La bicicleta, un medio de transporte aparentemente sencillo, desempeñó un papel crucial en la historia militar, especialmente durante las guerras del siglo XX. Su uso se extendió desde el transporte de tropas y material hasta la vigilancia y la comunicación, dejando un legado que perdura en los diseños actuales.

Bicicleta militar suiza de 1905
Orígenes y Primeras Aplicaciones Bélicas
El uso de la bicicleta en teatros bélicos es anterior a la Gran Guerra. Casi medio siglo antes ya había sido probada en la guerra franco-prusiana (1870), aunque no fue hasta 1899, en la segunda guerra Anglo-Bóer, cuando su uso se generalizó para el transporte de material o la vigilancia de las vías del ferrocarril. Un estreno prometedor para una industria ávida de nuevas máquinas y técnicas.
Eran otros tiempos: los motores de los coches eran muy poco fiables, el caballo decaía como arma de guerra y hacer viajar la información entre el frente y la retaguardia era un reto para valientes. Por eso, la bicicleta vivió una época dorada: era un medio barato y rápido de movilizar tropas, hacer llegar el correo, salvar los accidentes del terreno… y hasta sostener telescopios.
La Bicicleta en la Primera Guerra Mundial
En el s.XIX surgieron también los primeros batallones ciclistas. Francia introdujo la bicicleta en el Ejército en 1887, e Inglaterra y Alemania no tardaron en hacer lo mismo. Al impulso militar le acompañaron los progresos técnicos: la bicicleta fue un laboratorio sobre dos ruedas, donde los prototipos oscilaban entre la dudosa sofisticación (bicis con armas incorporadas) y las ingeniosas soluciones que vencieron al tiempo (la bici plegable).
En los 30 años anteriores al estallido de la guerra, un conflicto en el que murieron 10 millones de personas, la bicicleta saltó de invento extravagante a medio cotidiano entre los obreros de las ciudades y los habitantes del campo. También para los militares. En 1908, un capitán británico alababa con detalle en un documento oficial la “potencia de la bicicleta como factor estratégico y táctico”.
El papel de los batallones ciclistas cambió con el transcurso de la contienda. Durante los primeros meses, la guerra de movimientos facilitó su trabajo (el primer soldado británico muerto fue un explorador ciclista, el 21 de agosto de 1914), pero cuando las líneas se convirtieron en frentes estáticos y la guerra de posiciones tomo el relevo, los cuerpos de ciclistas tuvieron que resignarse a funciones de mera infantería.
La Gran Guerra se decidió en las trincheras, en el aire, en el mar y en los periódicos. Fue una guerra total. Pero también -y las cancillerías de los Estados lo sabían- el papel de la tecnología y del comercio fue un asunto vital para lograr la victoria. Reino Unido y Alemania se disputaban entonces la supremacía en el mercado mundial en general, y en el de la producción de bicicletas en particular.
Dinamarca, Japón, Argentina… El comercio de bicis era global. Ambas potencias económicas vendían sus manufacturas a tres continentes. Por supuesto, los británicos pensaban que sus bicicletas eran las mejores, y los alemanes lo contrario. Una refriega más, la de la propaganda, que infectó el espíritu de la época. Ni la bici, objeto humilde e incruento como nunca lo sería un tanque, estuvo a salvo de ella.
La bicicleta fue una fuente indirecta de anécdotas de guerra. Hubo soldados que murieron sobre ellas y soldados que mataron subidos en uno de aquellos sillines, duros como lápidas. Muchos, además, se salvaron gracias a la rapidez de las ambulancias-bicicleta, especie de tándems en paralelo donde se insertaba una camilla para los heridos.
No tenemos acceso a la mente de los soldados, pero sí a sus cartas, que les sobrevivieron. Una entre cientos de miles fue la de Joseph Ditchburn, británico del segundo batallón de Durham. Era agosto de 1914 y la contienda acaba de comenzar. Ditchburn escribía a su madre para decirle que pronto entraría en combate. Lo hizo, y muy poco después murió. Entre sus últimas voluntades estaba el deseo de que arreglaran su bicicleta: “Es una máquina muy buena y lo vale”.
En 1917, un año antes de que acabase la Gran Guerra, Rusia vivió su propia convulsión interna: diez días que conmovieron al mundo y en los que tomó parte activa un batallón ciclista que defendía el Gobierno provisional de la amenaza bolchevique. Durante el asalto al Palacio de Invierno de San Petersburgo, los partidarios de Lenin y Trotsky se toparon con una resistencia variopinta. Entre los opositores, además de un batallón de mujeres, el citado grupo de soldados ciclistas, que tras los primeros titubeos, desertaron y se pasaron a las fuerzas rojas. La Revolución de Octubre comenzaba a triunfar.
El uso de la bicicleta en el frente -frentes inmóviles, donde la desorientación y el cansancio por hastío eran frecuentes- fue muy variado. Era un medio ligero, rápido y sobre todo silencioso. Jim Fitzpatrick, autor de una documentada historia militar de la bici, relata cómo un grupo de soldados ciclistas aliados abatieron a dos mensajeros germanos que circulaban en moto. La ventaja del silencio. La bicicleta fue un objeto omnipresente. En batallas célebres, como en Galípoli, pero también en la retaguardia, donde la población, que malvivía en plena economía de guerra, no solo sufría el desabastecimiento de alimentos sino también de combustibles.
Además, la bici constituyó un reclamo para el reclutamiento, sobre todo tras las primeras matanzas. “¿Eres aficionado a montar en bicicleta? ¿Por qué no pedalear para el rey? Se buscan reclutas. Incluye bicicleta”, rezaba un cartel británico de la época.
Declive y Legado
La bicicleta sobrevivió a la Gran Guerra, aunque poco a poco fueron sustituidas por regimientos motorizados. A pesar de su lenta agonía, durante la Segunda Guerra Mundial las bicicletas, perfeccionadas y más ligeras, desempeñaron un papel importante, sobrevivieron durante todo el siglo e, incluso, más allá: el último batallón en desaparecer fue el suizo a principios del s.XXI.
El legado de aquellas bicicletas sobrevive, pese a los contratiempos, en algunos de los diseños actuales. La primera bici plegable fabricada en serie, ampliamente usada durante la Gran Guerra, es la abuela de muchas de las actuales. Y el modelo diseñado por Bianchi en 1912 para las tropas italianas, que incluía suspensión trasera, es un antepasado más que honroso de las mountain bike de hoy.
Nadie sabe con exactitud cuántas bicicletas se usaron durante la contienda, pero los especialistas hablan de cientos de miles. Una cifra extraordinaria, más todavía teniendo en cuenta la escasa presencia numérica de tecnologías militares de vanguardia -como aviones o carros de combate- que sí perviven en el imaginario del aquella guerra.
¿Por qué fue Francia tan inútil en la Guerra Franco-Prusiana?
Tabla resumen del uso de la bicicleta en las guerras
| Conflicto | Uso principal | Ventajas |
|---|---|---|
| Guerra Franco-Prusiana (1870) | Pruebas iniciales | Movilidad en terrenos difíciles |
| Segunda Guerra Anglo-Bóer (1899) | Transporte de material, vigilancia de vías férreas | Rapidez y capacidad de carga |
| Primera Guerra Mundial | Transporte de tropas, correo, exploración, ambulancias | Silencio, bajo costo, adaptabilidad |
| Segunda Guerra Mundial | Transporte, apoyo logístico | Ligereza, mejoras técnicas |

Ciclistas del ejército británico en Francia, 1914
Las Batallas Modernas: La Bicicleta en el Entorno Urbano
En el último siglo y medio de desarrollo urbano se ha creado una situación en la que las vías públicas son el campo de batalla de contendientes desiguales: los automóviles de combustión interna, potentes y numerosos, y las bicicletas, vulnerables y menos numerosas. Décadas de decisiones jurídicas, políticas y de infraestructuras han acabado favoreciendo al automóvil y las vías urbanas se han diseñado en consecuencia. Pero esas mismas decisiones no han suprimido los derechos fundamentales de ciclistas y peatones; han mantenido el compromiso de una vía pública compartida, lo que puede tener sentido desde un punto vista jurídico abstracto, pero en realidad ha dado lugar a una competencia desigual de frenos chirriantes.
«El loco de la bici es una criatura de la especie humana con los gemelos mucho más desarrollados que su pobre intelecto […]. Baja el manillar hasta que la espalda se le curva como si fuera un gusano medidor sobre una rama [...], monta en su bici con el salvaje resplandor del júbilo demoníaco en su mirada de serpiente y atropella un carrito de bebé en cuanto tiene ocasión».