La bicicleta, un objeto aparentemente humilde, ha tenido un papel significativo en la historia, especialmente en tiempos de guerra. Desde finales del siglo XIX hasta bien entrado el siglo XX, este medio de transporte silencioso y eficiente demostró ser invaluable en diversos conflictos. Exploremos la historia y el legado de "Jim en bicicleta".

El Auge de la Bicicleta en el Ámbito Militar
Eran otros tiempos: los motores de los coches eran muy poco fiables, el caballo decaía como arma de guerra y hacer viajar la información entre el frente y la retaguardia era un reto para valientes. Por eso, la bicicleta vivió una época dorada: era un medio barato y rápido de movilizar tropas, hacer llegar el correo, salvar los accidentes del terreno… y hasta sostener telescopios.
El uso de la bicicleta en teatros bélicos es anterior a la Gran Guerra. Casi medio siglo antes ya había sido probada en la guerra franco-prusiana (1870), aunque no fue hasta 1899, en la segunda guerra Anglo-Bóer, cuando su uso se generalizó para el transporte de material o la vigilancia de las vías del ferrocarril. Un estreno prometedor para una industria ávida de nuevas máquinas y técnicas.
En el s.XIX surgieron también los primeros batallones ciclistas. Francia introdujo la bicicleta en el Ejército en 1887, e Inglaterra y Alemania no tardaron en hacer lo mismo. Al impulso militar le acompañaron los progresos técnicos: la bicicleta fue un laboratorio sobre dos ruedas, donde los prototipos oscilaban entre la dudosa sofisticación (bicis con armas incorporadas) y las ingeniosas soluciones que vencieron al tiempo (la bici plegable).

La bicicleta sobrevivió a la Gran Guerra, aunque poco a poco fueron sustituidas por regimientos motorizados. A pesar de su lenta agonía, durante la Segunda Guerra Mundial las bicicletas, perfeccionadas y más ligeras, desempeñaron un papel importante, sobrevivieron durante todo el siglo e, incluso, más allá: el último batallón en desaparecer fue el suizo a principios del s.XXI.
El legado de aquellas bicicletas sobrevive, pese a los contratiempos, en algunos de los diseños actuales. La primera bici plegable fabricada en serie, ampliamente usada durante la Gran Guerra, es la abuela de muchas de las actuales. Y el modelo diseñado por Bianchi en 1912 para las tropas italianas, que incluía suspensión trasera, es un antepasado más que honroso de las mountain bike de hoy.
Nadie sabe con exactitud cuántas bicicletas se usaron durante la contienda, pero los especialistas hablan de cientos de miles. Una cifra extraordinaria, más todavía teniendo en cuenta la escasa presencia numérica de tecnologías militares de vanguardia -como aviones o carros de combate- que sí perviven en el imaginario del aquella guerra.
El uso de la bicicleta en el frente -frentes inmóviles, donde la desorientación y el cansancio por hastío eran frecuentes- fue muy variado. Era un medio ligero, rápido y sobre todo silencioso. Jim Fitzpatrick, autor de una documentada historia militar de la bici, relata cómo un grupo de soldados ciclistas aliados abatieron a dos mensajeros germanos que circulaban en moto. La ventaja del silencio.
La bicicleta fue un objeto omnipresente. En batallas célebres, como en Galípoli, pero también en la retaguardia, donde la población, que malvivía en plena economía de guerra, no solo sufría el desabastecimiento de alimentos sino también de combustibles.
Además, la bici constituyó un reclamo para el reclutamiento, sobre todo tras las primeras matanzas. “¿Eres aficionado a montar en bicicleta? ¿Por qué no pedalear para el rey? Se buscan reclutas. Incluye bicicleta”, rezaba un cartel británico de la época.
En los 30 años anteriores al estallido de la guerra, un conflicto en el que murieron 10 millones de personas, la bicicleta saltó de invento extravagante a medio cotidiano entre los obreros de las ciudades y los habitantes del campo. También para los militares.
En 1908, un capitán británico alababa con detalle en un documento oficial la “potencia de la bicicleta como factor estratégico y táctico”. El papel de los batallones ciclistas cambió con el transcurso de la contienda.
Durante los primeros meses, la guerra de movimientos facilitó su trabajo (el primer soldado británico muerto fue un explorador ciclista, el 21 de agosto de 1914), pero cuando las líneas se convirtieron en frentes estáticos y la guerra de posiciones tomo el relevo, los cuerpos de ciclistas tuvieron que resignarse a funciones de mera infantería.
La Gran Guerra se decidió en las trincheras, en el aire, en el mar y en los periódicos. Fue una guerra total. Pero también -y las cancillerías de los Estados lo sabían- el papel de la tecnología y del comercio fue un asunto vital para lograr la victoria.
Reino Unido y Alemania se disputaban entonces la supremacía en el mercado mundial en general, y en el de la producción de bicicletas en particular. Dinamarca, Japón, Argentina… El comercio de bicis era global. Ambas potencias económicas vendían sus manufacturas a tres continentes.
Por supuesto, los británicos pensaban que sus bicicletas eran las mejores, y los alemanes lo contrario. Una refriega más, la de la propaganda, que infectó el espíritu de la época. Ni la bici, objeto humilde e incruento como nunca lo sería un tanque, estuvo a salvo de ella.
La bicicleta fue una fuente indirecta de anécdotas de guerra. Hubo soldados que murieron sobre ellas y soldados que mataron subidos en uno de aquellos sillines, duros como lápidas.
Muchos, además, se salvaron gracias a la rapidez de las ambulancias-bicicleta, especie de tándems en paralelo donde se insertaba una camilla para los heridos. No tenemos acceso a la mente de los soldados, pero sí a sus cartas, que les sobrevivieron.
Una entre cientos de miles fue la de Joseph Ditchburn, británico del segundo batallón de Durham. Era agosto de 1914 y la contienda acaba de comenzar. Ditchburn escribía a su madre para decirle que pronto entraría en combate. Lo hizo, y muy poco después murió. Entre sus últimas voluntades estaba el deseo de que arreglaran su bicicleta: “Es una máquina muy buena y lo vale”.
En 1917, un año antes de que acabase la Gran Guerra, Rusia vivió su propia convulsión interna: diez días que conmovieron al mundo y en los que tomó parte activa un batallón ciclista que defendía el Gobierno provisional de la amenaza bolchevique. Durante el asalto al Palacio de Invierno de San Petersburgo, los partidarios de Lenin y Trotsky se toparon con una resistencia variopinta.
Entre los opositores, además de un batallón de mujeres, el citado grupo de soldados ciclistas, que tras los primeros titubeos, desertaron y se pasaron a las fuerzas rojas. La Revolución de Octubre comenzaba a triunfar.
Las increíbles bicicletas y tecnología ciclista de la Primera Guerra Mundial
El Legado de FELT en el Mundo del Ciclismo
Desde su creación en 1991, FELT se ha consolidado como una de las marcas líderes en la industria del ciclismo. Sus orígenes se remontan a una estrecha relación entre el piloto estrella de motocross Johnny O'Mara y su mecánico Jim Felt. Además del motociclismo, los dos amigos compartían otra pasión: el triatlón.
Un día, Johnny le pidió a Jim que le construyera una bicicleta de contrarreloj. Jim se puso manos a la obra, concentrándose en optimizar la posición aerodinámica del piloto. Los efectos fueron inmediatos: gracias a esta bicicleta, Johnny ganó varias carreras. En poco tiempo, los mejores triatletas del mundo recurrieron a los servicios de Jim Felt.
El reconocimiento definitivo llegó en 1991, cuando la leyenda de este deporte, Paula Newby-Fraser, ganó el IronMan de Kona sobre una de estas pequeñas joyas. Jim fundó entonces oficialmente su empresa, FELT, y durante diez años la marca acumuló una serie de victorias, antes de decidir, a principios de la década de 2000, aplicar su saber hacer a otras disciplinas.
Desde entonces, el éxito nunca ha flaqueado. La marca se fundó en California, tierra de pioneros, emprendedores, entusiastas de la tecnología y las actividades al aire libre. La filosofía de Felt va en la misma línea. Desde el principio, la empresa ha estado impulsada por un fuerte deseo de ofrecer las bicicletas más innovadoras y de mayor rendimiento, sin tomar nunca el camino fácil.
Este espíritu perdura y FELT acompaña a los más grandes atletas con la misma determinación: Daniela Ryf (cuatro veces campeona del mundo IronMan), el equipo estadounidense de ciclismo en pista y Nicola Rohrbach (Copa del Mundo de Mountain Bike y Cape Epic).
El mundo actual es dinámico y cambia constantemente, lo que requiere agilidad y adaptación constante para mantenerse en la cima. Por eso Felt -que ha establecido nuevos estándares en suspensión y revolucionado el desarrollo aerodinámico- sigue innovando.
La Bicicleta en el Cine: Escenas Memorables
Más que grandes películas dedicadas al ciclismo, en la historia del cine hay memorables escenas de personajes montando en bicicleta -también triciclos infantiles y tándem-. Mucho antes de su ‘homérica’ noche de bodas, Sean Thornton se libra de su carabina y en un tándem corre a buscar a la irresistible Mary Kate. Grandísimos todos, John Ford y sus actores John Wayne y Maureen O’Hara en El hombre tranquilo.
Esforzado Edward G. Robinson pedaleando sobre una bici estática para encender una bombilla en Soylent Green: cuando el destino nos alcance; terrorífico el paseo en triciclo del pequeño Danny por el pasillo del Overlook (El resplandor), e inolvidable la huida de Elliot y E.T. volando en un bicicleta hacia la luna -“no te estrelles, por favor”- (E.T. El extraterrestre).
En bici se desplaza feliz, antes de entrar en el infierno del campo de exterminio, Guido (Roberto Benigni, en La vida es bella). Y de un campo de concentración escapa Sedgwick ‘El fabricante’ (James Coburn, en La gran evasión), que atraviesa en bicicleta los Pirineos hasta España. Sobre dos ruedas se mueve el cartero de la maravillosa comedia de Jacques Tati, Día de fiesta, lo mismo que otro cartero famoso del cine, Mario Ruoppolo (Massimo Troisi, en El cartero (y Pablo Neruda)).
Muy loca era la persecución que protagonizaban los personajes de ¿Qué me pasa doctor? -Barbara Streisand y Ryan O´Neal- a bordo de un triciclo de helados, mientras que el pulcro profesor de Literatura Howard Brackett (Kevin Kline, en In&Out) era un ejemplo de civismo llegando al instituto en bicicleta. También iban sobre dos ruedas los chicos de la pandilla de Los Goonies, la protagonista de Flashdance, el personaje que interpretaba Christian Bale en El imperio del sol y los inseparables Jules, Jim y Catherine (Jules et Jim).
Agustín González se marcó un personaje inolvidable en Las bicicletas son para el verano que le valió un premio en Karlovy Vary, mientras que la crítica internacional en Cannes reconoció uno de los mejores títulos de nuestro cine, Muerte de un ciclista, de Juan Antonio Bardem. Retrato ajustado y devastador de la burguesía del franquismo.
Por supuesto, hay películas donde la bicicleta o el ciclismo son protagonistas. De todos los títulos, hay una joya de la animación, una ‘rara avis’ del género, Bienvenidos a Belleville, obra de Sylvain Chomet cargada de humor negro y de merecidísimos premios. Otros títulos a dos ruedas son El relevo, relato del fin de la adolescencia dirigido por Peter Yates, que fue un éxito inesperado; La carrera de la vida, típica historia de superación con Kevin Costner; La bici de Ghislain Lambert (Philippe Harel, 2001), que se llevó el Premio al Mejor Guion en San Sebastián, o Sin frenos, un thriller bastante malo sobre un mensajero con Joseph Gordon-Levitt en el papel principal.
Kevin Bacon también era mensajero en bici en Quicksilver. Y Tim Burton debutó en el largometraje con La gran aventura de Peer Wee, donde robaban al personaje su preciosa bicicleta roja y blanca. Hace un par de años se estrenó El ídolo, donde Stephen Frears explotaba el gran fraude de la historia del ciclismo, el del americano Lance Armstrong.
Y una bicicleta fue la genial excusa para que Haifaa al Mansour se convirtiera hace solo cuatro años en la primera mujer saudí que dirigía una película, que fue, además, la primera producción que se rodaba íntegramente en Arabia Saudí. La bicicleta verde, historia del tesón de la pequeña Wadjda empeñada en tener una bicicleta para echar una carrera con su vecino.
