Esconde Patente: Legalidad y Protección de Menores en la Iglesia Católica

El objeto específico de este capítulo es centrar la atención en algunas cuestiones que se revelan como asuntos de singular trascendencia para el trabajo realizado por la CEE. Si todo comportamiento de abuso sexual a menores es en sí mismo considerado un acto deleznable, un crimen atroz, se convierte en algo especialmente sangrante cuando es cometido por clérigos o religiosos, visibilizándose de un modo si cabe más explícito que en otros supuestos la ofensa a Dios.

Cuando un clérigo o religioso abusa sexualmente de un menor o de una persona vulnerable, entre otros, se producen los siguientes efectos:

  • En primer lugar, se inflige un daño incalculable al normal desarrollo del menor, a su autoestima y a su dignidad humana, incidiéndose decisiva y negativamente en el desarrollo de su personalidad.
  • En segundo lugar, se causa un escándalo tremendo a los fieles y, en general, a la fe, dañándose la credibilidad de la Iglesia, traicionándose la confianza y dificultándose el anuncio del Evangelio.

Es necesario que la Iglesia católica adopte compromisos públicos para el reconocimiento de las víctimas, la reparación y, en lo que sea necesario, la reforma institucional. Recomendamos encarecidamente que la CEE y CONFER reconozcan y condenen explícitamente los hechos, proclamen la superación de la cultura del silencio y la ocultación e indiquen su voluntad de abordar esta realidad de los abusos, de prevenirlos y erradicarlos en su ámbito, así como de asumir la responsabilidad por los daños producidos, remediar sus acciones negativas y garantizar su no repetición. Este reconocimiento debe alcanzar a cada víctima en su propia verdad, en su dolor.

Tal y como recoge el Defensor del Pueblo en su Informe, la primera necesidad de las personas que han sufrido abusos sexuales en el entorno de la Iglesia católica es la de ser reconocidas. Por ello, tanto la propia Iglesia como la sociedad deben organizar actos simbólicos de diverso alcance, en los que se exprese públicamente este reconocimiento, con participación de representantes de las víctimas.

Formación y Sensibilización

Junto con lo anterior, se incorporan como propias, tanto en lo que afectan directamente a la Iglesia como en su relevancia social, las consideraciones que realiza el Defensor del Pueblo en su Informe en lo relativo a la formación y sensibilización. A su vez, en la formación dirigida a jueces y fiscales que intervienen con menores víctimas de abusos sexuales, deberían incluirse los elementos necesarios para comprender el diagnóstico realizado por un profesional, el discurso de la víctima y elaborar una respuesta adecuada a la problemática de los abusos sexuales de menores en el ámbito religioso. Al hilo de las observaciones, se formulan también Recomendaciones sobre cómo proceder o qué medidas impulsar en relación con diversas cuestiones que se consideran de especial trascendencia. A tal fin, es importante asumir el distingo entre lo urgente y lo importante.

Preparación de los Aspirantes al Sacerdocio

4.- Que, habida cuenta que la específica responsabilidad derivada del cumplimiento de estas tareas en los términos exigibles corresponde a los Obispos diocesanos, a los Superiores, Generales o Provinciales y a quienes en definitiva sean responsables del gobierno de otras instituciones de la Iglesia, se recomienda extremar el celo por parte de las citadas autoridades eclesiásticas, con la finalidad de contribuir a un correcto discernimiento vocacional y a una adecuada formación humana y espiritual de los aspirantes.

La formación humana debe ser el fundamento de toda formación sacerdotal y religiosa. Así entendida, la libertad exige que la persona sea verdaderamente dueña de sí misma, decidida a combatir y superar las diversas formas de egoísmo e individualismo que acechan a la vida de cada uno, dispuesta a abrirse a los demás, generosa en la entrega y en el servicio al prójimo. Esto es importante para la respuesta que se ha de dar a la vocación, y en particular a la sacerdotal, y para ser fieles a la misma y a los compromisos que lleva consigo, incluso en los momentos difíciles.

De esta exigencia religiosa fundamental e irrenunciable arranca y se desarrolla el proceso educativo de una vida espiritual entendida como relación y comunión con Dios. Según la revelación y la experiencia cristiana, la formación espiritual posee la originalidad inconfundible que proviene de la “novedad” evangélica. En efecto, “es obra del Espíritu y empeña a la persona en su totalidad; introduce en la comunión profunda con Jesucristo, buen Pastor; conduce a una sumisión de toda la vida al Espíritu, en una actitud filial respecto al Padre y en una adhesión confiada a la Iglesia.

La formación espiritual de quien es llamado a vivir el celibato debe dedicar una atención particular a preparar al futuro sacerdote para conocer, estimar, amar y vivir el celibato en su verdadera naturaleza y en su verdadera finalidad, y, por tanto, en sus motivaciones evangélicas, espirituales y pastorales. En este sentido, el celibato sacerdotal no se puede considerar simplemente como una norma o precepto jurídico, ni tampoco como una condición totalmente extrínseca para ser admitidos a la ordenación, sino como un valor profundamente ligado con la sagrada ordenación, que, como recuerda la Exhortación Apostólica, configura a Jesucristo, buen Pastor y Esposo de la Iglesia, y, por tanto, como la opción de un amor más grande e indiviso a Cristo y a su Iglesia, con la disponibilidad plena y gozosa del corazón para el ministerio pastoral.

La importancia y delicadeza de la preparación al celibato sacerdotal y la formación de la castidad, especialmente en las situaciones sociales y culturales actuales, han de constituir así un elemento clave en la formación esencial e imprescindible del seminarista. Y de ahí que en el seminario y, por consiguiente, en el programa de formación, debe presentarse el celibato con claridad, sin ninguna ambigüedad y de forma positiva.

El seminarista debe tener un adecuado grado de madurez psíquica y sexual, así como una vida asidua y auténtica de oración, y debe ponerse bajo la dirección de un padre espiritual que ayude al seminarista para que llegue a una decisión madura y libre, que esté fundada en la estima de la amistad sacerdotal y de la autodisciplina, como también en la aceptación de la soledad y en un correcto estado personal físico y psicológico.

Así las cosas, cabe concluir a partir de las consideraciones que preceden, que para que el seminarista pueda abrazar con libre decisión el celibato en su dimensión más plena y profunda, es necesario que conozca la naturaleza cristiana y verdaderamente humana, y el fin de la sexualidad en el matrimonio y en el celibato. Esta exigencia “pastoral” de la formación intelectual confirma cuanto se ha dicho ya sobre la unidad del proceso educativo en sus varias dimensiones.

La formación intelectual del futuro sacerdote se basa y se construye, sobre todo, en el estudio de la sagrada doctrina y de la teología. En realidad, se trata de dos características “de la teología” y “de su enseñanza”, que no sólo no se oponen entre sí, sino que coinciden, aunque sea bajo aspectos diversos, en el plano de una más completa “inteligencia de la fe”. En efecto, el carácter pastoral de la teología no significa que ésta sea menos doctrinal o incluso que esté privada de su carácter científico. Antes bien, al contrario, significa que prepara a los futuros sacerdotes para anunciar el mensaje evangélico a través de los medios culturales de su tiempo y a plantear la acción pastoral según una auténtica visión teológica.

Por último, debe tenerse presente que la formación de los aspirantes en particular al sacerdocio y también a la vida consagrada está orientada a prepararlos de una manera específica para comunicar la caridad de Cristo. Así lo establece el Decreto Conciliar Optatam totius, refiriéndose a los seminarios mayores: “La educación de los alumnos debe tender a la formación de verdaderos pastores de las almas, a ejemplo de nuestro Señor Jesucristo, Maestro, Sacerdote y Pastor. Por consiguiente, deben prepararse para el ministerio de la Palabra: para comprender cada vez mejor la palabra revelada por Dios, poseerla con la meditación y expresarla con la palabra y la conducta; deben prepararse para el ministerio del culto y de la santificación, a fin de que, orando y celebrando las sagradas funciones litúrgicas, ejerzan la obra de salvación por medio del sacrificio eucarístico y los sacramentos; deben prepararse para el ministerio del Pastor: para que sepan representar delante de los hombres a Cristo, que «no vino a ser servido, sino a servir y dar su vida para redención del mundo» (Mc 10, 45; cf. Jn 13, 12-17), y, hechos servidores de todos, ganar a muchos (cf.

1.- Se recomienda cuidar con especial rigor la preparación de los aspirantes al sacerdocio, la vida religiosa y el diaconado en los seminarios (menores y mayores) y en los noviciados o casas de formación religiosa. La necesidad de un seminario mayor -y de una análoga casa religiosa de formación- para la preparación de los candidatos al sacerdocio, fue afirmada categóricamente por el Concilio Vaticano II y reiterada por el Sínodo de los Obispos con estas palabras: “La institución del Seminario mayor, como lugar óptimo de formación, debe ser confirmada como ambiente normal, incluso material, de una vida comunitaria y jerárquica, es más, como casa propia para la formación de los candidatos al sacerdocio, con superiores verdaderamente consagrados a esta tarea.

La identidad profunda del seminario es ser, a su manera, una continuación en la Iglesia de la íntima comunidad apostólica formada en torno a Jesús, en la escucha de su Palabra, en camino hacia la experiencia de la Pascua, a la espera del don del Espíritu para la misión. El seminario es, en sí mismo, una experiencia original de la vida de la Iglesia; en él el Obispo se hace presente a través del ministerio del rector y del servicio de corresponsabilidad y de comunión con los demás educadores, para el crecimiento pastoral y apostólico de los alumnos. El Seminario es, por tanto, una comunidad eclesial educativa, más aún, es una especial comunidad educativa.

Otro aspecto que hay que subrayar aquí es que la finalidad y la forma educativa específica del Seminario mayor exige que los candidatos al sacerdocio entren en él con alguna preparación previa. Esta situación en muchos lugares ha cambiado de manera significativa. En efecto, se da una fuerte discrepancia entre el estilo de vida y la preparación básica, de los chicos, adolescentes y jóvenes -aunque sean cristianos e incluso comprometidos en la vida de la Iglesia-, por un lado, y, por otro, el estilo de vida del Seminario y sus exigencias formativas.

Desde esta perspectiva, resulta aconsejable que haya un período adecuado de preparación humana, cristiana, intelectual y espiritual que preceda la formación a recibir por los aspirantes en el Seminario mayor. Como demuestra una larga experiencia, la vocación sacerdotal tiene, con frecuencia, un primer momento de manifestación en los años de la preadolescencia o en los primerísimos años de la juventud. E incluso en quienes deciden su ingreso en el Seminario más adelante, no es raro constatar la presencia de la llamada de Dios en períodos muy anteriores.

Como enseña el magisterio, la historia de la Iglesia es un testimonio continuo de llamadas que el Señor hace en edad tierna todavía. La Iglesia, con la institución de los Seminarios menores, toma bajo su especial cuidado, discerniendo y acompañando estos brotes de vocación sembrados en los corazones de los jóvenes. En varias partes del mundo estos Seminarios continúan desarrollando una excepcional labor educativa, dirigida a custodiar y desarrollar los brotes de vocación sacerdotal, para que los alumnos la puedan reconocer más fácilmente y se hagan más capaces de corresponder a ella. Su propuesta educativa tiende a favorecer oportuna y gradualmente aquella formación humana, cultural y espiritual que llevará al joven a iniciar el camino en el Seminario mayor con una base adecuada y sólida.

En aquellos ámbitos en los que no se dé la posibilidad de tener el Seminario menor, sería preciso contar con otras “instituciones”, como podrían ser los grupos vocacionales para adolescentes y jóvenes. Aunque no sean permanentes, estos grupos podrán ofrecer en un ambiente comunitario una guía sistemática para el análisis y el crecimiento vocacional. Incluso viviendo en familia y frecuentando la comunidad cristiana que les ayude en su camino formativo, estos muchachos y estos jóvenes no deben ser dejados solos.

Como siempre ha sucedido en la historia de la Iglesia, pero en los últimos tiempos con alguna característica nueva derivada las actuales circunstancias, se constata el fenómeno de vocaciones sacerdotales que se dan en la edad adulta, después de una más o menos larga experiencia de vida laical y...

Protección de menores en la Iglesia

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