Jordi Sala Biker: Biografía de un Joven Ciclista que Rompe Barreras

Jordi Sala Biker, un joven ciclista de tan solo 12 años, ha marcado un hito en el mundo del Bike Trial infantil al conseguir un récord mundial en una categoría especial para menores de 16 años, validado por Guinness World Records (GWR). La categoría en la que Jordi Sala ha logrado su récord es una de las pocas disponibles para menores de 16 años, lo que hace que su proeza sea doblemente significativa.

El éxito de Jordi Sala Biker no solo es un triunfo personal, sino también un impulso para el Bike Trial, una disciplina que combina habilidad, equilibrio y resistencia. Sala, conocido por su técnica impecable y determinación, ha inspirado a una nueva generación de ciclistas con este reconocimiento. Jordi Sala continúa forjando una carrera prometedora en el ciclismo extremo infantil, demostrando que con esfuerzo y pasión es posible superar cualquier límite.

El confinamiento por el coronavirus está suponiendo un tremendo tormento para millones de españoles, pero en especial para los niños. Como no puede entrenar en el exterior, su padre decidió convertir la terraza y el salón de casa en un improvisado campo de obstáculos. Y es que Jordi, a sus siete años, es la gran promesa española del 'bike trial'.

"Necesitaba entrenar y también una vía de escape", reconoce el padre de Jordi. Su campo de entrenamiento ahora es sortear el sofá del salón, esquivar la mesa de la cocina o practicar figuras en la terraza. Jordi tiene como ídolo a Toni Bou, 27 veces campeón del mundo de trial, y le motivó ver cómo entrenaba Toni Bou en su casa en el confinamiento por el coronavirus.

RETOS BIKE TRIAL PARA LA CUARENTENA, SIN BICI

Superando Desafíos Personales

La historia de superación en el ciclismo no es ajena a otros atletas. Un ejemplo inspirador es el de Jordi Buch, diagnosticado de pseudoacondroplasia, una enfermedad rara hereditaria que perjudica el crecimiento de los huesos. Esta condición causa diferentes problemas como piernas arqueadas, escoliosis o artrosis temprana, y sitúa la altura media de los afectados entre un metro y 1,40 metros. La pseudoacondroplasia es, por lo tanto, una enfermedad limitante.

Pero ahí está cada año Jordi Buch, diagnosticado de pseudoacondroplasia, entre los 50 mejores en las carreras de bicicleta de montaña más duras del mundo, como la Titan Desert, y finalizando desafíos como cruzar los Pirineos o toda Mongolia a pedales. ¿Cómo lo hace? «Con entrenamiento, como todo el mundo», responde con simpleza en su Mataró natal, donde atiende a EL MUNDO, pero hay más, claro.

Jordi Buch, ciclista con pseudoacondroplasia.

«En el colegio jugaba a todos los deportes y, como la mayoría de niños, me apunté a fútbol. Pero llegó un momento en el que ya veía que había mucha diferencia, me costaba correr, casi no jugaba, la situación era un poco cruel. Así que dejé el deporte. Los profesores me aprobaban educación física, pero casi no hacía nada, por compasión. A los 18 años me operaron para corregir mi genu valgo, es decir, la desviación hacia dentro de mis rodillas, y los médicos me aconsejaron que cuidara del peso para no castigar mis articulaciones. Entonces pensé en volver a hacer algo», recuerda Buch que admite que es incapaz de andar una hora sin dolor de caderas y que si se le ocurre correr un cuartito de hora acaba «hecho polvo».

«Cualquier deporte de impacto era inviable, incluso tomando antiinflamatorios. Por eso probé la bicicleta y, mira, me enganché. Al principio tampoco era cómodo porque en la bicicleta de carretera no acababa de encontrar la postura y en la montaña, con los baches, también acababa destrozado. Pero fui fortaleciendo la musculatura, fue exigiéndome y ahora estoy en ese punto que, para hacer más, debería ser profesional, no tengo más horas», comenta el ciclista aficionado, que trabaja como consultor de sistemas en CaixaBank, donde asegura que nunca ha encontrado un obstáculo.

«En mi vida diaria lo tengo muy normalizado. Tengo adaptado mi puesto de trabajo con un reposapiés para que no me cuelguen las piernas, tengo distribuida mi casa con todas las cosas abajo y si no llegó a algo en el supermercado, le pido a alguien que me lo baje. Nunca he vivido mi enfermedad como un trauma. Este es el cuerpo que tengo y ya está. Incluso en la secundaria, que es un periodo complicado para todo el mundo, donde te encuentras con algún que otro personaje, nunca me sentí discriminado porque iba con mis amigos de siempre y ellos me ayudaban», reconoce Buch, pese a lo extraña de su dolencia.

Miembro de la Asociación de Familiares y Afectados de Patologías de Crecimiento (AFAPAC), sólo conoce a otras dos personas diagnosticadas de pseudoacondroplasia: su madre y su hermano.

El Respeto en el Pelotón

¿Qué le dicen en el pelotón el resto de ciclistas? La mayoría me aplauden, me animan, siento cierta admiración. En la Titan Desert, por ejemplo, todos me ven caminando raro por el campamento, ven que me cuesta más, y luego sobre la bici les quito las pegatinas. Me he encontrado alguna mala cara, pero yo tengo la sangre de horchata, nunca me caliento. Una vez, uno en plena carrera me dijo: «No deberías estar aquí». Y yo hice que no le escuchaba, pero pensé: «¡Si vas detrás de mí!».

Ahora el reto de Buch es mantener su nivel. Espera poder estar en la edición de la Titan que arrancará en Marruecos el próximo 30 de abril, completar un verano movido -de la Ranxo Gravel a las 24 horas de Montmeló de ciclismo- y el año que viene, participar en la Cape Epic, el Tour de la mountain bike. A sus 39 años sabe que su hobbie tiene fecha de caducidad, pero no se resigna.

«Mis huesos me dirán cuando tengo que bajar el ritmo. Cada año voy a la Dexeus, a la unidad especializada en patologías del crecimiento, y me revisan las articulaciones, especialmente las caderas. Sé que la prótesis será inevitable, pero intento alargar ese momento.

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