Significado de soñar con ciclistas: Interpretaciones y simbolismo

Soñar con ciclistas puede tener diversas interpretaciones, generalmente asociadas con el movimiento, los cambios y la forma en que enfrentamos los desafíos en la vida. La bicicleta, como vehículo, simboliza traslado y dinamismo.

Simbolismo del ciclismo en los sueños

De ahí esta noción básica que implica dinamismo y cambios. Andar en bicicleta se asocia con el amor y con una historia que vas a transitar pronto.

Aprender a andar en bicicleta es uno de esos aprendizajes difíciles que dura para toda la vida. ¿Cuál es el aprendizaje difícil al que te estás resistiendo?

Riesgos y oportunidades

Prestar atención a los riesgos que hay alrededor de tus decisiones, mejor podrás planear tus acciones. Los riesgos están por doquier. Pensar que no es así es autoengañarse.

Los horizontes nuevos están mucho más cerca de lo que te esperar. Dicen que caemos para aprender a levantarnos. Interpreta este sueño como una oportunidad para tratarte de forma empática y con compasión. Aventurarse a lo nuevo, por imponente que parezca, es una forma efectiva de sobreponerse a los miedos.

Asuntos pendientes

La vida pasa y tú aun no resuelves esos asuntos de vieja data. Hazte cargo de todo eso que no has resuelto tan pronto como puedas.

Las bicicletas estáticas suelen estar en el interior de la casa. Encuentra tu espacio, analízalo, revisa qué es lo que ha pasado con él durante todo este tiempo de prestarte poca atención. La vida tiene distintas formas de pausarte.

Vive Tus Sueños - La Vuelta a Sudamérica en Bicicleta (2023) | Documental

Es la historia de un sueño, que persevera tanto como su protagonista Miguel Burmann, de 25 años, ciclista chileno que ayer ganó la Vuelta a León en la cronoescalada final. Una historia en busca de un final feliz para este ciclista chileno, nieto del famoso director de cine Miguel Littín y que, sin querer, une dos pasiones: el cine y el ciclismo, entre los que Burmann encuentra un paralelismo imparable.

"No es fácil decidirse por ninguna de estas dos profesiones", explica a La Tercera, después de bajar del podio. "Tienen que ser personas que se arriesgan en la vida como mi abuelo o como yo mismo. Pero si lo logras tienes la ventaja de hacer lo que te gusta y eso es entrañable. Hay muchas personas que se ganan la vida en trabajos que no les convencen".

Burmann, sin embargo, ama montar en bicicleta. "No hay nada que me guste más en la vida". Un día lo descubrió casi desde la casualidad. "El padre de una amiga me invitó a montar en bicicleta y desde entonces me convencí de que yo podía ser ciclista, viajar a Europa, correr un Tour de Francia, una Vuelta a España… Y, aunque sé que no va a ser fácil, quiero pensar que lo puedo lograr".

El optimismo figura de su parte. Máxime desde hoy, tras su gran papel en la Vuelta a León, marcada por cinco etapas por carreteras duras, "en las que la exigencia es lo más común. Pero los ciclistas se hacen a base de eso, de exigencias", explica él, con la naturalidad de los inmigrantes felices en España.

"Vivo en Lugones, en Asturias, a cinco kilómetros de Oviedo, donde comparto piso con un ciclista chileno, Elías Tello, uno uruguayo y otro japonés, lo que significa que en todas las partes del mundo hay niños que quieren ser ciclistas".

La fortuna, para él, es la de estar en Europa, "lo que no es nada fácil para un chileno", admite. "A excepción de Elías o de José Luis Rodríguez… casi no los hay. Pero yo corrí un año de junior en España y me quedé con contactos que son los que me han permitido venir ahora a un equipo como el Kuota/ Construcciones Paulino. Los llamé y me dijeron, 'adelante, hay un sitio para ti'. Y el equipo no nos puede dar mucho dinero, pero nos ayuda en todo lo que puede. De hecho, el piso en el que vivimos es propiedad de ellos y entrenar por Asturias, por esos paisajes… Resulta increíble".

Son, en realidad, los misterios de un sueño, en el que pasa como en las películas. "Pero no me extraña que sea así, porque yo me acostumbré a las historias de mi abuelo desde que era niño. No tengo palabras para describir mi relación con él. Puede ser mi ídolo, mi mejor amigo… Hasta puede que los mejores momentos de mi vida los haya vivido a su lado", insiste Miguel Burmann, que, a los 25 años, mantiene intacta la capacidad para soñar.

"Sé que es difícil ser remunerado en el ciclismo, pero el riesgo está en intentarlo. Es más, me parece que puedo hacerlo y me encanta como está respondiendo mi cuerpo. He corrido casi de seguido las Vueltas a Avila, a Zamora y ahora a León".

Se trata de una cultura de vida para Miguel, que no acusa la nostalgia de Santiago, porque casi no le "da tiempo", ironiza. No quiere presumir de nada, pero sí se atreve a definirse. "Soy escalador y no voy mal contrarreloj". Quizá el retrato del ciclista moderno, imprescindible para optar a grandes cosas, entre las que Miguel establece una prioridad, "la de mejorar cada día".

"Yo no voy a decir aquí que aspiré a ser como Perico Delgado o Indurain, pero sí sé que estoy en una edad buena en la que me queda por descubrir donde están mis límites". La pregunta es maravillosa para él, ciclista vocacional, criado en el centro de Santiago, donde está su hermana y sus otras tres hermanastras por parte de padre, a las que esta semana Miguel ha demostrado que él también puede luchar por ser el mejor.

La Vuelta a León se lo ha demostrado y la felicidad es tan natural que este es un buen día para recordar que el ciclismo chileno también existe. Hay gente como Miguel Burmann, por carreteras secundarias de Europa que lo demuestra con la pasión de los hombres que aman lo que hacen amparados por el espejo de su abuelo, que supo reflejar magistralmente en el cine las paradojas de la vida.

La percepción de los ciclistas en Londres

A nadie en Londres le caen bien los ciclistas. Aunque algunos lo finjan y otros los toleren en teoría, a nadie le gusta toparse con un ciclista real en la calle. Y esto tiene tres razones: 1) Los ciclistas son una amenaza pública, 2) Se ven chistosos, 3) Son engreídos.

Desde los barrios Whitechapel hasta Westminster, ni siquiera los mismos ciclistas se aguantan. Nadie los quiere. Sin embargo, ellos son el futuro - más vale que lo sean - ya que no contaminan. (En algún momento Londres tendrá que decidir entre la emanación y los ciclistas).

Varios conductores pintan a los ciclistas como si fuesen desconfiados por naturaleza. Por otro lado, los ciclistas podrían sentirse menos paranoicos si los automovilistas dejarán de botarlos de sus bicicletas.

Si fuese por mí, Londres sería una ciudad netamente ciclista. Todos los cafés serian mitad local, mitad taller de bicicleta. Los buses se podrían quedar, pero nada de autos privados y emanación, sólo aire fresco como el de campo. Y armonía. Bajo estas circunstancias hasta yo andaría en bicicleta.

Normalmente camino al trabajo sin problemas. Camino por la vereda y no choco con nada. No obstante, el viernes pasado me convertí en un problema para un transeúnte que cruzaba la calle cerca de la escuela Hackney City Farm. Al pasar muy cerca de un hombre de tercera edad que llevaba un bastón, intenté esquivarlo, pasando a llevar el bastón en el proceso. No cayó a la calle, pero sí en el pavimento.

Dado que el ciclismo es mucho más aterrador que eso, jamás me motivaría a practicarlo. Sé que no es seguro al verlo desde la seguridad (relativa) del pavimento. Incluso en las vías exclusivas para ciclistas. A veces observo como pasan por el Puente de Southwark - con sus cabezas bajas, inmersos en la seguridad de su vía exclusiva - hasta que se acaba.

Por supuesto, la seguridad es un tema que preocupa a ambas partes. La razón principal por la que nadie en Londres quiere a los ciclistas es que todos temen que podrían matar a uno. Sin duda, los conductores imprudentes son una amenaza pública. Sin embargo, los ciclistas que ignoran un semáforo en rojo en la avenida Bishopsgate son casi igual de peligrosos.

Con los audífonos puestos, estos individuos temerarios juegan a la ruleta rusa. Eso no significa que me pueden faltar el respeto sin pensarlo dos veces. De hecho, el mes pasado iba camino a casa, cuando de repente sentí un fuerte zumbido detrás de mí. Al escuchar el sonido, me voltee justo para presenciar cómo un ciclista perdía el control de su bicicleta aterrizando unos metros más allá en la tierra.

Estaba muy molesto y sentí lástima por él, hasta que comenzó a reclamar. Exclamaba que yo había virado en su dirección, y quizás haya sido verdad. Aunque, si el giro realmente ocurrió, fue dentro del famoso mercado Old Spitalfields Market, y si fue adentro, entonces no se permite andar en bicicleta. Tal vez tenga razón; recuerdo muy bien haber andado en bicicleta dentro de un supermercado, de esos que abren las 24 horas. Era el año 2004, y estaba en clases de actuación, lo que, claramente, no es una excusa.

Andar por la vereda es parecido a andar en un espacio cerrado. A pesar de que comprendo aquellas personas que temen transitar por la calle, condeno la vulneración del espacio peatonal. Es como si dijera, “No me interesa el resto, soy un inconformista”.

El ciclista que no usa casco es despreciado por diversas razones. Una de ellas es que no tiene sentido. No usar casco es un signo de vanidad, sin embargo, los ciclistas de por sí tienden a verse ridículos. Hasta el ciclista profesional Bradley Wiggins se ve un poco extraño, e incluso flaco, en su bicicleta y eso que estamos hablando de Wiggo. ¿Qué le quedará al resto de nosotros?

Sólo piensen en los ciclistas “Boris”, que inevitablemente se parecen al ministro Boris Johnson cuando van camino al trabajo. O los desdichados Mamil (middle-aged men in Lycra - hombres de edad media en lycra). También tenemos al chico dispositivo, al que le encanta poner una cámara en su casco y hacer sonar su silbato.

Imagínense aquellas criaturas con bicicletas plegables. La mejor forma en la que puede estar esta bicicleta es doblada. Desde luego, nada de esto se disputa - ciclistas, que cruzan en rojo o se parecen a Boris, fácilmente se transforman en la imagen pública de oprobio.

Les serviría para mejorar sus relaciones públicas si se arreglaran un poquito y obedecieran a las reglas. Aún así, la gente los seguiría odiando. Es por la envidia. Los ciclistas son ecológicos, saludables y se ven bien desnudos. A nadie le gustan las personas que cuentan con estas propiedades, ya que suponen que también deben ser engreídas.

Existe una sola solución - Londres se debe cambiar por completo al ciclismo. Cada hombre, mujer y niño.

La experiencia de subir el Cerro El Plomo en bicicleta

Era mi sueño y lo logré: subir y bajar el cerro El Plomo (5.424 m) con mi bicicleta y no solo una vez, ¡sino que dos veces! Nunca pensé que fuera imposible; la verdad es que siempre supe que lo iba a lograr.

El Plomo es una montaña emblemática para cualquier andinista. Con sus 5.424 m, es el cerro más alto visible desde la ciudad de Santiago y un paso casi obligatorio para cualquier persona que quiera desarrollarse en el mundo de la alta montaña.

Recuerdo la primera vez que vi El Plomo: corría el año 2017, llevaba 3 semanas en Chile y había ido a trotar hasta el cerro Pintor para conocer la Cordillera de Los Andes. Yo, que soy francesa, no conocía la alta montaña, porque en Europa no existe de esta forma.

Un año después, en 2018, vi un documental (“El Guardián del Valle”) que unos chicos lo habían subido y bajado en bicicleta. Un año después ya había realizado varias salidas con mi bicicleta: cerro Pintor, campamento base del volcán San José, valle del Arpa, cerro San Ramón…

Al final de la temporada de verano de 2019 decidí ir a El Plomo y, finalmente, conocer al gigante que me fascinaba. Llevé mi bici hasta el campo base Federación, la dejé ahí y llegué a la cumbre caminando.

Cuando llegó el verano 2019/2020, tenía varios objetivos deportivos en mente, pero en realidad solo quería que se concretara uno en especial: la ascensión a El Plomo en bicicleta. Identifiqué dos elementos importantes para lograr mi objetivo: la aclimatación y la preparación de mi cuerpo para poder estar horas con la bicicleta al hombro.

Lo cierto es que llegué a estar muy cerca de obsesionarme con mi objetivo; ¡no quedaba mucho espacio en mi cabeza para pensar en otras cosas!

Entonces llegó EL fin de semana decisivo. Pasadas las 8:30 AM tomamos el andarivel del Bike Park y a las 9:00 estábamos ya en la Laguna Piuquenes. La subida hasta Federación la pude hacer casi completa empujando la bicicleta.

Llegando a Federación, me dio un sueño terrible. Nuestro plan era llegar hasta el Refugio Agostini (4.600 m) el primer día, pero el asunto se veía complicado dado mi estado de cansancio. Me sentí súper frustrada porque el tramo Piuquenes - Federación lo había hecho muchas veces, conocía cada subida, cada piedra… ¡y justo en la salida decisiva mi cuerpo tan entrenado me estaba fallando!

Almorzamos y me quedé dormida unos 30 minutos. Este descanso me hizo muy bien; de hecho, desperté con toda la motivación. Entonces fuimos a buscar agua y nos preparamos para seguir.

La primera mitad de la subida la hicimos sin problema. Cuando nos faltaban 200 metros de subida para llegar al refugio, los dos empezamos a sentirnos muy cansados; nubes enormes empezaron a bajar de la cima de El Plomo trayendo mucho frío.

Me acuerdo de que íbamos rotando: yo iba primera y Waldo me seguía, después él iba primero y yo lo seguía. Así lográbamos motivarnos para lo poco que nos quedaba. La última subida antes de Agostini se hizo eterna.

Para limitar el peso habíamos decidido subir desde Federación con muy poca agua y muy poca comida; tampoco llevábamos gas ni olla para derretir nieve o cocinar. Fue una verdadera apuesta subir en esas condiciones. Unos 50 metros arriba del refugio encontramos una mancha de nieve dura. Me quedaba la mitad de agua en el Camelback y la mitad de una botella.

Nos metimos en el refugio, comimos unos fideos fríos con cúrcuma que había preparado en la casa, Waldo reclamó que yo le había echado demasiada cúrcuma… Y entonces llegó el frío y cada uno se metió en su saco.

La alarma sonó a las 4:58 hrs. Me di vuelta hacia Waldo todavía en mi saco de dormir y le pregunté cómo había dormido. Me respondió que no había dormido nada y que le había dolido el estómago toda la noche. Le pregunté si seguía con dolor y me contestó que sí. Con esas dos respuestas entendí que iba a ser imposible hacer cumbre.

Me di vuelta hacia el otro lado pensando en que ya haber llegado hasta Agostini había sido todo un logro y que vendría otra oportunidad para hacer cumbre. Entonces Waldo salió para ir al baño y me quedé dormida. Cuando volvió me desperté y pensé que quedaba una esperanza mínima para que quisiera y pudiera hacer cumbre ese mismo día, así que decidí preguntar: “¿Qué haremos? ¿Vamos o no?”. Un “Sí, vamos” me llegó de vuelta. ¡Wow!

Así, nos fuimos en medio de la oscuridad, cada uno con su bici, y empezamos a subir el acarreo gigantesco que hay para llegar a los 5.000 m de altitud. Iba súper concentrada porque este acarreo era para mí el lugar en donde uno se apuna. Iba despacio, respirando, escuchando mi cuerpo.

El sol ya se había levantado cuando finalmente logramos pasar las rocas al final del acarreo. Entonces sentí que nada podía pararme; todo fluía y era solo respirar y dejar que todo aconteciera. Sin embargo, Waldo iba detrás mío y le costaba avanzar. Un poco antes del glaciar Iver descansamos. Waldo ya se veía mejor. Cruzar el glaciar con la Naranjita en la espalda ya era realizar una parte de mi sueño.

Durante la última subida había nieve en el suelo; era todo muy lindo, ¡me sentía tan bien…! Cuando llegué al final de la última subida esperé a Waldo para que hiciéramos los últimos metros juntos.

La primera parte de la bajada fue muy entretenida; hay algunas opciones para salirse del sendero y meterse a laderas muy ricas. Después del glaciar las cosas se complican un poco porque hay una sección con piedras grandes y después viene el acarreo en donde si uno se tira derecho es casi imposible subirse a la bici por la pendiente y lo resbaloso que es el terreno.

Pero casi al final del acarreo perdí la paciencia y decidí tirarme derecho hasta Agostini sin seguir las curvas del sendero. Después de unos minutos de freeride que no tenían precio, me desconcentré y me fui para adelante. Aterricé boca abajo en las piedras y una de ellas me pegó justo por debajo del esternón.

Llegando de vuelta al refugio Agostini, descansamos por más de 1 hora y alistamos nuestras cosas para seguir bajando. Pero ahí el cansancio empezó a pegarme; me costaba mucho respirar y concentrarme para andar.

La bajada hasta Federación es muy entretenida y técnica, pero con el peso de la mochila y el cansancio no fue tan fácil disfrutarla. Cuando llegamos a la sección que está arriba de La Hoya, Waldo iba primero y no vi por dónde había pasado. Así, me metí por una parte que tenía una placa de hielo escondida por debajo de una capa de tierra. Me fui para abajo con la Naranjita sin poder controlar nada.

Cuando logré estabilizarme en la pendiente empecé a llamar a Waldo para que me ayudara. No podía mover ni un dedo; si no, me iba a ir de nuevo para abajo. Pero Waldo ya estaba lejos y no me escuchaba, seguramente por el viento. Me quedé esperando. Después de un tiempo llegó a mí. Al llegar, se metió justo por donde había hielo, se resbaló hasta donde estaba yo y de una nos fuimos los dos algunos metros más abajo. Menos mal nos pudimos estabilizar y logramos sacar mi bici y luego logramos subir hasta el sendero.

Para no atrasarnos demasiado, decidimos seguir de una sola tirada hasta Piedra Numerada. La bajada entre Federación y Piedra Numerada es una de mis bajadas favoritas e intenté disfrutarla lo más posible. Waldo andaba súper bien y me tenía que esperar. Pasamos el sector de Piedra Numerada y sabía que se vendría una parte de subidas largas y bajadas cortas. Esta era una sección que recorría en 1 hora cuando entrenaba, ¡pero aquel día la hice en cerca de 3 horas!

Llegué a Piuquenes casi durmiendo, empujando la bici apenas. Waldo se quedó atrás mío todo el rato y fue una tremenda ayuda. Cuando vimos por fin el Bike Park nos tomamos un descanso; eran las 20:00 hrs, la aventura se estaba terminando, nos abrazamos y agradecimos por todo lo que habíamos vivido. Para bajar por el Bike Park anduve literalmente en piloto automático.

Empezamos a ir al cerro juntos y después de unas salidas le propuse a la Nadia llegar a la cumbre del Cerro El Plomo juntas en bici, lo que ella aceptó con mucho entusiasmo. ¡Después de un proceso de aclimatación de unos dos meses -pasando por las cumbres del cerro Provincia, cerro Pintor, cerro Leonera y tres noches en el C3 del Volcán San José- estábamos listas para la gran aventura!

Para asegurar la cumbre seguimos un itinerario un poco menos exigente: esta vez serían 2 días y medio. Entonces salimos desde el Bike Park de La Parva durante la tarde del día viernes para llegar al refugio que está ubicado en Federación. Alcanzamos los 3.800 m de altitud algo cansados, cuando el sol ya estaba declinando. Decidimos acampar a esa altura para reponer energías y poder seguir hasta Agostini al día siguiente. Una hora después empezamos el ascenso, todos muy concentrados.

A los 5.000 m de altura, entre piedras sueltas y rocas, la menor falla técnica o de pilotaje puede costar caro. La primera parte del descenso es muy entretenida; cada uno va fluyendo en el sendero o buscando su propia línea. Sin embargo, los brazos y las piernas se agotan rápido y los pulmones piden cada vez más aire.

Así llegamos al refugio Agostini muy eufóricos y después seguimos bajando hasta el refugio Federación para tomar un descanso, comer algo y recoger las cosas que habíamos dejado allí el día anterior. Aún nos quedaban unas horas de descenso y de aventura antes de poder descansar (de verdad), ¡pero lo habíamos logrado!

Lograr la cumbre del Cerro el Plomo con una bicicleta me motivó a seguir subiendo montañas cada vez más altas y a soñar en grande. En enero del 2021 le propuse a la Nadia ir a Tanzania a subir el Kilimanjaro (5.995 m), la montaña más alta del continente africano, con nuestras bicicletas.

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