Hoy en día, es raro ver a los niños jugando en las calles como antes. Antes era común que los chicos corrieran tras el balón, con dos porterías improvisadas entre dos piedras o montoncillos de abrigos o jerseys. Los coches apenas pasaban, y de los carros había tiempo para retirarse.
En aquellos tiempos, las opciones de entretenimiento eran limitadas. No había televisión, ni dinero para juguetes supercaros o complicados como hoy. Como mucho, los clásicos juegos de mesa: los naipes, parchís, oca, damas, ajedrez, lotería o las famosas cajas de Juegos Reunidos para los más afortunados.
Y pocas cosas más: para las chicas, cuatro cacharrillos y muñecas peponas de cartón; para los chicos, algún camioncete de madera, aunque disfrutábamos más con el que nos fabricábamos con una caja de zapatos y tirando de un cordelillo, y con varias hasta un tren. Bastaba encontrar un montón de arena de una obra, para pasar allí toda la tarde haciendo cuevas.
Muy afortunados eran los que tenían un patinete o la variante de la patineta, formada por una plancha de madera con tres o cuatro ruedas de cojinetes y un tosco volante para la dirección.
Algunos de los chicos de mi calle representábamos obrillas de teatro, cobrando la entrada a una perragorda. El problema era encontrar casa, pues muchos padres no se prestaban a ello. Casi siempre hacíamos un episodio de Matilde, Perico y Periquín, serial de humor muy en boga en la radio de entonces, o inventábamos nosotros el tema basándonos en cosas que sucedían en la calle o en el pueblo.
Un año me trajeron los Reyes una máquina de cine, que también se incorporó a estas sesiones "educativas". Proyectábamos las clásicas peliculillas de cuento infantiles o confeccionábamos nosotros las nuestras, dibujadas en papel de envoltura interior de las tabletas de chocolate, que era el ideal, fuerte y transparente. Hasta poníamos anuncios en el descanso de los comercios de la calle y -¡no faltaría más!
En tiempos posteriores a la Semana Santa, era normal en Criptana que los chicos jugáramos a sacar santos a la calle, tratando de hacer pasos similares a los reales que habíamos visto en las procesiones. Una vez, en casa de mi amigo Santiago Sánchez-Manjavacas (Santi), hacía yo de "cristo" y medio me ataron a una cruz, y para sostenerme me metieron con el palo en un bidón. No debía estar la cosa muy estable, porque al menor movimiento todo se vino abajo y yo de morros al suelo.
El puesto de tebeos era otra de las distracciones cuando se tenía algo de dinero. En Criptana, la librería de Concha Arias (luego de Santiago El Sordete y su mujer Vicenta), en la esquina de la calle de la Virgen con la del General Pizarro. Decenas de títulos colgaban en una cuerda a lo alto del mostrador, prendidos con pinzas de tender: Tío Vivo, Pulgarcito, Sissi, Pumby, TBO, Jaimito, Supermán, El Capitán Trueno, Hazañas Bélicas, Mendoza Colt, El Jabato, Roberto Alcázar y Pedrín, El guerrero del Antifaz, El Cachorro... Y para las chicas infinidad de cuentos de hadas.
Las chicas se entretenían bastante jugando a la comba, a las casitas o a médicos y enfermeras. Cada juego tenía su época, pero el verano, sin colegio, con sus larguísimas tardes, o por las noches, cuando los mayores se salían al fresco hasta las doce o la una, era tiempo propicio para practicarlos. Aquí tenemos algunos de los más populares.
Se podía saltar con saltador, pero sólo disfrutaban una o dos niñas, con lo que resultaba un tanto aburrido. Lo habitual es que se cogiera una soguilla larga de cáñamo para jugar un grupo numeroso, y que se saltara en fila, una y otra vez, por turno riguroso. Otras veces, se saltaba mientras duraba una determinada canción o hasta que se cometía un error, lo que conllevaba la eliminación o el pasar a dar comba.
Algunas canciones populares para saltar a la comba eran:
- El cocherito, leré, / me dijo anoche, leré, / que si quería, leré, / montar en coche, leré...
- Debajo de un botón, ton, ton, / que encontró Martín, tin, tin, / había un ratón, ton, ton, / ¡ay que chiquitín, tin, tin!
Los 10 Juegos tradicionales que disfrutaron nuestros abuelos y padres
Juegos Populares de la Infancia
Pasemisí
Era un juego mixto en el que participaban tanto chicos como chicas. Se reunía el grupo y dos de ellos se colocaban uno frente a otro cogidos por ambas manos y con los brazos levantados, mientras que el resto iba pasando por debajo uno a uno. Finalizada la estrofa, los que mantenían los brazos en alto, bajaban rápidamente y sujetaban por la cabeza a quien pasara por debajo en aquel momento.
Se iban así por turnos formando dos grupos que, luego -en esto hay algunas variantes-, agarrados por la cintura, empezaban a tirar cada uno para un lado hasta que a alguien le fallaban las fuerzas, se desenganchaba de la hilera y se quedaba sentado en el suelo. Se repetía la estrofa hasta que el gato conseguía cazar al ratón. Y volvía a comenzar el juego con otra pareja de chico y chica.

Silleta la reina
Participaban tres chicas. Dos de ellas se agarraban de ambas muñecas, cruzando los brazos, formando con sus cuerpos una especie de silla. Se agachaban para que se sentara la tercera y, dando pequeños saltos, iban recorriendo la calle al tiempo que subían y bajaban los brazos intentando que la que se hallaba sentada perdiera el equilibrio y cayera.
Pinto, pinto, gorgorito
Mientras se iba cantando se apuntaba con el dedo hacia el pecho de cada uno de los jugadores y, en el momento que se llegaba al final de la canción, la chica o chico con el que coincidía era el elegido.
Pinto, pinto, gorgorito, / saca las vacas / al veinticinco. / ¿En qué calleja? / En la Morilleja. / ¿En qué lugar? / En Portugal.
Otros juegos
También, tirar una bola, chapa o moneda a una raya hecha en el suelo o a una pared. El que conseguía que su bola quedara más cerca, el primero, y detrás los restantes por orden de colocación.
El método que se llamaba "echar pies", consistía en colocarse dos chicos o chicas a una distancia determinada. Desde allí, cada uno iba colocando un pie delante de otro por turno. Cuando los pies de ambos se juntaban, el último que conseguía ponerlo antes de que se acabase el espacio era el que empezaba a elegir para formar equipo. Podía ocurrir que no cupiera el pie por completo, pero sí atravesado, lo que se manifestaba con la expresión "monta y cabe".
En otro, uno del grupo cogía una china del suelo, la ocultaba en la espalda en una de las manos y después presentaba las dos, cerradas, para que otro eligiera. Si la elegida era la de la china, se perdía.
El gua o las bolas
Reunidos varios chicos, echaban suertes y todos tiraran la bola desde el "gua" (pequeño hoyo en el suelo), para situarse en la posición inicial de juego. El primero, en cuclillas o de rodillas, con el dedo meñique de la mano izquierda puesto en el sitio donde estaba su bola, el dedo gordo de esa misma mano apoyado en la muñeca de la mano derecha, y en esta mano la bola, entre la uña del dedo índice y la yema del pulgar -así era en Criptana-, hacia que saliera disparada para impactar en la bola de otro de los jugadores. Era lo que se llamaba "primera". Otro segundo impacto: "pie", teniendo que quedar las bolas separadas a más distancia que la medida de un pie.
Tras pronunciar la palabra "tute", si no se añadía de inmediato "na por na", el rival podía adelantarse con "por la boquilla" y conseguir con ello colocar su bola junto al "gua" para dificultar la jugada. O incluso, agregar "... Era normal también en esta jugada del "tute", como en el billar, impactar al rival de refilón, para así alejar su bola y en cambio acercar la nuestra al "gua". Lo evitaba si decía "to pa su diri", que obligaba a disparar la bola de lleno. Si se marraba en cualquiera de los disparos, entraba en juego el segundo clasificado, y así sucesivamente.
Había bolas o canicas de acero, de vidrio, de china y de barro (los boleones y meñiques).
El trompo
Eran de madera con forma de pera y un rejo de hierro en la punta. Se enrollaban cuidadosamente con una cuerda especial, que se chupaba en la punta para peinarla, empezando por la parte del rejo y tensándola bien para que no quedara floja, "folluda". Luego se tiraban hábilmente hacia suelo, quedándonos con la otra punta de la cuerda en la mano, operación que se favorecía si colocábamos en este extremo una chapa de cerveza o de refrescos perforada y aplastada o mejor una moneda de la que tenían agujeritos (las de cincuenta céntimos o las de real inmediatas al final de la guerra). Al desenrollarse, el trompo se ponía a dar vueltas y bailar, "zumbar". Los trompos perfectamente cónicos eran llamados "de saque" y los más redondeados "alcuzarras".
Uno de los muchos juegos que se practicaban con el trompo consistía en marcar un redondel en el suelo, para que cada jugador fuera tirando sobre el centro. Al mismo tiempo que daba el rejo en tierra, se tiraba de la cuerda para llevarlo fuera del círculo. Si se conseguía no pasaba nada, pero si no, allí quedaba, y luego era el blanco de los demás jugadores para tratar de hacerle una buena mella o incluso abrirlo en dos partes de un buen rejazo. Si con el golpe, salía el trompo fuera del redondel, se salvaba.
Otra variante de este juego era colocar monedas en el centro del círculo. Después de echar suertes para ver quien jugaba el primero, se tiraba el trompo al suelo y, poniendo el dedo índice por un lado y el dedo corazón por el otro, por la ranura de los dos se conseguía subirlo a la palma de la mano. Inmediatamente, poniéndose cerca de las monedas, se tiraba el trompo con la maña suficiente para empujar con el rejo las monedas fuera del redondel. Con un buen trompo y hábilmente tirado se podían dar hasta tres envites de rejo antes de que se parara. El cuarto y último, ya con el trompo bamboleante, consistía simplemente en arrojarlo con fuerza y dar un "bolazo". Todas las monedas que cada jugador conseguía sacar, eran su ganancia.

La pídola o burro
No se necesitaba mucho terreno, por lo que se podía jugar en cualquier parte. Cada jugador, al saltar, debía quedarse con los dos pies juntos en el lugar en el que caía y permanecer allí hasta justo el momento en el que el siguiente jugador iniciara el salto, momento en el que él mismo, dando un salto hacia adelante, lograba una nueva posición. Y así sucesivamente hasta completarse el turno de jugadores e iniciar otro nuevo. Se perdía si se abandonaba la posición antes de tiempo o se rozaba al burro en el salto.
Probo y Seca
Se saltaba sobre el burro tomando carrerilla desde una raya marcada en el suelo y sin apoyar las manos.
Allá arribita. A la una la vera mula. A la una la vera mula. / A las dos la coz (con taconazo en el culo del burro). / A las tres los tres pasitos de San Andrés: Pedro, Juan y Andrés.
Salto del moro
Eran tres los "burros", colocados en forma de T, dos culo con culo y un tercero, perpendicular, con la cabeza metida entre ambos. Después de echar pies para elegir, uno del grupo perdedor hacía de "madre", apoyándose contra la pared, y los otros se agachaban detrás, uno trás de otro. Los chicos del grupo vencedor tenían que saltar sobre las espaldas, mientras que los que estaban debajo tenían que aguantar el mayor tiempo posible. El problema se agravaba cuando eran muchos los jugadores: para los de abajo por el peso, y para los de arriba porque los últimos en saltar no tenían espacio y debía de hacerlo por encima de sus propios compañeros, sujetándose a duras penas. Todo terminaba cuando alguno de arriba caía al suelo o los de abajo, por el peso, se rendían o se "tullían", se desmoronaban.
Pillar
Se decidía quien pillaba primero, y éste tenía que tocar a alguno de sus compañeros y decir "pan". Cuando lo conseguía, transmitía al otro la función de perseguidor. Había un espacio (la "casa") para librarse del acoso.
El orí o escondite
Se echaban suertes y el chico o chica que perdía se quedaba contando hasta un número de cara a la pared. Cuando terminaba la numeración gritaba "ya", significando así que había terminado de contar y, por tanto, comenzaba la búsqueda de los escondidos.
El escondite inglés
Los chicos se colocaban en línea frente al que "se quedaba", situado delante de una pared y de espaldas, unos diez metros a los otros. Mientras, los otros avanzaban hacía él, que intentaba volverse lo más rápido posible y pillar moviéndose a alguno.
La gallinita ciega
Se elegía a uno de los participantes para taparle los ojos, y después de darle vueltas para desorientarlo, tenía que atrapar a alguno y, palpando, adivinar quién era.
Las matas
Se solía jugar en la calle, cuando se juntaban las pandillas de chicos por las tardes. Uno, el que hacía de "madre", sostenía la punta de una correa entre las dos manos y preguntaba, en una especie de acertijo, por el nombre de una determinada planta. Por ejemplo: "Es rastrera y tiene unos frutos grandes con pepitas". Si alguno de los chicos, que iban pasando por turno, sujetando la correa por la hebilla, acertaba a decir "¡melones!", ante el grito "¡melonazo contra correazo!" de la madre, rápidamente se lanzaba a dar estopa a todo el que encontrara por el camino. Y podía seguir haciéndolo mientras la madre cantara: "Goma, goma, quien quiera mierda que coma; goma, goma, ". Pues si la que súbitamente cantara fuera: "Ron, ron, que te quitan el correón", las tornas cambiaban y era él el perseguido y castigado si conseguían robarle la correa con una tanda de latigazos.
Aceitera, vinagrera
Uno de los chicos o chicas hacía de "madre", sosteniendo sobre su regazo la cabeza de otro, el que "se quedaba". Alrededor, todos los demás, por turno tenían que hacer lo que la madre cantaba. Si alguno se equivocaba, perdía. En una variante de este juego, el que se quedaba sostenía una correa y se liaba a latigazos con el que marraba o con todo el grupo al final de la canción.
El pañuelo
Se jugaba con dos equipos situados a una determinada distancia y un chico que se ofrecía o se elegía por sorteo para sujetar el pañuelo en la mitad de la pista. Los participantes estaban numerados, y cuando el del pañuelo gritaba un número, salían corriendo a cogerlo los indicados, uno de cada equipo. El que primero llegaba, cogía el pañuelo e intentaba volver a su línea de salida sin que su rival pudiera alcanzarle. Si lo conseguía, era el otro el eliminado; por el contrario, si era alcanzado, incluso apenas rozado, era él el que tenía que abandonar el juego.
Las más de las veces llegaban los dos al mismo tiempo junto al pañuelo, y lo que se ofrecía entonces era practicar un juego de engaños y fintas para distraer al contrincante y, en un descuido, salir con el pañuelo corriendo. Perdía el equipo que se quedaba sin participantes.
Correcalles
No tenía número definido de participantes. Se solía jugar en la calle o en los patios de las escuelas. El primer jugador se agachaba, en posición de "burro", y los demás saltaban sobre él e iban haciendo de nuevos burros, a unos dos o tres metros unos de otros.
Las cantas
Consistía en tirar por turno la propia "canta" (una piedra lisa y plana) a una cierta distancia e intentar golpear a la de los compañeros de juego. Quedaba eliminado y obligado a pagar la apuesta (cromos, bolas, chapas ) el jugador cuya canta era golpeada el numero de veces que se acordara.
El partido consistía en di...
Recordar estos juegos y actividades nos transporta a una época más sencilla, donde la creatividad y la imaginación eran las principales herramientas para la diversión.
¡Qué tiempos aquellos!