El mundo del motociclismo, tradicionalmente dominado por hombres, ha experimentado un cambio significativo en las últimas décadas con la creciente participación de mujeres. Este artículo explora la historia y las experiencias de las mujeres en el motociclismo, desde los desafíos de movilidad en ciudades como Cali y Barranquilla (Colombia) hasta la creación de clubes de motoqueras y su impacto en la sociedad.

Movilidad femenina y desafíos en el espacio público
A partir de información recolectada en campo mediante herramientas etnográficas, como observación exploratoria y grupos focales, se analizan algunas experiencias en cuanto a la movilidad de mujeres en Cali y Barranquilla (Colombia). Los hallazgos se ilustran en narraciones tipo que expresan la forma en que ellas se hacen lugar, se resignifican y ejercen resistencia en el espacio público, lo cual controvierte las nociones tradicionales asociadas a las mujeres en cuanto a movilidad.
En sus experiencias, la precarización laboral y el papel de la economía de cuidado son determinantes en su relación con la movilidad. Por ello, se proponen algunos ajustes en la política pública en torno a la movilidad y el cuidado en busca de mayor equidad para las mujeres.
Catalina inició su relato contándonos que tenía 12 años cuando fue acosada en el sur de Cali mientras se dirigía hacia su colegio. Ella tiene el cabello rubio y unos grandes ojos verdes. Un día cualquiera, cuando caminaba sola por calles solitarias, un hombre mayor -de más de 60 años- en bicicleta la tocó de pies a cabeza. Ella gritó. La reacción de los pocos transeúntes ante su grito de auxilio fue protegerla del riesgo que no podía enfrentar… Catalina necesitaba la protección de otros para movilizarse por la ciudad.
Es creciente la literatura y las políticas que proponen el sexo y el acoso sexual como centrales para entender la relación entre las mujeres y las ciudades. La característica principal de esta relación es el riesgo: las mujeres somos amenazadas en el espacio público y esto conlleva inequidades y asimetrías en el juego social. Sin embargo, esas asimetrías se limitan a la configuración pública de la sexualidad femenina como factor esencial para construir sentido sobre la inequidad en los espacios públicos.
Estos espacios además regulan la existencia del sexo como intimidad en las fronteras de lo privado, construyendo lo público como un escenario fundamentalmente no sexual donde, pese a que se produce con miles de dispositivos de saber/poder, el sexo no se practica (Foucault, 2006). A la sombra de ello, la erotización de la dominación esconde las violencias en todos los lugares (MacKinnon, 1989).
En el 2015, la Encuesta Nacional de Demografía y Salud mostró que las colombianas se enfrentan de manera sistemática al acoso callejero en las diversas ciudades del país. Según sus resultados, el 17, 9 % de las encuestadas afirmaron haber sido tocadas o manoseadas sin su consentimiento. Los escenarios donde ocurrieron estos hechos fueron principalmente en el hogar (35,3 %), en la calle (26,6 %) y en el transporte público (17,7 %) (Ministerio de Salud y Protección Social-Profamilia, 2015). En el caso de Barranquilla, según Bandera de la Hoz y Orozco (2018), las mujeres sufren el doble de situaciones de acoso callejero que los hombres. En Cali, según el Observatorio para la Equidad de las Mujeres (OEM, 2019a), las mujeres se sienten inseguras en el transporte público (41,1 %), en el centro de la ciudad (41,9 %) y en las calles en general (57,9 %). Sus principales alternativas de solución ante esta sensación son no salir (27,7 %) o salir acompañadas (24,4 %).
La violencia en las calles genera que las mujeres nos movamos menos, que circulemos solo a determinadas horas, que gastemos más en desplazarnos y que tengamos menos libertad al decidir por donde movilizarnos, entre muchas otras restricciones. Es, por la misma ruta, también un obstáculo para la confianza, el sentido de posibilidad, las aspiraciones y el crecimiento personal de las mujeres. Definitivamente el espacio no es una entidad a priori homogénea y neutral que antecede a los sujetos, sino que emerge como resultado de un proceso de producción continua. En ese sentido, el espacio violento, como lo reportan investigaciones como las de Graglia, se convierte en una limitación para la autonomía de las mujeres.
Tabla: Percepción de inseguridad en Cali
| Lugar | Porcentaje de mujeres que se sienten inseguras |
|---|---|
| Transporte público | 41,1 % |
| Centro de la ciudad | 41,9 % |
| Calles en general | 57,9 % |
En el marco de este debate entre el feminismo radical, que convierte en central la problemática de la violencia sexual en la relación entre género y espacio público, y las tendencias emergentes que invitan a contemplar otras alternativas, el objetivo de este artículo es analizar las percepciones de algunas mujeres sobre la movilidad en Cali y Barranquilla (Colombia) y ver cómo estas reconfiguran su experiencia del espacio público urbano.
Este trabajo es parte de un proyecto más extenso denominado “La ciudad de las mujeres”, que busca hacer un diagnóstico de la equidad de género en dos ciudades colombianas, Barranquilla y Cali, en torno a cuatro ejes: trabajo, ocio, bienestar y movilidad. Aquí se presentan algunos de los resultados relacionados con el último eje.
Los resultados que acá se presentan se basan en la información obtenida en 10 grupos focales organizados con mujeres de los estratos 1, 2 y 3, todas ellas trabajadoras, la mayoría en el sector informal, en las ciudades de Barranquilla y Cali. Las 67 participantes fueron entrevistadas sobre los mismos temas: uso de transporte público, horarios, medios y destinos; sentimiento de satisfacción o frustración en cuanto al uso y disfrute de los bienes y servicios del espacio público; relación de la movilidad con el mundo del trabajo y relación de la movilidad con el bienestar.
Por esa razón, se recurre a las narraciones tipo para poder capturar esas historias de la vida que reaparecían en diversas voces. Esta estrategia permite simplificar los datos, gestionarlos con mayor eficiencia y presentarlos de forma más concisa sin que las experiencias realmente dicientes pierdan su acento. Además, responde a un objetivo estético y narrativo.
En consecuencia, los resultados se presentan mediante tres relatos ficticios, cada uno construido en torno un solo personaje (Ana, Débora y Teresa), pero que representan la experiencia de varias de las participantes. Todos los nombres, apellidos y evidencias directas a su existencia han sido alterados o eliminados.
Este trabajo se cataloga como feminista en la medida que enfatiza la preocupación por la igualdad de las mujeres en el centro de la discusión y busca, en el mismo despliegue de la metodología, un reconocimiento de la mujer y su dignidad.
Ana: Mototaxista y resistencia en Barranquilla
Ana es barranquillera y labora hace cinco años como mototaxista. Este trabajo es una forma de huir del que era su único destino: ser una empleada doméstica de una familia de clase alta. Tiene 29 años y dos hijas pequeñas, de cinco y siete años.
Ana cuenta que en su trabajo debe afrontar diversos obstáculos diarios. Sus compañeros mototaxistas y sus vecinos la acusan -de forma violenta- de ser lesbiana, como lo hacen también con varias de sus compañeras, quienes son expulsadas de las esquinas de trabajo o son golpeadas mientras hacen los recorridos. Pese a ello, según relata, la independencia que gana con la moto compensa los riesgos que corre: puede recoger a sus hijas, estar más cerca de ellas, tener horarios flexibles, ir a la casa en caso de cualquier eventualidad y servirle a su familia.
Ella hace las carreras de sus hermanas, de los hijos de sus primas, de su madre cuando va al médico o de las vecinas urgidas del barrio. Además, cuenta con la confianza de muchas personas que prefieren su servicio por ser mujer: tiene contratos a largo plazo para llevar y recoger a varios niños en colegios y escuelas, y lo mismo hace con varias de sus amigas, a quienes les ofrece facilidad en el pago (a plazos, posterior, en especie). Esta clase de opciones en su servicio han hecho que su trabajo en el mototaxi sea un éxito.
Ana es lesbiana. Su moto le permite ver a su pareja con frecuencia. Sus hijas se enteraron hace poco de su orientación sexual y han venido aceptándolo, por lo que aún no viven juntas. Lidiar con la posibilidad del rechazo y su trabajo ha sido un reto.
Clubes de motoqueras: Hermandad y empoderamiento
En Chile, la creación de clubes de motoqueras ha sido un fenómeno creciente. Clubes como "Ángeles al viento", "Viudas negras" y "Las sueltas" forman parte de la primera generación y han abierto camino para muchas otras agrupaciones de mujeres unidas en torno al motociclismo.
Valentina Flores, encargada de márketing de Harley Davidson Chile, corrobora que se trata de una nueva tendencia. "En los últimos tres años ha sido más fuerte el tema de las mujeres arriba de las motos. En particular, hablando desde nuestra marca, tenemos alrededor de 60 mujeres con motocicletas, que vienen y tienen sus grupos. Entonces ya es un nicho que marca la diferencia y que también rompe el esquema", dice Flores.
Carla Tejos (45), creadora de la fan page "Mujeres Moteras de Chile", afirma: "Ahora hay muchas mujeres en moto, aunque todavía seguimos siendo pocas a la vista del mundo, en la calle, estamos logrando sacar nuestra fuerza. Yo me siento espectacular en mi moto, me creo la muerte".
Estos clubes no solo comparten la pasión por las motos, sino que también fomentan la hermandad, el compañerismo y el apoyo mutuo. Realizan actividades a beneficio y se apoyan entre ellas en diversas circunstancias.

Estela Lizama (36), creadora de "Las sueltas", destaca que "Independencia y libertad" es el lema que escogió para su club, en honor a las posibilidades que, según ella, entrega el andar en moto. "Nosotras no aceptamos hombres y somos súper feministas. Si vamos en caravana y un esposo o pololo va con nosotras, él sabe que no puede sobrepasarnos, él siempre va al final", dice Estela.
Más allá de los parches y los logos, de las diferencias en el número, la antigüedad y las reglas, los clubes y grupos de mujeres motoqueras tienen en común los conceptos que los guían: libertad, respeto, hermandad y solidaridad se repiten cada vez que a una motoquera le preguntan por los principios que caracterizan a su grupo.
Para finalizar, la presidenta de "Viudas negras" lo confirma. Hace seis años tuvo un accidente grave y se quebró una pierna en tres partes. Entonces, su familia, que reclamaba por la falta de tiempo de Maritza, pensó que ella dejaría las motos. No fue así. "Estuve dos años sin caminar y adapté la moto para viajar. Es que esto es una pasión, yo creo que se lleva en las venas. No se te quitan las ganas del viento."