Reconocido mundialmente como compositor, multiinstrumentista y productor, el argentino Gustavo Santaolalla es un artista difícil de encasillar. Su trayectoria abarca cinco décadas, durante las cuales ha explorado diversos géneros y formatos, desde el rock folclórico hasta las bandas sonoras de películas y videojuegos.

Gustavo Santaolalla. Fuente: Wikimedia Commons.
Inicios y la búsqueda de una identidad sonora
Desde sus comienzos en Argentina con el grupo Arco Iris, Santaolalla fusionó el rock con el folclore latinoamericano. Más tarde, impulsó la carrera de León Gieco, produciendo su primer disco. Tras una etapa con Soluna, se radicó en Estados Unidos, donde experimentó con la new wave en el dúo Wet Picnic. Sin embargo, nunca olvidó sus raíces, y en los años 80 colaboró con Gieco en la monumental obra De Ushuaia a La Quiaca, explorando los ritmos folclóricos de Argentina.
Hoy, más de dos décadas después, Santaolalla regresa de nuevo a España para rendir homenaje a ese disco que, sin buscarlo, le abrió un camino insospechado.
El álbum surgió a raíz de una convocatoria para producir un compilado de un gran charanguista, Jaime Torres, que para mí era como un Ravi Shankar del charango.
En ese momento venía grabando música con charango y ronroco desde hacía años, solo para mí y mis seres queridos. Un día, ya dejando Arco Iris y viviendo en Estados Unidos, entré a una tienda de música en Buenos Aires durante un viaje y vi un charango grande. Lo tomé, empecé a tocarlo y sentí una conexión inmediata con mi corazón y mi alma. Me dije: ‘Mamá, ¿qué es esto?’. Ahí comenzó todo.
Cuando conocí a Jaime estaba emocionado por mostrarle mi música, aunque también tenía cierto temor, porque mis composiciones con ronroco no eran necesariamente eran andinas. A veces sonaban africanas, asiáticas, del este de Europa; en otras ocasiones sí que tenían esas raíces andinas o patagónicas.
Dos semanas después de conocer a Jaime Torres terminamos siendo grandes amigos. Le compartí algunas piezas, eso sí, diciéndole que eran de unos amigos. Tres días después me llamó y me dijo: ‘Este que toca acá, ¿eres tú? No me engañes’. Le contesté: ‘Bueno, sí, maestro, tenía temor porque no toco con la técnica normal’. Eso me dio la confianza para grabar más en los meses siguientes, incluyendo piezas con él, y reunir todo para el álbum.
En ese momento tenía mi proyecto Surco, un sello con Universal centrado en música alternativa, joven, rock y hip-hop.
Finalmente salió publicado, aunque sabíamos que no íbamos a promocionarlo con conciertos porque estaba ocupado con otros proyectos.
Lo que sí hice fue dar entrevistas a radios universitarias, sobre todo a una muy importante en Los Ángeles llamada Morning Becomes Eclectic, del Santa Monica College.
De pronto, mi música comenzó a sonar con bastante frecuencia y un día me llamaron desde la oficina del director de cine Michael Mann.
Querían incluir una de las canciones de Ronroco en su película The Insider, un film con Al Pacino y Russell Crowe. Michael quería usarla en un feature cue, un momento de más de dos minutos sin diálogo donde la protagonista es la música.
De esa manera se dio mi entrada al cine.
Siempre me interesó mucho; de hecho, quise estudiar cine al terminar el secundario, pero en ese momento ya trabajaba como artista y productor, y los militares habían cerrado el Instituto de Cinematografía en Argentina.
Paralelamente, una amiga en común con Alejandro González Iñárritu le comentó que debía escuchar mi música para su película Amores perros.
Yo no había leído el guion ni visto ningún corte, y estaba saturado de trabajo. Inicialmente dije que no podía hacerlo.
Pero una noche me desperté en medio de la madrugada y pensé: ‘¿Y si este tipo es un genio?, ¿Y si la película es alucinante?’.
Alejandro llegó con la película, la puso en VHS y se fue a fumar. Vimos los primeros diez minutos con Aníbal Kerpel, mi socio, y nos miramos: ‘¿Estamos haciendo esto, viste?’.
Más adelante, Alejandro me preguntó si conocía a Walter Salles. Le contesté que sí, por Estación Central de Brasil. Me contó que estaba haciendo una película sobre un joven Guevara, antes de convertirse en el Che, y que debía hablar con él.
Realmente interesante cómo la vida te la puede cambiar un instrumento. Viste, es toda una curva.
El "Padre del Rock Alterlatino" y su llegada al cine
En los años 90, Santaolalla se consolidó como el "padre del rock alterlatino", produciendo discos clave de artistas como Divididos, Café Tacvba, Bersuit Vergarabat y Julieta Venegas. En 1998 lanzó Ronroco, un álbum instrumental que contenía Iguazú, canción que lo acercaría al mundo del cine al ser utilizada en la película The Insider.
Desde que iniciara su andadura en el cine hace ya más de una década, Gustavo Santaolalla ha mantenido un delicado equilibrio entre la reiteración y la capacidad de sorpresa de sus propuestas musicales.

Gustavo Santaolalla en vivo. Fuente: Rolling Stone Argentina.
"Diarios de Motocicleta" y el éxito en Hollywood
Este mismo director le propuso conocer a Walter Salles, para quien acabó componiendo la banda sonora de Diarios de motocicleta donde el ronroco -instrumento- "jugó un papel principal". A día de hoy sigue siendo un instrumento muy recurrido por el compositor pues también escribió con él el tema clave de The Last of Us. "Es un algo muy personal y muy particular lo que ha pasado con ese instrumento", afirma Gustavo Santaolalla, "tocaba alguna pieza en mis conciertos, pero realmente nunca hice un concierto que le diera el lugar a la música que yo he hecho con ese instrumento. Entonces este es un concierto muy, muy especial lo que voy a estar haciendo".
En Diarios de motocicleta (Walter Salles, 2004), el sonido electrificado y deliberadamente anacrónico de su música original contrasta con el apacible temple folclórico de dos clásicos de aquel álbum fundacional, «Jardines» y «De Ushuaia a la Quiaca».
En cuanto a lo primero, el caudal temático de su álbum fundacional, Ronroco, ha perdurado insistentemente en varios films para los que también ha compuesto música original, como Babel (Alejandro González Iñárritu, 2006) o Diarios de motocicleta (Walter Salles, 2004).
Al igual que Wim Mertens o Philip Glass en muchas de sus partituras cinematográficas, Santaolalla se inclinó por partir del guión antes que de las imágenes filmadas: «Prefiero mil veces no ver absolutamente nada, trabajar desde una cosa abstracta. Y el máximo ejemplo es Brokeback Mountain, donde hice toda la música cuando aún no se había filmado un solo fotograma. Recibí el guión y tuve una conversación con Ang Lee.
En ocasiones, este arriesgado procedimiento ha supuesto el descarte de la música previa al rodaje y la capitulación ante una nueva composición realizada a posteriori, como ocurrió en La costa de los mosquitos (Peter Weir, 1986), con música original de Maurice Jarre. En el caso de Brokeback Mountain, Santaolalla reconoce que tan solo unos mínimos reajustes fueron necesarios: «Los temas, la trama sónica de la película a partir de guitarra, cuerdas y guitarra de pedales, ya estaba creada. Lo que hice después fue grabar las cuerdas de verdad.
Precisamente a través de su música para Brokeback Mountain y otras producciones hollywoodienses, como En tierra de hombres (Niki Caro, 2005) o Agosto (John Wells, 2013), se aprecia en Santaolalla la ampliación de la utopía panamericana de Ronroco hacia elementos del folclore norteamericano.
El ensanche de su paleta musical no prescinde ya de esmerados arreglos para la sección de cuerda, y el adalid de los charangos y las guitarras solitarias vaticina, incluso, coqueteos sinfónicos: «Por un tema de curiosidad, porque me gusta experimentar y no perderme nada en esta vida, me encantaría un día hacer una partitura de ese tipo, por supuesto. ¡Con una orquesta de ochenta músicos!».
La integración en Hollywood de Santaolalla no se ha traducido en una asimilación pasiva de sus reglas del juego.
En Brokeback Mountain, por ejemplo, invirtió con la complicidad de Ang Lee el modus operandi convencional según el cual se compone la música una vez finalizado el montaje del film, a modo de adjetivo sonoro subordinado a unas imágenes, diálogos y ritmos previamente estructurados.
Orgulloso de tropezarse consigo mismo, Santaolalla tampoco se amedranta ante la profusión de canciones que inunda películas como Babel o Brokeback Mountain (Ang Lee, 2005).
Pese a este reconocimiento institucional, su manera de abordar la composición para el cine ha iluminado la búsqueda de procedimientos alternativos y heterodoxos.
La música como transformadora
Yo vengo de una generación que literalmente quería cambiar el mundo con la música. Y pienso que en aquel entonces la música ocupaba un lugar distinto en la sociedad, a nivel masivo. En un momento, los artistas populares eran gente como Bob Dylan, que escribía con una pluma diferente.
Esto no significa que hoy no conserve ese poder transformador: lo sigue teniendo. Y una de las cosas que más me apasiona de esta gira de Ronroco es justamente explorar esa capacidad de transformación, de movilizar emociones.
El silencio, por ejemplo, también es fundamental para mí. Forma parte de mi vocabulario musical: hablo de un “silencio elocuente”, no un vacío, sino un espacio lleno de información. A veces puede ser más fuerte que una guitarra distorsionada. Y eso, también tiene un poder transformador.
Todos mis conciertos han estado marcados por un gran eclecticismo: desde Arco Iris, BajoFondo o Wet Picnic, hasta mis conciertos solistas. No solo por los estilos, eléctrico, acústico, folclórico, clásico o electrónico, sino también por la energía y la narrativa. Cada concierto tenía distintos momentos, con un manejo consciente de la energía que hacía la experiencia entretenida y emocional.
Para mí, el entretenimiento también es parte del arte.
Sí. Es un interés que tengo desde hace años. Y lo principal: la gira. Tenía que tocar este disco en vivo, porque nunca lo había hecho. Mis conciertos siempre estaban atravesados por muchos otros proyectos y quería saber cómo sería hacer un espectáculo entero dentro de un mismo mood. No sabía cómo iba a reaccionar yo, ni cómo iba a reaccionar el público. Pensaba: ‘¿No se dormirán en la tercera composición? ¿No me dormiré yo?’.
Pero armé un grupo hermoso, con músicos increíbles, y conectamos en una vibración muy especial. Y lo que te quería decir, volviendo a tu pregunta sobre la transformación de la música, es que lo viví muy claramente. Ya lo había visto antes como músico: la música informa, transforma. Mis conciertos solían terminar en un estado más eufórico, pero esto tiene otra energía. Está diseñado de una forma tal que no hay lugar para un aplauso hasta pasados unos quince minutos. Y ahí me di cuenta: este concierto tiene un lugar en el mundo. En este momento que estamos viviendo, cumple una función. Proporciona un servicio, uno bueno, positivo. Tanto para el público como para nosotros. Porque, en realidad, todos lo estamos haciendo juntos. Es algo que creamos e imaginamos colectivamente. Cada uno cumple un rol distinto. Por eso cambia tanto la música con el oyente. Siempre cuento esta historia: podés estar una semana mezclando un tema solo en el estudio y, de pronto, viene un amigo, lo escuchan juntos y te dice ‘esa guitarra…’. Y algo cambia, porque lo está escuchando otra persona. El observador modifica al observado. Entonces invito al público a construir el concierto conmigo, a hacerlo juntos. Y ahí es donde pasan cosas realmente alucinantes. Hay canciones que parecen tener vida propia. Las escuchas y te llaman, te piden volver a tocarlas, a reimaginarlas. Y lo más increíble es que esa fue la canción que eligió Walter Salles sin tener idea de que había sido inspirada por dos argentinos que también se habían ido por el país buscando su identidad, buscando de dónde viene toda esa música que queremos.
El ronroco era un instrumento que prácticamente nadie conocía. No existía en el imaginario popular. Y hoy, si ponés ronroco en YouTube, hay montones de chicos tocándolo, probando, explorando.
De los Premios Óscar a los Videojuegos
Al comenzar el nuevo milenio Santaolalla comenzó a alejarse lentamente de la producción artística de otros grupos para concentrarse en sus propios trabajos. Como consecuencia de esto inició su etapa como compositor de bandas sonoras para películas como Amores perros (2000), 21 gramos (2003) y Relatos salvajes (2014). Pero, sin duda, el reconocimiento mundial llegó gracias a su participación sonora en Brokeback Mountain (2005) que le valió su primer premio Óscar y un Globo de Oro. Musicalizar parte de la vida del Che Guevara en Diarios de motocicleta (2004) le permitió obtener el premio británico BAFTA y con la BSO de Babel (2006) alzó su segundo Óscar.
La industria de los videojuegos lo fue a buscar para crear la banda sonora de The Last of Us (2013), y este acercamiento fue un éxito que recibió elogiosas críticas.
A pesar de que la trama navegue entre el terror, la acción y la aventura, el enfoque minimalista que logró el músico le permitió conectar con una nueva generación de jóvenes que descubrieron su carrera y comenzaron a acudir a sus conciertos.
Tal fue el impacto de esta participación que el ex Soluna incluso incorporó a su repertorio en vivo algunas de las canciones compuestas para The Last Of Us.
En 2001 dio un nuevo giro en su música al crear Bajofondo, un grupo de tango electrónico integrado por músicos argentinos y uruguayos.
Con el fin de dar a conocer la identidad de la música del Río de la Plata pero con un sonido más contemporáneo que incluye samples y bases electrónicas, Bajofondo fusiona el tango, la milonga y el candombe y en sus discos han participado figuras de la talla de Gustavo Cerati, Julieta Venegas, Natalia Oreiro y Jorge Drexler, entre otros.
En Sonido nativo del río, su último single lanzado en 2022, la apuesta por el diálogo generacional incluye la participación del trapero argentino YSY A con el cual Santaolalla dice sentirse identificado en su búsqueda identitaria y “porque hay una parte del espíritu de la música urbana que se relaciona con el rock. En Argentina hay un gran culto a la gerontocracia, en un momento para ser exitoso tenías que tener más de treinta años pero ahora con esta nueva camada de pibes eso ya no pasa y me encanta”.
The last of us tiros en la cabeza.
Actualidad
Después de cinco décadas de trayectoria, los últimos años de Gustavo Santaolalla transcurren con la misma hiperactividad que cuando era un joven pelilargo que, desde el sur del planeta, soñaba con triunfar con su música.
El involucramiento del creador de Arco Iris en el campo audiovisual también lo acercó a otros proyectos como la miniserie documental Qhapaq Ñan, en la que el compositor es el protagonista y recorre parte del entramado de caminos que conformaban el sistema vial del Imperio Inca.
Visitando las siete provincias argentinas que lo componían (Mendoza, San Juan, La Rioja, Catamarca, Tucumán, Salta y Jujuy) y llegando hasta Bolivia, el multiinstrumentista aborda la forma de vivir de los pueblos originarios y lo acompaña con una banda sonora que invita a viajar a través de los oídos.
Y si hay algo en lo que Santaolalla ha sabido desenvolverse a la perfección es en su relación entre lo alternativo y lo mainstream.
Por eso, así como es capaz de desandar ese antiguo camino inca, también se permite ser uno de los productores de Rompan todo, el documental de Netflix estrenado en 2020 que fue un éxito mundial y que trajo consigo innumerables elogios pero también algunas críticas.
Habiendo pasado ya un tiempo desde su lanzamiento, el argentino hoy destaca este trabajo “como un documental muy valioso donde lo más importante era contar la historia del rock latinoamericano en yuxtaposición con lo que era la realidad sociopolítica de la región en ese momento”.
Habiendo hecho de la libertad creativa y la innovación su marca registrada, a sus setenta años Santaolalla ahora recorre el mundo con una gira en la cual hace un repaso de su trayectoria por primera vez en su vida.
Revisitando sus canciones da cuenta de una carrera musical polifacética marcada por la búsqueda de la identidad, siempre con los pies en el presente y la visión en el futuro.