Durante largo tiempo, la élite chilena cultivó la idea de que el país era una excepción dentro de América Latina: un territorio institucionalmente sólido, políticamente predecible y culturalmente “moderno”, con la vista puesta en la OCDE más que en su propio vecindario. Ese imaginario, compartido por economistas neoliberales y tecnócratas concertacionistas, se apoyaba en dos pilares: crecimiento sostenido y un sistema político disciplinado. Pero el ciclo 2019-2025 desmontó esa narrativa.
El estallido fue el primer síntoma de ese retorno. Mostró que la distancia entre instituciones formales y ciudadanía era mucho mayor de lo que la élite suponía. La doble derrota constitucional lo confirmó: el país rechazó primero un proyecto refundacional opuesto al neo-liberalismo y luego su réplica conservadora, desahuciando ambos extremos con la misma energía. En ese rechazo no hubo solo cansancio político: hubo la constatación de que los grandes relatos -tanto los orientados al futuro como los restauradores del pasado- ya no lograban articular al país.
Aquí el análisis de Danilo Martuccelli adquiere una fuerza especial (ver revista Santiago 23, diciembre 2024). Su tesis de las “individualidades ingobernables” describe un rasgo profundo de América Latina: individuos que se mueven a pesar de las instituciones, no a través de ellas; que confían más en la familia o en los amigos que en reglas impersonales; que hacen de la astucia una herramienta vital; que consideran la independencia una protección contra el abuso. Esa matriz nunca desapareció del todo en Chile: estaba presente -contenida, latente- en ese Estado relativamente eficiente nacido de las guerras del siglo XIX, en los proyectos revolucionarios fracasados y en la dictadura, en la prosperidad y la inclusión social tras 1990.

Las Fuerzas que Impulsan el Giro Sociopolítico
Tres fuerzas empujaron este giro. La primera fue la informalización de la política. El sistema de partidos, que durante décadas fue la columna vertebral de la democracia chilena, perdió cohesión, identidad y autoridad. Liderazgos sin anclaje doctrinario, como el de Franco Parisi, encontraron un terreno fértil para crecer: su oferta directa, desconfiada, pragmática y digital encaja con un electorado que ya no cree en intermediarios.
La segunda fuerza fue el estancamiento económico. El país no logró dar el salto hacia una economía más compleja e innovadora, y ese límite desnudó la fragilidad de un modelo que había prometido movilidad social ascendente a cambio de orden.
La Campaña de 2025 y el Nuevo Clima Social
La campaña de 2025 cristalizó estos cambios. El debate público giró casi exclusivamente en torno a seguridad, migración, corrupción y orden: la misma gramática que domina en buena parte de América Latina, así como los Estados Unidos. La derecha dura encontró un lenguaje afinado para ese clima; la izquierda moderó su ambición programática y adoptó un tono más sobrio pero sin horizonte; y el centro tecnocrático se vio desplazado por un centro desconfiado, volátil, con una relación instrumental con la política.
El error sería interpretar estas transformaciones como efecto de líderes particulares. La política chilena ha tendido a personalizar sus crisis, pero las figuras que hoy dominan el espacio público -ya sea desde la derecha, la izquierda o la antipolítica- son sobre todo expresiones del nuevo clima social. Queda en evidencia que la política se mueve al ritmo de fuerzas más profundas, estructuras más densas, procesos subterráneos que los líderes solo encarnan o amplifican. Esto son más bien síntomas de una reconfiguración sociológica mayor. El poder que se ha desplazado hacia territorios, redes informales, emociones políticas intensas y vínculos directos.
Un Futuro "Tuneado": La Advertencia de Juan Pablo Luna
Pocos días después de la primera vuelta presidencial, el cientista político Juan Pablo Luna publicó una columna en Tercera Dosis que, en apariencia, no tenía conexión alguna con ese hito. Titulada “Un futuro tuneado”, presentaba en ella un oscuro panorama para Chile y América Latina -si no para el mundo-, al describir sociedades dominadas por expectativas de consumo y estatus que, ante el fracaso de las instancias tradicionales de promoción social (como la educación), están siendo canalizadas por vías problemáticas.
En ese escenario, la mezcla de procesos tecnológicos como la masificación de las redes sociales con el surgimiento de mercados ilegales promovidos por el crimen organizado han ido articulándose como caminos más a la mano y eficaces para desplegar con éxito los proyectos de vida, mientras en paralelo el Estado y el mercado que conocemos se debilitan y generan desapego en los ciudadanos.
Es ahí que se revela el vínculo con la elección de noviembre pasado: si no le tomamos el peso a los desafíos que enfrentamos, sorpresas como Franco Parisi y el Partido de la Gente seguirán reproduciéndose. Ese es el futuro tuneado: una sociedad sometida a los términos impuestos por las nuevas instancias de acceso a bienes de consumo -ya sea por aspiración o por sobrevivencia-, que operan en tierra de nadie, desreguladas, movidas por prácticas informales e ilegales y que promueven objetivos con los que se hace difícil sostener la convivencia.
En ese contexto, la política arriesga a reducirse a la impotencia, o bien, a sumarse entusiasta a esa lógica aparentemente incontenible. Simplemente porque así lo pediría “la gente”. La columna adquiere de este modo la forma de una advertencia, estableciendo un entrelazamiento entre dimensiones que solemos pensar por separado: fenómenos de largo aliento como el shock tecnológico, y hechos contingentes como las elecciones y las voluntades de los candidatos en disputa, que mirados en conjunto nos recuerdan el difícil e improbable encuentro entre aquello que la política espera y promete hacer, y lo que la realidad efectivamente permite.
Desajuste constitutivo de la política, pero que se ha agudizado en el último tiempo ante la progresiva distancia generada entre la ciudadanía y sus representantes. Qué hará la política, que podrá hacer ante un escenario que parece cada vez más inmanejable. Qué espacio de agencia tiene para enfrentar fenómenos configurados por variables ajenas al control de los actores del momento, así como para dibujar otros horizontes posibles (…).
Porque el riesgo es quedarse con lo evidente, con el nivel explícito, con la única orientación clara: las múltiples demandas de la gente, entremezcladas con las emociones negativas respecto de su destino, así como de quienes la conducen.
El Miedo y la Rabia como Motores de la Acción
Ese es, en alguna medida, el Chile que viene. Y la pregunta es qué hará la política, que podrá hacer ante un escenario que parece cada vez más inmanejable. Qué espacio de agencia tiene para enfrentar fenómenos configurados por variables ajenas al control de los actores del momento, así como para dibujar otros horizontes posibles, alternativos al futuro descrito por Luna.
Porque el riesgo es quedarse con lo evidente, con el nivel explícito, con la única orientación clara: las múltiples demandas de la gente, entremezcladas con las emociones negativas respecto de su destino, así como de quienes la conducen. El miedo y la rabia como motores de la acción. Se trata de experiencias poderosas, tentadoras para convertirlas en criterios para guiar la política, para movilizar cuando ya nada parece lograrlo. Fue justamente eso lo que vimos en 2019.
El lenguaje de la dignidad y la esperanza que acompañó los eventos de octubre no borra el hecho de que la crisis estalló como violencia y que era la furia lo que movilizaba inicialmente a muchos. Ese discurso fracasó, pero no ha desaparecido la tentación de azuzar la rabia y el miedo, aunque sea por otros motivos. No se trata en todo caso de negar la razonabilidad y legitimidad de esas emociones, ni tampoco el valor de una política construida desde su validación, después de años de tanta indiferencia, de pasividad casi deliberada. Pero sí conviene advertir el peligro de que se circunscriba exclusivamente a ese registro, pues la deja reducida a la mera denuncia, a un simple reflejo de aquello que constata.
El miedo y la rabia de las grandes mayorías importan no por su fuerza movilizadora, sino por los motivos nobles que pueden inspirarlas. Es eso lo que la política tiene que empezar a preguntarse, si acaso espera ofrecer algo más que el futuro presentado por Luna. Ni la rabia ni el miedo, tampoco las demandas ciudadanas que merecen ser atendidas, alcanzan para resolver aquello que hace insustituible a la política: la decisión (que es una justificación) de qué hacer, por dónde partir, hacia dónde avanzar.
El Tránsito Hacia una Condición Posdemocrática
De un tiempo a esta parte, varios indicios convergen en que el contrato de la modernidad requiere de modificaciones sustanciales. No es casualidad, por tanto, que los anuncios de posmodernidad hayan aparecido en las décadas finales del milenio, y que la idea de posdemocracia haya surgido precisamente en el año 2000. El sociólogo británico Colin Crouch la comprendió como un período en el que las formalidades de la democracia se mantienen, pero se pierde el vínculo sustantivo con ella.
Atendiendo a Chile, me parece efectivamente que el país transita hacia una condición posdemocrática, pero por razones distintas a las que esgrime Crouch. Es cierto que los procedimientos de la democracia liberal se mantienen (elecciones, alternancia en el poder, autonomía de poderes), pero están bajo asedio radical. Hace pocos años la Convención Constitucional propuso eliminar el Senado y sustituirlo por una “democracia regional”. Surgían propuestas insólitas, como la de disolver los poderes del Estado y reemplazarlos por una “democracia popular” organizada en torno a una Asamblea Plurinacional de las y los Trabajadores y los Pueblos.
Entretanto, varios han coqueteado con la idea de una “democracia directa”, la misma que partidos como el PdG han instituido como mecanismo generalizado de decisión a través de consultas digitales.
Transitamos hacia una condición posdemocrática. Ante todo, se trata de una situación histórica en la que elementos procedimentales y simbólicos de la democracia liberal se combinan con actitudes y prácticas identitarias, autoritarias, de indiferencia política y populistas. La política de la identidad, por ejemplo, no es propiedad de los campus norteamericanos. En Chile se practica como decolonialismo, como cancelación, también como batalla cultural, antimodernismo, aspiración de autenticidad y superioridad moral.
El autoritarismo, por su parte, se autolegitima políticamente como única receta eficaz ante la delincuencia y el creciente dominio narco: una mayoría de chilenos está dispuesto a renunciar a sus libertades públicas y privadas para lograr ese control, otro tanto apoya la militarización de la vida cotidiana y los estados de excepción. A esto contribuye decisivamente la indiferencia -de al menos un tercio de la población- en relación con el carácter democrático o autoritario del régimen de gobierno en el que vivimos. Frente a esta desidia primordial, solo propuestas radicales pueden conmover.
Si la imprenta demoró cerca de 400 años en crear la modernidad, el medio digital la ha alterado radicalmente en pocas décadas. La democracia liberal podía sostenerse en la centralidad política del Estado de derecho y en el uso público de la razón en un sistema mediático con discusión controlada. En tal contexto, la democracia liberal no puede pretender continuar como si nada hubiese pasado. Su milieu es ahora el milenarismo posdemocrático de un nuevo Chile -y de un nuevo mundo- que ya comenzó.
Grave derrota: Analizan el peor resultado de la Izquierda desde el retorno a la democracia
Tabla: Cambios en el Sistema Político Chileno (2019-2025)
| Aspecto | Antes de 2019 | Después de 2025 |
|---|---|---|
| Sistema de Partidos | Cohesionado, con identidad y autoridad | Informalizado, con liderazgos sin anclaje doctrinario |
| Economía | Crecimiento sostenido, promesa de movilidad social | Estancamiento, fragilidad del modelo |
| Debate Público | Centrado en diversos temas | Focalizado en seguridad, migración, corrupción y orden |
| Participación Ciudadana | A través de instituciones formales | Individualidades ingobernables, desconfianza en instituciones |
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