En la Bretaña francesa, los locales aman tanto a su tierra que no dudan en rebautizar al Muro de Bretaña, con sus 292 metros sobre el nivel del mar, como el Alpe d’Huez bretón. Aunque solo son dos kilómetros de subida, le dan categoría de subida mítica.
El Muro de Bretaña es un lugar que pareciera no necesitar descripción. Suena exigente, terrorífico, permite imaginar los rostros desencajados por un esfuerzo sobrehumano fruto de pedaladas extremas. Un desafío sólo a la altura de los mejores, como si se tratara de la pared más empinada ya no de toda la región, sino de todo el país. La realidad, sin embargo, es bien distinta. Es un final sugerente y atractivo, un cambio de tercio para la primera semana del Tour, pero no una pared imposible.
Hay lugares bautizados con nombres tan sugerentes que no necesitan ni historia ni leyenda a sus espaldas para mitificarse en el imagino popular del ciclismo.

Primeros años y consolidación
El Muro de Bretaña cogió una cierta fuerza en 2011, cuando se subió por primera vez, pero que no marca muchas diferencias. Su estreno se produjo en 2011 en una etapa de altísimo nivel en la que Cadel Evans le arrebató el triunfo en el último instante a Alberto Contador. El australiano sería el vencedor final de aquel Tour.
Visto el éxito de este nuevo formato, visto también en Giro y Vuelta, en 2011 la organización del Tour volvió a repetir fórmula. Ese mismo año, apenas tres días después, los corredores se enfrentaron a un recorrido similar y con un final casi idéntico. Esta vez, el Mur de Bretagne fue testigo de una de las llegadas más apretadas de la historia del Tour. Contador levantó los brazos y Cadel Evans empujó con ímpetu su bici.
Por tercera vez en su historia el Tour tendrá su final de etapa en el Muro de Bretaña. La segunda ocasión fue en 2015, con victoria del francés Alexis Vuillermoz, quien sorprendió a los favoritos en su marcaje en los últimos metros.
El pasado año 2015, la organización del Tour volvió a recurrir a este emocionante formato para una de sus apasionantes jornadas por la Bretaña. De nuevo, el Mur de Bretagne y sus exigentes rampas nos depararon un final apoteósico. Tras este último episodio, el Tour vuelve a “las andadas” este año.
Serán 2 km al 6 %, con 500 m al 10% y rampas de hasta el 14% en su parte más exigente. Coronarán a falta de 900 m para meta. Desde ahí un pequeño tramo de descenso de unos 150 metros y de nuevo 700 al 6% para alcanzar la línea de llegada.
Edición 2018: Victoria de Dan Martin
En 2018, el irlandés Dan Martin fue el último en levantar los brazos en esa prestigiosa meta. Dan Martin, un experto en finales de este tipo, seguramente vivió como un calvario su sorprendente ataque ganador. No porque lo hiciera el irlandés, sino porque lo lanzó a un kilómetro de la meta. 1000 largos metros apretando los dientes y exprimiendo cada gramo de fuerza para escapar de la persecución que lideró Latour, segundo al final.
Por detrás de ellos llegó Alejandro Valverde, que "dio al poste", según dijo. No ganó pero puede darse por satisfecho, pues fue uno de los pocos grandes nombres que evitó los sustos en el trayecto desde Brest.
Edición 2021: Homenaje de Van der Poel a Poulidor
RESUMEN ETAPA 2 ➤ TOUR DE FRANCIA 2021 🇫🇷 De Otro Planeta
El Muro de Bretaña vuelve a ser protagonista en el Tour de Francia y lo hace como meta de la séptima etapa de la edición de 2025. En sus rampas obtuvo una de sus victorias más especiales Mathieu van der Poel, líder de la carrera, cuando en el año 2021 se hizo con el triunfo y honró a su abuelo Raymond Poulidor vistiéndose además de amarillo.

Edición 2024: Triunfo de Pogacar
Sea como sea es el primer final en alto del Tour -quedan otros seis-, aunque puntúe como puerto de tercera, y eso pone las orejas tiesas a los grandes favoritos el Tour. Y en la meta resulta que Pogacar es más bretón que los propios bretones, que les gana en bravuconería. Porque el esloveno lo quiere todo. Quiere ganar y vence. Quiere ser líder y se viste de amarillo.
Como en Rouen, el tricampeón es más explosivo y rápido que Vingegaard, que no es amenaza para él en un sprint. Que nadie piense que le asusta la ceremonia del podio, tardar más en llegar al autocar y el hotel, pasar un rato con las autoridades, patrocinadores y los medios. Nada borra la sonrisa del rostro del esloveno.
No está el portugués para lanzarle -para eso ha trabajado el increíble Nils Politt tirando del pelotón durante más de 100 kilómetros, para tener a la fuga controlada a un minuto, nunca dos- pero el plan lo ejecutan Wellens y Narváez. El primero acelera, el segundo controla que nadie salte en el último kilómetro. Una. Dos. Tres. Tres veces gira la cabeza y mira atrás, para vigilar, para evitar que nadie le sorprenda. Y arranca fulgurante hacia la victoria. A su rueda, su sombra, Vingegaard, que nunca le amenaza en el sprint. La misma historia que en Rouen, donde hace tres días consiguió su victoria 100.