El ciclismo latinoamericano ha sido cuna de grandes talentos que han desafiado las montañas, conquistado los esprints y dejado una huella imborrable en la historia de este deporte. A continuación, exploraremos las hazañas de algunos de los ciclistas más destacados de Latinoamérica, aquellos que con su esfuerzo y dedicación han alcanzado la gloria en las competiciones más exigentes del mundo.

Héroes de Dos Ruedas: Sus Historias y Triunfos
Para comprender la grandeza de estos atletas, es imprescindible conocer sus historias, los obstáculos que superaron y los triunfos que los catapultaron a la fama.
Eros Poli: La Inmolación Generosa en el Mont Ventoux
Recordemos la etapa 15 del Tour de Francia de 1994, entre Montpellier y Carpentras. Un corredor gigante, el italiano Eros Poli, lanzador del treno de Mario Cipollini, 1:93 de estatura, se lanzó en solitario a una escapada suicida. Acontecía la etapa que pasaba por el coloso de Provenza: El Mont Ventoux.
“Aquel tour comenzó con una victoria en Lille de Chris Boarman en el prólogo y terminó en Paris con la cuarta victoria de Miguel Indurain. Aquel día no lo olvidaré…fue muy especial desde el comienzo, algo increíble… impensable. Despues de atacar a 110 Km del Ventoux, aumenté mi ventaja paulatinamente a cerca de 25 minutos…cuando llegué al pueblo de Bedoín, al pie de este gigante, mi ventaja era suficiente para mantenerme según mis cuentas. Calculé 25 minutos de ventaja para sostener la punta…perder 1 minuto por kilómetro , más un margen escaso para mantener en el descenso rumbo a la meta de Carpentras.
Toda esa matemática daba vueltas en mi cabeza…mi esperanza era que conocía más o menos las cadencias y los ritmos con los que se subía en el grupetto trasero….así que sabía muy bien cuánto podía perder por kilómetro y no estar fuera del control , en la parte final del Ventoux mi director se acercó y me confirmó que Pantani había atacado atrás y que venía a 4 minutos y medio .. por primera vez…sentí que podía hacerlo.
Eros comenzó dando bandazos en Bedoin: sus 1:93 de estatura y su gran masa corporal no eran la mejor compañía para este reto gigantesco..su estilo en la escalada era digámoslo desconocido. Los primeros cuatro kilómetros del Ventoux subes a velocidad constante, la pendiente es de solamente el 4 %, pero cualquiera que conozca el Ventoux, sabe que el infierno comienza detrás de la curva a la izquierda de Saint- Esteve, en el comienzo del bosque. El dolor de mis extremidades, mi cuello, mis brazos y mi espalda iban acompañados del miedo: Me sentía que esto era muy superior a mis fuerzas.
Desde Saint-Esteve me esperaba básicamente una sola rampa de 10 Km al 10 % de pendencia…nunca me olvidaré de ese momento, porque era la primera vez en mi carrera profesional , que en competencia había visto el odómetro en mi bicicleta y la velocidad era de un dígito!!!....en el camino a la curva vas pedaleando alegre y suelto…29-30 Km/h y de repente BAM!!!
Después de un descenso impecable Poli entró triunfal a Carpentras tras 175 Km en solitario…y 3 minutos y medio antes que su compatriota Alberto Elli, que lideraba el pelotón.
He vuelto en plan cicloturista solo una vez después al Ventoux…y me pregunté..Cómo diablos hice eso (de subir) en el 94?..el Ventoux es una parte muy especial del tour…es la montaña de Tommy (Simpson) , la montaña en la que Merckx definió tantas cosas..la montaña de Pantaní y de todos los grandes ciclistas de la historia y yo soy uno de esos grandes ciclistas que tiene además un estatus único y especial.
Miguel Indurain: El Dominio en la Década de los 90
El mes de julio 1996 estaba reservado a ser el del sexto Tour de Francia consecutivo de Miguel Indurain, pero el verano desapareció de golpe camino de Les Arcs con la pájara más dolorosa de la historia del ciclismo. Miguel Indurain trituraba rivales julio sí y julio también desde 1991.
También se dedicó a hacer lo propio en vísperas de la que debería haber sido la victoria que le habría elevado al olimpo definitivo del ciclismo: ser el único de todos los tiempos en vestirse de amarillo seis veces en París, y todas ellas de forma consecutiva. Esa historia ya se conoce de sobra y recordarla es un ejercicio doloroso.
La Dauphiné Liberé es otra de esas carreras importantes que debe su existencia y su nombre al Periodismo y que desde siempre ha sido considerada la antesala perfecta para preparar el Tour de Francia y especialmente para determinar quién es el candidato oficial en julio. Si en los años setenta siempre ganaban los alemanes jugando a fútbol, en los noventa y comienzos de los 2000 quien ganaba en el Delfinado tenía casi asegurado correr la misma suerte que Alemania. O sea, ganar.
Victoria en el prólogo y general de la Vuelta al Alentejo, victoria en la etapa contrarreloj y general de la Vuelta a Asturias, victoria de etapa en montaña y general de la ya extinta Bicicleta Vasca. Así llegaba el navarro a aquella Dauphiné con miras a su sexto Tour de Francia: arrasando allá por dónde corría y con la única preocupación de afinar su puesta a punto e incluso de reducir su peso, tal y como insistiría tras ganar la última etapa y sentenciar la general en Grenoble.
Su mentor y portavoz ante los medios, José Miguel Echávarri, así lo atestiguaba ante los medios conteniendo la euforia y señalando que este nuevo triunfo tan sólo formaba parte de su preparación y que era "un regalo que el propio Miguel se hacía a sí mismo". Cabían pocas dudas de que Indurain reventaría la historia de este deporte un mes y medio después en los Campos Elíseos, porque en este último baile real no dio tregua alguna a Laurent Jalabert, ni a Tony Rominger ni a nadie.
En la etapa anterior del Mont Ventoux, Laurent Jalabert ostentaba el liderato de la carrera e incluso parecía que lo iba a defender de una forma sólida. La potente formación de Manolo Saiz y el polivalente ciclista galo debían dedic...
Eugène Christophe: Un Héroe de Otra Época
Fue en el año 2010 que el Tour de Francia conmemoró el centenario del coloso puerto pirenaico del Tourmalet, acontecimiento que nos ha traído a la mente no pocos recuerdos y gestas que se fraguaron en este tradicional lugar de la geografía francesa, colindante a nuestro país. No hay duda que Christophe fue una de las figuras más populares con que contó el ciclismo francés.
Lo más curioso del caso es que participó en once ocasiones en el Tour de Francia, viéndose obligado a abandonar en tres. Nunca tuvo la grandeza de poder vencer a pesar de que lo tuvo muy cerca en más de una ocasión. En nuestro recuerdo nos hemos de situar en el año 1913, en la etapa Bayona-Luchon, de 326 kilómetros, con la inclusión del célebre Tourmalet, un puerto de alta montaña inaugurado por los ciclistas con tan sólo tres años de historia.
Christophe, coronó la cima en segunda posición tras el belga Philippe Thijs, que sería el futuro vencedor absoluto del Tour. Terrible momento para el corredor francés que poseía facultades para llevar a cabo una sonada actuación y su triunfo absoluto. Los reglamentos de aquella época dictaban que cualquier avería debía ser enmendada por el mismo corredor sin recibir ayuda del exterior.
Se dio la circunstancia, un tanto casual, que Christophe, el afectado, había realizado unos cursos para trabajar el hierro en una escuela de formación profesional emplazada en su pueblo de origen. Aquel hecho reforzó su prestancia de forma un tanto inesperada ante aquel tan desgraciado accidente. Cuando entró en el pequeño taller de forja, emplazado a las afueras de la mencionada población, fue parco en palabras ante una petición dirigida al modesto dueño del establecimiento que le salió al encuentro un tanto asombrado viendo lo que veía.
Christophe, ni corto ni perezoso, le formuló el siguiente aserto: “¡Préstame tú forja y facilítame cuanto antes un martillo! El trabajo correrá por mi cuenta. Nadie debe ayudarme en la faena”. Fue un veterano y gran amante en la práctica de la bicicleta, dado que habiendo cumplido los 40 años, aún se permitió la osadía de participar una vez más en el Tour para terminarlo en decimoctava posición.
Publicamos, efectivamente, acompañando al presente reportaje, un documento gráfico que tuvimos la fortuna de obtener en aquel recóndito lugar pirenaico. Constituye un hito histórico cuyas palabras escritas nos traen a la memoria no poca emoción y sí, además, una inevitable admiración. El texto dice: Eughène Christophe, líder de la prueba, perdió aquí toda opción de victoria, pero aun así dio una formidable lección de coraje y de tenacidad.
Christophe le siguió, pero rompió la horquilla cerca de Valenciennes. Las reglas del momento establecían que los ciclistas no podían tener ningún tipo de ayuda, lo que obligaba a Christophe a reparar la bicicleta él mismo. La avería le llevó a perder dos horas y media y toda la ventaja que tenía respecto a Lambot.
Como colofón final, sí quisiéramos dar a conocer a la luz lo que comentó aquel ciclista de cierta fama en su tiempo llamado Antonin Magne, compatriota suyo, en ocasión del fallecimiento de Christophe ocurrida el primero de febrero de 1970, al querer glosar su figura del todo tan ejemplar. Aquellas palabras, breves si se quieren, encerraban la descripción justa de lo que representó aquel hombre que luchó en silencio frente a la adversidad. Se le llamó incluso con el apelativo de ser un “misionero del ciclismo”. Son palabras, éstas, que perduran en el hondo de nuestro corazón.
Son palabras que no pueden desaparecer así como así al compás de los vientos.
La horquilla de Eugène Christophe
La Épica Milán-San Remo de Eugène Christophe en 1910
Los italianos celebran cada año la llegada de la primavera con una carrera ciclista: la Milán-San Remo. Una prueba larga que tiene un momento cargado de simbolismo, el paso por el túnel del Turchino. Tras despedirse por la mañana del frío invernal que suele haber en Lombardía, los corredores inician tras ese puerto situado en mitad de carrera el descenso hacia el agradable clima del Mediterráneo.
"El Turchino está cerrado, hay dos palmos de nieve en la carretera". La noticia corría con celeridad por los hostales de los ciclistas que en Milán esperaban el 2 de abril de 1910 la disputa de la cuarta edición de la Milán-San Remo. La organización se enfrentaba por primera vez a una situación similar y tenían dudas de qué hacer. El invierno se estaba alargando mucho más de la cuenta y las temperaturas en Lombardía, lejos de dulcificarse, habían descendido aún más. "Se corre". Fue lo primero que escucharon tras levantarse.
Al final la organización había decidido lanzar a los corredores a la aventura sin tener la seguridad completa de las condiciones y lo que estos encontrarían. Gestos de desánimo en muchos de ellos, de alegría en otros, de incertidumbre en todos. Una cuarta parte de los inscritos se marcharon para casa antes de arrancar y finalmente fueron 71 los corredores que se presentaron en el centro de Milán. Allí estaba Eugene Christophe, antes de hacerse célebre por perder el Tour tras sufrir una avería mecánica.
Era su segunda vez en la Milán-San Remo y tenía esperanzas de estar en la pelea por la victoria. La carrera parte con una temperatura próxima a los cero grados en Milán. El frío resulta violento. Tal vez por eso el ritmo que se imprime desde la salida es mucho más alto de lo habitual. Extraño en una carrera tan incierta y con casi trescientos kilómetros por delante repletos de incógnitas. Cristophe trata de seguir el ritmo de un grupo de diez ciclistas que se había puesto por delante pero enseguida comprende que sus posibilidades son mínimas.
Comenta con varios compañeros de pelotón que esa velocidad es imposible de mantener y que prefiere quedarse atrás y hacer su carrera. La decisión no tarda en demostrarse que es la acertada. Después de cumplir los primeros 100 kilómetros en poco menos de tres horas, los corredores empiezan a sentir el efecto del frío y del viento gélido que les acompañan. En el control de Ovada muchos se bajan de la bicicleta.
Del pequeño grupo solo quedan delante el ciclista francés Van Hauwaert (ganador de la segunda edición) y Ganna (que había vencido un año antes en esa misma carrera). Comienzan a subir entonces el Turchino. La nieve y el barro tapan la carretera, la corriente de viento glacial paraliza a los ciclistas y el ambiente es espectral. Christophe no tarda en quedarse solo en la persecución de los dos primeros. Está más habituado a esas condiciones. Su cuerpo, forjado en la temporada de ciclocross, se adapta mejor al frío por lo que no tarda en superar a Ganna.
Sufre y se retuerce en la bicicleta. Las manos y las piernas las tiene entumecidas por lo que en algunos tramos se baja de la bicicleta y corre con ella para ver si así el cuerpo es capaz de ganar algunos grados de temperatura que hagan más llevadera la situación. Allí, en la cumbre, le comunican que va con seis minutos de retraso con respecto a Van Hauwaert. La sorpresa se la lleva cuando le encuentra quinientos metros después al lado de la carretera con una prenda de abrigo tapándole la cabeza. "Me voy a casa, no puedo dar una pedalada más" le dice a Christophe, que pasa a comandar la carrera.
Pero le espera entonces el tramo más complicado. El frío en el descenso se hace si cabe más insoportable. Tirita sin parar, la nieve complica aún más las maniobras, comienza a sentir calambres y le duele el estómago. Hace tiempo que ya no siente las piernas pese a los esfuerzos que hace por correr algo. Todo es inútil. Está bloqueado, congelado en mitad de una carrera infernal. Se para y se sienta abatido junto a una piedra con la sensación de que nada tiene arreglo y que está a punto de despedirse de su primer triunfo internacional, de los trescientos francos de premio.
En ese momento pasa por allí un vecino de la zona y le conduce a su casa, que resulta ser un pequeño albergue. Christophe se siente revivir poco a poco. La sensibilidad regresa a sus extremidades. El buen samaritano le saca un pantalón y un jersey para que se los ponga. Él coloca el dorsal con un alfiler en la ropa que le acaban de entregar y se pone a hacer estiramientos con la idea de regresar a la carrera. Por la ventana ha comprobado que solo habían pasado cuatro corredores (Pavesi, Albini, Cocchi y Ganna) pero avanzaban a duras penas por lo que decide emprender la marcha.
La verdad es que Christophe retoma el descenso del Turchino y va recogiendo lo que queda de los ciclistas que iban por delante. Son fastasmas, no corredores. Tampoco es que él vaya mucho mejor, pero el ponche, la comida y la ropa seca le ayudan a combatir mejor el frío. A menos de 100 kilómetros de la meta ya los ha superado a todos. Ninguno es capaz ni tan siquiera de hacer el intento por unirse a él. Están muertos de cansancio y de frío.
Los directores de Christophe están desorientados porque no aciertan a entender su caída y ascenso en la clasificación hasta que él les explica lo del albergue. A 50 kilómetros de la meta se siente el ganador y pide que le corten los pantalones por las rodillas mientras devora un trozo de queso que le acaban de ceder. El último tramo, ya con el olor del Mediterráneo en el aire, resulta gozoso para él. Por un momento olvida el sufrimiento y disfruta de ese instante.
Son más de las seis de la tarde y ha invertido más de doce horas, cuando cruza la línea de meta de una carrera dantesca. Solo la terminan siete ciclistas, de los que tres son descalificados porque han cometido alguna ilegalidad.
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