Gino Bartali: El ciclista que salvó a ochocientos judíos durante el Holocausto

Gino Bartali, un nombre ligado al ciclismo italiano, vencedor de dos Tours y tres Giros, se fue a la tumba con un secreto: durante la Segunda Guerra Mundial, salvó a ochocientos judíos del Holocausto. El ciclista italiano nunca alardeó de aquel gesto altruista porque consideraba que, simplemente, había hecho lo correcto. Bartali era un señor. Una persona *perbene*.

La historia, sin embargo, a veces se escribe con renglones tan torcidos como los Lacets de Montvernier, esa escalada serpenteante de la ronda gala que marea hasta a los adictos a la Biodramina. Así, el corredor florentino pasó para algunos por un corredor del régimen, cuando en realidad él renegaba del fascismo y, por supuesto, aborrecía el nazismo. Tampoco era un partisano, ni simpatizaba con la causa roja, pero eso no le convertía en un camisa negra. Su única ley era la divina, por lo que esa condición de ferviente católico -quizá, producto de una conversión tras la muerte de su hermano menor, Giulio, también ciclista, quien a los veinte años fue arrollado por un Fiat Balilla durante una carrera de aficionados- lo vinculó a la Democracia Cristiana, aunque siempre desoyó sus cantos de sirena.

“Tampoco entró en el juego del fascismo, aunque, como había sido el gran icono deportivo de la preguerra, el régimen lo utilizó con fines propagandísticos”, explica a Público Ander Izagirre, autor del libro *Plomo en los bolsillos* (Libros del KO). Quizás habría que contraponer su figura con la de otro gran campeón, el piamontés Fausto Coppi, para entender los rasgos trazados por el imaginario popular italiano: frente al joven, agnóstico, moderno, adúltero y comunista Coppi, el régimen, los medios y la afición lo pintaron como la estrella madura, religiosa, tradicional, fiel y conservadora. Luego veremos que Fausto no era en absoluto un comunista, aunque su vida disoluta más allá de las polvorientas calzadas contribuiría a su leyenda roja: nadie en Italia convenía, al menos en público, con los andares de un hombre que había renegado de la Iglesia y mantenía una relación extramatrimonial con una mujer casada, fruto de la cual tuvo un hijo. “Gino era un miembro de Acción Católica, mientras que él no militaba en nada”, matiza el periodista donostiarra.

Gino Bartali nació en el seno de una familia campesina de Ponte a Ema, a las afueras de Florencia, en 1914. Eran humildes, pero no pasaban hambre, pese a las carencias derivadas de la Gran Guerra. Primero aprendió a caminar y, al poco, a montar en bicicleta, aunque hay dudas sobre cómo se hizo con una. El periodista Jon Rivas, en el libro *¡En París se han vuelto locos!* (Córner), sostiene que pudo comprarla haciendo trabajillos, aunque al dinero que se embolsó habría que sumar parte de la dote de sus hermanas y la ayuda económica de su padre. Lo más probable es que fuese un regalo de Oscar Casamonti, en cuyo taller pasaba las horas colocando radios en las ruedas de las bicis tras salir de la escuela. Fabio, el hijo del mecánico, recordaba antes de fallecer hace dos años que un día su padre le dijo al de Gino: “Torello, me parece que tu chaval es bueno con la bici. ¿Por qué no lo dejas participar en una carrera infantil?”. El jefe había sido testigo de las aptitudes del aprendiz, pues competía en aficionados y, cuando salía a entrenar con Bartali, no conseguía dejarlo atrás.

Tenía quince años y pronto engrosaría las filas de la Società Sportiva Aquila, el club de su pueblo, cuyos alevines siguen homenajeando hoy al maestro cada vez que se ajustan la maglia bianconera, similar a la que se enfundaba Il Ginettaccio en los años treinta. Ya desde sus orígenes, inevitablemente surge la comparación con Coppi, porque hay héroes que se cincelan a partir del molde de un rival a su altura. Es injusto, sí. Lo era antes y lo sigue siendo ahora, décadas después, cuando no hay Cristiano sin Messi, ni Guardiola sin Mourinho. El periodista Franc Lluis i Giró le otorga al toscano el protagonismo merecido en *Gino Bartali, el hombre de hierro* (Dstoria Edicions), aunque reconoce que el cotejo es ineludible. “Nadie se ha centrado en su figura, sino que es descrito teniendo como referente a su contrincante. De hecho, quien se ha quedado fijado en nuestra retina es Coppi, envuelto por el halo del ganador, de ahí el apodo de Il Campionissimo; y eso que el palmarés de Bartali es impresionante”, explica a Público el también locutor de ‎Ràdio Sabadell, consciente de que el piamontés, en lo que respecta a las grandes vueltas, sólo ganó dos Giros más que el florentino.

Las diferencias eran insalvables, pero al tiempo su biografía está trufada de paralelismos -un hermano de Fausto, Serge, también era ciclista y murió en un accidente durante una carrera-. Se habla de un Bartali rural y un Coppi urbano, si bien ambos eran gente de campo. Claro que esta visión puede pecar de superficial y capitalina, pues si sometemos esa realidad al poder amplificador del microscopio, nos encontraremos con el hijo de unos aparceros y con el de unos jornaleros. Hasta hay clases entre los humildes, pero dejemos que nos ilustre el periodista Curzio Malaparte, quien en 1949 publicó en Francia *Coppi e Bartali*, traducido décadas después al italiano por la editorial Adelphi. “En Bartali, nacido en una familia de agricultores toscanos, prevalece el campesino, con su mística elemental, su fe en Dios, su apego a los valores tradicionales de la tierra. En Coppi prevalece sin embargo el obrero, si bien él también nació en una familia de campesinos. Pero mientras Bartali pasó del arado a la bicicleta, Coppi, cuando agarró la bicicleta, ya había repudiado la tierra. Bartali es hijo de una zona de la Toscana que ha permanecido campesina, Coppi de una zona del Piamonte donde el campesino ya comparecía teñido de espíritu proletario“.

Cuando habla de ellos en su ensayo, Malaparte está esbozando dos Italias, la de antes y la de después de la contienda. Más que un ciclista fascista y un ciclista comunista -como ya hemos subrayado, no eran ni una cosa ni otra-, se trata de un país que anochece y de otro que amanece. Y, aunque su extracción social era similar, el periodista aplica a Coppi unos atributos industriales. Recordemos que el Piamonte, cuya capital es Turín -la ciudad de la Fiat, el Martini o la Juventus-, es junto a la Lombardía o el Véneto la locomotora de Italia, que tira de unos vagones que llegan hasta la Puglia, Basilicata, Calabria y, salvando el estrecho de Mesina, Sicilia. Escuchemos a Malaparte: “Fausto es un obrero, Gino un agricultor. El misterio físico de Bartali sería inexplicable si olvidásemos que la virtud fundamental de los campesinos toscanos es la resistencia, unida a un sentido de la economía, sea físico o moral, que se transforma en arte.

Bartali, el Pío; y Bartali, el hombre de hierro. Vayamos primero con el aspecto religioso, que podría ayudar a comprender su condición de ángel no sólo de los judíos, sino también de los antifascistas que trataba de huir de un Estado que había engrasado la maquinaria del exterminio. Aunque podría decirse que el pueblo italiano no estaba por la labor, las leyes raciales promulgadas a partir de 1938 marginaron a los hebreos. “El sustrato católico de la sociedad posibilitó que los italianos percibiesen la Solución Final como algo negativo, por lo que Eichmann tuvo que acelerar las deportaciones de judíos a través de las líneas ferroviarias”, explica a Público Martiño Suárez, autor del libro *Bestiario do vestiario* (Carlos Meixide Ed.). “Y esa condición de creyente, precisamente, inoculó a Bartali un gran sentido de la justicia”, añade el periodista lucense, quien se pregunta en el relato *El correo de la resistencia* cómo el “beato escalador” fue capaz de permanecer callado toda su vida, mientras era testigo de cómo se acrecentaba la leyenda, “más atractiva”, de Coppi.

Un año antes de que Europa se liase a garrotazos y comenzase a hundirse en el barro, en Italia los judíos no podían casarse con católicos, ni emplearse en la administración o en la banca, ni estudiar en escuelas públicas, ni por su puesto dar clase, excepto en colegios específicos para niños judíos. Cómo estaría la cosa, que ni podían ejercer como abogados o periodistas… Por si no fuese suficiente, a medida que los fascistas se replegaban en el norte, la represión se acentuaba, puesto que los nazis ya habían tomado las riendas del asunto. Al principio, los trenes de mercancías o con vagones acondicionados para el transporte de ganado partían de la estación romana de Tiburtina rumbo a Auschwitz. Luego, atrincherados en la República de Saló, las huestes de Hitler siguieron enviando a los hacinados en el campo de concentración de Risiera di San Sabba a Dachau, Buchenwald y Auschwitz.

Además de los judíos, el Manifiesto de la raza también prohibía el culto pentecostal y perseguía a los gais, aunque Mussolini no había condenado previamente la homosexualidad porque aseguraba que los italianos eran “demasiado viriles para ser homosexuales". En realidad, hasta entonces tampoco había excluido a los judíos de la vida pública, por lo que el viraje podría obedecer a razones estratégicas, en un intento de colmar las ansias antisemitas de Hitler, como sostienen algunos historiadores. El papa Pío XII, por su parte, mostró su rechazo en una carta enviada al Duce, aunque hay expertos que han criticado la tibieza del Vaticano con las leyes raciales. Sin embargo, la red clandestina en la que se involucró Bartali contó con la inestimable colaboración de católicos, entre los que se encontraban el arzobispo de Florencia, Elia Angelo Dalla Costa, así como monjas de clausura, frailes franciscanos y monjes oblatos. Todos ellos prestaron su ayuda a la Delegación de Asistencia a Emigrantes Judíos (Delasem), con sede central en Génova y muy implantada en la Toscana, donde estaba dirigida por el joven médico y rabino florentino Nathan Cassuto y por el sacerdote Leto Casini. El objetivo era buscar una vía de fuga para que los judíos pudiesen escapar de las garras del nazismo a través de Francia y Yugoslavia.

Sin embargo, ambos fueron delatados y Cassuto fue enviado a Auschwitz, donde falleció en 1944, y Casini dio con sus huesos en la cárcel, aunque prosiguió su labor cuando fue liberado. El vacío creado forzó al judío Giorgio Nissim a tomar el testigo como uno de los responsables regionales de la red, encargada de facilitar documentación falsa a quienes querían huir, una misión en la que Bartali cumpliría un papel trascendental. Nissim, que había heredado de su padre una fábrica textil en Pisa, se marcó como objetivo salvar al mayor número de niños posible. Para ello, creó un registro infantil y confió a los menores a los comités femeninos de la Delasem, desperdigados por todo el país. Luego buscó padrinos para que los ayudaran no sólo económicamente, sino también anímicamente, por lo que debían escribirles cartas a los pequeños para ayudarlos a sobrellevar la situación. Un sistema que guarda cierto parecido con lo que hoy se conoce como adopción a distancia.

Bartali, ligado a Acción Católica desde niño, había emitido los votos de terciario carmelita a los veintidós años. “Una elección que comportaba más oración, pero también una mayor inclinación a realizar buenas obras”, detallaba su hijo Andrea en una entrevista al semanario Tempi. “Sentía especial devoción por Santa Teresa del Niño Jesús, también carmelita: cuando construyó nuestra casa, le dedicó una pequeña capilla que mandó edificar dentro. El cardenal Dalla Costa le había concedido un altar consagrado para decir misa: cuando iba a la iglesia, a veces sucedía que los fieles estaban más atentos a él que al rito, y eso no le gustaba. Entonces permanecía en la capilla: se metía allí a realizar sus oraciones y, de vez en cuando, le pedía a un cura que celebrase misa”, recuerda Andrea, quien fue precisamente el albacea elegido por su padre para custodiar el secreto y siempre respetó su voluntad. Fue revelado en 2003 por los hijos de Nissim después de que su viuda desempolvase los cuadernos que había guardado en un cajón. Unos diarios manuscritos, de caligrafía casi ilegible, en los que figuraba Gino, el bicimensajero de la Delasem: cuando la Segunda Guerra Mundial congeló el Tour y el Giro, Bartali no dejó de pedalear, pero no lo hacía sólo para mantenerse en forma durante el paréntesis bélico, sino también para llevar de un sitio a otro los pasaportes falsos que permitirían escapar a ochocientos judíos. Estos se confeccionaban en imprentas clandestinas habilitadas en los sótanos de conventos y abadías, por lo que su tarea consistía en llevar hasta allí papeles y fotos, recoger los documentos falsificados y transportarlos hasta las iglesias indicadas, donde eran recogidos por los curas afines a la causa.

Bartali conocía el mapa de carreteras de la Toscana como la palma de su mano. Rodaba sobre ellas de día y de noche, sorteando las patrullas con el saludo de un héroe, el Monje Volador, por el que los soldados sentían auténtica devoción. Si alguno ponía pegas, no había mejor excusa que la del entrenamiento. Y si alguien osaba acercarse a la bicicleta, espantaba de malos modos al curioso, no fuera a ser que la desequilibrase, pues según él había que tratarla con delicadeza porque había sido ajustada al milímetro para alcanzar la mayor velocidad posible. En realidad, escondía el papeleo en el cuadro y bajo el sillín. “Papá arriesgó su vida para salvar a muchas personas”, declaraba al semanario Tempi su hijo Andrea una mañana de septiembre de 2013, después de que la Yad Vashem -la institución que honra a las víctimas del Holocausto- le otorgase el título de Justo entre las Naciones. “Era muy humilde y no quería contar todo lo que había hecho por los judíos: El bien se hace, pero no se dice, ¿si no qué bien es ése? Siempre quiso mantener en silencio esta historia”, afirmaba Andrea, quien aseguraba que cuando alguien husmeaba en su pasado, Bartali lo mandaba callar e incluso amenazaba a los periodistas con denunciarlos si seguían incordiándolo. “No está bien especular con las desgracias de los otros”, solía decir.

Franc Lluis i Giró cree que lo hizo por dos razones. En primer lugar, por miedo: “Sabía que se estaba jugando la vida y quería aislar a su familia. Guardar el secreto era una forma de evitar que se involucrase su mujer y de proteger a sus hijos”. En segundo lugar, porque no quería jugar con las vidas ajenas: “Evitó vender una imagen de heroicidad a través del sufrimiento de otros. No se consideraba un héroe y tampoco interpretó su acción como algo maravilloso: si bien evitó que muchos niños fuesen confinados en campos de concentración, era consciente de que sus condiciones de vida posteriores habían sido pésimas; o sea, no había encaminado a ochocientas personas a una vida plena, sino simplemente a la supervivencia”. Bartali lo había hecho porque había que hacerlo. Era lo correcto. No había una razón ideológica, sino humana -o, si se prefiere, humanitaria-, como defienden Aili y Andres McConnon en *Road To Valor*, una biografía que detalla cómo el ciclista escondió a u...

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