El mundo del ciclismo profesional está lleno de épica, escapadas vibrantes, historias de superación personal y duelos inolvidables. Las carreras ciclistas se hacen especiales por su longevidad y su dureza, siendo pruebas que llevan muchas décadas celebrándose y que, debido a sus recorridos especialmente largos, se convierten en eventos únicos. Además de los 5 monumentos del ciclismo, existen otras pruebas y clásicas de gran renombre y trayectoria, haciendo que el calendario sea muy completo.
En este contexto, la Milán-Turín destaca como la carrera más antigua del calendario ciclista. Se disputó por primera vez en 1876, y su palmarés es una lección de historia, mostrando las heridas de Europa en el último siglo y medio, con sus parones por las guerras y las diferentes crisis que asolaron el continente, lo que explica que solo se hayan celebrado 99 ediciones.
Aún era noche cerrada cuando Luigi bebía su café y comenzaba a pedalear rumbo a Milán. Era la misma taza que le esperaba sobre la mesa de la cocina cada madrugada, era la misma bicicleta que le conducía cada mañana desde su hogar al trabajo. En casa no había dinero para el tren y, por supuesto, no podía renunciar a su empleo como albañil en la capital lombarda. Tampoco era su primer tajo en la construcción. Sobre el sillín de bicicleta recorría cada día los cincuenta kilómetros que separaban la cama en la que descansaba sus huesos y la obra de turno en Milán. Al acabar la jornada, el recorrido se repetía en sentido contrario. Luigi completaba cien kilómetros cada día sobre su bicicleta, jornada laboral aparte.
En 1876 aún no se había inventado el fonógrafo, el coche, el avión, el cine, la Coca-Cola, las aspirinas, los termómetros, las lavadoras, las aspiradoras, los ositos de peluche o las cremalleras. Nadie sabía lo que era el acero inoxidable. Pero en 1876 ya existía la Milano-Torino, la carrera ciclista más antigua del mundo aun en disputa.
Siempre en marzo, una semana antes de la más famosa Milano-San Remo, salvo entre 1987 y 2005 donde fue trasladada a octubre. Desde que en 1876 el ciclista, naturalista y explorador italiano Paolo Magretti completó los 150 kilómetros que separan a la capital de Lombardía con la del Piamonte son más del centenar las ediciones celebradas.
Hasta la I Guerra Mundial fue imposible coser dos ediciones consecutivas. Aún habría un intervalo de paralización a finales de los años 20, pero desde 1930 la Milán-Turín fue fiel al calendario salvo contadas excepciones. En el 2000 el motivo fueron unas lluvias dantescas que anegaron el valle del Po. Lo curioso es que la Milán-Turín sobrevivió con dignidad a la hecatombe de la II Guerra Mundial, pero no así a la crisis financiera de 2008.
Al igual que la Milán-San Remo, la Milán-Turín es el último paseo del invierno. Si la primera viaja al sur en busca del sol, la segunda cabalga hacia el oeste indagando los orígenes de Italia. La Milán-Turín es ciertamente monótona, pero rezuma belleza por todos sus poros. Es una prueba para tipos rápidos, pero también para aventureros que apuestan todos sus créditos a dar la sorpresa en la subida final.
Fue el Club Ciclista de Milán quien promovió la primera edición. Hoy es la empresa RCS Sport la que se hace cargo de la organización de la carrera, así como también del Giro de Italia. Es de las pocas carreras de renombre que no deben sus inicios a la idea empresarial de un periódico, aunque hoy sí dependa de ello, ya que RCS Sport es el brazo organizativo de ‘La Gazzetta dello Sport’.
Solo hubo ocho valientes en aquel 1876, y tan sólo el ya citado Magretti y tres aventureros más consiguieron llegar a Turín. Siempre fue una prueba muy italiana y su escasez de cotas montañosas hizo rehusar a los Merckx, Hinault y compañía de intentar hincarle el diente.
La prueba debería empezar en Milán, a los pies de la Madoninna. La Asunción de María vigila a devotos, paisanos y turistas cuando se acercan a la imperial Duomo milanesa o se arriman a pecar a las cercanas galerías de Vittorio Emanuele II. Lo cierto es que los viajeros comienzan la aventura más al norte, en un pueblo, hoy ciudad dormitorio de Milán, conocido como Novate Milanese. Allí nació Vicenzo Torriani, el hombre que se puso a cargo de ‘La Gazzetta dello Sport’ y reflotó el Giro de Italia o la Milán-San Remo tras el fin de la II Guerra Mundial.
De Lombardía pronto se pasa al Piamonte. Los milaneses ya tienen San Remo. La Milán-Turín es más turinesa que milanesa. Pero la Milán-Turín es, por encima de todo, la carrera del Po. El valle del Po conforma un triángulo cuyas tres partes son idénticamente prósperas.
En el extremo inicial del triángulo, cuando el Po pasa de niño a adolescente, están Piamonte y Lombardía. En el invierno los días son duros, ventosos, fríos y propensos a la niebla. Encerrados por altas cordilleras y solo abiertos al este, los veranos son húmedos y asfixiantes.
Decía entonces que la carrera remonta el valle del Po. Lo hace cuando es modesto y aún no es navegable, cuando el Ticino todavía no vierte sus aguas en él para volverlo descollante. Se remonta el Po y la carrera camina hacia el norte para buscar a algunos de sus afluentes. Traspasa la barrera de la Galia cisalpina y los ciclistas dejan de ser ciudadanos romanos y se convierten en bárbaros.
La bienvenida a Piamonte la da Vercelli, una pequeña ciudad anclada entre Milán y Turín. Es hermosa y serena, y, rodeada de campos de arroz, es capital de comarca. La basílica de San Andrés saluda a los ciclistas con sus tres estilos, románico, gótico y lombardo, el propio de la zona y el que sirve de enlace entre la recatada y la luminosa.
Se cruzan entonces el rio Sesia, uno de esos lagartos de agua que llenan las tripas del gran cocodrilo. A veces se cruza más al sur por el valle Lomellina, paraje de garzas y otras aves. Por allá también habrá viñedos de uva freisa, una uva italiana que da vinos tintos como el Canavese o rosados como el Monferrato.
Todo es zona de iglesias hermosas, renacentistas y barrocas a partes iguales, y donde los elementos arquitectónicos se integran con colinas, bosques y lagos. Otras veces se cruza Dora Baltea que da al Po truchas, percas y salmones. Por allí está el canal Cavour, que riega del agua necesaria al arroz con el que poder hacer un risotto paniscia, con sus judías, su tocino y su salami, siempre regado con una botella de vino tinto.
A unos 50 kilómetros de Turín se encuentra San Germano Vercellese y su iglesia de Santa Águeda con su campanario lombardo, su fachada en forma de panteón griego y los frescos en su interior.
En vez de seguir hacia Turín la carrera da un rodeo dirección norte hasta encontrarse con Ivrea y así poder acercarse a los 200 kilómetros de recorrido. Eporedia en tiempos romanos, Ivrea vislumbra el paso del tiempo desde un cerro en el que se levanta un castillo del cual sobreviven tres torres quedando la cuarta inutilizada por un relámpago que acabó con el polvorín que se guardaba en su interior.
Luego ya se desciende dirección Turín dejando kilómetro a kilómetro lo rural por lo urbano y lo añejo por lo moderno. Son múltiples los pueblos por los que el tiempo parece haberse detenido y donde la plaza, el bar y la iglesia siguen siendo el centro comunitario. Para lugares como Rivarossa, la Milán-Turín es una fiesta y una afirmación de identidad.
Se entra entonces en el gran Turín por el noroeste. A poco más de 30 kilómetros está la abadía de San Michele, localización famosa por ser donde se rodó ‘El nombre de la Rosa’, película de Sean Connery que igualó o mejoró la novela de Umberto Eco.
Turín es una señorita, refinada, distinguida y de gustos remilgados. Primera capital de la Italia cuando el yelmo de Escipión cubrió la cabeza, Turín nos recibe con largas avenidas, calles porticadas y vastas vistas a los Alpes.
Atravesada por el Po, en Turín encontramos la Mole Antonelliana, una antigua sinagoga que hoy alberga el Museo Nazionale del Cinema y que en su momento fue la construcción de albañilería más alta de Europa. En Turín los ciclistas también pueden circular y admirar la vía Roma, la vía Po o la vía Garibaldi, siendo ésta última la calle comercial más larga de Europa y que desemboca en la Piazza Castello que une a todas las anteriormente citadas.
Allí está el fin de fiesta tras cerca de 200 kilómetros de ritmo elevado, codazos, destrucción, colocación y velocidad. La principal seña de identidad de la carrera es el alto de Superga, una ascensión de dificultad media situada a las afueras de Turín y que tras su descenso da por acabada la carrera.
Aunque la Milán-Turín es una prueba para velocistas, la ascensión a Superga exigía un esfuerzo extra para con los sprinteres y daba la oportunidad de victoria a los valientes. Fue en el descenso de Superga donde Marco Pantani fue atropellado en 1995 dejándolo año y medio en el dique seco.
Pero en 2012 los organizadores escogieron un final más duro y mediático, realizando un doble paso por la vertiente más dura de Superga (4,3 km al 9,1%) y finalizando la prueba en lo alto de la cima. Un trazado sin mucha dureza global, siendo básicamente llano desde la salida hasta llegar a los alrededores de Turín, pero que de pronto contaba con veinte kilómetros sin respiro encadenando dos subidas a Superga.
Desde entonces se ha mantenido con asiduidad el final en alto, aunque las variantes siguen siendo múltiples. En aquel 2012 aquella renovada edición dio como vencedor a Alberto Contador.
Miguel Poblet, Valentín Uriona, Igor Astarloa y el gallego Marcos Serrano son los otros españoles que han vencido en Turín. Por supuesto son los italianos con 73 triunfos de 103 posibles los plusmarquistas y el maravilloso Constante Girardengo el más laureado con cinco victorias (1915, 1915, 1919, 1920 y 1923).
Primeros Años y Luigi Ganna
El primer ganador fue Paolo Magretti, naturalista, explorador y ciclista. El último, Thibaut Pinot (FDJ), solo ciclista. Pero ciclista antiguo. Brillante, de los que ataca sin mirar atrás.
La Milán-Turín, la clásica más antigua de la historia del ciclismo (se celebró por primera vez en 1876), ya tiene recorrido para su edición de 2020. La carrera italiana, programada el 5 de agosto, servirá como antesala de la Milán-San Remo al disputarse tres días antes del Monumento transalpino, aunque el recorrido de este año presenta importantes modificaciones.
De poco servirá a los corredores de perfil explosivo y buena punta de velocidad en las subidas afinar su puesta a punto de cara a San Remo con la Milán-Turín, ya que la organización de la carrera (RCS Sport) confirmó el pasado martes que eliminaba la subida final a la Basílica de Superga, donde Michael Woods batió a Alejandro Valverde en 2019 en un emocionante esprint.
Y es que Luigi siguió dando pedales los días de fiesta. A pesar de las dudas que le planteaban sus padres, Luigi acudió con su bicicleta -la misma que le servía de medio de transporte a diario- a la salida de algunas carreras para aficionados que se celebraban en los alrededores de su pueblo. En todas y cada una subió al podio. En unas fue segundo, en otras alcanzó la meta en tercer lugar e incluso ganó alguna de aquellas pruebas.
Los resultados obtenidos comenzaron a rotar efervescentes en su cabeza. Tenía que tomar una decisión y no era fácil. Había demostrado ser un buen corredor, así que apostó por la bicicleta y dejó atrás los ladrillos y el cemento. El camino del profesionalismo no significó para Luigi lanzarse a una piscina vacía. En su decisión había agua y llegaba hasta el bordillo.
La demostración de coraje y fuerza que había demostrado en aquellas carreras amateurs no pasó desapercibida para Edoardo Bianchi, que no dudó en hacerle una oferta difícilmente rechazable. Aquellos podios como aficionado le habían permitido ganar 18 liras. Bianchi le ofrecía 200 liras mensuales por correr en su equipo. Luigi aceptó de inmediato. Bianchi no sólo había puesto su atención en Luigi. Contrató también a Eberardo Pavesi y Carlo Galetti -otros dos ciclistas de gran talento. Juntos recorrieron los titulares de las crónicas de los principales periódicos como ‘los tres mosqueteros’.
Poco a poco, Luigi sumó victorias a su palmarés. En 1907, la Milan-Turín-Milán y tres etapas del Giro de Sicilia. Al año siguiente, en 1908, fue segundo en la Milán-San Remo -una de las grandes clásicas del calendario internacional, considerada uno de los cinco monumentos ciclistas junto a la Lieja-Bastogne-Lieja, París-Roubaix, Tour de Flandes y Giro de Lombardía- y quinto en la Tour de Francia.
Pero lo mejor estaba aún por llegar. El periódico La Gazzetta dello Sport, siguiendo el camino de otros diarios, organizó el primer Giro de Italia. Luigi había cambiado de equipo esa temporada. Había fichado por el equipo Atala y 1909 sería su gran año. El estreno de una de las carreras míticas del ciclismo tuvo como protagonistas a Luigi, a su excompañero y amigo, Carlo Galetti, y a Giovanni Rosignoli.
Luigi comenzaba a ser conocido entre los aficionados como ‘el rey de barro’, por su capacidad para sacar lo mejor de sí mismo cuando las condiciones climatológicas eran extremas. Fueron 2.448 kilómetros distribuidos en ocho etapas. Tomaron la salida 115 corredores -todos italianos salvo cuatro ciclistas franceses- y sólo 49 completaron la carrera.
Señala la hemeroteca que la velocidad media fue de 27 kilómetros por hora y que, aunque se contebilizó el tiempo, la clasificación general se estableció por puntos. Luigi ganó tres etapas y se mantuvo como líder durante seis jornadas. En el podio le acompañaron Galetti y Rosignoli.
El primer triunfo parcial lo consiguió Darío Beni, que venció en la etapa inaugural, de cuatrocientos kilómetros, que enlazaba Milán y Bolonia. Beni también consiguió la victoria en la última etapa, pero la irregularidad que demostró a lo largo de la carrera le retrasó al séptimo puesto final. Rosignoli cruzó la meta en primer lugar en las etapas con final en Nápoles y Génova.
No fue un triunfo sencillo para Luigi. La épica, el drama y la emoción no podían faltar en la primera edición de una carrera que a lo largo de la historia presumiría de grandes epopeyas, odiseas, tragedias, venturas y desventuras, y grandes dosis de pasión y éxtasis.
En la última etapa Luigi sufrió un pinchazo. En aquel año 1909 las averías no se solventaban levantando la mano y esperando tan sólo un par de segundos a que el coche del equipo apareciera con una rueda nueva en perfectas condiciones. Aquel pinchazo permitió a los rivales del líder aventajarle en varios minutos. Para Galetti se abría una gran posibilidad ganar aquella prueba inaugural -vencería en las dos siguientes ediciones del Giro- y tomó la responsabilidad del grupo cabecero.
Mientras, Luigi había sustituido el tubular y comenzaba la remontada a la desesperada. La victoria que parecía segura con sus tres triunfos de etapa pendía ahora de un hilo. El grupo que lideraba la etapa era demasiado numeroso y si no los alcanzaba no puntuaría. La batalla era desigual y la desventaja no disminuía lo suficiente. Pero como alguien dijo la suerte es caprichosa y suele ser el nombre que se le da al éxito de los demás.
El pedaleo del grupo cabecero se acopló a la velocidad del tren que atravesaba la localidad de Rho al tiempo que alcanzaban un paso a nivel. Tuvieron que detenerse. Al cruzar la línea de meta, sabiéndose ya ganador del Giro, Luigi estaba exhausto. No hubo reproche alguno para sus rivales. “Ha sido un tremendo esfuerzo el que he tenido que realizar para alcanzarlos.
Luigi, Luigi Ganna, consiguió aquel día un hueco de privilegio en la Historia del ciclismo y una notable fama entre los aficionados al deporte de la bicicleta en las primeras décadas del siglo pasado. Cuentan que siendo un gran escalador la falta de velocidad en los metros finales le privó de un palmarés mayor. La clasificación general de aquel primer Giro se disputo por puntos, si el tiempo empleado en completar las etapas la historia hubiera cambiado.
Superga es un lugar emblemático de Turín. Su cúpula domina lejana pero perenne la gran urbe piamontesa. Obra de uno de los mejores arquitectos barrocos de Italia, Guarino Guarini, es lugar de culto para los turineses.
Alberto Contador ganó la Milán-Turín en la sombra de esta fábrica barroca. Como si el adorno del pinteño gozara de las formas y enjambres mentales de aquellos grandes de la pompa del siglo XVII, Superga presenció la que dicen es primera clásica -o carrera de un día- de Alberto Contador, quien a diferencia de Alejandro Valverde, hace de Italia su fortín.
Contador entronca con Federico Martín Bahamontes, quien fue el primer y único ganador en la sombra de Superga. El toledano se hizo con una etapa del Giro y hubieron de pasar más de cincuenta años para que la competición subiese hasta el mejor mirador de Turín.
Pero la redición de la Milán-Turín encierra otras lecturas. Desde 2008 no se celebraba una clásica que a día de hoy, calendario en la mano, es la más antigua de cuantas figuran en el calendario internacional.
Italia, país acosado por la crisis, aunque sinceramente no en el nivel de España, con un calendario también fluctuante, es capaz de mantener el lustre de sus grandes citas y recuperar las que se consideraban perdidas por el camino. Una lectura así no puede pasar desapercibida. Como en otras ocasiones hemos apuntado aquí, el perder una gran carrera unos años no significa sepultarla en el olvido.
La Madonna del Ghisallo
Antes de que el Giro naciera en 1909, ya existía el Giro de Lombardía (desde 1905), ideado por Morgagni. Esta carrera otoñal llegó a llamarse durante décadas el “Campeonato Mundial de Otoño”. Su tramo más mítico es la subida a la Madonna del Ghisallo, a 750 metros de altitud, cerca del lago de Como.
La Milán-San Remo, en tanto, se corre cada marzo, y desde su primera edición en 1907 ha mantenido un recorrido de más de 290 km. Esta carrera también fue idea de Morgagni, ejecutada por Cougnet y con el visto bueno de Costamagna. Una carrera hecha con el espíritu competitivo que tenían con el Corriere della Sera, de ahí que el color rosa -el de la Gazzetta- se convirtiera en símbolo del líder. Aunque el diario no siempre fue rosa: sus primeros números eran de un tono verdoso.
El 13 de mayo de 1909 arrancó oficialmente la primera edición del Giro. Participaron 127 ciclistas desde la Plaza de Loreto, en Milán. Pero en 1909, todo era entusiasmo por la nueva carrera.
El día que el mundo conoció el BRUTAL ritmo de Isaac del Toro|| Milano-Torino 2025
La Milán-Turín, la clásica más antigua de la historia del ciclismo (se celebró por primera vez en 1876), ya tiene recorrido para su edición de 2020. La carrera italiana, programada el 5 de agosto, servirá como antesala de la Milán-San Remo al disputarse tres días antes del Monumento transalpino, aunque el recorrido de este año presenta importantes modificaciones.
De poco servirá a los corredores de perfil explosivo y buena punta de velocidad en las subidas afinar su puesta a punto de cara a San Remo con la Milán-Turín, ya que la organización de la carrera (RCS Sport) confirmó el pasado martes que eliminaba la subida final a la Basílica de Superga, donde Michael Woods batió a Alejandro Valverde en 2019 en un emocionante esprint.
Ganadores Destacados de la Milán-Turín
A lo largo de su historia, la Milán-Turín ha visto coronarse a numerosos ciclistas de renombre. Aquí hay una tabla con algunos de los ganadores más destacados:
| Año | Ganador | País |
|---|---|---|
| 1876 | Paolo Magretti | Italia |
| 1907 | Luigi Ganna | Italia |
| 1915, 1919, 1920, 1923 | Constante Girardengo | Italia |
| 2012 | Alberto Contador | España |
| 2019 | Michael Woods | Canadá |
La Milán-Turín sigue siendo una carrera emblemática en el calendario ciclista, atrayendo a los mejores corredores y ofreciendo un espectáculo emocionante para los aficionados. Su rica historia y tradición la convierten en una de las clásicas más queridas y respetadas del mundo.

Madonna del Ghisallo, un lugar emblemático en la historia del ciclismo italiano.