Julio Jiménez: Biografía de un Ciclista Legendario

Julio Jiménez, conocido como 'Julito', fue un destacado ciclista español, famoso por sus habilidades como escalador y su intensa rivalidad con Federico Martín Bahamontes. Su carrera, marcada por momentos épicos en el Tour de Francia, lo consagró como una figura emblemática del ciclismo.

Primeros Años y Carrera Profesional

Julio San Emeterio nació en Torrelavega el 31 de marzo de 1930 y falleció en San Felices de Buelna en 2010. Fue un ciclista profesional entre 1954 y 1965.

Un niño coge su bicicleta. Tiene ocho, nueve, diez años. Un niño coge su bicicleta, habla con los amigos, salen a rodar por el pueblo, por los alrededores del pueblo.

Digamos que pudo lograr muchas más victorias, pero estaba siempre en lupanares importantísimos, selecciones patrias con aire rufianesco y sitios donde el champán nocturno corría demasiao. Por lo que hizo y lo que pudo hacer.

Rivalidad con Bahamontes

La enemistad entre Julio Jiménez y Federico Martín Bahamontes es una de las más recordadas en el ciclismo español. En el Tour de 1965, Julio, 'Julito', Jiménez subía el primero las rampas del Tourmalet. Ensimismado, concentrado en su sufrimiento, miraba el suelo pasar bajo ... el baile de sus piernas.

Brea descarnada, algún bache y, cada pocos metros, letras blancas: allí estaban los nombres de los ciclistas pintados por sus seguidores. 'Julito' pedaleaba y leía. Absorto. Hasta que se topó con el apellido que más le dolía: 'Bahamontes'. Su rival. Su compatriota. Su antecesor. Su enemigo más íntimo. El que le encendía la rabia. Eran pintadas viejas, de ediciones anteriores.

Allí seguían. Ecos. Las letras de 'Bahamontes' provocaron una erupción en el ánimo de Jiménez, que trepó el Tourmalet y ganó en la meta de Bagneres de Bigorre. «Quería demostrarle a Bahamontes que yo no soy inferior a él», declaró al bajar del podio. Pero el Tourmalet dice lo contrario: Bahamontes tiene el récord; holló la cima en cabeza en 1954, 1962, 1963 y 1964. Ese último año cruzó la pancarta del puerto empatado con 'Julito', que también coronó el coloso en 1965 y 1967.

Hay enemistades que no caducan. Como esa que sigue escrita en el Tourmalet. No hace tanto, en una de últimas ediciones de la Vuelta a España, Bahamontes, ya octogenario, firmaba autógrafos en la meta de Toledo, su casa. Cerca andaba Julio Jiménez, calvo y risueño como siempre. A Julito, unos amigos le pidieron que les presentara a Bahamontes; querían un autógrafo.

Jiménez, siempre generoso, tragó su vieja bilis y se acercó al Águila de Toledo. «Qué tal, Federico. Mira, estos conocidos míos quieren que les firmes una foto», soltó con un saludo. Bahamontes, con la retranca en guardia, le contestó en buen tono: «Claro, Julio. Sorpresa.

Fede agarró el boli y deletreó sobre la imagen: A Julito, mi mejor gregario. Jiménez, claro, estalló. «¡Gregario! ¡Cómo que gregario! ¡Siempre estás igual Fede!».

El Tour de BAHAMONTES - El águila de Toledo - Tour de Francia 1959

Hazañas en el Tour de Francia

En el Tour de 1965, Julio, Julito, Jiménez subía el primero las rampas del Tourmalet. En el Tour de 1965, Julio, Julito, Jiménez subía el primero las rampas del Tourmalet. Ensimismado, concentrado en su sufrimiento, miraba el suelo pasar bajo el baile de sus piernas.

Las letras de Bahamontes provocaron una erupción en el ánimo de Jiménez, que trepó el Tourmalet y ganó en la meta de Bagneres de Bigorre. Ese último año cruzó la pancarta del puerto empatado con Julito, que también coronó el coloso en 1965 y 1967. Cuatro Tourmalets para Bahamontes y tres para Jiménez.

El Tourmalet: Un Escenario Clave

Aunque nació en 1903, el Tour amplió su horizonte en 1910, cuando descubrió el Tourmalet. Es una montaña indispensable. En ella cabe el Tour. Lo ha visto todo: al pobre Besnier llegar en 1926 a la meta de Luchon tras 22 horas y 47 minutos de pedaleo y calvario por el fango del Aubisque, el Tourmalet, el Aspin y el Peyresourde... Aquellos 326 kilómetros entre Baiona y Luchon son aún la etapa más dura jamás disputada.

El apocalipsis sobre ruedas. Dos años antes por el Tourmalet había subido un italiano imparable, Ottavio Bottecchia. Cuentan que tenía pulmones de sobra para escalar el coloso mientras cantaba sobre el sillín. En 1947, la cuesta vio llegar al más cabezota, a Robic, con diez minutos de ventaja sobre Brambilla y con dos bidones llenos de café.

Por eso, porque esta carrera forma parte del país, no se perdona a quien le falte al respeto. De ahí la cólera de Jacques Goddet, patrón de la ronda, cuando en 1961 nadie atacó a Anquetil en el Tourmalet. Al día siguiente escribió un artículo titulado: «Los enanos de la carretera».

No se puede desaprovechar un escenario así, tan cargado de memoria: en 1969 allí se instauró el merckxismo con aquella cabalgada del tal Merckx, un joven belga voraz vestido de amarillo y empapado de rabia y orgullo; allí también apareció en 1970 Bernard Thevenet, verdugo luego de Merckx; en el Tourmalet buscó Bernard Hinault en 1986 el sexto Tour que nunca ganó, y en esa montaña, en 1991, nació la era de Miguel Induráin cuando eligió esta rampa de los Pirineos para irse con Chiapucci y archivar a Greg LeMond.

Los 19 kilómetros del Tourmalet están hechos de papel. Sobre ese rollo de asfalto se ha escrito el guión del Tour. Christian Laborde, escritor francés y devoto de la ronda gala, lo dijo así: «El ciclismo es el Tour. Y el Tour es el Tourmalet». Contar este puerto es narrar la biografía de más de un siglo de Grande Boucle.

Y eso que su descubrimiento partió de una mentira telegrafiada en 1910: «Atravesado Tourmalet. Stop. Muy buena ruta. Stop. Perfectamente practicable. Stop». El mensaje lo envió el periodista Alphonse Steinés a su patrón, Henry Desgranges, el dueño del Tour. Desgranges creía que el éxito estaba en la épica, en buscar los límites del ser humano: etapas de 400 kilómetros disputadas de noche, sobre caminos...

Steinés le habló de los Pirineos, del Tourmalet. Contrató a un chófer de la zona y tiró en coche cuesta arriba. La nieve les frenó. El conductor se negó a seguir. Caía el día y por allí no había nadie. El piloto temía a los osos. Steinés continuó solo. A pie. Quedaban por cubrir una docena de kilómetros sobre el blanco de la nieve y bajo el negro de la noche. A tientas cruzó la cima e inició el descenso. Se perdió. Tropezó y cayó por un barranco.

Empezó a tener síntomas de congelación. Durante horas caminó rodeado de esa angustia, «en el silencio siniestro y nocturno de la alta montaña». Lloró de impotencia y, al fin, de alegría al ver una luz, la de la primera casa situada al otro lado de la montaña. La había domado.

Corrió a la oficina de telégrafos: «Atravesado Tourmalet. Stop. Muy buena ruta. Stop. Perfectamente practicable. Stop». Esa mentira hizo de semilla. Brotó un nuevo Tour, más alto, con el techo por encima de los dos mil metros.

Legado y Reconocimiento

Tres reinados de la montaña en el Tour son materia suficiente, pero es que hay más. Ese 1964, la escapada de doscientos kilómetros con Bahamontes, ese día que pudo el Águila ganar su segunda Grande Boucle.

O cuando estuvo en tris de ganarse él mismo su Tour, pero iban los españoles a premios chicos, primas segundas y cuantas cosas pudieran aducir para no ayudar a Jiménez. Claro que le cundió, lo de ser ciclista. Tenía, Julio, un éxito enorme. Era simpático, pillo, picarón. Y le gustaba mucho el cancaneo, por decirlo suave.

El presente del ciclismo también quiso despedirse de “todo un referente”. Diego Rubio lamentaba que no había vuelto a ver a Jiménez desde la Covid, aunque sabía que se encontraba bien hasta la “triste noticia”. Rubio conoció a Jiménez “ya de mayor” y conoció sus hazañas a través de las “historias que contaba”.

Entre las personas que se acercaron a dar sus condolencias a los familiares se encontraba el ex ciclista David Navas; el alcalde de Ávila, Jesús Manuel Sánchez Cabrera, y varios miembros de la corporación municipal.

El autor, Juan Osés (1946) ha escrito las biografías de las antiguas figuras de la bicicleta española, entre los cuales se encuentran las de Jesús Loroño, Miguel Poblet, Bernardo Ruiz, Julio Jiménez, Angelino Soler, Valentín Uriona, Agustín Tamames, Enrique Martínez Heredia y Juan Manuel Santisteban.

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