Siempre se ha dicho que el románico mudéjar de Castilla y León es una especie de adaptación barata del románico de otras zonas con mejores recursos constructivos. Básicamente, en esta parte de la Península Ibérica no disponían de piedra.
Porque, claro, el románico que nos viene primero a la retina es el que emplea la piedra para levantar edificios religiosos a los que conducir a los fieles. Quieren, entre otras cosas, impresionarlos. Pintura, escultura y arquitectura llevaban a cabo su doble labor, instructiva por un lado, e intimidante por otro.
En esas estaban allá por los siglos XI-XIII cuando los vecinos del sur de las grandes rutas de peregrinación a Compostela tuvieron que claudicar. Si en sus tierras no tenían piedra había que recurrir a otros materiales, quizá no tan nobles. Ahí es donde aparece el ladrillo, el yeso o la madera de toda la vida. El románico del ladrillo se distingue del de la piedra de manera inmediata. No hay forma de esconder estos materiales. Piedra es piedra; ladrillo es ladrillo.
Pero, además, hay otra variable a tener cuenta: en las tierras en torno al Duero queda por esa época mucha población musulmana. Ahora bien, en pleno proceso de reconquista, ¿van a poder seguir habitando en zona cristiana? Pues sí, ahí tenemos a los mudéjares.
Los mudéjares (del árabe hispano mudaǧǧan, que significa «aquel a quien se le ha permitido quedarse») fueron la población musulmana que permaneció viviendo en los territorios de la península ibérica conquistados por los reinos cristianos (durante la Reconquista) y que, a pesar de estar bajo dominio cristiano, conservaron su religión, costumbres, lengua y legislación islámica.
Y entre esas costumbres estaba un determinado tipo de creación artística. El arte mudéjar no es en sí mismo un estilo islámico puro ni cristiano puro, sino un arte de síntesis: cristiano en su concepción y función, pero islámico en su mano de obra, materiales y técnicas. Un estilo mestizo en toda regla.
Esto sí que nos suena a «moderno», ¿verdad? Pues en el siglo XI comienza este arte de fusión: edificios cristianos con decoraciones tallada en yeso, alfarjes y artesonados que muestran unos magníficos techos de madera con intrincados diseños geométricos, ladrillo decorativo de uso ornamental en fachadas y torres, o decoraciones basadas en figuras geométricas entrelazadas y motivos vegetales estilizados.
Cuento esto porque hemos estado cuatro días pedaleando para conocer algunas de las iglesias más emblemáticas del románico mudéjar de Valladolid. Podíamos haber elegido otro territorio, pero Valladolid nos servía a la perfección. En nuestra lista hemos incluido también alguna que otra rareza como el único ejemplar completo que se conserva en la Comunidad Autónoma de Castilla-León de factura románico-lombarda: la iglesia de La Anunciada, cerca de Urueña.
Vamos con la crónica de estos cuatro días.
El Viaje Hasta Valoria la Buena
A las tres de la tarde estoy en Mundaka para recoger a mi compañero de fatigas, Alberto. Las dos bicis van dentro del coche, haciéndose compañía la una a la otra, bien sujetas con sus correspondientes cintas de sujeción. Sí, soy de los que cuando compra coche piensa en la bici que va a ir dentro. Cada loco son su tema.
Nos espera un viaje de casi cuatro horas hasta Valoria la Buena, el pueblo en el que pernoctaremos este primer día. Hasta ahí vamos suave suave por carreterita de la de toda la vida: Gernika, Amorebieta, Lemoa y a partir de aquí la N-240 que sube a Vitoria-Gasteiz por Barazar. No hay prisa. Nos vamos poniendo al día: nietos, madres, trabajo, bici…
En Vitoria cogemos la autopista, que ya no dejaremos hasta el desvío hacia Valoria la Buena. En resumen: dos horas para doscientos kilómetros largos y, previamente, más de hora y media para setenta kilómetros. No es la distancia; son los caminos por los que transitas. Y esto, por supuesto, vale también para la bici.
Nos alojamos en Concejo Hospedería. Pintaba bien, aunque luego es de esos sitios en el que no acabas de sentirte del todo a gusto. El hotel aprovecha el imán de la viticultura. La denominación de origen Cigales sirve para que emerjan lugares como este. Concejo Hospedería es el sueño de una familia de bodegueros hecho realidad. Un lugar tranquilo y romántico en un palacio del siglo XVII. Una experiencia única llena de sensaciones, para disfrutar del enoturismo en la cuna del vino de Cigales.
Tuvimos tiempo de dar un paseo por el pueblo y acercarnos hasta la iglesia de San Pedro Apóstol. En el pueblo lucen también un par de casas palacio, la de los Vizcondes de Valoria y la de los Mendoza. En esta segunda es donde se ubica nuestro alojamiento, con el que, ya os digo, no acabamos de sintonizar del todo.
En fin, la cena, hay que reconocer, estuvo muy bien: de primero un guisado de boletus para compartir y carnes de segundo. Hubo que pelearse un poco el día anterior para que el desayuno fuera a las ocho. Sirvió también para descubrir en ese momento que el ascensor no bajaba hasta donde el día anterior lo hacía. Cosas de la seguridad, supongo.
Etapa 1: Cabezón de Pisuerga - Íscar
Así pues, este sábado 18, todavía con las bicis dentro del coche nos acercamos desde Valoria la Buena hasta Cabezón de Pisuerga, el pueblo desde el que vamos a comenzar a pedalear y que queda a apenas quince minutos. Aparcamos en una zona de chalets adosados, una de tantas en cualquier pueblo más o menos cercano a una ciudad. Sacamos y montamos las bicis, y percibimos enseguida en nuestros cuerpos los seis grados de la típica mañana castellana. El cielo azul implica estas cosas.
Nos despedimos del coche. En cuatro días estamos de vuelta, ¿vale? Cruzamos el río Pisuerga. Pintadas para ver cuándo les construyen un puente de más capacidad. Para nuestras bicis, perfecto y bien bonito. Pedaleamos por feas zonas industriales. Valladolid queda a cuatro kilómetros, según vemos en una señal. Lo dejamos a nuestra derecha y nos echamos al monte en dirección a Renedo de Esgueva. Afrontamos la primera tachuela del día y bajamos hasta el pueblo. Llenamos los botellines en una fuente de la plaza que queda junto al teatro. Porque sí, en Renedo presumen del Teatro Escenas.
Salimos del pueblo y afrontamos el primer puerto del día. Bueno, la primera subidilla. Son 115 metros de desnivel por una carretera prácticamente en recta al 6,5% de pendiente media. Sirve para calentar un poco los músculos. Del Pisuerga al Esgueva y del Esgueva al Duero. Nos encontramos a este coloso de la hidrografía peninsular en Tudela de Duero. Lo cruzamos y vamos, tras una nueva cuestecilla, en busca de nuestra primera iglesia románica mudéjar: la de San Juan Evangelista, en Santibáñez de Valcorba. Nos vamos a conformar, como tantas otras veces, con verla desde fuera.
Salir de Santibáñez y ver la cuesta. Joder qué cuesta. Pero cuesta cuesta. La pendiente y la piedra suelta unen sus fuerzas: pie a tierra. Nada de subir montado. Un 23,8% de pendiente máxima tumba nuestra autoestima. La piedra suelta, la piedra suelta. Si no… lo mismo tampoco. Lo del 23,8% lo dice Garmin, no miento.
Superado el cuestón, con pedaleo más ligero, llegamos enseguida a Montemayor de Pililla y luego a Portillo. Por supuesto, hay que parar a echar un vistazo al castillo. Dice la Wikipedia: «Pertenece al tipo de fortificaciones señoriales de la escuela de Valladolid del siglo XV que fueron levantados con intención de demostrar el poder y la riqueza de sus señores, vanagloriándose ante sus súbditos para contrarrestar la inestabilidad y guerras civiles del momento.» O sea, que se note que hay poderío.
Nada como el típico Bar del Jubilado para descansar de lo que llevamos de ruta. Ya van cerca de tres horas y casi sesenta kilómetros. Volamos raso por estas carreteras y pistas. Mi previsión era de hacer medias en torno a los veinte kilómetros por hora y se va cumpliendo. Así pues, en la terraza del Bar del Jubilado entra de maravilla un pincho de tortilla. Bastante decente, por cierto.
Poco a poco llegan los quintos a celebrar no se sabe qué, pero a celebrar algo. Los quintos, por lo que se ve, tienen ya su cierta edad. Nos quedan unos treinta kilómetros para terminar esta primera etapa. Salimos de Portillo por el Arco de la Muralla, una de las puertas que, en este caso, da al sur. Bajamos fulgurantes por una calle en dirección prohibida. A mí no me digas nada, pero parece que a Alberto alguien se lo recuerda. Delincuentes es lo que somos.
En un santiamén estamos en Aldea de San Miguel. Ya en el pueblo, hay que coger una calle a la derecha de la carretera por la que venimos para acercarse a la iglesia de San Miguel Arcángel. Vale, la «calle» está ocupada al completo por la terraza de un bar, de lado a lado. Sí, hay otra calle al lado para acercarse a la iglesia, pero nada como lucir galones: una cosa es una carretera y otra un bar. Primero, el bar. Lógico, ¿no?
Bien coqueta esta iglesia. Los arcos ciegos del ábside luciendo ladrillo van a ser tendencia esta temporada, ya os lo digo. Menudo furor en el siglo XII. Un no parar de construir arcos ciegos. ¿No os lo creéis? Pues veniros hasta Mojados, el siguiente pueblo de nuestra ruta. Allí tenemos dos ejemplares de la ganadería del románico mudéjar.
Y esta vez tenemos la suerte de no solo contemplarlos desde el exterior. ¿Por qué? Porque pillamos a nuestro colega, el párroco. Justo fue a hacer alguna gestión y estaba abriendo la puerta de la iglesia de San Juan. Pues esta es la nuestra. El hombre, muy amable, nos explicó algunas cosas de la iglesia. Y no solo esto, porque de nuevo coincidimos con él cuando nos acercamos a la segunda de las iglesias a visitar en Mojados: la de Santa María. Ya veis, casi nos hacemos íntimos del párroco.
El hombre nos preguntó para dónde íbamos. Al comentarle que llevábamos dirección Megeces nos habló de la Ermita de Nuestra Señora de Luguillas, que nos quedaba de paso. Lo que no nos dijo es que hasta allí hay ¡carril bici! No es que viéramos mucho tráfico, pero no está mal la apuesta: el paseo hasta la ermita que se haga con tranquilidad, por una vía segregada del tráfico de coches.
Dejamos atrás la ermita, pasamos Cogeces a secas y llegamos a Cogeces de Íscar, un pueblo con una iglesia «diferente», la de San Martín de Tours, de estilo gótico. En la variedad está el gusto, ¿no? Curioso encontrar aquí una iglesia con advocación al santo patrono de Francia durante la Tercera República francesa. Bueno, eso sí, el hombre tiene sus seguidores porque allá por el siglo IV, que es cuando vivió, dispuso de un hagiógrafo que se dedicó a ensalzar su figura. Pues eso, casi seguro que San Martin de Tours forma parte del top ten de santos de la cristiandad.
¿Os suena lo de que «a todo cerdo le llega su San Martín»? Pues sí, ese «San Martín» es este de Tours. Según parece, como su festividad litúrgica se celebra el 11 de noviembre y esta fecha coincide en muchas regiones con la matanza del cerdo, se acabó por asentar el dicho.
Nos plantamos en Íscar a eso de las tres de la tarde tras cruzar un humilde puente de origen medieval, el de las Cabras. Quitamos la gusa en una pizzería que queda cerca del Hostal San Antonio, donde nos alojamos y que presenta un cierto aire tétrico, dicho sea de paso. Luego resulta que no es para tanto. Es bastante digno.
Tras la ducha de rigor me acerco hasta un supermercado para comprar algunas cosas para el desayuno del día siguiente. La tarde da para un paseo que nos acerca primero hasta la iglesia de Santa María de los Mártires, donde impresiona… la densidad de andadores. Las jóvenes nonagenarias se preparan para el rosario.
Subimos a pie al castillo, ahí en lo alto. Es también puerto puntuable para el Premio de la Montaña de esta ruta. A medida que ascendemos se escucha música. ¿Qué festejo están celebrando? Es más sencillo. Arriba, dentro del castillo, han instalado una cervecera. Y hay tardeo. Gente bebiendo y bailando. Pobre castillo de Íscar, en qué ha acabado convertido.
Bajamos de nuevo al pueblo. Se ve alguna que otra tienda de toda la vida, de esas que llevan atrás en el tiempo: Ultramarinos, donde había casi de todo. Tomamos algo en una terraza de la plaza del Ayuntamiento. Los niños, a lo suyo, a jugar a fútbol. Las madres y los padres, sentados tomando sus cervezas. Todo en orden.
Nosotros buscamos alternativas para cenar. Tampoco hay muchas opciones y optamos por un local modernillo en el que salir del paso. Pedimos de entrante un queso pata de mulo de la Cruz del Pobre al horno, con orégano y tomillo, sobre base de tomate al estilo Provolone. Calorías de las que no mienten.
Tras la cena, paseo de vuelta hasta el hostal. Y a la cama. Los dos andamos renqueando con toses y mocos. Viene buena noche.
- Distancia: 90,42 km.
- Desnivel acumulado: 738 m.
- Tiempo: 4:37:04.
En realidad, son bastante cambiantes. Depende de dónde mires, parece que no se ponen de acuerdo. De momento, vamos a ver si nos aguanta hoy.
Amanecemos a las ocho y media con las primeras luces del día. Le doy un poco de cariño a la bici para que se porte bien y salimos a la meseta castellana tras cruzar Íscar con el castillo recibiendo una espectacular luz matinal. Avanzamos por la carretera en dirección a Pedrajas de San Esteban, de donde es el queso pata de mulo.
Etapa 2: Íscar - Alaejos
Al llegar al pueblo nos desviamos por una carretera local hacia Alcazarén. Allí nos esperan la iglesia de Santiago Apóstol y la de San Pedro. Solo es románica esta última, que nos lo hace saber con los clásicos arcos ciegos en el ábside dispuestos en tres niveles. Una vez más.
Continuamos ruta. Salimos por una pista que desemboca en la N-601. Enfrente se ve enseguida Olmedo. A la entrada dejamos a nuestra derecha el Parque Temático del Mudéjar, que aún no ha abierto sus puertas. Callejeamos y enseguida notamos el aire turístico de la villa. Optamos por desayunar en condiciones en un local muy agradable que queda cerca de la Plaza Mayor.
Compartimos un rato con la población aborigen mientras continuamos peleando con nuestros respectivos mocos y toses. Pasamos por las iglesias de la Trinidad, la de San Juan y la de San Andrés. Sí, esta última, cómo no, de nuevo con su ábside adornado con arcos ciegos dispuestos en tres niveles. Marca de la casa que se repite en la de San Miguel. Salimos del recinto amurallado de Olmedo por el Arco de San Miguel. Cruzamos las vías del tren por un paso elevado. Ataquines queda cerca, justo a la altura de la autopista A6.
Nuestro siguiente destino queda poco después: es una de las iglesias más destacadas de la ruta, la de Nuestra Señora del Castillo en Muriel de Zapardiel. Esta vez al recurrente ábside se le une una torre exenta de carácter civil. No solo de rezos vive al hombre; hay que vigilar no sea que al enemigo le dé por ponerse belicoso.
Llevamos ya do...
El relieve de la Sierra de Gredos actual se originó en la Orogenia Alpina, hace unos 15 - 30 millones de años, en ese momento se produce el levantamiento del Sistema Central, fracturándose en bloques y configurando una cordillera en bloques fallados y desnivelados.
Ya en el Cuaternario la sierra sufrió la erosión por aguas torrenciales, más significativa en la vertiente sur, y de la acción glaciar, principalmente en la vertiente norte.
Este modelado glaciar deja entre sus huellas 41 glaciares de montaña, con sus tres subtipos más característicos: de valle (Glaciar de la Nava, Glaciar de Bohoyo, Glaciar de Gredos...), de circo (Glaciar de la Cruz, Glaciar de Gamellones...) y de ladera (Glaciar de las Chorreras, Glaciar del Canchito...).
La Sierra de Gredos constituye hoy en día uno de los conjuntos glaciares mejor conservados del sur de Europa, pudiendo observar lagunas glaciares, circos, gargantas, depósitos morrénicos, etc.

Sierra de Gredos.
Flora y Fauna de la Sierra de Gredos
Debido a su situación geográfica, a los fuertes desniveles y a la distinta orientación de sus laderas, la Sierra de Gredos puede considerarse como un auténtico paraíso para la flora. Las diversas especies vegetales aparecen distribuidas en pisos superpuestos que alcanzan su culminación en el piso alpino, el más interesante de todos ya que en el mismo se han localizado un gran número de endemismos botánicos.
Están aquí representados 4 de los 5 pisos bioclimáticos de la Región fitosociológica mediterránea. En la cara Norte el matorral es predominante, ya sea el piornal (Cytisus oromediterraneus) en las cumbres, o la mezcla de leguminosas, a veces con labiadas, brezos o jaras.
En la cara Sur, por el contrario, abundan los pinares de Pinus pinaster, alternándose con cultivos en terrazas y bancales con cerezos, castaños, higueras y olivos, entre otros árboles. El jaral (Cistus ladanifer) y el brezal (Erica sp.) ocupan grandes extensiones y, a veces, íntimamente entremezclados; hacia el Oeste, las formaciones claras de rebollo y enebro sobre pedregales erosionados y laderas pronunciadas hablan de la degradación a que se han visto sometidas las masas de bosque marcescente.
En las márgenes de todos los cursos de agua se instalan especies ripícolas de un modo testimonial, la especie más común es el sauce, junto a alisos, chopos, álamo negro..., en la parte alta de las gargantas aparecen ejemplares aislados de abedul, reseñar la presencia de pequeños grupos o ejemplares aislados de "loros" (Prunus lusitanica) que se encuentra en la parte baja de las gargantas de esta cara meridional.
Pero el principal valor ecológico de esta Sierra reside en la vegetación rupícola, adaptada a vivir aprovechando los menores resquicios de la roca y soportando las durísimas condiciones ambientales, se han diferenciado especies endémicas de estas áreas como la manzanilla de Gredos (Santolina oblongifolia), la Siderítide de Gredos (Sideritis lurida subsp.
La elevada altitud de esta Sierra, unida a la mayor continentalidad del clima en los pisos superiores, ha favorecido los fenómenos de aislamiento poblacional y la presencia de especies montañas de tipos fríos cuyos antecedentes espaciales más próximos se encuentran en sistemas montañosos del norte peninsular, sin olvidar la disimetría tan acusada existente entre las vertientes de la Sierra y la existencia de un gradiente térmico y climático Norte-Sur..., todos estos factores propician la presencia de comunidades faunísticas con un elevado número de taxones endémicos, singulares o de procedencia biogeográfica diversa.
El área de distribución de los endemismos locales se sitúa en la zona de cumbres, pertenecen a dos clases de vertebrados: la clase Amphibia, representada por la salamandra del Almanzor y la clase Mammalia, con el topillo nival abulense y la cabra montés.
Junto a ellos no se pueden olvidar otras especies como el barbo ibérico, barbo comiza, pardilla, en lo referente a peces. En cuanto a los anfibios y reptiles destacar la presencia de especies como rana de San Antonio, sapo partero, víbora hocicuda, lagarto verdinegro, galápago europeo...
Entre la abundante avifauna de Gredos hay que destacar dos especies consideradas en peligro de extinción: el águila imperial y la cigüeña negra, otras seis están consideradas vulnerables: garza imperial, cigüeña común, alimoche, aguilucho cenizo, tórtola y buitre negro, pero la lista continúa: águila calzada, águila culebrera, azor, gavilán, buitre leonado, águila real, pechiazul, acentor alpino, roquero rojo, colirrojo tizón...
Los mamíferos son también numerosos: desmán de los Pirineos, musaraña española, musaraña enana, ratilla de Cabrera, nutria, gato montés...

Cabra Montés.
Junto a estos valores ambientales, la zona de Gredos atesora un interesante compendio de lugares en los que la historia, el arte y la tradición han dejado una huella indeleble. Entre todos ellos destacan la calzada romana del Puerto del Pico y los pueblos de Candeleda y El Barco de Ávila.
La más clásica de las marchas que se pueden llevar a cabo dentro de los límites del Parque Regional de Gredos es la que desde la plataforma situada al final de la pista que nace en Hoyos del Espino permite alcanzar el renombrado Circo de Gredos.
La altitud, superior a los 2.000 metros, y el predominio de suelos rocosos han reducido la vegetación circundante a un denso y achaparrado piornal. Tras una pronunciada subida se alcanza el alto de Los Barrerones, lugar desde el que se divisan el circo y la laguna de Gredos.
En la zona más alta del circo la única cubierta verde de la zona está compuesta por líquenes silicícolas. El sendero desciende y, en pocos minutos, conduce al pie mismo de la gran laguna glaciar. En sus aguas frías y transparentes se reflejan las altas cumbres que, junto al pico Almanzor, enmarcan el circo de Gredos: Risco de la Ventana, Los Tres Hermanitos, Cuchillar de las Navajas y El Sagrao.
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