En la Italia de finales de los años cuarenta, un país devastado que buscaba un futuro incierto, Luigi Malabrocca era un héroe para los trabajadores y los humildes. Era un tipo paradójico que alcanzó la inmortalidad siendo el peor en su profesión, porque Malabrocca fue ciclista, y malísimo.
El público lo adoptó como suyo, enternecido por unas penalidades tan parecidas a las de todos. Además, ese puesto tan poco honroso acarreaba ciertas prebendas económicas y garantizaba contratos en los critériums posteriores a la carrera. Los aficionados querían ver a la maglia rosa y a la negra, a la estrella y al estrellado, al verdugo y la víctima.

Y, además, ese puesto tan poco honroso acarrea ciertas prebendas económicas, garantiza contratos en los critériums posteriores a la carrera. Los aficionados quieren ver a la maglia rosa y a la negra, a la estrella y al estrellado. Al verdugo y la víctima. Así que existirá una lucha enconada por terminar rodando tan lento como se pueda. No piensen que era fácil, la vida es dura cuando intentas ser pésimo.
Tienes que reunir una serie de condiciones básicas: encanto personal, huesos de acero y dotes casi de espía. Ah, y dignidad, eso siempre. El último, si va derrotado, arrastrándose por las sendas, nos produce compasión. Todo eso lo hizo Malabrocca más de una vez. Y de cien. En ocasiones incluso sin demasiado éxito.
La "Maglia Nera" y el Giro de Italia
En 1946, los organizadores del Giro de Italia decidieron introducir una nueva maglia distintiva. La llevaría el último clasificado de la general y sería de color negro. A nadie se le escapaba el simbolismo con los antiguos camicie nere fascistas, una forma de exorcizar (un poco) el pasado tan reciente. Muy pronto el portador de esta prenda se volvió uno de los rostros más reconocidos del pelotón.
Cuenta Ander Izagirre en el libro 'Plomo en los bolsillos' que, en una ocasión, un campesino de los Dolomitas vio a alguien rondando por su granja y que tras investigar durante un rato, se encontró a un corredor dentro de un aljibe. "¿Qué haces ahí?", preguntó. "Estoy corriendo el Giro de Italia", respondió.

El Duelo Épico de 1949
Como en el año 1949, cuando el gran duelo del Giro de Italia no lo protagonizaron Coppi y Bartali, sino Carollo y Malabrocca. Una contienda por ver quién era el peor, el más lento, el que cerraba la clasificación.
Malabrocca tenía de su lado la experiencia (consumado especialista en el tema), pero Carollo, albañil de profesión, contaba con una baza muy importante: era realmente malo. Así que a muchas horas de la cabeza se produjo una batalla legendaria. Tanto que los cronometradores de meta se quejaron a la organización por los retrasos cada tarde. Fue en vano. Ambos dieron lo mejor de sí mismos.
Carollo terminó una etapa subido en la bici de un niño, porque la suya se había roto (o él mismo la desguazó voluntariamente, depende de la versión). Malabrocca, envidioso, hizo más de cien kilómetros en una bicicleta de mujer. Carollo se cayó siete veces en una jornada. Luigi contraatacó ferozmente días más tarde, escondiéndose en un tanque de agua durante horas. Fue sorprendido por el dueño y regaló uno de los diálogos más surrealistas de la historia del deporte. «¿Qué haces?», preguntó el campesino.
Al final, Malabrocca calculó mal. En la última etapa paró a almorzar con unos aficionados, pero no alargó lo suficiente la sobremesa y solo pudo ser penúltimo en la general.
Las Tácticas de un "Campeón" de la Derrota
Para tratar de llegar el último, Malabrocca desplegaba todos sus recursos:
- Se ocultaba.
- Se paraba a comer con los lugareños.
- Se tiraba de la bici aparentando una caída.
- Simulaba pinchazos y averías.
La Fama y el Reconocimiento
La popularidad de Malabrocca era inmensa y desbordante, y él la aprovechaba. Reconocido socialista, acudía frecuentemente a correr en la vecina Yugoslavia, invitado por el mismísimo Tito. Y, ya que iba allí, por qué no hacer un poco de contrabando. Al estilo de la historia que abre Fariña, de Nacho Carretero, pues Malabrocca entraba en Yugoslavia con unas bicicletas y volvía con otras, sacándose sus buenos dineros entre medias.
También ganaba minucias con anuncios publicitarios, realizaba exhibiciones en los pueblos (donde los asistentes le silbaban si iba rápido… querían ver al caracol sobre dos ruedas) y se prodigaba en cuantas disciplinas ciclistas usted conozca. Gracias a una de ellas conoció España. Fue el año 1953, cuando acude a los Mundiales de Ciclocross que se celebran en Oñate.
Cuentan que durante el Giro de 1946 Malabrocca, último clasificado, fue el sexto hombre que más dinero ganó en premios (dinero o en especies: pavos al primero que pasase por este pueblo, tubulares, quesos, bombas de inflar… las competiciones antes tenían más color). Su popularidad era tan grande que muchos de los considerados buenos se la tenían jurada, porque no entendían que alguien tan mediocre en lo suyo pudiera resultar tan célebre.
En un Giro de Italia en que todo el mundo quería ser el primero, el ciclista Luigi Malabrocca se preparaba concienzudamente durante la temporada para ser el último. Y no vayan a pensar que era sencillo conseguirlo. En aquella Italia sumida en la crisis tras la Segunda Guerra Mundial, había seria competencia para lograr las 280.000 liras que la organización de la prueba destinó por primera vez en 1946 al ciclista que terminara con la maglia nera, la elástica que acreditaba al peor clasificado del Giro.
Amistad con Fausto Coppi
Malabrocca era íntimo amigo de Fausto Coppi, a quien conocía desde niño. Vivían muy cerca y competían frecuentemente cuando eran chavales. Bueno, lo de competir es frase hecha, porque el pequeño Luigi muy pronto se dio cuenta: lo que hace aquel «larguirucho» es otra cosa, otro deporte. Tanto que, ni corto ni perezoso, se acerca un día al futuro campionissimo, le tiende la mano y dice: «Ciao, Fausto, nuestra rivalidad ha acabado».
Poco antes de morir Malabrocca, el legendario locutor de la RAI Adriano de Zan le hizo la que iba a ser su última entrevista. Había pasado más de medio siglo desde su muy discreta carrera como ciclista profesional, pero la figura del «Mala» aún despertaba recuerdos y simpatías por toda Italia. Al final de la grabación, que se realizó en el jardín del exdeportista, De Zan entrega a Malabrocca un paquete. «Toma», dice, «es un regalo de Faustino, el hijo de Coppi». Luigi lo abre… una maglia rosa, una prenda auténtica que el gran Fausto vistió durante alguno de sus Giros victoriosos. Las lágrimas acuden a sus ojos, se le nubla el mirar, luego sonríe.
«Un momento», murmura, y entra en su casa. Pasan unos minutos. Cuando sale trae algo en las manos, se lo da a Adriano de Zan.