Iban Mayo: Biografía de un Ciclista Español Destacado

Iban Mayo, un destacado ciclista español del equipo Euskaltel, ha dejado una huella imborrable en el mundo del ciclismo profesional. A lo largo de su carrera, Mayo demostró ser un competidor formidable, capaz de enfrentarse a los mejores y alcanzar importantes victorias.

Iban Mayo durante el Tour de Francia 2007

Victoria en el Critérium Dauphiné Libéré

El español Iban Mayo, del Euskaltel, se ha proclamado vencedor final del 56 criterium ciclista Dauphiné Liberé tras llegar en el pelotón junto a los estadounidenses Tyler Hamilton y Lance Armstrong en la séptima y última etapa, en la que se impuso el australiano del Cofidis Stuart O'Grady. A 20 días del comienzo de la gran ronda francesa, el corredor vizcaíno ha infligido una derrota psicológica a Lance Armstrong.

La séptima y última etapa, disputada sobre un recorrido de 200 kilómetros con salida y llegada en Grenoble, no modificó los primeros puestos de la general. La victoria parcial fue para el australiano Stuart O'Grady, que se impuso a su compañero de escapada el francés Sandy Casar.

Ochenta corredores tomaron la salida en la última etapa, que formó su única escapada con el ataque, en el km. 0, de Sandy Casar, al que se unieron seis corredores. El pelotón, que había reducido un poco la diferencia con los escapados, volvió a sestear, comandado por el equipo Euskaltel de Iban Mayo, y la ventaja de los fugados, pese al fuerte viento, creció hasta los 12:30 en el km. El col de Sarcenas, en el km. 170, con una extensión de 15 km de pie a cima, era el punto más duro de la jornada, y en sus rampas se produjo el ataque del kazaco Dimitri Muravyer, al que respondieron O'Grady y Casar.

O'Grady y Casar se quedaron solos en cabeza camino de la cima. Casar dejó atrás a O'Grady en el ascenso, pero el australiano volvió a cazar al francés antes de coronar el puerto, a 19 km. O'Grady, un consumado esprinter, venció con comodidad a Casar.

Después de sus triunfos, este año, en la Vuelta a Asturias, la Subida al Naranco y la Clásica de Alcobendas, Mayo ha logrado una victoria de gran prestigio en la Dauphiné.

El Legado de Eddy Merckx

Para comprender la magnitud de los logros de ciclistas como Iban Mayo, es útil recordar a una leyenda del ciclismo, Eddy Merckx. Hoy vamos a hablar del mayor deportista de siempre. Sin discusión alguna, no las admito porque no existe argumentación que las sostenga. Jamás nadie dominó de tal forma su disciplina entre las actividades consideradas «mayoritarias». Nunca se vio tal dictadura, tal tiranía. En todos los lugares, en todas las condiciones. Venciendo y convenciendo, puesto que vencer sin asombrar era, para él, vencer un poco menos. El mejor que ha habido nunca.

Guillaume Michiels, el masajista y asistente personal (el soigneur) de Merckx cuenta una historia: Un día, finales de diciembre, año 1973 (o 1974, o quizá el 72, el narrador no lo recuerda bien). Eddy Merckx está en su casa, leyendo la prensa. Su hijo Axel, apenas un bebé, duerme tranquilamente a pocos pasos. Ha terminado el año ciclista, con Merckx dominando inmisericordemente las grandes carreras. Como ocurre desde hace un lustro, por otra parte. Es el mejor, y nadie lo discute. Entonces Eddy lee una noticia, apenas un pie de página en aquel diario. Roger de Vlaeminck ha ganado un critérium de algún lluvioso pueblo en Flandes. Una anécdota. Pero, gracias a ella, señala el periodista, empata con Eddy Merckx como el ciclista con más victorias del año.

Eddy siente que su sangre hierve. Se levanta, cruza el salón a grandes zancadas, descuelga el teléfono. Su mánager coge la llamada, «Hola Eddy, qué tal, feliz Navidad». Y el ogro habla. «Nada de feliz Navidad, búscame una prueba que se celebre esta misma tarde». El otro balbucea, alucinado. «Pero, Eddy, ¿has visto qué día es hoy? No hay competiciones importantes, campeón». «No me importa, la que sea, quiero una carrera, tienes media hora». El tono de una línea vacía.

El representante se pone manos a la obra, uno no contraría a los dioses. Pasados unos minutos, llama. «Mira, Eddy, hay un pueblo donde tienen una especie de «carrera del pavo», creo que es el único lugar de toda Bélgica en el que hay competición esta tarde». «Apúntame». «Pero… ¿te has vuelto loco? ¿Qué vas a hacer?». Merckx ya no está al teléfono. Echa la bici al auto, saluda a su mujer, «volveré en unas horas». Cruza media Bélgica en coche, llega a la localidad en cuestión. Se viste, mira la competencia, aficionados barrigudos, algunos ya cargados de cerveza y mejillones. Él es el mejor ciclista del mundo. Gana sin problemas aquella fiesta que no llega ni a critérium. Otra vez es el corredor con más victorias esa temporada.

Eddy Merckx nace en 1945 en Meensel-Kiezegem. Brabanzón, flamenco, pues, en ese país que en realidad son dos países, dos comunidades que en ocasiones se dan la espalda, allí donde pronunciar un nombre en francés o neerlandés es toda una declaración de intenciones sobre la vida y la política. Sucede que los Merckx, con el padre Jules a la cabeza, se trasladaron pronto a Woluwe-Saint-Pierre para abrir una tienda de ultramarinos. Apenas un puñado de kilómetros al oeste. Pero un paso fundamental, uno mayor que cualquier frontera. Antes vivían en un espacio flamenco, ahora todos sus vecinos hablaban francés. Merckx, el gran Eddy, acabó expresándose incorrectamente en ambos idiomas, componiendo una sinfonía caótica que mezclaba también el italiano. El desapego con la mitad de los que consideraba suyos comienza desde joven. La decisión personal de pronunciar los votos matrimoniales en galo no hizo sino agravar la situación.

Eddy Merckx durante el Tour de Francia de 1969.

Cuando Eddy pasa al profesionalismo en 1965, sin haber cumplido los veinte años, es una gran promesa (campeón del mundo amateur) que acaba enrolado en la peor escuadra posible. Solo-Superia. El conjunto en el que coincidieron tres de los cinco ciclistas con más victorias de siempre. Lo que ocurre es que uno de ellos era vieja gloria que solo estaba ya para correr en pista (Van Steenbergen) y otro, apenas un pipiolo que no sabía nada del mundo (Merckx). El tercero… el tercero fue la pesadilla de Eddy en aquel primer año. Rik Van Looy. El Emperador de Herentals. El primero en ganar los Cinco Monumentos del ciclismo, el único en imponerse en todas las grandes carreras de un día. Y una personalidad arrolladora, despótica, que pronto vio en Merckx al chaval que podía acabar eclipsando su gloria. Así que aquellos meses Van Looy se dedicó a ningunear a Eddy, a llamarlo «paleto», a reírse de su forma de hablar, a decir que era un tipo frío, poco resistente, una niñita asustada. Merckx callaba y aguantaba, curtía su piel con los dardos del más grande. En diciembre se fue de aquel reducto flamenco hasta el Peugeot, un equipo francés. De ahí en adelante Merckx siempre será el flandrien traidor, el mal hijo de su gloriosa tierra. Todos irán contra él. Los hermanos de Vlaeminck, Monseré, Maertens, Godefroot, Verbeeck, Leman, Dierickx, Planckaert.

Porque en Peugeot Merckx comienza su estrategia de dominación. Primero en las grandes clásicas. Será campeón del mundo (ganará tres, récord). Se impondrá en su primera Milán-San Remo (alcanzará un total de siete victorias, récord). Más tarde, y tras otro cambio de equipo, ya enrolado en los conjuntos italianos que le acompañarán casi hasta el final, se convierte en casi invencible. Conquista Roubaix (para un total de tres, récord en su época, luego superado por De Vlaeminck y Boonen), se impone en Lieja (cinco al final, récord), en Flecha Valona (tres, récord del momento, hoy Valverde tiene cinco entorchados), en Gante-Wevelgem (triplete, récord), en Lombardía (dos veces). Es el ciclista con más victorias en Monumentos, con más victorias en grandes clásicas, con más victorias en las Ardenas. El Monstruo.

Y es que a veces no bastaba con ganar, sino que había de hacerlo a su manera. El estilo Merckx. Atacando más lejos que nadie, domeñando voluntades ajenas, destrozando a sus rivales. ¿Un psicópata de la carretera? Puede ser, pero tanto para los demás como para él mismo, nadie podrá conocer jamás la magnitud de los dolores que este hombre pudo infligirse en su camino hacia la eternidad. Como en 1969, cuando ataca en solitario a más de setenta kilómetros de la meta para ganar su primera De Ronde van Vlaanderen. Con un fortísimo viento de cara. Su director, Guillaume Driessens, se pone a su altura, le dice que desista, que espere a los otros ases. Merckx ni lo mira. Driessens insiste, grita, golpea la puerta del coche, medio cuerpo fuera por la ventanilla. Y entonces Eddy lo mira fijamente. «Que te jodan», escupe. Solo eso. Sigue pedaleando con fuerza, en silencio. Ganará con cinco minutos y medio sobre el segundo, más de ocho sobre el tercero. No será una excepción. Repite el número en la Lombardía de 1971, en la Lieja de 1972, nuevamente en De Ronde durante su primavera mágica de 1975 (tres Monumentos, solo un carromato de pinchazos le impide triunfar en una Roubaix donde se mostró más dominador que nunca).

Eddy Merckx, vencedor del Tour, con Luis Ocaña, 1970.

Bruno Raschi fue un periodista italiano de pluma poética y adjetivo certero que se hizo grande cantando las glorias de Fausto Coppi y llegó a ser un clásico durante décadas mezclando literatura y deporte. Alguien cuyo prestigio era tan grande que fue capaz de soportar el haber protagonizado la más desacertada predicción de todos los tiempos. Fue en 1967 y cuando Raschi escribió sobre Merckx que, habiendo demostrado sus limitaciones en la montaña, «jamás podría vencer una prueba por etapas». Ocho años después Eddy contaba en su palmarés con cinco Tours (récord), cinco Giros de Italia (récord) y la única Vuelta a España en la que tomó la salida.

La diferencia fueron sus rivales. Si en las piedras y las clásicas italianas se las tenía que ver sobre todo con flamencos y transalpinos, pululando por las cumbres de las Grandes Vueltas iban a ser dos españoles chiflados quienes lo pondrían contra las cuerdas. Casi dos némesis: niños pobres de la posguerra (un exiliado, un hijo de ganaderos de una aldea diminuta) que se enfrentaban a Eddy, misma edad, tantas diferencias en su biografía de joven acomodado (aunque no rico). Donde Merckx era minucioso y constante, Luis Ocaña era colérico, un hidalgo orgulloso y enfadado con el mundo que buscaba aplastar con los pedales los demonios que asomaban cada mañana a sus ojos tristes. Si Merckx era casi infalible en cada una de las pruebas donde participaba, José Manuel Fuente fue un lunático que corría por impulsos y fumaba como un carretero, alguien capaz de quedarse descolgado de todo un pelotón después de haber puesto a sus compañeros a endurecer el ritmo porque pensaba atacar.

Seguramente la gran rivalidad de la época fuera la de Merckx con Ocaña. Lo que tiene su mérito, porque el conquense jamás llegó a derrotar al belga en ninguna gran carrera que ambos concluyesen. Pero eso no importaba, porque Luis era diferente, quería ganar a Merckx en su propio juego, su espíritu era idéntico al del Caníbal. Aquellos cuatro días del Tour de 1971, aquella hermosa y salvaje batalla interrumpida en Menté. Su mayor victoria, la que nunca aparecerá en los libros de récords. Su enemistad fue incluso personal. Ocaña acusaba al resto de ciclistas de plegarse a la voluntad de Merckx, de no atacarlo con todas sus fuerzas. Cómo podría exigir a los demás algo que tan solo él estaba en disposición de plantear. Llegó a comprarse un perro y le puso por nombre «Merckx». Para dominarlo, aunque fuese en efigie. «Merckx, a mis pies. Merckx, aquí. Merckx, silencio. Merckx, túmbate ante mí». Cuando Eddy se enteró montó en cólera. Estuvieron años sin hablarse, hasta que coincidieron en un avión, camino de Bélgica. Rompieron el hielo, charlaron, se reconocieron en el mirar del otro. Terminaron la noche en un club de señoritas, tomando cubatas de whisky. «Merckx ganó más Tours que yo, pero bebiendo no me aguantaba nada», dijo mucho más tarde Ocaña.

Fuente es distinto. Porque estaba chiflado, básicamente. Dicen que actúa conforme a los dictados de la Luna, que nunca sabes si destrozará la carrera o se quedará en las primeras cuestas. Pero comparte algo con los otros dos. El orgullo, es el orgullo. A Fuente lo llaman Tarangu, porque es como llaman a todos los de su familia en Limanes, el pequeño pueblo asturiano, niebla y barro, en el que nació. Pero donde es feliz es en Italia. Allí lo adoran, cuentan que es Bartali vuelto a montar sobre la bici, aprecian su espíritu anárquico, sus declaraciones altisonantes, su rostro moreno que apenas sonríe. Allí es un ídolo, y en el país de la bota intenta imponerse a Merckx. Por todos los medios, de todas las maneras. Ataca de cerca, de lejos, en pendientes imposibles, en puertos inabarcables. Fuente domeñará a Eddy en el Stelvio, en Il Ciocco, en Sestrieres, en el Carpegna, en el Monte Grappa. Jamás logrará su objetivo, el belga siempre se recupera, el belga siempre aguanta, a veces hasta acaba adelantándolo. Como aquella vez camino de Jafferau, con Merckx comiendo una naranja a mordiscos, sin pelarla, y sometiendo una vez más al pequeño anarquista. Qué importaba. Para su leyenda, para la de los dos, era mejor así. El uno, invencible. Ellos fueron, también, un poco de Merckx. De su grandeza. De su carácter fiero, intocable.

Bernard Thévenet y Eddy Merckx (al fondo) en los Campos Elíseos, Tour de Francia de 1975.

La última particularidad de Merckx, la que quizás haga que trascienda aun más, es su condición humana. Porque Eddy no es un dios, sino solo un hombre, y la verdad es que los dioses son tipos extremadamente aburridos, tan perfectos ellos. El belga no. El belga se fatiga, el belga pierde la mitad de su ventaja en un puñado de kilómetros camino de Mourenx, en su más bella jornada; se desploma, asfixiado, tras subir el Mont Ventoux; sufre como un perro en 1971 detrás de Ocaña, en 1974 detrás de Fuente, en 1972 detrás de ese fantasma que le va marcando el ritmo del récord de la hora. «Jamás llegué tan lejos en mi agonía», dice. Acaba de conseguir una marca estratosférica en el velódromo de Ciudad de México. Para preparar el intento ha estado entrenando en su casa de Bruselas, en el garaje, haciendo rodillo con una máscara sobre el rostro que imitaba la falta de oxígeno de la capital mexicana.

Merckx, además, tiene su Waterloo, su non plus ultra, su derrota (que no rendición) suprema. Le llega en 1975, camino de una pequeña estación alpina llamada Pra-Loup. Allí, vestido de amarillo y escapado, por delante de todos, imperial después de atacar en la alucinada y agorafóbica bajada de Allos (caídas de ciclistas, el coche del Bianchi dando vueltas de campana durante docenas de metros, el caos bajo un sol que transformaba asfalto en brea). Fue allí, apenas a cinco kilómetros de la línea de meta, cuando el gran rey fue derrocado. En ese preciso lugar, en ese instante de magia y hechizo. Sus hombros empiezan a moverse más, su pecho se acerca al manillar de la bicicleta, sus rodillas se abren imperceptiblemente. Y el emperador se ciega, los ojos muertos de quien lleva matándose poco a poco durante años y entiende, en una fracción de segundo, que al fin la muerte lo alcanzó.

Dos días antes un espectador lo ha agredido en plena subida al Puy de Dôme. Un golpe seco, duro, en el hígado, propinado en pleno esfuerzo a apenas unos cientos de metros de la cima. Pero Merckx no busca excusas. Sus rivales lo van pasando, lentamente, quizá temerosos ante la figura que arrastra su corpachón agotado por esas pendientes de los Alpes. Un par de días después sufre una caída y se fractura la mandíbula. No puede masticar, termina el Tour alimentándose con papillas de arroz. Pero no se retira, quiere honrar a quien lo ha vencido, Bernard Thévenet. Quiere, aspira en secreto, voltear la situación. Aunque sea imposible, pero imposible era una palabra que no significaba nada para Merckx hasta hace poco. Atacará sin descanso en cada jornada, incluyendo la última, en París, en plenos Campos Elíseos. El mejor deportista de todos los tiempos.

El Ciclocross y Samuel Sánchez

El pasado fin de semana el ciclocross asturiano tuvo a su ciclista más ilustre de los últimos tiempos. Samuel Sánchez, el ciclista que dijo no a la oferta de renovación del BMC, corrió una carrera en La Tenderina, un barrio ovetense. En la actualidad en el pelotón de carretera no hay grandes nombres de ciclocross. No los hay al menos alternando las dos modalidades. La ganó un campeón del mundo de ciclocross como Lars Boom y entre otros protagonistas tuvo a Jakob Fulsang, ciclista que no se prodiga en ciclocross, pero sí viene del moutain bike. Recuerden que aquel día también estuvo delante el mentado John Gadret.

Pero tuvimos años en que los grandes nombres se batieron en ciclocross. En otro escalón está Oscar Pereiro, que ganó la mejor carrera del mundo y había sido campeón de España de ciclocross en categorías interiores. Como veis fueron pocos, pero grandes, y con aureola atrajeron gente e inversión a esta modalidad llamada ciclocross que es preciosa pero sufre un cuello de botella que le impide crecer.

El guardabarros “sencillo” protege de las salpicaduras de la rueda trasera de la bicicleta sea cual sea la disciplina y se instala sin herramientas en la mayoría de sillines.Usado en todas las disciplinas, mountainbike, carretera y ciclismo urbano. Con un peso apenas superior a 12 grms, se mantiene de forma consistente en el sillín gracias al diseño de sus formas y al material empleado.

Mayo regresó a la pasarela del Tour a la entrada de un túnel, cerca ya de Tignes. Apenas 300 metros ... de oscuridad. Tránsito suficiente para tapar tres años de ruinas en la 'Grande Boucle'. Del túnel salió el otro Mayo, el indómito. Con su luz recuperada. Con la figura armada para el ataque. De nuevo, se dilataba en los Alpes. Sobre su bicicleta blanca, etiquetada con la figura de un gallo. De su apodo. Así subió a Tignes. A picotazos. Desde el túnel, ya no le vieron: ni Moreau, ni Valverde, ni Schleck, ni Evans, ni Kashechkin, ni Contador. Los mejores ayer. Pero no tanto como para igualar a dos ciclistas con el espíritu del 'Guadiana': Rasmussen, tremendo ganador ayer, y Mayo, tercero ya en la general. Tignes los convocó.

Es muy curioso: en 2003, al cumplirse cien años del primer Tour de Francia, escribí una serie de pequeños textos sobre el tema. Salió una primera edición, que ganó el premio del diario Marca en 2005, pero me quedé con ganas de más, y finalmente en 2012 y gracias a la editorial Libros del KO pude añadir más capítulos, reescribir otros como el de Lance Armstrong y, curiosamente, funcionó: ya van más de 14 ediciones y hasta ha generado anécdotas tan deliciosas como la de Vicente Trueba, cuya viuda vino a la presentación del libro, con 98 años, y que me ofreció acceder a los archivos familiares de la Pulga de Torrelavega para, como así hice, meter un nuevo capítulo más.

Siempre he trabajado como periodista autónomo, escribiendo reportajes sobre temas internacionales, pero competí como ciclista hasta los 20 años y la bicicleta siempre ha sido mi pasión. El ciclismo es, además, un material muy bueno: casi sin necesidad de inventarse nada ya tienes grandes historias.

La primera versión, de 10 historias, era más básicas, y recurrí a mucha literatura francesa. Recuerdo ir mucho en esa época a Gernika y encontrar abundante material en las hemerotecas, pero sobre todo hallarlo en Francia. Ahí tienes todo un filón de buenas historias en torno al Tour… Porque es así: el Tour lo inventan los periodistas, y los relatos de su creación, de sus primeras etapas, están en libros, en periódicos, en mucho material de archivo. Sólo el Tour es un filón enorme: se podría estar toda la vida escribiendo historias sobre él, pero no soy historiador y me interesa hacer otras cosas. Alguna vez me han preguntado que por qué no escribir otro libro del Giro pero no quiero repetirme: aunque Plomo en los bolsillos haya funcionado muy bien comercialmente no quiero abonarme a una fórmula, aunque alguna vez haya vuelto a escribir sobre ciclismo o a entrevistar ciclistas como Peio Ruiz Cabestany.

El boom de la literatura ciclista en España es llamativo, y yo tuve la suerte de que ese libro fuese en los comienzos de ese boom. Creo que es clave la materia prima: el Tour reúne una serie de historias que captan comportamientos humanos. Cosas muy buenas como el heroísmo, el sacrificio o el trabajo en equipo, pero también tragedias, traiciones y trampas. Quizá esas historias, y con ellas Plomo en los bolsillos, atrajeron incluso a gente a la que no le gustaba el ciclismo, pero que se enganchaba. Y luego, claro, hay que atribuirle un componente de suerte, el fenómeno del boca a boca…

Portada de ‘Plomo en los bolsillos’, de Ander Izagirre (foto: Editorial del KO)

No lo sé, pero me parece que había un terreno lleno de buenas historias, de enormes posibilidades narrativas, que simplemente se empezó a ocupar. Se ha caído en la cuenta de que hay historias muy buenas, y de esa fuente, que estaba muy virgen, han empezado a beber escritores. Lo raro, entonces, es que no hubiese más. Creo que no había mucha conciencia de que el deporte era un gran material literario.

Todos los deportes deben tener esa vena épica, pero es cierto que el ciclismo tiene un componente extremo. Los primeros años del Tour eran una auténtica barbaridad, y reunían además componentes de aventura, casi de exploración geográfica, lo que sumado a la exigencia física extrema, algunas muertes por accidentes o las traiciones entre compañeros de equipo dan un cóctel explosivo. El hecho de que el ciclismo esté lleno de claroscuros lo hace muy atractivo. Fíjate en Lance Armstrong… gestas, una historia de heroísmo y superación, y luego la sombra más absoluto. Es un historión.

Luis Ocaña, y no en vano llegó Carlos Arribas y escribió su biografía. Pero también nombres menos conocidos como el de Roger Walkowiak), un anónimo gregario que, por una serie de circunstancias, ganó el Tour de 1956. La sorpresa fue tan monumental que nunca se lo perdonaron, y acabó lamentando haber triunfado. Que un ciclista consiga el mayor éxito de su carrera y, al retirarse, lo recuerde con amargura, que alguien no destinado a la gloria la logre, y eso se convierta en una maldición… ¿Es o no es una buena novela?

Por supuesto que el ciclismo de ahora sigue generando momentos llenos de épica y dramatismo, pero pretender que sea como el de Coppi es una trampa nostálgica. El ciclismo ya no es un deporte de pobres, de desesperados, porque tanto el deporte como la sociedad en general han cambiado.

No con mucha frecuencia, a veces. Leí La soledad de Anquetil, de Paul Fornel, y me encantó. Hay varias biografías y autobiografías apasionantes, y volviendo a Peio Ruiz Cabestany, su Historias de un ciclista narra muy bien los entresijos del pelotón. Por supuesto, no puedo olvidarme de El ciclista de Tim Krabbé.

Vivir de la literatura es muy, muy complicado, y la ciclista no es una excepción. En mi caso, el libro que más dinero me dio para vivir era de ciclismo, pero cuando me dediqué a otras cosas no tuve tanta suerte… Creo que salvo los libros muy escandalosos, o las biografías muy ambiciosas y de claro tinte comercial, la mayoría de los libros no dan para vivir. Pero también pienso que el 90% de la gente que empieza a escribir un libro no lo hace pensando en el dinero que va a ganar, sino por otros alicientes. Aunque también tengo una anécdota ciclista sobre eso: un buen amigo editor guardaba en el cajón una biografía de Iban Mayo esperando que ganara el Tour. Por supuesto, el libro debe seguir ahí guardado…

Cuando OCAÑA tumbó a MERCKX. Orcieres - Merlette. Tour de Francia 1971

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