A pesar de la creencia popular, el clima en las Islas Canarias no siempre es perfecto. En medio de un paisaje diverso, una pareja de turistas se encontró en una situación peculiar que transformaría su viaje.

María y yo planeábamos explorar la costa de La Gomera en un coche de alquiler, manteniendo una distancia prudencial del mar. La Gomera, siendo una isla relativamente pequeña, facilita los recorridos en coche de manera rápida y sencilla. Alquilamos el modelo más económico disponible, anticipando pocos kilómetros por recorrer.
Sin embargo, una decisión impulsiva nos llevó por un camino diferente. Aún hoy me pregunto por qué no estacionamos el coche en aquel desvío y continuamos a pie hasta la playa. Como si tuviéramos un todoterreno de alta gama, nos aventuramos por un camino pedregoso que se transformó gradualmente en arena fina. Y más arena…
Justo cuando el mar se hizo visible, nuestro coche decidió detenerse abruptamente. Bueno, la rueda seguía girando y girando sin avanzar. Se había atascado, haciendo imposible sacarlo de allí.
Me senté junto a la rueda, cabizbajo, intentando encontrar una solución. De repente, el sol dejó de iluminar el suelo. Al levantar la vista, allí estaba él, proyectando su sombra sobre mí.

A medida que levantaba la cabeza, pude ver sus pies, sus rodillas… Creo recordar que se llamaba Hans, un alemán sesentón que claramente disfrutaba de la libertad. Y su libertad era evidente. Rápidamente cambié mi perspectiva. Como no entendía ni una palabra de alemán, Hans simplemente señaló la rueda y, mediante gestos, me indicó que regresaría.
Volví al coche e intenté sacarlo del agujero nuevamente. Sinceramente, no entiendo por qué golpeaba el acelerador con tanta fuerza, como si eso fuera a solucionar algo. Quizás fue porque un anciano desnudo, cuyo idioma desconocía, había prometido volver. Pero lo pisaba como si fuera el monstruo de Alien quien estuviera a punto de visitarme…
En mi quinto o sexto intento, escuché un grito fuerte. Allí estaba Hans de nuevo, esta vez acompañado por una señora mayor y un joven. Todos compartían una característica en común: estaban completamente desnudos, tal como vinieron al mundo.
Este peculiar equipo llegó hasta el coche. Hans, como pudo, me presentó a sus amigos. Admito que no suelo interactuar con personas que exhiben su intimidad de esa manera, así que al principio me sentí un poco incómodo. Me indicaron que empujarían el coche mientras yo intentaba acelerar.
Viendo sus esfuerzos por ayudar, le pedí a María que se pusiera al volante mientras yo también empujaba. Cuando llegué a la parte trasera del vehículo y María comenzó a acelerar, descubrí que un coche tiene el ancho de tres traseros. Bueno, realmente dos y medio: dos traseros de ancianos y uno joven.
Primeros Auxilios Básicos para Viajeros Solitarios
El problema era que la única opción para empujar implicaba tocar a uno de ellos, ya que no había espacio libre en el vehículo. ¿Cómo empujas a una persona desnuda sin que la situación se torne muy incómoda? ¿Pongo las manos en el trasero? Y si lo hago, ¿cuál trasero elijo?
Descarté la opción de tocar traseros y comencé a mover las manos con intensidad. Arriba, abajo y en diagonal. La única alternativa era ser útil de otra manera, así que decidí dar indicaciones. La verdad es que el coche solo podía ir recto, pero necesitaba justificar mi papel y hacer algo para sentirme útil y evitar los traseros.
De repente, el coche arrancó. Y lo peor estaba por venir. El acelerón tomó por sorpresa a mis amigos bronceados, y los tres terminaron en la arena. Quién diría que terminaría ese día viendo a tres personas desnudas retozando en la arena frente a mí.
-¿Señora, le ayudo?… Disculpe, no quería tocar ahí…. Perdón, le he pisado Hans…
Mientras se levantaban, pensé que debía agradecerles de alguna manera su esfuerzo. Solo tenía una alternativa… Me quité rápidamente la camiseta y los pantalones. Mirándolos fijamente, les extendí mi mano en señal de agradecimiento. Supuse que hacerlo desnudo sería una muestra de gratitud más sincera. Ellos rieron mientras señalaban mis calzoncillos. No había sido del todo sincero, y había que solucionarlo.
Esta anécdota en Canarias nos recuerda que los viajes pueden estar llenos de sorpresas, y que la ayuda puede venir de las fuentes más inesperadas. La libertad, la solidaridad y la capacidad de reírse de uno mismo son ingredientes esenciales para transformar un percance en una experiencia inolvidable.
