José María Jiménez: La Historia del Ciclista del Pueblo de El Barraco

Si alguna vez te aventuras a conocer la historia de José María Jiménez, conocido como "El Chava", debes despojarte de cualquier prejuicio y partir de la premisa de que fue el corredor del pueblo. Nacido en El Barraco (Ávila) en 1970, un pueblo que apenas había visto rodar una bicicleta, su figura se encuadra en un contexto ciclista ciertamente convulso.

Su llegada al panorama profesional coincidió con el final de la carrera de Miguel Induráin. Con 23 años, su cuerpo escultural le convirtió en un gran escalador, con mucha planta y estilo propio, algo que distaba de los habituales menuditos dueños de la montaña.

José María Jiménez en acción. Fuente: Wikimedia Commons

Un Genio Dionisíaco sobre Ruedas

El Chava era un genio, un vividor y un romántico. Era capaz de ganar una etapa de montaña con un ataque de pie agresivo e imparable y al día siguiente perder 10 minutos de la general con una actuación pobre.

Su trágica y prematura muerte desdibujó un poco su realidad cómo profesional. Si que era un escalador ofensivo, que atacaba, pero también prefería pasar horas firmando autógrafos y sacándose fotos con aficionados que entrenar. En las etapas de Madrid, prefería ir último para que la gente lo pudiese saludar. Le encantaba la épica pero no el esfuerzo regular.

El mismo de la Morena dijo en su día que El Chava decidió beberse la vida, y parcialmente así fue. No supo llevar la vida en la sombra y la pena y el descuido se la arrebataron a los 32 años. Su marcha dejó un legado que trasciende de lejos su palmarés, una conquista de corazones calientes tras sus ataques, que caían enamorados cuándo “el Chabacano” cruzaba la línea de meta besándose las manos.

El 25 de septiembre de 1997, un joven José María Jiménez alzó los brazos en la Vuelta a España, en Los Ángeles de San Rafael, en un extraño sprint en el que, cuando todo parecía perdido, arrancó y arrasó. Su equipo, el mítico Banesto, respiró aliviado por el peso que su proyecto de estrella se acababa de quitar. Minutos después, este irreverente escalador desató una tormenta donde casi nadie podría hacerlo, en el podio. Directores y patrocinadores casi infartaron, en una escena que aún hoy se recuerda.

El Angliru: Un Ascenso para la Historia

En la Vuelta de 1999, el mítico ascenso de l’Angliru se introdujo en una etapa de montaña por primera vez, convirtiéndose en un temido protagonista. Hasta hacía pocos años, el ascenso a penas estaba asfaltado y sólo lo conocían los pastores de la zona.

Previo al hito, todos los ciclistas se curaban en salud haciendo bromas o pidiendo tri-plato y mayores desarrollos, temían tener que llevarse la bici a hombros, también el competidor por excelencia del Chava; Abraham Olano. Al final todo salió bien, salió espectacular. Y con ambientazo en directo y desde casa, la mitad de cuota de pantalla de ese día fue para el Angliru.

El transcurso de la etapa, marcado por la niebla, la lluvia y la estrechez de la carretera dieron pie a un duelo, mano a mano, en el tramo final entre el ruso Tonkov y el Chava Jiménez, amante de España entera, que lo persiguió hasta el final sin éxito aparente.

La Vuelta se decide en las rampas del Angliru, la subida más dura del país, 'estrenada' por Jiménez allá por 1999, su victoria más especial. En sus rampas infernales se coleccionan las pintadas recordándole, junto a una pancarta especial, la de la peña ciclista que lleva su nombre. Al verla, ya de vuelta al hotel y pese a la fatiga extrema, Mikel Landa frena y grita un ¡aúpa Chava! que asombra al público. "Imagínate la escena, que el propio Landa, jugándose la carrera, la vea y grite eso marca hasta qué punto dejó huella", confiesa emocionado el presidente del club, José Antonio Martín.

El Angliru, un puerto mítico en la carrera del Chava. Fuente: Wikimedia Commons

El Legado de un Ídolo

Este 6 de diciembre se cumplen 20 años de la muerte del genial ciclista de El Barraco (Ávila). Una depresión de la que no pudo ni supo salir se llevó la vida de una estrella de 32 que llevaba dos temporada lejos de todo y todos. Pero su recuerdo, el de las tardes de gloria, las decepciones y su carácter único, se amontonan en la mente de quienes fueron compañeros, rivales y amigos.

"El Chava era una marca en sí mismo, eso que tanto se habla ahora de publicidad y a lo que tanto valor se le da, él lo logró", recuerda Joseba Beloki, mencionando a quien se llamó 'el Curro Romero del ciclismo', por ser poseedor de una irregularidad propia de los 'toreros artistas'.

La Vuelta fue su carrera. "Pudo faltar disciplina de equipo, pero si le das libertad y te gana cuatro etapas, pues todo se puede entender... A un ciclista así hay que dejarle espacio", menciona su antiguo amigo y compañero de filas, Francisco 'Paco' Mancebo.

Diferente sobre la bici y fuera de ella. José María Jiménez Sastre no era sólo un escalador diferente, con una treintena de victorias y una espectacularidad en sus formas que emocionaba más incluso que sus éxitos. Quienes le conocieron hablan de una persona especial también sin la bici.

Mancebo añade otra 'foto' al capítulo de recuerdos, con Jiménez y Lance Armstrong tomando "un vino" en la Vuelta a Murcia. "Esos gestos demuestran que el Chava no tenía la percepción de rivales; él hacía lo suyo y si tenía el día daba igual casi todo. Luego en el hotel no había rivalidad, no había distancias... Quizás aquel ciclismo era diferente, pero sobre todo el diferente era él en eso".

La sonrisa que dibuja Mancebo al otro lado del teléfono se le tuerce al recordar algún detalle del final de quien fuera su amigo. "Desde críos entrenamos juntos. Se desvivía por la gente de nuestro grupo, por (Pablo) Lastras, (David) Navas, por mí... Es que realmente se desvivía por los demás, siempre con la sensación de que no le importaban mucho las cosas sobre él mismo".

Ejemplo de regularidad y sufridor como pocos, Fernando Escartín era el contrapunto del Chava. "José María era carisma puro. Peculiar, por su forma de correr diferente, capaz de ganarlo todo el día que estaba bien, pero también porque tenía esa capacidad de llegar más allá de la bicicleta". "Tenía gracia, era muy abierto y eso caía muy bien entre la gente... Era eso, diferente, normal que el público le añore y se acuerde tanto de él. Todos le echamos mucho de menos", añade.

El presidente del club que lleva su nombre y que gestiona junto a su viuda, Azucena, recuerda "lo bromista que era", pero también un carácter más reservado que no todos llegaron a ver. "Siento que la gente no es justa cuando dicen que no se cuidaba; llegar donde llegó le costó mucho sacrificio, mucha hambre, mucho sufrimiento... Recuerdo verle doblar entrenamientos en un día o seguir entrenando cuando el plan del día ya estaba cumplido", lamenta.

Entre lo sabido y lo supuesto, siempre se ha dicho que José María Jiménez pudo haber ganado mucho más de tener otra mentalidad. Enemigo íntimo de las contrarrelojes en un ciclismo que aún les daba mucho peso, su entorno asumía, como recuerda Mancebo, que si quería desconectar "te perdía media hora y mañana será otro día".

"Yo creo que con otro planteamiento suyo, propio, hubiera tenido muchísimo más éxito ganando etapas en el Tour, pero él ya decía que su carrera era la Vuelta y era allí donde se lucía... Luego, la pregunta que todos nos hacemos. ¿Y si hubiera sido diferente? La realidad es que siendo como era, con esa forma de correr, le sacó un rendimiento y 20 años después seguimos hablando de él".

Él mismo responde a 'la pregunta que todos nos hacemos'. "Si le hubiéramos cambiado la forma de correr hubiéramos visto otro ciclista. ¿Mejor, peor? No sabemos, pero distinto... y José María era esencia y, al menos en la carretera, hizo prácticamente lo que quiso. Su personalidad era tan fuerte que directamente era una marca en sí mismo".

Acaba la Vuelta de 2001, un canto del cisne que tuvo de todo, como era él. Tres victorias en modo exhibición, una penúltima 'espantá' camino de la sierra de Aitana y una postrera decepción rozando la victoria en la subida a Abantos. A partir de ahí se le pierde la pista, también sus compañeros.

Aunque Jiménez reapareció para la foto de familia de Banesto al comienzo de 2002, ya no era el mismo. Ni siquiera su aspecto físico era el de siempre. "Nadie sabía muy bien que le pasaba, lo supimos todos a posteriori, pero aquel tiempo fue difícil, él se juntó con gente que no debía. En aquellos meses finales sí hubo un poco de descontento, porque dijeron que el Banesto le había dejado solo por su enfermedad, pero no fue así. Muchos de los que habíamos sido sus amigos o sus cercanos no teníamos acceso a él", añade Mancebo.

El presidente de la peña recuerda que Jose "cayó en depresión y se puso en tratamiento". Alguna entrevista de entonces, como la que dio a Javier Ares, explica su experiencia en una clínica, intentando rehacerse de sus problemas. "Quería curarse y volver a la bici, pero no conseguía salir del bucle", lamenta José Antonio, hasta que "desafortunadamente ya fue imposible del todo".

Aunque no quiere detenerse en esa cuestión, asume que "pudo haber gente que quisiera aprovecharse de él, el Chava era muy entregado y no tenía nada suyo, decía que todo era de todos y claro, cuando eres famoso hay amistades que no son buenas... las mismas que te dejan cuando vienen mal dadas".

Con cerca de 1.900 habitantes, El Barraco (Ávila) ha sido cuna de míticos ciclistas españoles como Carlos Sastre (ganador del Tour de Francia de 2008, podio tanto en el Giro de Italia como en la Vuelta a España y formado en la importante escuela de ciclismo El Barraco, dirigida por su padre, Victor Sastre) o el ‘Chava’ Jiménez.

La Vuelta llega a El Barraco, “criadero” de ciclistas desde que Ángel Arroyo fue segundo en el Tour de 1983. Ángel Arroyo fue el principio. Aquel Tour de 1983 que vio el regreso de los españoles a las carreteras francesas fue el del despertar del ciclismo en El Barraco.

En aquellos años comenzó a funcionar en El Barraco la escuela ciclista que llevaba su nombre y que más tarde pasó a ser la Fundación Víctor Sastre, gestionada por el padre del ganador del Tour 2008, Carlos Sastre.

Antes que él había brillado su cuñado, el Chava. Un ciclista de posguerra trasladado a finales del siglo XX, excesivo sobre la bicicleta y fuera de ella. Una leyenda acrecentada por su temprano fallecimiento. Sastre ganó el Tour, pero ninguna historia fue tan grande como la de Chava.

La etapa 15 de la Vuelta, Navalmoral de la Mata-El Barraco (197,5 kilómetros), lleva la meta hasta la casa del Chava.

Ángel Arroyo abrió senda en los temibles Alpes y Pirineos. Un escalador espléndido, que en su estreno de la ronda francesa, en 1983, terminó segundo y se anotó una victoria en la cronoescalada de Puy de Dóme (desde 1978, con Miguel María Lasa, no ganaba un español en esa prueba), Pedro Delgado fue segundo. En 1984 acabó sexto y se anotó una etapa en la emblemática cima de Morzine.

El Barraco homenajeó pronto a su ídolo con el nombre de una calle: La cuesta de Ángel Arroyo. Luego también rindió honores a otros hijos predilectos. Chava Jiménez cuenta con calle, rotonda y una estatua, realizada por su hermano, Juan Carlos, un polifacético artista que tiene un taller con cientos de cuadros y esculturas del que fuera uno de los corredores con más tirón popular en la historia del ciclismo español.

Carlos Sastre, ganador del Tour 2008, amigo y cuñado, lo resume así: “Chava no era solo el mejor escalador que he visto nunca; era el que más corazón ponía.

Descansa en paz, Chava. Aquí en la tierra nadie te ha quitado todavía el trono.

Fue José Miguel Echavarri, entonces director del equipo Banesto, quien acertó con la frase perfecta, con un juego de palabras, para definir a José María Jiménez, Chava. «Su vida es subida».

Sobre Jiménez ciclista y Jiménez persona es el documental que estrena Movistar en colaboración con el periodico digital 'Relevo', y en el que sobrecoge el testimonio de Azucena, su mujer, que, hasta la fecha, nunca había dado testimonio de la vida de su marido.

Biografía del Chava Jiménez 1de2

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