La música puede articularse y entenderse a través de analogías o metáforas. Cuenta la leyenda que el término heavy metal nació como reacción de algún crítico (no importa cuál), al escuchar el “sonido pesado y metálico” de las guitarras.
Las referencias son inagotables: desde el órgano con tintes litúrgicos de los Iron Butterfly, hasta los otros Iron, los Maiden, y sus referencias medievales con invasiones vikingas, la Transilvania de Drácula o las leyendas artúricas.
Otro hito: el álbum Trilogy de Yngwie Malmsteen, publicado en 1986. Si bien tiene sus imperfecciones (una mezcla final irreglar), tuvo como novedad el dar cuerpo a un sonido que se inspiró en músicos barrocos y renacentistas como Bach y Paganini, con una guitarra que se torna veloz y ultra técnica, con barridos de arpegios y escalas más rápidas que el rayo.
¿Era posible ejecutar solos más rápidos, técnicos y neoclásicos? ¿Había algo más épico y majestuoso que una batería a doble bombo ultra acelerada machacando cánticos gregorianos? Rhapsody (posteriormente Rhapsody of Fire), reúne todos los tópicos musicales, fantásticos y medievales: es la quintaesencia en sonido, estética y puesta de escena del core powermetalero.
Bandas como HammerFall (ahí está el martillo), Edguy o Iron Fire trasladaron ese mundo imposible -que, en rigor, poco tiene que ver con la verdadera Edad Media, pues todo está exagerado e imaginado- hacia una fase culminante, cuyo cénit bien podría representarlo DragonForce.
La primera gran parodia del mundo caballeresco-fantástico es más antigua que el hilo negro. Don Quijote de la Mancha, de Cervantes -además de ser, posiblemente, la mejor obra jamás escrita-, pone en escena una versión degradada del universo heroico que narraban los Amadises, Palmerines y demás protagonistas de los libros de caballería.
Gloryhammer tiene mucho de ese espíritu cervantino: toman la espada con la máscara de la verdad, fingiendo seriedad y solemnidad, máscara que al poco andar se cae a pedazos tras los primeros acordes. En última instancia, Gloryhammer no es una broma, pero tampoco una banda del todo seria: es la puesta en escena de un género que ya no teme burlarse de sí mismo, precisamente porque ha alcanzado tal grado de exageración que solo puede evolucionar a través de la autoparodia.
A diferencia de Nanowar Of Steel, una banda que podría definirse como parodia y comedia, Gloryhammer está a medio camino entre el homenaje y la ironía, entre el amor sincero por la épica y la conciencia de lo absurdo que puede volverse.
Al igual que Don Quijote cabalgando con su lanza hacia molinos que imagina gigantes, Gloryhammer invoca el poder del metal para enfrentarse a hechiceros intergalácticos, armados con teclados y riffs relucientes.
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La cosa va más o menos así: un guerrero llamado Angus vive en un reino paralelo y debe enfrentarse contra un malvado hechicero en el Reino de Fife, un ejército de unicornios malvados invade a la ciudad de Dundee, un poderoso martillo que solo puede ser empuñado por un valiente yace esperando a su portador, dragones, ejércitos de orcos y guerreros portando armaduras brillantes se alistan para la batalla…Sí, se trata del clásico argumento de un juego de mesa o un capítulo de Hora de Aventura, pero también es el argumento de la discografía completa de Gloryhammer, una banda inglesa con más de quince años en el cuerpo, que para algunos ha sido catalogada como un show de niños para adultos, y otros, como la necesaria renovación del power metal en formato cómico. ¿Lo uno, lo otro, ambas cosas a la vez? ¿A qué vamos con esto?

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