Óscar Sevilla: Un Ciclista Colombiano Más Allá del Tour de Francia

A Óscar Sevilla lo llamaban el «mirlo blanco» por su cara angelical, rasgos de niño preparado para la primera comunión, rostro de infante por más que pasen los años. Sevilla despuntó en el Gres de Nules y se hizo profesional rodeado de una aureola excitante. No solo era bueno, sino que era un gran embajador del marketing.

Vendía su sonrisa, su aspecto infantil, su mirada limpia y su facilidad para comunicar. Sevilla estuvo a punto de ganar la Vuelta, lo que hubiera sido la guinda. Pero como si fuera un anticipo de lo que vendría, se impuso Ángel Casero y no Óscar Sevilla. Tampoco lo hizo al año siguiente, aquel 2002 descontrolado para él.

El ciclista nacido en Ossa de Montiel nunca se recuperó de aquello y en 2005 inauguró su periplo como gregario. Lo fichó Jan Ullrich para el Telekom con la vana esperanza de que le ayudara a derrotar a Lance Armstrong en el Tour. Lo peor estaba por llegar para Óscar Sevilla, atrapado en los hallazgos de una redada policial que desarticuló de alguna manera la estructura de dopaje que tenía montada Eufemiano Fuentes.

Sevilla (o Sevillano, según la terminología del doctor) era el propietario de una de las bolsas de sangre identificadas por la Guardia Civil. Después de un breve paso por el Relax, el ciclista se convirtió en emigrante por el descrédito que vivían los deportistas implicados en la operación Puerto. Fichó por el Rock Racing estadounidense y se centró en el calendario americano. Allí el destino le cambió la vida.

Una mujer, Yvon, le transformó en otra persona, según relata él mismo. Le ayudó a sonreír, a relativizar los problemas, a vivir con menos. Después de una Vuelta a China, Sevilla tenía dos opciones: volver a España o cambiar el billete para Colombia. Por amor se ha nacionalizado colombiano, se siente colombiano, piensa en colombiano.

El Épico ATAQUE De Un Ciclista AFICIONADO En El Tour De Francia / Lucho herrera Alpe D'huez

Ha formado una familia, tienes dos hijas, Luna y Mia, y vive en Bogotá con horario suizo. Se levanta a las cinco de la mañana, lleva al colegio a sus hijas a las siete, se marcha a entrenar y vuelve al mediodía. Sigue sintiendo pasión por la bicicleta, por atacar en un pelotón, por entrenar cada día.

Los Años Dorados del Ciclismo Colombiano

MADRID.- Fue el año de los colombianos. Carlos Emiro Gutiérrez ganó en El Ferrol, Omar 'El Zorro' Hernández triunfó en Segovia, 'Pacho' Rodríguez, en Collado Villalba y Luis Herrera, 'Lucho', dio su golpe de gracia en Lagos de Covadonga. Después, un forúnculo en obligó a retirarse a Sean Kelly y allanó el primer gran triunfo internacional de los 'escarabajos'. Herrera fue coronado también como mejor escalador de aquella edición de 1987 y otros tres compatriotas finalizaron entre los 10 primeros de la clasificación general.

Según explica Laurent Fignon en su biografía 'Éramos jóvenes y despreocupados', todo aquello fue una farsa comprada con dinero. Herrera contraataca: "Fignon es una persona resentida.

"Si fuera por comprar carreras, hubiéramos comprado también el Giro de Italia y el Tour de Francia, que estuvimos cerca de ganarlo con Fabio [Parra]. Lo que nosotros hicimos, lo hicimos honradamente", reivindica Herrera en una entrevista con el diario de Cali 'El País'.

"Yo gané la Vuelta a España de manera limpia. Todos los colombianos fueron testigos de eso, ustedes vieron cómo la gané. Lo de Fignon es, por tanto, pura invención.

"No sé por qué dice esto ahora, 22 años después. No sé por qué no lo denunció en su momento. Son ganas de protagonismo y publicidad para vender su libro", denuncia el ex corredor.

"A lo mejor está dolido porque en la montaña siempre le di pelea, a lo mejor por eso muestra ese resentimiento tanto tiempo después. Fignon nunca cayó bien, ni a los colombianos ni a casi nadie.

"Yo nunca lo llegué a tratar", recuerda Herrera. "Para mí era una persona difícil en ese momento. Yo escuchaba comentarios de que casi nadie lo quería en Francia por su personalidad. Nosotros notábamos que no éramos de su agrado; siempre hablaba mal de nosotros, incluso una vez dijo que el Tour no era para los colombianos, que qué hacíamos allá. Él era una persona resentida. No tenía el carisma que sí se le veía, por ejemplo, a Bernard Hinault".

Además de denunciar el racismo del 'Profesor', Herrera cree que el francés exagera al asegurar que en 1984, durante la disputa del Clasico RCN, en Colombia, la cocaína asomaba por todas partes y que él la consumió. "Ahí es donde uno se da cuenta lo mala leche que es.

Fignon revela en su biografía que cada miembro de su equipo, el Systeme U, cobró 30.000 francos del equipo Café de Colombia por permitir el triunfo de Herrera en la Vuelta a España de 1987. El francés, campeón del Tour de Francia en 1983 y 1984, finalizó tercero, a 3'13" de Hererra, primero, y tras el alemán Raimund Dietzen, segundo a 1'04" del colombiano.

"Lo que dice Fignon es absurdo.

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El Ciclismo en Medio de la Turbulencia Colombiana

La meta en Medellín es un infierno. Ríos de fango corren como si el mundo estuviera cerca de acabarse, lluvia torrencial cae con fuerza de un cielo que parece haber abierto sus tripas. Lo que era carretera se convirtió en camino, y lo que fue camino es ahora légamo oscuro. Y allá llegan ellos, poco a poco, los pedalistas, los pobres desgraciados que mastican tierra y agua y saliva y lágrimas. El locutor grita, “ese que acaba de llegar está irreconocible, completamente marrón, parece un osito”.

Los años ochenta fueron una década difícil para Colombia. Una en la que la realidad social estaba marcada por el narcotráfico, la violencia, asesinatos, tópicos, drama. Y, en medio de todo, la figura de Pablo Escobar Gaviria, ese que ahora es icono metaficcional para muchos. Los ochenta estuvieron marcados en Colombia por el narcotráfico, la violencia. Asesinatos, tópicos, drama.

Roberto tiene diez años, Pablo ocho. Están en el Alto de Minas, uno de los colosos míticos de Colombia, una escalada monstruosa, inacabable, que culmina a casi 2500 metros. Ellos no han llegado arriba, entre otras cosas porque solo llevan una bicicleta, y el hermano pequeño ha subido el puerto encaramado en el manillar de la misma, mientras Roberto hacía todo el esfuerzo.

Allí, en una curva, se disponen a esperar el paso de los ciclistas. Es la segunda y última etapa de la Clásica El Colombiano, una prueba menor que une las localidad de Medellín y La Pintada, ida y vuelta, en sendas jornadas. Aquella edición, la tercera, tiene un atractivo especial, que se llama Fausto Coppi y llega de más allá del Atlántico.

Pero en enero de 1958 Coppi ya no es el gran Campionissimo, y no puede resistir el empuje del ídolo local, Ramón Hoyos, que destroza a los europeos --Hugo Koblet también fue de la partida-- subiendo Minas. Perdidos en los interminables recovecos de aquel alto ciclópeo, a muchos minutos del pedalear esforzado, antiestético, de Hoyos, Coppi y Koblet abandonan. Los hermanos Escobar ven a su ídolo, Ramón el antioqueño, destrozar a los mitos vivientes. Sus ojos centellean. “Seré ciclista”, dice el mayor.

Años después ambos siguen acudiendo a ver competiciones ciclistas en directo. Pero será de otra forma. Ya no suben en bicicleta, sino en “chivas”, una especie de jeeps modificados con amplios sillones, bar privado y todas las comodidades. También, claro, cristales tintados. Y guardaespaldas, muchos. Esas “chivas” aparcan en las cuestas más duras de la Vuelta a Colombia y los dos hermanos sonríen, disfrutan del esfuerzo de los “escarabajos”, vuelven a ser, por un instante, niños ilusionados. Lo hacen de incógnito, rodeados de seguridad, con todos los lujos del mundo pero sin poder salir a respirar el aire puro de los puertos.

Con todo, hablábamos de Roberto, a quien un locutor llamó Osito, y con Osito se quedó, también para la policía de medio mundo. Roberto se aficionó a la bici cuando iba al colegio. Horas caminando, mucho menos sobre su máquina, para llegar a la escuela. Al principio cargando con el hermano pequeño, Pablo, en el manillar. Luego los dos codo con codo, cada uno en su bicicleta. Pero Roberto tenía que esperarlo, a la menor pendiente lo dejaba tirado casi sin querer. “Puedo ser bueno”, pensó.

Roberto empezó a correr en competiciones, mientras Pablo comienza a robar lápidas. Así que comenzó a correr en competiciones, mientras Pablo comienza a robar lápidas de los cementerios para revenderlas después. Roberto es patrocinado primero por Droguerías Aliadas, más tarde por la tienda de electrónica Mora Hermanos. Y empieza a ganar carreras, es deportista fuerte, potente, destaca allá donde va.

En 1965 gana la medalla de oro de los Juegos Bolivarianos de ciclismo en ruta, celebrados en Guayaquil. Al menos eso es lo que cuenta su historia oficial, mil veces repetida en artículos y libros, pese a que en el palmarés de la prueba no consta como tal, y consultando la prensa colombiana de la época veremos que el vencedor fue Severo Hernández. Segundo y tercero, también colombianos, Alfonso Galvis y Álvaro Pachón. En pista vence Martín Emilio “Cochise” Rodríguez. Así que el mito, en mito queda…

Pero aún podando las invenciones de su biografía sí podemos afirmar que es hombre importante, con buenas participaciones en la Vuelta al Oriente o la Vuelta al Táchira. Según los datos oficiales llegó a conseguir 37 victorias como ciclista.

A comienzos de los setenta, Osito sigue colaborando con el mundo del ciclismo como entrenador de equipos y selecciones antioqueñas. En 1975, en Manizales, abre un taller y fábrica de bicicletas que se llamará “Ositto”, con una doble “t” italianizante que ennoblecía el apodo. Parece que el dinero de Pablo estaba detrás de esta inversión, gracias a la cual podía limpiar grandes sumas. Porque “Ositto” alcanza cierto renombre, se hace muy popular gracias a una publicidad que decía que las bicis Ositto tenían “más estrellas que la Monark” (la máquina más conocida y anhelada de Colombia en la época), y crece. Crece sin parar.

Renovación Liberal”, el nombre de su partido político. Era una camisola roja con mangas negras. Al mando del conjunto estaría el propio Osito, que de aquellas parece que se dedicaba solo a las bicis, y Rubén Darío Gómez, técnico de gran prestigio en Colombia. El objetivo era claro: ser los mejores en Colombia y llegar a debutar en el Tour de Francia. Uno de sus corredores fue Gonzalo Marín, ciclista de gran clase que con “Ositto” no acabó de rendir como se esperaba. Años después, el 25 de abril de 1990, Gonzalo Marín fue brutalmente asesinado. Pronto saltaron a la prensa sus conexiones con el Cártel de Medellín. El caso es que “Ositto” no llegó nunca al Tour de Francia. Era un sueño destinado a no cumplirse.

Pablo siguió ligado al mundo del ciclismo de forma muy estrecha. Época dura. Juan Carlos Castillo fue detenido cuando iba a viajar hasta Madrid para defender los colores de su equipo, el Manzana Postobón, en la Vuelta a España de 1991. A Castillo le hallaron cuatro kilos de coca en su maleta. Dos años después sería asesinado.

Las historias sobre ciclistas colombianos utilizados como mulas en los viajes transoceánicos eran frecuentes. Cuadros con tubos huecos rellenados con bolsas de polvo blanco, manillares que escondían auténticos tesoros, culottes con doble costura…

Laurent Fignon llegó a decir que era bien sabido que “los escarabajos corren todos cargados de coca”, y en su autobiografía afirmó haber visto durante la disputa de un Clásico RCN en Colombia (la mayoría de las carreras, decía el parisino, estaban allí patrocinadas por narcos locales) maleteros llenos de farlopa, que corría como si no hubiera mañana…

También escribió que durante la última etapa de la Vuelta de 1987 (donde, según sus palabras, el equipo de Herrera untó a los franceses para que no se movieran) el delirio era tan grande que se repartía coca “a diestro y siniestro, ¡paquetes enteros!”. Y no importaba que fuese o no verdad, quedaba la imagen, el icono.

A mediados de los años ochenta la vida de Osito tomó un camino muy diferente. Tras el asesinato por parte del Cártel de Medellín de Rodrigo Lara Bonilla, ministro colombiano de Justicia, el Estado puso sus ojos sobre el capo y sus relaciones. Según cuenta Roberto Escobar eso le “empujó” a entrar en el Cártel, donde llegará a ser hombre de confianza de Pablo. Y sobre esto hay diferentes opiniones, desde quien piensa que hablamos de la mano derecha del capo (unos dicen que encargado de logística, otros que jefe de los sicarios, los de más allá que manejaba las inversiones) hasta quienes piensan (y esta parece ser la opinión más extendida) que su labor era más de apoyo moral. Otorgar la sensación de una confianza ciega a Pablo Escobar en sus últimos años, aquellos en los que en nadie más pudo confiar.

Fignon llegó a decir que “los escarabajos corren todos cargados de coca", que en una etapa se repartían paquetes enteros. Fuese o no verdad, quedaba la imagen. De una forma u otra, acabó integrado en el Cártel, en mitad de las guerras que masacraron el país a finales de los ochenta.

Roberto recordaba cómo pasó tres semanas caminando por la selva, llevando sendas bolsas con diez millones de pesos colombianos y cien mil dólares americanos en metálico. Y cómo, al final, se dio cuenta que allí no eran más que peso inservible, un olor penetrante por las noches cuando las usaba de almohada, una muestra de lo extraño y ridículo que es el ser humano. Los dólares los lanzó a un río.

Roberto Escobar se entregó a la Justicia en 1991, dos años antes de la muerte de su hermano. El 21 de julio de 1992 se fugó de la Prisión de La Catedral con Pablo. Volvió a entregarse en octubre de ese mismo año, y en 1993 una carta bomba casi lo mata en la cárcel de Itagüí. Buena parte del resto de su condena la pasó en un hospital, con sendos policías militares en la puerta, vigilando.

Hoy en día vive en libertad desde hace más de una década, y regenta una especie de Casa-Museo sobre Pablo Escobar en Medellín, integrada en un lisérgico “Pablo Escobar Tour”. Allí, entre cajones con doble fondo, coches a prueba de balas y bolsas para guardar dinero, reposa una bicicleta.

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