La pasión por las motocicletas a menudo trasciende las barreras físicas. A través de historias de resiliencia y superación, exploraremos cómo algunos motociclistas han desafiado las adversidades, encontrando en las dos ruedas un camino para seguir adelante.

Un Cuento de Realidades Entrelazadas: "La Noche Boca Arriba"
“La Noche Boca Arriba” es un cuento escrito por el argentino Julio Cortázar y publicado originalmente en 1955 como parte de su libro “Final del Juego”. Este cuento juega con dos realidades paralelas que se van intercalando vertiginosamente, sin aclarar cuál de ellas es la verdadera.
En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo sobrado adónde iba. El sol se filtraba entre los altos edificios del centro, y él -porque para sí mismo, para ir pensando, no tenía nombre- montó en la máquina saboreando el paseo. Dejó pasar los ministerios (el rosa, el blanco) y la serie de comercios con brillantes vitrinas de la calle Central.
Ahora entraba en la parte más agradable del trayecto, el verdadero paseo: una calle larga, bordeada de árboles, con poco tráfico y amplias villas que dejaban venir los jardines hasta las aceras, apenas demarcadas por setos bajos. Quizá algo distraído, pero corriendo por la derecha como correspondía, se dejó llevar por la tersura, por la leve crispación de ese día apenas empezado. Tal vez su involuntario relajamiento le impidió prevenir el accidente.
Cuando vio que la mujer parada en la esquina se lanzaba a la calzada a pesar de las luces verdes, ya era tarde para las soluciones fáciles. Frenó con el pie y con la mano, desviándose a la izquierda; oyó el grito de la mujer, y junto con el choque perdió la visión. Volvió bruscamente del desmayo.
Cuatro o cinco hombres jóvenes lo estaban sacando de debajo de la moto. Mientras lo llevaban boca arriba hasta una farmacia próxima, supo que la causante del accidente no tenía más que rasguños en las piernas. La ambulancia policial llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla blanda donde pudo tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero sabiendo que estaba bajo los efectos de un shock terrible, dio sus señas al policía que lo acompañaba.
El vigilante le dijo que la motocicleta no parecía muy estropeada. «Natural», dijo él. «Como que me la ligué encima…» Los dos rieron y el vigilante le dio la mano al llegar al hospital y le deseó buena suerte. Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos después, con la placa todavía húmeda puesta sobre el pecho como una lápida negra, pasó a la sala de operaciones.
Como sueño era curioso porque estaba lleno de olores y él nunca soñaba olores. Lo que más lo torturaba era el olor, como si aun en la absoluta aceptación del sueño algo se revelara contra eso que no era habitual, que hasta entonces no había participado del juego. Un sonido inesperado lo hizo agacharse y quedar inmóvil, temblando. Tener miedo no era extraño, en sus sueños abundaba el miedo. Esperó, tapado por las ramas de un arbusto y la noche sin estrellas.
-Se va a caer de la cama -dijo el enfermo de la cama de al lado-. Abrió los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la larga sala. Mientras trataba de sonreír a su vecino, se despegó casi físicamente de la última visión de la pesadilla. La fiebre lo iba ganando despacio y hubiera podido dormirse otra vez, pero saboreaba el placer de quedarse despierto, entornados los ojos, escuchando el diálogo de los otros enfermos, respondiendo de cuando en cuando a alguna pregunta.
Un médico joven vino con un aparato de metal y cuero que le ajustó al brazo sano para verificar alguna cosa. Un trocito de pan, más precioso que todo un banquete, se fue desmigajando poco a poco. El brazo no le dolía nada y solamente en la ceja, donde lo habían suturado, chirriaba a veces una punzada caliente y rápida. Cuando los ventanales de enfrente viraron a manchas de un azul oscuro, pensó que no iba a ser difícil dormirse.
Comprendía que estaba corriendo en plena oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado de copas de árboles era menos negro que el resto. Jadeante, sabiéndose acorralado a pesar de la oscuridad y el silencio, se agachó para escuchar. Nada podía ayudarlo ahora a encontrarla. La mano que sin saberlo él aferraba el mango del puñal, subió como un escorpión de los pantanos hasta su cuello, donde colgaba el amuleto protector.
Oyó los gritos y se enderezó de un salto, puñal en mano. -Es la fiebre -dijo el de la cama de al lado-. Al lado de la noche de donde volvía, la penumbra tibia de la sala le pareció deliciosa. Una lámpara violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como un ojo protector. Se oía toser, respirar fuerte, a veces un diálogo en voz baja. Todo era grato y seguro, sin acoso, sin…
Se vio otra vez saliendo del hotel, sacando la moto. Entre el choque y el momento en que lo habían levantado del suelo, un desmayo o lo que fuera no le dejaba ver nada. Y al mismo tiempo tenía la sensación de que ese hueco, esa nada, había durado una eternidad. De todas maneras al salir del pozo negro había sentido casi un alivio mientras los hombres lo alzaban del suelo. Con el dolor del brazo roto, la sangre de la ceja partida, la contusión en la rodilla; con todo eso, un alivio al volver al día y sentirse sostenido y auxiliado. Y era raro.
Ahora volvía a ganarlo el sueño, a tirarlo despacio hacia abajo. Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la posición en que volvía a reconocerse, pero en cambio el olor a humedad, a piedra rezumante de filtraciones, le cerró la garganta y lo obligó a comprender. Quiso enderezarse y sintió las sogas en las muñecas y los tobillos. Estaba estaqueado en el piso, en un suelo de lajas helado y húmedo.
Lejanamente, como filtrándose entre las piedras del calabozo, oyó los atabales de la fiesta. Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Era él que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba vivo, todo su cuerpo se defendía con el grito de lo que iba a venir, del final inevitable. El chirriar de los cerrojos lo sacudió como un látigo. Convulso, retorciéndose, luchó por zafarse de las cuerdas que se le hundían en la carne.
Vio abrirse la doble puerta, y el olor de las antorchas le llegó antes que la luz. Apenas ceñidos con el taparrabos de la ceremonia, los acólitos de los sacerdotes se le acercaron mirándolo con desprecio. Cedieron las sogas, y en su lugar lo aferraron manos calientes, duras como el bronce; se sintió alzado, siempre boca arriba, tironeado por los cuatro acólitos que lo llevaban por el pasadizo.
Salió de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la sombra blanda que lo rodeaba. Pensó que debía haber gritado, pero sus vecinos dormían callados. Cada vez que cerraba los ojos las veía formarse instantáneamente, y se enderezaba aterrado pero gozando a la vez del saber que ahora estaba despierto, que la vigilia lo protegía, que pronto iba a amanecer, con el buen sueño profundo que se tiene a esa hora, sin imágenes, sin nada…
Le costaba mantener los ojos abiertos, la modorra era más fuerte que él. Hizo un último esfuerzo, con la mano sana esbozó un gesto hacia la botella de agua; no llegó a tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío otra vez negro, y el pasadizo seguía interminable, roca tras roca, con súbitas fulguraciones rojizas, y él boca arriba gimió apagadamente porque el techo iba a acabarse, subía, abriéndose como una boca de sombra, y los acólitos se enderezaban y de la altura una luna menguante le cayó en la cara donde los ojos no querían verla, desesperadamente se cerraban y abrían buscando pasar al otro lado, descubrir de nuevo el cielo raso protector de la sala. Y cada vez que se abrían era la noche y la luna mientras lo subían por la escalinata, ahora con la cabeza colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras, las rojas columnas de rojo perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre que chorreaba, y el vaivén de los pies del sacrificado, que arrastraban para tirarlo rodando por las escalinatas del norte. Con una última esperanza apretó los párpados, gimiendo por despertar.
Javier Villegas: Superando Fracturas y Mirando Hacia el Futuro
El 3 de septiembre, Javier Villegas tuvo una dura caída en una práctica en Los Angeles y sufrió severas lesiones que lo dejaron haciendo una delicadada rehabilitación. Fracturas en vértebras lumbares, pelvis y dislocación del fémur derecho fueron algunos de los daños recibidos. A más de un mes del accidente, "Astroboy" Villegas habla con La Tercera y cuenta de su evolución física.
Ya sin muletas y haciendo ejercicios, el campeón mundial de freestyle ve con optimismo su futuro y ya planifica su regreso para 2014. En el último salto sintió que algo se soltó en el manubrio. Miré dónde iba a caer y traté de girar el cuerpo para rodar y absorber la energía.
Los pernos que afirman la base del manubrio fallaron. Al hacer el back flip cedieron, el corte fue limpio y el manubrio quedó afirmado a la moto sólo por cables y mangueras. Estuve 10 semanas sin subir a la moto y espero lo mismo ahora, aunque estoy en carrera conmigo mismo para volver antes y mejor. Estuve una semana en el hospital, nunca estuve tanto tiempo así.
Aquí me vio el doctor Leopoldo Parada y me recomendó subirme a la moto, pero sin acrobacias, sólo para ver cómo reacciona el cuerpo. La idea es que pueda comenzar a competir de a poco. Competí bastante y obtuve buenos resultados, por lo que quedé satisfecho, aunque sí algo decepcionado de no saber si toda la práctica para lograr el oro en X Games valió la pena. Habrá que esperar hasta 2014.
Hubo un daño psicológico como deportista, pero nada fuera de lo normal. Pasa con cada lesión grande, así es que cuando se van los dolores quedas listo para volver a la acción. Por suerte mis sponsors están tranquilos y me dicen que me recupere con calma. El único apuro que tengo es el de poder moverme bien.
Siempre hay temor después de una lesión, piensas si estás listo para sentir el dolor si vuelves a caer, pero es el proceso de cualquier lesión. Mientras haya pasión por lo que hago, todo lo demás pasa a segundo plano. El miedo y el dolor separan a la gente normal de los deportistas alternativos. Mucha gente ve esas dos cosas como el límite de sus habilidades. Yo lo veo como objetivos; superar el miedo y enfrentar el dolor. Si los supero, no hay nada que pueda detenerme. Además, quiero mostrarles a mis hijos que no hay barrera tan alta ni objetivo tan lejano que no se pueda superar con esfuerzo.
Mis dos hijos me atendieron como rey los primeros días, cuando no podía moverme, y mi esposa me ha llevado a todos lados mientras no puedo manejar. Tengo todo su apoyo para volver a las motos, quiero competir mientras el cuerpo lo permita y espero una recuperación total, por lo que creo que aun tengo varios años de competencia.
La Triste Historia Detrás de un Nombre Famoso
Gladis era una hermosa mujer. Eduardo Mortenson había nacido en Noruega en el año 1897. Se transformó en un nómada. El primer esposo de Gladis la había abandonado. Ella estaba sola y sin muchos amigos cuando Eduardo apareció en escena. Las cosas les iban bien. Un día Gladis le dijo a Eduardo que estaba embarazada. Eduardo no dijo nada, solamente la miró, sin ninguna expresión en su cara.
Gladis sugirió que tal vez era el momento para casarse y formar un buen hogar. Eduardo seguía mudo. Durante muchos meses Eduardo iba de una ciudad a otra en su moto. Cierto día, el decidió que tenia que volver a ver a Gladis. Quería conocer el hijo que había tenido con ella. Al pasar un camión, chocó de frente con un auto que venía en dirección contraria. Muy pocos en este planeta no han oído mencionar el nombre de su hija. Triste historia. Un hombre irresponsable, una mujer que se deja llevar por quien sabe cuantas mentiras y promesas.
Susana y "Esperanza": Un Regalo de la Vida Sobre Ruedas
“Viajé sola, lo que fue el sur de Sudamérica. Recorrí Chile entero desde Tierra del Fuego hasta Visviri (Región de Arica y Parinacota). “Todavía uso muletas y manejo motos. Tengo fuerza en mi pura pierna derecha, la izquierda mueve el pie y con ese paso los cambios, pero todo el peso lo mantengo en mi derecha. Mi moto tiene símbolo de discapacidad, está adaptada para poner mi muleta.
“Cada vez que manejo tengo que llegar a ponerme unas máquinas de corrientes en la columna para poder anestesiarme, para poder caminar al día siguiente. Tras su accidente en 2016, cuenta que fue derivada al Hospital San Martín de Quillota, donde le diagnosticaron lesiones leves y la mandaron para su casa.
“Resulta que yo estaba con cuatro vértebras fracturadas en la columna. Me derivaron a 4 meses de hospitalización de neurocirugía en el (Hospital) Van Buren. Pero pese a que los médicos le dijeron que no podía caminar más, ella no se dio por vencido y comenzó a ver tutoriales en Youtube para poder mover las piernas. Luego, la ayudó un amigo motociclista que era kinesiólogo.
Ahora, usa la misma motocicleta que le llegó de regalo de Santiago el mismo día que le dijeron que no podría caminar más. “Mi moto se llama “Esperanza”. Según cuenta, los motoqueros suelen hacer eventos en apoyo a la comunidad, como platos únicos o encuentros de moto. Además, señala que forman redes de apoyo.
Susana es además fundadora y presidenta del motoclub “Faraonas”, donde mujeres motoqueras se reúnen. Señala que antes había mucho machismo, por lo que eran muy pocas, “pero en la actualidad no. “Todas las chiquillas han llegado ya sea porque les gusta las motos, o porque tuvieron problemas en su vida, como violencia intrafamiliar. Muchas compartimos los mismos temas.
El Cine Checoslovaco y las Motocicletas: Un Encuentro Surrealista
Cinco historias al borde del surrealismo, cada una de ellas dirigida por una figura de la nueva ola del cine checoslovaco. La Muerte del Sr. Balthazar (Smrt pana Baltazara), Dirigida por Jiří Menzel....Una pareja lleva a su anciano padre a ver las carreras de motos. La esposa tiene oído perfecto y puede identificar motocicletas por el sonido de su motor. Todos se emborrachan mucho y conocen a un hombre que perdió las piernas en un accidente de motocicleta. Juntos discuten las muertes de sus motociclistas favoritos en accidentes automovilísticos. Comienza la carrera y un motociclista llamado Balthazar choca y muere. El hombre sin piernas comenta que odia que eso siempre suceda cerca de él cuando va a un evento de motociclismo.
Impostores (Podvodníci), Dirigida por Jan Němec....Dos viejos que están a punto de morir se construyen biografías falsas. En la Cafeterìa del Mundo (Automat Svět), Dirigida por Věra Chytilová....Una recepción de boda se lleva a cabo en un restaurante. Romance Dirigida por Jaromil Jireš....

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