Sin embargo, luego de un año con los elementos en su espalda, Walo comenzó a quejarse. “Sentía dolor y mucha incomodidad. De inmediato, consulté al médico para saber qué ocurría. Ahí, nos dimos cuenta que de los 12 pernos que tenía, 11 estaban sueltos”, dice Walo. “Yo le vi la espalda un día y tenía la punta de los fierros hacia afuera. Los clavos y tornillos que implantaron en la columna vertebral de Walo.

Hace casi 50 años, la psiquiatra suizo-estadounidense Elisabeth Kübler-Ross definió el duelo como un proceso por el cual la gente lidia con una tragedia y describió las cinco etapas de todo duelo. La primera fase, la denominó “negación”, la cual da paso a la segunda etapa en la que el individuo experimenta ira u odio. Luego, viene la “negociación”, etapa en la cual la persona tiene la esperanza de mejora. La depresión es la penúltima etapa del proceso de duelo y finalmente, la aceptación es el último paso ante una tragedia. Los psicólogos que trataron a Walo confiesan que él se saltó las primeras cuatro etapas, es decir, aceptó desde un comienzo su condición. En una oportunidad, Ítalo cuenta que le llegó a preocupar la reacción tan positiva de Walo. “Me parecía raro que no llorara, que no se deprimiera. Por eso, le sugerí muchas veces que yo lo acompañaba al psicólogo.” Finalmente, Walo aceptó y ambos participaron de una consulta con el terapeuta del centro de rehabilitación.

Llevaban treinta minutos de sesión cuando Walo le dijo al doctor: “yo le rogaría a usted que dadas las condiciones de mi amigo, que está súper afectado por mi accidente, lo siga atendiendo.” Les sonrió, se dio media vuelta en su silla de ruedas y se fue a tomar té. Ítalo comprendió que no todos enfrentan las adversidades de la misma forma. Cuando Walo tenía cinco años perdió a su padre en una lucha contra el cáncer. “Cuando un niño pierde a su papá, no hay consciencia de la muerte”. Frustrado, Walo pedía verlo, pero la respuesta que obtenía era: “tu papá está muerto.” No entendió lo que realmente significaba la pérdida de su padre hasta los 10 años. Hoy, sentado en su silla de ruedas, Walo relata el hito que cambió ese odio para siempre. “En el año 80, me cambiaron de colegio al Patrocinio San José. Estaba en segundo medio y en una clase de historia no dejábamos de molestar al profesor.” Gritos y risas saturaban la sala y el profesor se llegaba a tomar la cabeza de desesperación.

“En un minuto me cambié de asiento a uno que estaba más adelante y cuando sonó el timbre me paré para salir. El profesor me tomó con fuerza el brazo y yo le tomé la mano con la misma fuerza también”. Muy...

Entrega de 71 motos adaptadas para personas con discapacidad motriz.

El Deporte Adaptado como Herramienta de Inclusión

El secretario regional ministerial del Deporte, Leandro Torres Vega, realizó la entrega oficial de equipamiento de alta calidad y homologado con estándares internacionales a cuatro destacados deportistas de paranatación de la región, en una acción que combina objetivos técnicos y sociales para potenciar el desarrollo del deporte adaptado en la zona.

“Gracias al programa Team Valpo, que financia el Gobierno Regional por una iniciativa del propio Gobierno Regional, de nuestro gobernador Rodrigo Mundaca y de cada una de las consejeras y consejeros regionales, estamos cumpliendo con lo comprometido en este proyecto, entregando material para la competencia de alto rendimiento a estas nadadoras y nadadores que nos van a representar como región y como país en los próximos Juegos Deportivos.

En una reunión realizada en las instalaciones de la Secretaría Regional Ministerial, se entregaron dos trajes de baño con homologación FINA a la deportista Martina Villarreal García, quien representa a la región en la disciplina de paranatación. Así lo manifestó Villarreal quien, señaló que “estamos muy agradecidos por estas ayudas que nos están entregando para poder continuar con nuestra carrera deportiva. Estamos muy agradecidos con el Gobierno Regional. Ahora vamos a participar representando a la región en el campeonato de paranatación que se va a realizar en la Región Metropolitana.

Asimismo, se entregaron trajes de baño homologados con aprobación FINA a los deportistas Gaspar Garrido y Mateo Letelier, en la misma disciplina. Por último, se entregó una silla activa a Nallely Muñoz, que facilitará su movilidad durante su participación en los Juegos Parapanamericanos Juveniles 2025 y en sus entrenamientos. “Estoy muy agradecida de que nos hayan dado esta implementación para seguir en la paranatación.

El deporte adaptado, como la paranatación, no solo promueve la actividad física y la salud, sino que también fomenta la inclusión social y la autoestima de las personas con discapacidad. La entrega de equipamiento de alta calidad a estos deportistas es un paso importante para apoyar su desarrollo y permitirles alcanzar su máximo potencial.

Adaptaciones Comunes en Motocicletas para Personas con Discapacidad

Las adaptaciones en motocicletas varían según las necesidades individuales del motociclista. Algunas de las adaptaciones más comunes incluyen:

  • Asientos especiales: Proporcionan mayor soporte y comodidad.
  • Controles manuales: Permiten accionar el acelerador, el freno y el embrague con las manos.
  • Estabilizadores: Ofrecen mayor equilibrio y estabilidad.
  • Sistemas de cambio de marchas adaptados: Facilitan el cambio de marchas sin necesidad de usar los pies.
  • Soportes para muletas o prótesis: Permiten transportar estos elementos de forma segura.

La adaptación de motocicletas es un campo en constante evolución, con nuevas tecnologías y soluciones que se desarrollan continuamente para mejorar la experiencia de conducción de las personas con discapacidad.

El Impacto del Motociclismo Adaptado

El motociclismo adaptado tiene un impacto profundo en la vida de las personas con discapacidad. Al permitirles disfrutar de la libertad y la emoción de conducir una motocicleta, les brinda:

  • Mayor independencia y autonomía.
  • Mejora de la autoestima y la confianza en sí mismos.
  • Oportunidad de socializar y conectarse con otros motociclistas.
  • Sensación de logro y superación personal.

El motociclismo adaptado es mucho más que un pasatiempo; es una herramienta poderosa para la inclusión social y el empoderamiento de las personas con discapacidad.

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