El ciclismo, más que un deporte, es una pasión que ha tejido historias de grandes figuras y equipos emblemáticos. En España, nombres como Federico Martín Bahamontes y marcas como La Casera han dejado una huella imborrable en la memoria de los aficionados.

Federico Martín Bahamontes: El Águila de Toledo
Aunque los mitos suelen tener como protagonistas a dioses y seres sobrenaturales, en la vida real también hay personajes cuyas hazañas calan tan hondo en el alma colectiva de una comunidad que pronto adquieren la condición de legendarias.
En Federico Martín Bahamontes, la ciudad de Toledo tiene uno de ellos. Bautizado con el nombre de Alejandro, Martín Bahamontes siempre ha sido “Fede”. Nació el 9 de julio de 1928 en una casilla de peones camineros en Val de Santo Domingo, donde trabajaba su padre.
Un año después, la familia se instaló, como guardeses, en el Cigarral de Montoya, donde les sorprendió la Guerra Civil. Madrid y la localidad toledana de Villarrubia de Santiago fueron los lugares donde nuestro protagonista vivió durante el conflicto. Al término del mismo, regresaron como asalariados en el campo.
Aquellos difíciles años, en los que Federico ejerció los más duros trabajos, incluidas algunas acciones de estraperlo para contribuir a la economía familiar, marcaron su espíritu luchador, vivo y sagaz, sabiendo que jamás hay que rendirse mientras quede un mínimo esfuerzo por hacer.
Treinta duros le costó la primera bicicleta que compró a un herrero y con la que en 1947, a la edad de diecinueve años, comenzó a participar en carreras ciclistas por los pueblos toledanos. En la segunda de ellas, ganó. Fue en el verano de 1948 con un trazado entre Toledo-Puente del Guadarrama-Cabañas de la Sagra-Toledo.
En su primer año como profesional, en 1954, Bahamontes comenzó a escribir los mejores renglones de su leyenda. Fue en el Tour de Francia, cuando protagonizó una de las anécdotas más contadas y repetidas de la historia del ciclismo mundial. Llegado a la cima del Col de Romeyère y debiendo esperar a su mecánico para reparar una avería en la bicicleta, no dudó en detenerse a comer un helado, ante la mirada atónita de cuantos le veían.
Cinco veces más consiguió alzarse con tal premio, sellando en letras dorados uno de los principios indiscutibles de este esforzado deporte: escalar y decir “Bahamontes” son la misma cosa. En aquella España que comenzaba abrirse al mundo, las tardes de verano estaban marcadas por las retransmisiones radiofónicas de sus escapadas y las melodramáticas radionovelas escritas por Guillermo Sautier Casaseca y Luisa Alberca.
En 1959 llegó la apoteosis. El 18 de julio -fecha emblemática del régimen franquista y en la que se cumplían once años de su primera carrera ganada- Federico Martín Bahamontes entró vestido de amarillo en el Parque de los Príncipes de París. Era el primer español que lo conseguía. Alejandro, aquel duro y fino ciclista nacido en una casilla de peón caminero, dejaba de ser “El Lechuga” para convertirse en el “Águila de Toledo”. Había marcado un hito en el devenir del ciclismo patrio. ¡Ya era posible tratar de “tú a tú” a monstruos sagrados como Fausto Coppi o Jacques Anquetil!
Hasta su muerte ha sido el decano de cuantos ganadores de Tour de Francia continúan vivos. Los recibimientos que en 1954 y 1959 le hizo la ciudad de Toledo fueron espectaculares y aún son recordados por quienes lo vivieron. Las imágenes de su recorrido en coche descapotable hasta la plaza del Ayuntamiento, acompañado por ciclistas locales y jaleado por miles de toledanos y toledanas siguen poniéndonos la piel de gallina. Esa misma sensación se tiene al releer las crónicas periodísticas de aquellos eventos. En septiembre de 1959, el Ayuntamiento le nombró Hijo Adoptivo.
Retirado en 1965 con un palmarés inigualable, ciento veinte victorias profesionales, continuó ligado al ciclismo, alentando y dirigiendo distintos equipos de juveniles y de aficionados. Su popular tienda en la Plaza de la Magdalena, espacio urbano dedicado a él por el Consistorio, se convirtió en lugar de peregrinaje y visita obligada para cuantos aficionados a este deporte llegaban a nuestra ciudad. También tomó las riendas de organizar la Vuelta Ciclista a Toledo, que celebró cincuenta ediciones, siendo la última en 2015.
Habiendo tenido al hambre como maestra de la vida y sabiendo que nada puede conseguirse sin esfuerzo, Bahamontes ha mantenido durante toda su vida los pies muy bien asentados en el suelo. Ha sido una persona querida por su cercanía, su simpatía natural, su conversación siempre amena y plagada de jugosas anécdotas, sus certeros análisis sobre el ciclismo de nuestros días, su gran capacidad para saber distinguir entre quienes se iniciaban en este deporte a los que tenían madera de líderes de los que no, su inagotable capacidad de trabajo hasta sus últimos meses o la sincera espontaneidad con que expresaba sus opiniones sobre cuanto se le preguntase, le han granjeado el cariño unánime de todo el mundo.
Como se indicaba el principio de estas líneas, este homenaje nos nuestra al Federico ciudadano más que al Bahamontes deportista, aun sabiendo que ello es difícil de discernir, como bien quedó demostrado el 6 de mayo de 2018 cuando el Ayuntamiento de Toledo y la Fundación SOLISS le rindieron un emotivo homenaje inaugurando una estatua en su honor en la curva del Miradero, representándosele ascendiendo en su característica posición de ataque hacia la meta. Aquel domingo, Bahamontes, como en 1959, subió desde la Puerta de Bisagra en un coche descapotable, acompañado por la entonces alcaldesa Milagros Tolón Jaime, a quien él conocía desde recién nacida por cercana amistad con sus padres, y escoltado por aficionados el ciclismo. Junto a “Fede” no solo estaban los representantes sociales y políticos de toda la ciudad, sino también algunos de a quienes él abrió camino para que un día ganasen el Tour: Perico Delgado, Miguel Induráin y Carlos Sastre.
Desde su inauguración, no faltan grupos ciclistas aficionados que suben hasta su escultura para fotografiarse junto a nuestro “Águila”. Así lo hicieron el 9 de julio de 2023 decenas de ellos encabezados por el alcalde de Toledo Carlos Velázquez, rindiéndole homenaje con motivo de su noventa y cinco aniversario.
Conscientes de que nadie muere mientras perviva su recuerdo, desde el Archivo Municipal de Toledo sabemos que Federico Martín Bahamontes siempre estará presente en la memoria colectiva de esta ciudad y de todos los amantes del ciclismo. Por eso queremos compartir estas fotografías en recuerdo suyo y como testimonio de gratitud a cuanto nos dio en vida. Y al igual que con ellos la iconografía artística y popular es generosa, con “Fede” también lo ha sido.

La Casera: Un Patrocinio Histórico
La historia del ciclismo también está marcada por los patrocinios, y La Casera es un nombre que resuena con fuerza. Hasta 1962, los patrocinadores principales de los equipos profesionales debían ser marcas de bicicletas. Había algunos ajenos al deporte antes de 1962, como Carpano en Italia, pero estaban actuando fuera de las normas.
Tal vez era para preservar la estética y pureza del deporte, pero es algo que creo ya ha remitido. El equipo ciclista La Casera, con su maillot distintivo, es un símbolo de una época dorada del ciclismo español. En aquella época, el maillot de ciclismo era más que una simple prenda deportiva; representaba un equipo, una identidad y un sueño.
Escuela Ciclista Mérida y sus Inicios
El club ciclista de Mérida celebró en 2016 su 40 aniversario, siendo el club más longevo de nuestra Comunidad, teniendo el número 1 en el registro de la dirección General de Deportes. Primero ganó La Vuelta Pesarrodona, luego Gimondi se impuso en el Giro y el Tour se lo agenció en julio Van Impe. y meses después se fundó la Escuela Ciclista de Mérida. Todo en 1976.
Manuel Gallego (Mérida, 1946), un amante del ciclismo desde que a los diez años empezara a visitar en verano a sus tíos asturianos, se enteró de que el club polideportivo de la barriada María Auxiliadora barajaba la idea de ampliar sus secciones, y allí que se presentó para convencer a Nicolás Muriel y Emilio Calera, responsables del club, y a José Luis Pacheco, presidente de la Asociación de Vecinos, para fundar la primera Escuela de Ciclismo de la ciudad, que se registró en la Federación Provincial de Badajoz el 7 de octubre de aquel año.
«Empezamos con pocos medios o ninguno», tira de memoria Manuel Gallego. «Los chicos que se apuntaron no tenían ni idea de ciclismo. ni tampoco bicicletas. Arrancaron en una cochera repleta de trastos que impedían cerrar la puerta («imagínate los días de lluvia»), luego pasaron a un bajo y, algo más tarde, a un primero.
"Siempre digo que lo peor del deporte base son los padres. pero en aquella época los padres eran lo mejor. ¡Qué ayuda nos prestaron! Todos estaban volcados, era la novedad, y cada vez contábamos con más chicos. Había una afición que no estaba en consonancia con los medios que disponíamos», prosigue Manuel.
No competían, solo se daba clases, porque no había más de dos bicicletas: las del propio Manuel, que se sacó el título de Director Deportivo en enero del 74 mientras vivía en Colmenar Viejo, y su hermano. La Escuela creció tanto que comenzó a tener más chicos de Mérida que de la propia barriada, y se empezó a mover de sede en sede por todos los rincones de la ciudad.
Y llegó Cirilo Serrano, el primer patrocinador, con La Casera. Cuando Miguel Indurain sumó su quinto Tour y el boom de aquella época lo coloreaban ciclistas de la talla de Perico, Rominger, Lemond, Fignon, Zulle, Chiappuci, Bugno, Pantani. la Escuela ya rondaba los veinte años de existencia y disfrutaba por entonces de la mejor generación de ciclistas que alumbró.
Israel, que entró en la Escuela con 16 años, firmó cuando cumplió los 20 por el ACR navarro y se puso a correr la Vuelta a Extremadura con un tal Joseba Beloki a mitad de la década de los 90. «Allí corría el extremeño Ernesto Manchón, que me animó a fichar por ellos. Pero yo quería continuar con mis estudios y entrenaba aquí en Mérida.
Estábamos todos muy involucrados con la Escuela, pasábamos mucho tiempo juntos. Dimos con unas excelentes personas, como José María Lozano y Manuel Gallego, que formaban antes a la persona que al ciclista. Nos dedicaron todo su tiempo. ¡Y lo que disfrutábamos!
«No teníamos la preparación de otros equipos, pero aprendimos a convivir, a sacrificarnos por los demás compañeros... Éramos una familia: íbamos a las carreras sin presión, a disfrutar. José María Lozano ponía el coche, otros padres la comida, otros los refrescos. Era una manera diferente de correr. No te exigían.
Ahora, muchos de aquellos alumnos han vuelto a juntarse, tantos años después, para salir con la bicicleta a entrenar. «La repercusión y el impacto en la sociedad de la Escuela no ha cambiado mucho, pero sí que ha crecido en cuanto a medios. Estamos aquí para el que quiera. Aquí no se obliga a nadie a competir, somos una escuela de ciclismo.
A finales de siglo, tres alumnos de la Escuela sufrieron un atropello a la altura del Camping cuando regresaban de un entrenamiento. Y ahí José María Lozano y Manuel Gallego no esperaron más: llenaron el petate y se pusieron a viajar por toda España para recabar información, coste y modelos de posibles velódromos con tal de presionar al Ayuntamiento de Mérida para que construyera uno en la ciudad.
Azucena empezó a pedalear a los siete años, animada por su hermana. A partir de ahí, llegó a la élite del ciclismo femenino nacional, participó con la selección española en Mundiales y fue entrenada por la mismísima Dori Ruano. «Llegué hasta donde llegué gracias al apoyo de mi familia y de mi padre», le hace justicia hoy Azucena, que nació cuatro años después de la fundación de la Escuela.
«Para mí la Escuela lo es todo. Allí me he formado y es hoy mi forma de vida. Un día, un aficionado al ciclismo que hacía mountain bike en el velódromo no sabía que allí existía una Escuela que formaba a los más pequeños.
«Te voy a traer a mi hija, que le encanta la bici», le espetó a Azucena. «La nueva etapa de la Escuela comenzó como hace unos cuatro años aproximadamente: una madre me llamó y me dijo que quería que enseñáramos a montar en bici a su hija. y por ahí empezó lo que somos ahora mismo», cuenta la directora, que tiene a su mando a una veintena de niños que van desde los 3 hasta los 13 años.
«Antes teníamos un equipo juvenil, uno de féminas, sección séniors, con hasta 150 chavales apuntados, cuando estaban Manuel y mi padre al frente. Ahora hemos empezado de cero, con lo más pequeños, a los que llevamos competir a los JUDEX. Son ya más de 10.000 los alumnos que han pasado por su longeva y exitosa historia.

El Maillot de Ciclismo: Características y Diseño
Diseño Funcional: Con una cremallera central que facilita el ajuste y tres bolsillos traseros, proporciona suficiente espacio para llevar tus esenciales durante el recorrido.
Regulación de Temperatura: Su diseño innovador permite mantenerte fresco en días calurosos y caliente en días fríos, adaptándose a diversas condiciones climáticas.
Se recomienda seleccionar siempre una talla por encima de la que usas normalmente en tallas europeas. Por ejemplo, si usas una talla M, deberías optar por una talla L en este modelo. Para mayor precisión, es aconsejable medirse antes de realizar la compra.
Si recibes una talla que no se ajusta bien, puedes realizar una devolución sin problema; sin embargo, los gastos de envío correrán a cuenta del cliente.
Comodidad Durante el Pedaleo: Gracias a su ajuste ceñido y telas transpirables, proporciona una experiencia de pedaleo sin restricciones. Evita el uso de blanqueadores y seca al aire libre, evitando la exposición directa al sol para preservar los colores.
Con su diseño atractivo y características funcionales, es una excelente opción para cualquier ciclista.
Cesáreo Sarduy y el Athletic
Cesáreo Sarduy, famoso ciclista de los años veinte que ganó el campeonato de Vizcaya de 1924, posa con la camiseta del Athletic. Entre 1924 y 1929 mantuvo un conjunto de corredores.
Alineados en el mostrador del Café de Murga, en Bilbao, un grupo de entusiastas del deporte decidieron crear la Sociedad Ciclista Bilbaína (SCB). En 1904 ... las bicicletas eran una novedad que asustaba a los viandantes del Campo Volantín.
Allí, en el Murga, estaban Roger Moser y Peake, Enrique Pinedo, Jenaro Morales y Luis Fernández de Gamboa. Entre copas y humo, ellos dieron la primera pedalada. Moser era todo un personaje. De origen irlandés, marino con los brazos tatuados, aficionado al rugby y, ya en Bilbao, un notable jugador del Athletic, como recuerda el libro que José Antonio Díaz escribió sobre la Sociedad Ciclista Bilbaína.
A Roger Moser le cambiaron el nombre. Le llamaron Juan Moser. Y así está en la memoria. Él fue la clave entre el ciclismo y el Athletic.
La historia del maillot de ciclismo La Casera y la trayectoria de Federico Martín Bahamontes son ejemplos del legado del ciclismo español. Ambos nombres evocan recuerdos de una época en la que el deporte era sinónimo de pasión, sacrificio y superación.
