El camino de la bicicleta había sido largo. Los primeros modelos, desde 1817, consistían en una mera barra que unía dos ruedas.
Alrededor de 1870 se le añadieron pedales, lo que aparte de permitir avanzar montado también aumentaba las posibilidades de salir indemne de la aventura.
Estos "velocípedos", con la rueda delantera más grande que la trasera, fueron sustituidos por bicicletas con ruedas de igual tamaño y cadenas que transmitían la energía del pedal a la rueda trasera.
Mucho más seguras, las bicicletas de principios de la Belle Époque empezaron a venderse a precios exorbitantes a aquellos que podían permitírselo.

Un símbolo de libertad femenina
Las mujeres de clase alta fueron atreviéndose a montar en este nuevo invento, que ponía a su alcance la posibilidad de desplazarse con libertad y rapidez en un mundo que las condenaba al enclaustramiento en la vivienda familiar. Estas pioneras atraían todas las miradas, lo que ya de por sí era malo.
Los manuales de comportamiento de la época dejaban muy claro que lo último que debía hacer una dama en la calle era llamar la atención de los viandantes.
La mujer que montaba en bicicleta rompía las reglas establecidas sobre el comportamiento femenino y se convertía en una persona de dudosa moral. Un gran escándalo acompañó a las primeras ciclistas.
A la londinense Emma Eades la recibían a pedradas; a otras muchas las insultaban y agredían. Por si fuera poco, los médicos de la época opinaban que el ciclismo era una actividad perjudicial para el organismo femenino, considerado más débil que el masculino.
Montar en bicicleta, creían, podía causar esterilidad y trastornos nerviosos.

Frances Benjamin Johnston - A Wheelwoman
La vestimenta como obstáculo
Pero estas pioneras no sólo se enfrentaron a los cimentados prejuicios de la época. Tuvieron delante un obstáculo aún mayor: la vestimenta femenina, compuesta por pesados vestidos (la ropa interior pesaba unos seis kilos) y apretados corsés con los que hacer el más mínimo ejercicio sin desmayarse era un prodigio.
A mediados del siglo XIX, Amelia Bloomer inventó unos pantalones anchos de inspiración turca que eran prácticamente una falda dividida en dos. Estos bloomers fueron recibidos con el más absoluto rechazo.
Al rescate de las ciclistas vinieron los bloomers, unos pantalones muy anchos. Pero cuando algunas mujeres se atrevieron a vestirlos, el escándalo fue mayúsculo.
Los sacerdotes dedicaron sermones a resaltar lo pecaminoso del asunto; a las profesoras francesas se les prohibió acudir con ellos a la escuela y a la aristócrata Lady Haberton se le impidió entrar, por llevar bloomers, en una cafetería donde pretendía beber algo antes de montar de nuevo en su bicicleta.
La batalla por los pantalones estaba perdida, pero mientras tanto se había avanzado un largo trecho en la emancipación femenina.
De las pioneras al World Tour: el ciclismo femenino en Colombia
La popularización de la bicicleta
Poco a poco, la imagen de la mujer en bicicleta fue dejando de ser extraña. Cada vez más baratas, las bicicletas se popularizaron.
Surgieron multitud de clubes femeninos que ofrecían la oportunidad de viajar en compañía y evitar así el acoso callejero.
Ejemplos como la vuelta al mundo en bicicleta de Annie Londonderry en 1895 cautivaron la imaginación de muchos y demostraron que las mujeres eran capaces de las mismas hazañas que los hombres.
Mientras, la publicidad presentó el ciclismo como una actividad respetable. Ahora los médicos recomendaban montar en bicicleta, y los periodistas veían en la ciclista a la "nueva mujer".
El género femenino conquistaba un nuevo terreno que antes le había estado vedado.
De hecho, el fenómeno se había vuelto tan popular que, a finales de la Belle Époque, una mujer soltera se quejaba de que ya no se podía ligar sin montar en bicicleta. Por mucho que ensanchara los horizontes de su género, a ella le molestaban sobremanera las incomodidades de este deporte.
El ciclismo femenino en la actualidad
El ciclismo es un deporte que queramos o no, forma parte de nuestras vidas. Todo tipo de profesionales han dejado frases míticas para el recuerdo, aunque las dijeran sin la intención de que lo fueran.
Un grupo de 13 mujeres han realizado el recorrido de la ronda gala para reclamar una edición femenina de la prueba ciclista más popular del planeta.
El proyecto nace del Club Omnisport de Courcouronnes Cyclisme Féminin (COCCF), que tiene como objetivo principal promover el ciclismo femenino y conseguir una cobertura mediática digna.
Este 2018 es el cuarto año consecutivo que realizan la proeza, en la que han participado once ciclistas francesas, una ucraniana y la española Anna Barrero.
“El Tour de Francia, a diferencia del Giro, no tiene una prueba femenina”, ha denunciado la catalana en una entrevista en el diario Marca.
“Con este reto lo que queremos hacer ver al mundo es que las mujeres también podemos hacer el mismo recorrido que están haciendo los hombres y completar este espectáculo”.
“El reto es completar el mismo recorrido en el mejor tiempo posible, pero lógicamente somos todas del mismo equipo (patrocinado por Skoda UK) y lo único que hacemos es apoyarnos para llegar de la mejor manera posible”, explica Barrero, quien no duda en apuntar la que para ella es la etapa más dura de esta edición.
“La del pasado jueves, con final en Alpe dHuez es de las más duras. Es de casi 200 kilómetros con 5.000 metros de desnivel y tres puertos fuera de categoría”, añade antes de señalar que no han tenido contacto con los hombres.
“Nadie nos ha llamado, pero quizá sí sería interesante que algún profesional diera visibilidad a este proyecto, es bueno para todos”.
“En el equipo estamos concienciadas de que esto puede servir al deporte femenino. El entrenamiento ha sido duro durante los meses previos, pero hasta la fecha estamos completando las etapas con normalidad. Nos gustaría ser más corredoras, pero entendemos que para poder hacer una gran competición es necesario el apoyo de una gran organización”, advierte la española, quien asegura que el Tour de Francia no ha querido saber nada de su proyecto.
“El ciclismo es un deporte duro, pero estamos viendo cómo poco a poco las mujeres vamos creciendo en esta disciplina. El Tour es la carrera más importante de todas, uno de los eventos de mayor trascendencia no sólo a nivel ciclista, sino global. Y las mujeres tenemos que estar aquí. Por si alguien lo dudaba, nosotras estamos aquí para demostrar que es viable”, añade alguien que se congratula del apoyo que reciben cada día: “Lógicamente no hay tanto público en las carreteras, pero sí hay cientos de ciclistas que nos acompañan entre nuestra aventura, además son hombres y mujeres. Que exista un Tour de Francia femenino debe ser una labor de todos, no sólo de las mujeres”.