Ciclista Peñalosa: Un Bigote, Una Historia

La bicicleta es mucho más que un hermoso artilugio de dos ruedas que nos permite trasladarnos por el paisaje con nuestro propio impulso. La bicicleta contribuye al conocimiento de la realidad que nos rodea, y nos aclara, muchas veces, malos entendidos o informaciones equivocadas.

Guillermo Peñalosa es uno de los mejores divulgadores del mundo en la necesidad de construir espacios públicos urbanos a la medida del ser humano. En las construcciones que Peñalosa imagina y proyecta la bicicleta forma parte indispensable de la movilidad urbana. Este colombiano es el responsable de la transformación de Bogotá y del impulso de la Ciclovía en la capital colombiana que emplean miles de ciclistas cada semana.

Guillermo Peñalosa, promotor del ciclismo urbano.

A veces las ideas sencillas y pequeñas son las que más pueden influir para cambiar las cosas. "Una bici cambia el mundo" es una iniciativa de la Asociación ci...

Un Viaje por el Mundo en Bicicleta

Ultimo capítulo de un viaje por el Atlas marroquí de un grupo de ciclistas cántabros. Una inmersión desde la bicicleta de montaña en otras formas de vida, un acercamiento a otros pueblos que nos enseñan cuántas cosas de nuestro modelo de sociedad son prescindibles, y las que verdaderamente son necesarias.

Segunda entrega del viaje de un grupo de cicloturistas españoles que recorrieron las montañas del Atlas de Marruecos con sus bicis de montaña. Una experiencia única que les ha servido para darse cuenta de cuantos mundos hay en este mundo. También para derrumbar tópicos sobre los marroquíes y percibir además que el ser humano puede ser feliz con poco y sin necesidad de contar el tiempo.

En el ciclismo de montaña se han puesto de moda las pruebas de resistencia. Las hay por etapas o de un sólo día, como la ya famosa , por su dureza y buena organización, "Los Diez Mil del Soplao" en Cantabria. Pero en estos momentos tienen mucho auge las que se celebran en la modalidad 24/12; son competiciones en las que los ciclistas tienen que recorrer un circuito durante un número determinado de horas. Se disputan generalmente por equipos y a relevos, y gana quien consiga completar un mayor número de vueltas al circuito en 24 o 12 horas. Todas son competitivas, sin embargo, en Cicloturismo en la 5 hemos estado con un equipo de jóvenes ciclistas de montaña que han participado en una de estas pruebas en la sierra de Madrid. Su objetivo no era ganar, era disfrutar de una jornada de ciclismo de montaña entre amigos.

El Reto Personal de Juan Morello

Para el joven cicloturista deportivo, Juan Morello, ha llegado el día del gran reto: afrontar por primera vez una marcha cicloturista de resistencia y gran fondo. Este fin de semana Juan está participando en la Quebrantahuesos, una de las marchas más duras organizadas en España. Hace un año, en los puertos de los Pirineos, renació su afición ciclista. Desde entonces se propuso este objetivo, cuyo desarrollo nos contará en futuros espacios de Cicloturismo en la 5.

Durante un mes, quitándose días de vacaciones, Juan Morello ha estado entrenando sólo en los Pirineos franceses, ascendiendo los míticos puertos del Tour de Francia.

Juan Morello recuerda su bici de niño, "la bicicleta que tenían todos los niños entonces", después lo dejó. Pero hace un año, en las rampas del Tourmalet, viendo pasar la los ciclistas del Tour de Francia, Juan pensó que el quería también subir esos míticos puertos de los Pirineos y emular esas escaladas ciclistas. Y en ello está.

Coll du Tourmalet, un puerto mítico en los Pirineos.

Ultimo espacio de nuestra conversación con el cicloturista, Juan Morello Sánchez, y de las historias con su bicicleta por los altos Pirineos franceses. Juan nos habla de sus escaladas por los puertos míticos y de sus encuentros con los personajes que se fue encontrando durante sus ascensiones al Tourmalet, Hautacan o Luz Ardiden.

A veces las ideas sencillas y pequeñas son las que más pueden influir para cambiar las cosas.

Anécdotas y Recuerdos

Recordando y…recordando… Me viene a la memoria cuando yo tenía doce o trece años, que vi en Cabra dos espectáculos que no olvidaré. Aquel memorable espectáculo consistía en lo siguiente: En el mismo centro de la Plaza se erguía una altísima escalera, que calculo, tendría unos 25 o 30 metros de altura. Cogida con unos fuertes vientos en varios de sus lados. Era tan alta que sobresalía de la Plaza de Toros. Daba miedo, parecía tocar el cielo.

Los espectadores preferentes, en sillas, y alrededor de esta pista en forma circular en varias filas de ellas. En las gradas de la plaza los espectadores que pagaban un menor precio. Antes, los ayudantes habían rociado el agua de la piscina con latas de gasolina o petróleo. Un redoble de tambores... aviva el suspense. Entre tanto se apaga la luz en toda la Plaza, los ayudantes prenden fuego al agua de la piscina y…. Transcurridos unos minutos, la bella señorita se lanza al vacío de cabeza y cae espectacularmente en el agua con el fuego intenso de la pequeña piscina... La señorita Miss Quincy emerge en el agua alzando la cabeza sonriente.

El otro gran evento de mi recuerdo se daba en el desaparecido Teatro Principal de la Empresa Guerrero. En él unos cuantos perritos de diferentes razas y tamaños tenían que construir la fachada de una casa con ladrillos, que al parecer eran de goma o de otro material parecido. La actuación consistía en que los perros iban acarreando los materiales, mientras otros los transportaban en varios carritos, de uno a otro lado del andamio y los iban colocando apilados con la forma de la fachada de una casa. De pronto ocurre algo inesperado.

De esta forma se terminaba este divertido espectáculo, con el aplauso de un público totalmente entregado, a unos perritos que estaban maravillosamente amaestrados, y que nos han tenido totalmente entretenidos y maravillados, haciendo su trabajo como verdaderos profesionales.

La Historia del Fútbol Español

El artículo que con mucha gentileza nos ha cedido Julio César Iglesias para su publicación en nuestros Cuadernos de Fútbol es sin duda uno de los más famosos de la historia del fútbol español. Y casi nos atreveríamos a decir que es probablemente el más famoso. ¿Qué artículo, si no este, vendría a la mente de cualquier aficionado? Es por eso por lo que los Cuadernos de Fútbol, primera revista de historia del fútbol español, no podía menos que contar entre sus publicaciones con «Amancio y la quinta de El Buitre» (El País, 14-11-1983), el artículo en el que precisamente se inventó la popularísima expresión.

Si el fútbol fuese una ciencia exacta, el éxito del Castilla sería sólo una igualdad matemática: con la jornada de ayer, quince puntos, cinco positivos, veinticinco goles a favor, once en contra. Si el fútbol fuese únicamente una ciencia, el éxito de Butragueño, delantero centro titular, sería un simple dato numérico: quince goles en once partidos.

La serie goleadora de Butragueño, El Buitre, es una muestra de calidad personal y es también el resultado de una suma de esfuerzos. Detrás de El Buitre están el trabajo de un entrenador con imaginación, Amancio Amaro, míster AA, y el ingenio colectivo de Michel, Pardeza, Sanchís y Martín Vázquez.

Las primeras noticias sobre El Buitre datan de hace dos años y de un trofeo Santiago Bernabéu. A las siete de aquel miércoles de cerveza y fundición, los cronistas comenzaban a deslumbrarse con cierto Taland, un holandés berrendo en surmoluqueño que llevaba el balón con ceremonia, como si fuese un pastel de cumpleaños. Una vez en área, le enseñaba el pastel al defensa, y en el último momento lo escondía con el donaire de un prestidigitador. Uno a cero gana el AZ al Real Madrid juvenil.

Pero en aquella tarde metálica los ojeadores descubrirían un segundo fenómeno: para responder al holandés berrendo en surmoluqueño, Grande, el entrenador local, sacó a un extraño chico dotado de una tosca figura de repartidor. Tenía la espalda recta, las piernas robustas y cortas, y los brazos, largos y pendulares. Por si fuera poco, estaba rematado por una cabecita poliédrica cuyo punto de fuga era una nariz triangular. Como contrapartida, no tenía un pelo de tonto; alguien, seguramente un aprendiz, le había rapado al cero. Cuando recibió el balón, las cosas cambiaron radicalmente. Dio un toque para controlar, levantó la cabecita, vio un hueco entre los defensas y metió un pase que era medio gol. Unos minutos después se había confirmado como un virtuoso del juego corto, uno de esos seres nacidos para la picardía de los salones de palacio. En el último minuto empató el partido.

Muchos meses más tarde, aquel tipo microcéfalo reaparecía en el Real Madrid de Tercera División, antes llamado el amateur. El partido se jugaba en la Ciudad Deportiva. Había mucho público. En aquella fría mañana de estaño y limonada los chicos no lograban hacer un gol. A última hora llegaron al graderío dos desconocidos, seguramente dos locos. Eran bajitos, barbudos y medio incendiarios, y venían hablando de Butragueño. Decían que era un hombre de cinco velocidades. Cuando faltaba un minuto, El Buitre recibió el balón. En el círculo central metió la primera, en la demarcación de medios volantes la segunda, en línea de media luna la tercera, y en la línea frontal la cuarta. Los dos desconocidos empezaron a gritar «¡la quinta, Buitre! Fuera por prodigio o por casualidad, El Buitre dio un definitivo acelerón, se presentó ante el portero y disparó suavemente hacía la izquierda. Más que una jugada, aquel lance fue una conversación de El Buitre consigo mismo. Desde entonces El Buitre ha demostrado mil veces en el Castilla que la distancia más corta entre dos puntos no es la línea recta. Avanza en zigzag, o más exactamente, en zigzag y plata, como el relámpago.

Sin embargo, la ascensión de El Buitre ha sido un fenómeno asociativo; su juego y sus goles han sido posibles gracias a la rara coincidencia de una emoción popular, de un gusto de la hinchada por la fantasía, y de una quinta de extremos fulgurantes y mediocampistas finos y geométricos. Los goles de El Buitre son cosa de Fuenteovejuna.

Todo empezó un jueves, a quinientos metros del casino de Montecarlo. Se disputaba la final del torneo juvenil Príncipe de Mónaco de selecciones nacionales, un campeonato de Europa oficioso. Había participado la selección española, y uno de sus jugadores, Miguel González, Michel, era designado mejor futbolista del año. Se rumorea que en la entrega de premios a la princesa Carolina se le cayó la pamela en presencia del joven interior izquierda, y que a Philip Junot se le empezó a caer Carolina. Tal episodio es, sin duda, un bulo con el que los cronistas quisieron reflejar su deslumbramiento ante los pases de Michel al espacio libre, ante su imaginativo juego de estudiante. «La imaginación, al poder», dijeron los rezagados del Mayo francés; «La imaginación, al Castilla», dijeron los aficionados madridistas que pretendían tomar por sorpresa los cuarteles de invierno de la vieja guardia.

Pasaron el tiempo y los partidos. A la sombra de Michel comenzó a crecer Miguel Pardeza en los valles planos del estadio Santiago Bernabéu. Había venido de algún lugar de Huelva. Tenía la sagacidad de los linces de Doñana y, sobre todo, su misma rapidez. Para Pardeza, el gol es, antes que una jugada, un presentimiento. Tiene, como su compañero El Buitre, un pálpito especial que le permite situarse en el punto exacto, justo un segundo antes de que el balón haya llegado hasta allí. Luego toca, amaga, vibra y se esfuma entre los defensas como un muñequito electrónico. A la vista de su baja estatura, de su juego entre cósmico y tercermundista, los aficionados sospechan que no es únicamente una modesta versión de Maradona y una versión superior de Pato Yáñez; podía ser muy bien una mutación de Amancio y Johnstone; tal vez un ordenador japonés de bolsillo.

Detrás de él, más bien hacia el centro, se mueve Lolo Sanchís. Seguramente nació por primera vez cuando su padre le hizo un gol agónico a Suiza en el mundial de Londres. Hoy Lolo tiene dieciocho años, una especie de ceja única, como de Polifemo, y es un niño terrible. Si estás en el equipo contrario, te persigue, te quita el balón, te pasa por encima, se escapa, y mata al portero de un disparo a bocajarro. Es muy malo, muy peligroso y muy positivo, y lleva una crónica negra escrita en la frente. Si no se regenera pronto, podría convertirse en uno de los mejores medios-matraca de Europa, borrar la memoria de Nobby Stiles y Bobby Moore, y aburrir a Sócrates, Falcao, Antognoni y otros sabios de Grecia en el Mundial de 1986. Si Dino Zoff decide volver, peor para él.

Los cambios de juego hacia la izquierda suelen comenzar en Martín Vázquez. Como su amigo y protector Ricardo Gallego, aprendió en un colegio de frailes. Es, sin duda, la nueva frontera del fútbol. Tiene el ascetismo seco y disciplinario de los trapenses y el misticismo barroco de las carmelitas. Vive sin vivir en él, es decir, se desvive. Pero lo hace jugando al primer toque, o conduciendo con prudencia el balón, o persiguiendo al enemigo con la tenacidad de los peregrinos. Tiene la disciplina de Overath, la paciencia de Gárate, la solidez de Gerson y la fantasía mediterránea de don Manuel Velázquez Villaverde, duque de la Menta.

Hay una línea imaginaria, un meridiano de Greengoal, que une Wembley con Maracaná a través de Chamartín y del Camp Nou. De repente, Martín Vázquez, la próxima gran figura de la fiesta, centra con la parte exterior del pie, controla Michel, toca, ¡top!, hacia la derecha, recibe Pardeza, quiebra, pasa hacia el punto de penalti, llega Butragueño, desvía hacia la izquierda. Gol, goool. Gol de El Buitre.

Hace mucho tiempo Alfredo Di Stefano tenía hilo directo con el Olimpo. Hoy debe tenerlo con las brujas de Macbeth y con el espíritu de Maquiavelo, como lo tuvo cuando volvió a River Plate. Fillol quería irse; Pasarella pensaba en Italia, y Tarantini, en su mujer, la vedette Pata Villanueva. Don Alfredo llamó a la última promoción de juveniles del club, a la quinta de Clausen y Vieta. Si los augures no se equivocan, ahora tiene diez minutos, acaso dos o tres partidos de Liga, para movilizar a la quinta de El Buitre.

Emilio Butragueño. Delantero centro. Nacido en Madrid. Veinte años, 1,68 metros de estatura, 65 kilos de peso. Miguel González, Michel. Madrid. Interior de ataque. Veinte años, 1,83 metros, 75 kilos. Una vez campeón juvenil de España. Veinticinco veces internacional juvenil. Dos veces internacional Sub-21. Manuel Sanchís. Medio defensivo. Madrid. Dieciocho años, 1,79 metros. Miguel Pardeza. Extremo. Huelva. Dieciocho años, 1,67 metros. 63 kilos. Dos veces campeón de España juvenil. Rafael Martín-Vázquez. Interior de ataque. Madrid. Dieciocho años, 1,80 metros. 74 kilos. juvenil. Campeón de España infantil.

El triunfo de España en el último Campeonato del Mundo ha sido un éxito sin precedentes. Todas las anteriores tentativas se saldaron con decepción, siempre dejando a un lado el cuarto puesto de Brasil en 1950. También nuestros mejores jugadores habían pasado por el Campeonato Mundial con cierto sabor agridulce, pues la falta de éxito del equipo ensombreció la labor individual.

Jacinto Fernández de Quincoces: Una Leyenda del Fútbol

Italia 1934 fue un Mundial especial. Jacinto Fernández de Quincoces López de Arbina. Baracaldo (Vizcaya) 17-VII-1905. Componente, junto a Ricardo Zamora y Ciriaco Errasti, del más famoso terceto defensivo de nuestro fútbol. Ingresó en el Deportivo Alavés a los 18 años, después de haberse forjado en los modestos clubes baracaldeses Giralda y San Antonio, sin que el Athletic de Bilbao mostrase el menor interés por él. Su garra y pundonor, unidos a una calidad técnica muy superior a lo demandado por entonces a los defensas, le llevaron a convertirse en uno de los mejores zagueros de Europa, aunque desde ciertos ámbitos se le achacara excesiva nobleza. Su estampa briosa, con el pañuelo anudado sobre la frente, se hizo popular en el Alavés con el advenimiento del Campeonato Nacional de Liga, durante cuyas tres primeras ediciones disputó los 44 partidos del calendario. En 1931 fue traspasado al Real Madrid con su compañero Ciriaco y el atacante Olivares, a cambio de 60.000 ptas. Permaneció con los blancos hasta 1942, interviniendo en otros 132 partidos, alzándose con dos campeonatos de Liga y otros dos de Copa, y sumando 25 partidos internacionales desde su debut contra México en Ámsterdam, durante los IX Juegos Olímpicos, y su despedida frente a Austria, en el Metropolitano, el 19 de enero de 1936. En ese intervalo hubo un hueco para su presencia en el Mundial de Italia correspondiente a 1934.

Apodado «El Autogiro» por su espectacular juego de cabeza y eficacia en los cruces, le fue dedicada una oda por el escritor José García Nieto con ocasión de un memorable partido de Copa contra el Barcelona en 1936. Aunque protagonizó tres películas y tuvo propuestas para actuar de galán en otras más, continuó Ligado al fútbol como entrenador del Zaragoza, Real Madrid, Valencia y Atlético de Madrid, como secretario técnico merengue y seleccionador nacional en dos únicos partidos. Afincado en Valencia, donde tuvo negocios inmobiliarios, fue directivo en el club más representativo de esa ciudad, así como presidente del Mestalla y de la Federación Valenciana de Pelota. Medalla al Mérito Deportivo.

Esta entrevista fue publicada en la revista «Fussball-Weltzeitschrift» Nº 30 (1996) en alemán. Correspondía al capítulo tercero de la historia de la Copa del Mundo de 1934. Don Jacinto Fernández de Quincoces y López de Arbina, apellido compuesto e ilustre para uno de los mejores futbolistas que ha dado el deporte español. Actualmente tiene 90 años, es de las pocas personas que ha vivido de cerca toda la historia internacional de nuestro fútbol.

- Ya lo creo. Propiamente empecé a jugar en Vitoria, con los Koipes, que significa los aceites, por llamarnos de alguna manera, pues no era equipo ni nada parecido. Jugamos en un terreno de cultivo, que quedaba aprovechable cuando se hacía la siega. Piensa la de baches que tendría. La primera camiseta ya correspondió a Los Ciclistas, que eran los mismos que los Koipes, pero ya más uniformados.

- Podemos decir que el Desierto de Baracaldo, porque en él llegué a jugar en la Serie C de la Federación Vizcaína, algo así como la tercera categoría. Por entonces no había Liga y los campeonatos eran regionales. Fue don Amadeo García Salazar, directivo del CD Alavés quien me hizo pasar al primer equipo. Don Amadeo no tenía ni idea de fútbol, no entendía nada, pero veía que yo era un buen chico y por tanto quería premiarme.

Quincoces trata al Club Deportivo Alavés de una manera especial. En él aprendió a jugar propiamente al fútbol y en él se consagró como uno de los mejores jugadores españoles de todos los tiempos, en leyenda más exactamente. - Lo es todo, se puede decir. Es el mejor club del mundo. Después le siguen el Real Madrid, el Valencia CF, el Real Zaragoza… incluso el Atlético de Madrid. Son todos los mejores clubs del mundo, pero el CD Alavés es el mejor de todos éstos. El Club Deportivo Alavés fue un equipo de los llamados históricos. Tuvo una evolución muy importante porque se fundó muy tardíamente, mucho después que los principales equipos vascos como el Athletic Club o el Arenas Club de Guecho, con los que hubo de competir. En aquellos años teníamos un equipazo, entre otros, además de mi inseparable Ciriaco Errasti, estaban el portero Tiburcio Beristáin, que luego pasaría a la Real Sociedad, el centrocampista Antero González o el interior Baltasar Albéniz.

-En efecto. Llegué a estar a prueba en el Athletic bilbaíno, pero no les gusté. Ellos se lo perdieron. La verdad fue que me llevaron a jugar un partido amistoso a San Sebastián contra la Real Sociedad en 1926. Me alinearon en la derecha y yo en ese sitio no me aclaraba, por lo que no hice un buen partido. Más tarde, un par de años más o menos, volvieron a por mí. Entonces fui yo quien jugó con ellos y estuve si darles la respuesta definitiva hasta el último día en que se cerraba el plazo para presentar las fichas y les dije que no, porque aún me escocía lo que me habían hecho. La culpa de todo la tuvo Pablo Hernández Coronado. Era un hombre extraordinario, como persona y como conocedor de fútbol. Estaba en su mente reforzar al Madrid por líneas y nos eligió a nosotros, a Ciricaco y a mí, pues ya éramos lo suficientemente famosos como para cotizarnos. El Madrid FC pagó 60.000 pesetas por los tres, repartidas a 25.000 para cada uno de los dos internacionales y 10.000 para Olivares, que era el más joven y el menos famoso. Como en aquella época estaba fijado que el 10% del traspaso fuese para el jugador, yo recibí 2.500 pesetas, que para entonces no estaba mal. En el Madrid FC los comienzos no fueron nada fáciles, sino todo lo contrario. Nos recibieron con relativa frialdad, pues desplazábamos del equipo titular a jugadores muy queridos por la afición, como era...

Historia del ciclismo colombiano

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