Fausto Coppi, el "campionissimo", destaca sobre todos ellos. El mito del ciclista piamontés, ganador de dos Tours y cinco Giros, se asienta especialmente en la edición de 1952, una de las más recordadas de la historia y la primera en que se ascendió el puerto más emblemático de esta carrera: el Alpe D’Huez. Allí arriba junto a Coppi, en el techo de la «grande boucle», un 4 de julio de 1952, estaba Mario Fossati para contarlo.
Fossati, otrora redactor de «La Gazzetta dello Sport» recopiló en un libro en los años 80 sus recuerdos de aquella espectacular edición del 52. Ahora, Gallo Nero lo ha editado en español bajo el título «El Tour de Francia». Según el periodista de «La Repubblica» Enrico Currò, prologuista del libro, Fossati es el «otro fuera de serie» de esta obra que narra las hazañas de Coppi con un estilo sencillo y directo, alejado de la grandilocuencia.
Fossati habla desde la memoria y la experiencia, de primera mano, pues en el ciclismo de entonces aún era posible sentarse a tomar un vaso de vino con un campeón o comer día sí día también con el entrenador. Pero que Fossati renuncie a la literatura («Un periodista jamás debe transformar en fantásticos a los personajes de su historia») no resta fuerza a esta narración que, como si de una trama novelística se tratara, va desenredándose hasta la meta final.
De hecho, el Tour del 52 arranca para el equipo italiano -entonces aún se corría por selecciones- en medio de un fuerte dilema sobre el liderazgo. Por un lado estaba Fausto Coppi, que venía de ganar el Giro; por otro, Gino Bartali, campeón del Tour en el 38 y el 48, toda una leyenda que, debido a la edad y la pujanza de Coppi, se encontraba en horas bajas; y finalmente, un peldaño por debajo, Fiorenzo Magni.
«Los adversarios cuentan con el combate entre Coppi y Bartali para imponerse a uno y otro», confiesa el entrenador Binda a Fossati. El enemigo en casa y toda Italia dividida. En un país en que el ciclismo era deporte nacional, por encima incluso del fútbol, ambos corredores llegaron a representar a dos sectores bien diferenciados de la sociedad. Bartali era extremadamente religioso, felizmente casado, de vida ordenada y tendencias conservadoras; de Coppi, en cambio, eran conocidos sus escarceos amorosos, sus valores de izquierdas y sobre todo su ateísmo. En clave política de aquella Italia polarizada uno representaba a la democracia cristiana y otro a los comunistas. La bomba podía estallar en carrera y los franceses esperaba sacar réditos de ello.
La carrera arranca un 25 de junio en Brest, en el «finis terrae» francés. «Será un Tour caliente», pronostica Binda, uno de los personajes mejor trazados por Fossati. Parten cerca de 70 ciclistas. En la caravana, el periodista de la «Gazzetta» sigue la prueba «desde el espejo retrovisor de una enorme motocicleta que pilotaba Alippi, un probador de coches de Moto Guzzi». A través de las largas rectas de Le Mans y «el infierno del Norte», esto es, el empedrado de Roubaix, aquella «carrera dentro de la carrera» (la lucha de poder entre Coppi y Bartali) se mantiene intacta.
Como si de un «western» se tratase, todos cargan la Colt y otean el horizonte: Binda confiesa su estrategia ante el periodista («aquello sí era gran periodismo deportivo»); Cavanna, el masajista filósofo y ciego, pontifica: «Fausto y Gino parecen un matrimonio viejo. Y Magni, irritado como está, podría ser la vieja suegra». El calor hace el resto: los tubulares se derriten, los nervios se tensan. En Naumur, antes incluso de la contrarreloj y de las decisivas etapas alpinas, Coppi rompe la baraja con un demarraje insólito y violento. Es el aniversario de la muerte de su hermano y el piamontés da un puñetazo en la mesa. A partir de ahí, la supremacía de Coppi dentro del conjunto italiano queda clara. El Tour será de Coppi o de nadie. Binda sonríe, los planes salen según lo pactado bajo cuerda: «Había acordado con Fausto que la jerarquía del equipo se establecería con un único ataque». Pero aún queda lo peor.
El Alpe d’Huez es una incógnita. «Es la subida, la ascensión total», señala Fossati. Los franceses Robic y Gérmianini tensan la cuerda; el español Ruiz aprieta. Coppi, en estado de gracia, los deja atrás con un acelerón brutal. «Había elegido la curva menos cerrada, aquella en la que Robic esperaba poder respirar un poco». Antes, se había intercambiado una botella de agua con Bartali. Nadie sabe quién cedió a quién aquel «botellín de la paz» -del que Fossati nada dice-, pero la fotografía es una de las más célebres de la historia del ciclismo. Aquella etapa del 4 de julio pasa inmediatamente a la leyenda.
Y Coppi se apodera del Tour y, por encima del chauvinismo, del corazón de los franceses: «Amaban a Coppi porque era un campeón moderno, pero respetuoso con el ‘‘ancien régime’’. A ellos les gustaba su nobleza de raza, su instinto de señor. Les encantaba que a Coppi le gustara el Tour». Era una estrella: los galos lo rebautizan como «Fostò», dos muchachas sudafricanas le piden que estampe su firma con pintalabios en sus muslos, los grandes puertos ceden ante su supremacía: el Ventoux, el Tourmalet...
En París, en la meta final, el seleccionador francés, Bidot, se rinde ante la evidencia: «Coppì, un champion unique!». Cavanna, el masajista ciego del equipo italiano, resume los ánimos del pelotón y la enorme grandeza del ciclismo, aquel deporte de pobres para pobres que, a pesar de los escádalos, se resiste a morir: «Hay que vivir. ¡Y vivir sobre los pedales, que es muy duro!». Vivamos al menos otros cien años de Tour.
La rivalidad de Coppi y Bartali, que dividió Italia, era de estilo y de fondo político, pero eran amigos. Bartali se hacía casi 400 kilómetros entre Perugia y Florencia para pasar documentos ocultos en la barra de la bici. Con ellos se salvaron muchos judíos. A Coppi le tocó la campaña de África y, prisionero de los ingleses, se comió dos años en un campo de concentración en Medjez-el-Bab, en el norte de Túnez. También comió sapos, del hambre que pasó. Luego, a pedalear otra vez como si no hubiera ocurrido nada.
El 14 de julio de 1948 fue el atentado al líder comunista, Palmiro Togliatti, en una Italia que acababa de salir partida en dos de las primeras elecciones tras la guerra, entre la Democracia Cristiana, vencedora por poco, y el frente de izquierda. El atentado casi desata una revuelta popular, la tensión era muy alta y mientras Togliatti era operado el primer ministro, Alcide de Gasperi, llamó a Bartali a Cannes, donde la tropa del Tour tenía día de descanso: «Oye Gino, ¿puedes ganar el Tour?». Bartali dijo que podía probar. La noticia fue titular de los informativos de radio, por delante del parte de Togliatti. El país se distrajo, se puso contento y se ahuyentó el riesgo de una guerra civil. En parte fue gracias a Bartali, que tenía ya 34 años y ganó el Tour. Fue el primero en ganar dos con una década de distancia. Y eso que fumaba.
Esta fenomenal pareja se reflejó en esos años en Francia en Anquetil y Poulidor, un duelo similar. Coppi y Anquetil tuvieron curiosos paralelismos: ambos se liaron con la mujer de su médico, cosa que a Coppi le costó la condena del Papa, Pío XII, y de los tribunales, todo un escándalo nacional de adulterio imperdonable, y también compartieron las dotes de Biagio Cavanna, habilidoso masajista ciego.
Angelo-Fausto Coppi nació el 15 de septiembre de 1919 en Castellania, Piamonte. Como el dinero no era suficiente, con 13 años buscó trabajo para ayudar a la economía familiar. En 1935, su tío Fausto, marino mercante, le dio dinero para que pudiera comprar una buena bicicleta de carreras.
El célebre masajista Biagio Cavanna era cliente habitual de la charcutería donde había trabajado Fausto Coppi. También fue él quien le consiguió una invitación al Giro del Piamonte con el equipo Legnano, donde entonces corría Gino Bartali. Su labor dentro del equipo Legnano era esencialmente la de apoyar a Bartali durante las escapadas. Con Bartali perdiendo cada vez más tiempo, llegó un punto donde fue él quien apoyó a un joven Fausto Coppi que con sólo 20 años, 8 meses y 25 días se proclamó campeón del Giro por primera vez en su carrera.
La II Guerra Mundial había estallado un año antes y a partir de 1941 dejó de disputarse el Giro de Italia. Tras un cambio de mandos, perdió la licencia para competir y fue enviado a Túnez. Ese mismo año se unió al equipo de ciclismo SS Lazio donde compartía filas con su hermano Serse. En 1947 y 1949 volvió a proclamarse campeón del Giro de Italia. Tras la muerte de su hermano Serse como consecuencia de una caída, Fausto Coppi anunció la posibilidad de abandonar el ciclismo. Para la temporada de 1952 su ánimo volvía a ser el de siempre y tras ganar varias carreras, se coronó nuevamente en Giro y Tour.
En 1954 abandonaron a sus respectivas parejas para vivir juntos. La felicidad de la pareja duró poco. En diciembre de 1959 Fausto viajó a la actual Burkina Faso para disputar una carrera. A su regreso, Fausto Coppi y otro ciclista francés cayeron enfermos con los mismos síntomas. Cada uno en su país, fueron tratados por distintas dolencias, ya que los doctores no sabían a ciencia cierta qué padecían.
Con la reanudación de la competición tras la II Guerra Mundial, ambos se encontraban en equipos distintos. Bartali se obsesionó con los resultados de Fausto Coppi hasta el punto de espiarle e imitar todos los comportamientos posibles.
Julio es igual al Tour de Francia y este día 3 comienza una nueva edición de esta magna carrera ciclista que también ha dado grandes libros gracias a las hazañas, tragedias y miserias de sus héroes. El periodista Mario Fossati relató en El Tour de France el triunfo de su compatriota Fausto Coppi en la prueba de 1952 y hoy es un ejemplo de crónica deportiva.
Caserta ricorda il Campionissimo Fausto Coppi
Numerosos son los ejemplos de tal cosa y así venció, por ejemplo, en una Milán-San Remo con 14 minutos de diferencia tras casi 150 kilómetros de escapada.
Fausto Coppi fue el primer ciclista que ganó Giro y Tour en un mismo año. En 2021, la lista de ciclistas que han conseguido dos grandes vueltas en un mismo año ya se acerca a la decena, la mayoría repitiendo el logro en dos o más ocasiones.
A partir de hoy y en las próximas semanas recordaremos en capítulos breves la trayectoria de Fausto Coppi (1919-1960), desde sus primeros pasos en 1939 hasta 1959, gracias a la pluma, memoria y trabajo del historiador de ciclismo Javier Bodegas.
Federico Martín Bahamontes fue, además del mejor escalador de la historia del ciclismo, uno de esos personajes de los que utilizaba la tercera persona para hablar de sus andanzas. No hay conversación grabada en el Archivo de RTVE en la que no se le pregunte o saque él mismo a colación alguna anécdota que empiece con la frase “Pues El Fede…”.
Tal vez la más famosa de sus aventuras ciclistas fue aquella que sucedió en el Tour de Francia de 1954, en la que tras coronar en solitario y por delante de la fuga y del pelotón gobernado por Bobet, dejó boquiabierta a la prensa francesa al parar a comer un helado de dos bolas antes de afrontar el descenso. La razón iba más allá de una simple excentricidad.
Es una anécdota que ha contado mucha gente en muchas ocasiones. Aquí recogemos la versión de un narrador muy especial, Perico Delgado: "Se trataba de la 17ª jornada, entre Lyon y Grenoble, en las estribaciones de La Romeyre se había filtrado en la escapada junto a dos franceses (Jean Mallejac y Jean Le Guilly) y un suizo, Fritz Schaer. En los primeros kilómetros de la subida, el coche de la selección suiza llega hacia su ciclista para decirle que no releve y en ese momento saltan unas piedras que van a parar a la rueda de Bahamontes rompiéndole varios radios. Destensó el freno de esa rueda para poder seguir hasta la cima y realizó dos hachazos para marcharse en solitario. Coronó tranquilamente con un par de minutos de ventaja. Como bajar con la rueda maltrecha y sin frenos era una locura espero al coche de apoyo en la cima. Mientras se acercó a un vendedor de helados que había en la cima y con dos dedos le señaló: 'deux boules' se comió plácidamente un cucurucho con dos bolas de helado de vainilla".
Bahamontes llegó a cosechar los triunfos que acumuló gracias en gran medida a su habilidad como escalador sobre la bicicleta, pero también debido a un carácter ganador como pocos se han conocido. Para la historia de la Vuelta a España quedaría para siempre su enfrentamiento con su compañero, Jesús Loroño, que le llevaría a enfrentarse con el seleccionador español Luis Puig hasta el punto que este llegara a atravesar su coche de carrera en la carretera para impedir el paso del ‘Águila de Toledo’.

Fausto Coppi y Gino Bartali en el Tour de Francia de 1952, un momento icónico en la historia del ciclismo.
Cambio de equipo crucial
En 1959 ficha con el equipo de Fausto Coppi, llamado Tricofilina - Coppi. Este cambio fue crucial para su carrera ya que en ese mismo año año acabaría venciendo el tour de Francia. Fue Coppi el que le hizo cambiar de mentalidad, dejar de pensar en ganar etapas y la clasificación de la montaña y convencerle para no dejarse llevar en las etapas llanas para pelear por el amarillo en la montaña.
Antes de su entendimiento, El Fede confesó siempre que tuvo que agarrar al campionisimo italiano del cuello porque “nos alquiló al KAS y al Cóndor para correr la Vuelta a España y la Vuelta a Suiza y encima nos timaba con el sueldo”. El genio que siempre acompañó al Fede fue volcánico, que se lo digan al espectador de la Vuelta de 1960 en la que tras insultarle vio como el corredor se bajaba de la bici con la bomba de aire en mano para ajustar cuentas. Este incidente se unió al enfrentamiento que había tenido la noche antes con el director de la carrera a cuenta del fuera de control y acabaría provocando precisamente que El Fede llegara a meta a más de una hora del vencedor y tuviera que abandonar la Vuelta.
Una mezcla de genio, competitividad, egocentrismo y sentido del humor. Así era El Fede que este verano nos ha dicho adiós. Nos quedamos con sus chistes siempre picantes y con su forma de despedirse del Tour de Francia.
Pie a tierra engañando al pelotón
Citamos de nuevo a Perico para recordar otra anécdota: "Era la edición de 1965 y El Fede no era capaz de encontrar el golpe de pedal. En la novena etapa, entre Dax y Bagnères de Bigorre (montañosa de 226,5km.), al ‘Águila de Toledo’ se le atragantan el Aubisque y el Tourmalet. Llega el penúltimo a más de 40 minutos de Julio Jiménez, vencedor ese día. Al día siguiente, nada más dar la salida se escapa en solitario. Todo el mundo esperaba una revancha a la heroica, pero tras coronar en cabeza y en solitario el Portet d’Aspet, se esconde entre la maleza dejando pasar al pelotón. Poco después se reintegraba a la cola de ese pelotón y acabaría echando pie a tierra. Durante muchos kilómetros en el pelotón reinaba la idea que El Fede iba por delante en fuga. Acabaría abandonando ese día y nunca más regresaría a la carrera que más lustre le ha dado porque aquel acabaría siendo su último año como corredor profesional".
Luego vendría su etapa como director y seguro que sus anécdotas desde el volante darían para otro anecdotario como el de su andadura sobre el manillar. Lo mismo depararían sus anécdotas con "sus queridas" más allá de ‘La Fermina’. Genio y figura.
Puedes ver el palmarés completo aquí.
| Competición | Años | Notas |
|---|---|---|
| Giro de Italia | 1940, 1947, 1949, 1952, 1953 | 5 victorias, 22 etapas ganadas |
| Tour de Francia | 1949, 1952 | 2 victorias |
| Giro de Lombardía | 1946, 1947, 1948, 1949, 1954 | 5 victorias |
| París-Roubaix | 1950 | 1 victoria |
| Milán-San Remo | Varios | Victoria destacada con 14 minutos de ventaja |