Como experiencia vital, la muerte pareciera no ser parte de la vida. No se habla ni se educa para la muerte. No obstante, la crisis sanitaria del 2020 la ha convertido en un asunto acuciante y las instituciones educativas han de prepararse para educarla.
Este trabajo aborda la muerte en la escuela desde la perspectiva de distintos actores educativos. Se entrevistó a docentes, equipos directivos, padres y apoderados de kínder a 6° básico de tres comunidades educativas para conocer cómo abordan la muerte.
Los resultados evidencian la transversalidad de la muerte pero, al mismo tiempo, prácticas institucionales muy diversas mediadas por el capital profesional de las instituciones educativas, su mayor o menor adhesión a la fe y su nivel socioeconómico.
Además, se detectan tensiones como la falta de formación de los docentes en el tema, la inexistencia de visiones compartidas y de lineamientos de acción que orienten a las comunidades educativas.
Como espacio social, la institución escolar suele recoger y reflejar los cambios, demandas, desafíos, avances y complejidades de la vida, de tal forma que lo que ocurre en el mundo del día a día se tematiza y aborda pedagógicamente para promover los procesos de inserción y cambio social que las nuevas generaciones han de enfrentar.
No obstante, existen ciertos ámbitos de la vida que han estado tradicionalmente ausentes del quehacer escolar, aun cuando sean un componente ineludible de éste. Tal es el caso de la muerte. No nos resulta espontáneo hablar sobre la muerte y menos aún con quienes, por ciclo vital, están lejos de vivirla o parecieran estarlo.
El presente trabajo da cuenta de una investigación sobre la muerte en la escuela desde la perspectiva de distintos actores educativos. Se entrevistó a docentes, equipos directivos, padres y apoderados de kínder a 6° básico para conocer cómo abordan esta experiencia, ya sea porque se ha incorporado su tratamiento en el currículo escolar o porque se ven enfrentados a reaccionar cuando se presentan episodios de muerte de algún miembro de la comunidad educativa.
Teniendo presente que las experiencias vinculadas a la muerte son altamente personales, contextuales y mediadas por las especificidades culturales (Holcomb et al., 1993; Neimeyer & Ramírez, 2007), se estudiaron experiencias y prácticas pedagógicas vinculadas a la muerte en tres establecimientos educativos de la Región Metropolitana muy distintos entre sí, atendiendo de esta forma a la diversidad social y cultural que caracteriza al país.
Por la complejidad y novedad del tema en el contexto escolar chileno, se focalizó el análisis en las principales tensiones que plantea esta dimensión de la formación personal de las y los estudiantes y en las prácticas que desarrollan las comunidades educativas al respecto.
De esta forma, se pudo acceder y ahondar en los significados que los distintos actores tienen sobre la muerte, visibilizando temas y prácticas educativas relacionadas con el abordaje y acompañamiento de los estudiantes y familia cuando se enfrenta la pérdida de un ser querido.
La relevancia de este estudio radica en la oportunidad de poder sistematizar información y experiencias de un tema escasamente abordado en nuestro país. Esto cobra urgencia si se considera que una vez superada la crisis sanitaria del COVID-19, los estudiantes retornarán más sensibilizados y afectados con la experiencia de muerte de algún familiar o persona cercana.
De esta forma, los resultados y conclusiones de este estudio pueden contribuir a visualizar lineamientos y estrategias concretas para enfrentar el abordaje pedagógico de la muerte, siendo la escuela un espacio educativo clave para pensar e implementar acciones de esta naturaleza.
En una trayectoria escolar habitual en nuestro país, al egresar del sistema escolar los estudiantes habrán estado al menos 12 años en una o varias instituciones educativas. En este período habrán compartido con diversos estudiantes, docentes, directivos y profesionales del campo de la educación.
Probablemente, habrán tenido logros, dificultades y desafíos de diversa índole y, muy probablemente también, se habrán enfrentado a algún episodio de muerte ya sea de su contexto familiar o escolar.
Según datos del PNUD (2018), durante el año 2018 el 31% de los estudiantes chilenos de último año de Educación Media señala haber experimentado un dolor relevante durante el año, como por ejemplo la muerte de un cercano. Anualmente muere una niña o niño cada cinco establecimientos educacionales en promedio (INE, 2018). Estos datos se ven considerablemente aumentados por la crisis sanitaria del COVID-19, colocando a nuestro país dentro de los primeros con mayor tasa de mortalidad (OMS, 2020).

Que la muerte es parte de la vida de todos no cabe duda. Sin embargo, qué tanto la escuela se hace parte de esta experiencia y acompaña a los estudiantes sí plantea diversas interrogantes. Por ejemplo, cómo este fenómeno se incorpora en el curriculum escolar, qué preparación requieren los docentes para su abordaje, o si existen o no protocolos, entre otras.
En este sentido, en los últimos 40 años se han ido consolidando líneas de investigación en el campo de la educación que proponen que es tarea de la escuela abordar, preparar y prepararse para la muerte (Cantero, 2013; de la Herrán & Cortina, 2009; Eyzaguirre, 2000; Gorosabel-Odriozola & León-Mejía, 2016).
En términos prácticos, las escuelas parecen estar en una posición única para ayudar a los escolares que han de enfrentar situaciones de muerte pues, a pesar de que la muerte y el duelo son asuntos íntimos y familiares, potencialmente afectarán a los escolares mientras están en la escuela (McEvoy et al., 2002).
Como plantea Schonfeld (2019), en el quehacer profesional de un docente es probable que surjan preguntas sobre la muerte y que algunos de sus estudiantes experimenten pérdidas de familiares, amigos y mascotas, entre otros. En consecuencia, los estudiantes pasarán por un proceso de duelo y demandarán apoyo y respuestas de sus profesores.
De esta forma, la escuela puede ser un refugio seguro e incluso una “segunda familia” que se vea exigida de respuestas ante situaciones de muerte (Lowton & Higginson, 2003). En la misma línea, Bowie (2000) señala que la muerte es un asunto que preocupa a los escolares.
En efecto, al interior de nuestra sociedad prevalece la idea de que la educación para la muerte es mejor que sea enseñada en el hogar y que es responsabilidad de los padres formar a sus hijos para enfrentarla. Sin embargo, esta postura desconoce que la manera habitual en que se aborda la muerte en el hogar es a través del silencio (Noppe 2007b, en Mascarenhas & Testoni, 2011-2012).
Es por ello que diversos investigadores plantean que el carácter cotidiano de la muerte amerita que permitamos a los niños desde muy pequeños involucrarse en dicha experiencia, conocer y desarrollar este concepto, así como también preparar a las escuelas para ser un soporte y guía a la que puedan recurrir sus estudiantes frente a esta experiencia (Colomo & Cívico, 2018; Gorosabel-Odriozola & León-Mejía, 2016; Rodríguez et al., 2012).
La escuela es un lugar privilegiado y universalmente disponible para abordar este tema porque permite a los estudiantes comenzar a aprender sobre la muerte en un entorno protegido, empatizando con situaciones que a futuro tendrán que enfrentar (Mahon et al., 1999). Además, desde una perspectiva humanista, enfrentarnos a la muerte tiene un valor formativo al estar en relación con la dimensión espiritual del ser humano, ya que posibilita que emerjan preguntas sobre la vida y su sentido (Rodríguez et al., 2012).
A pesar de ello, el tratamiento de la muerte sigue siendo un tema tabú, muchas escuelas se niegan a ser parte de investigaciones sobre el tema y los docentes reconocen que no han tenido formación profesional sobre este aspecto (Stevenson, 2004), siendo un tópico escasamente discutido y enseñado en los currículos de formación profesional (McGovern & Barry, 2000; Wass, 2004).
Y si bien hoy el tema de la muerte no forma parte de manera explícita de las propuestas curriculares nacionales, sí se hace mención en la Ley General de Educación - LGE - (Ley N° 20.370, 2009). En dicho documento se plantea que la escuela ha de promover “la reflexión sobre la existencia humana, su sentido, finitud y trascendencia, de manera que las y los estudiantes comiencen a buscar respuestas a las grandes preguntas que acompañan al ser humano.” (p. 25).
En esta misma línea, la Convención de los Derechos del Niño a la que adhiere Chile desde el año 1990, reconoce la importancia de preparar a los niños para los distintos desafíos de la vida, de los cuales tratar de aceptar la muerte es para muchos el desafío más difícil de todos (art. 29).
Pedagogía de la Muerte vs. Educación para la Muerte
La revisión bibliográfica sobre investigaciones vinculadas al tema de la muerte en el contexto escolar permite identificar, en términos generales, dos posicionamientos que emergen de contextos socioculturales y académicos muy distintos, pero que coinciden en preocupaciones y objetivos en el abordaje de la muerte en la escuela. Estos son la Pedagogía de la Muerte (Affifi & Christie, 2019; de la Herrán & Cortina, 2007) y la Educación para la Muerte (Cantero, 2013; Fonseca & Testoni, 2011).
El enfoque de Pedagogía de la Muerte se ha desarrollado principalmente en España, consolidándose como un ámbito de investigación, formación e innovación educativa emergente (de la Herrán & Cortina, 2007; Rodríguez Herrero et al., 2019). Esta perspectiva surge producto de la ausencia de enfoques pedagógicos claros o metodologías que orienten a los profesores para tratar situaciones de muerte en la escuela (Feijoo & Pardo, 2003; Otero & Soares, 2012), pero de un modo más bien prescriptivo y normalizado.
Por ejemplo, qué y cómo abordar la muerte en la escuela (Rodríguez & Cortina, 2015), qué tipo de recursos utilizar (Colomo, 2016), qué acciones institucionales, preventivas y paliativas se han de implementar cuando se presentan episodios de muerte en una escuela (Gorosabel-Odriozola & León-Mejía, 2016), o cómo incorporar este tema en el currículo escolar y qué tan preparados están los docentes para enseñarlo (Colomo & Cívico, 2018).
El enfoque de Educación para la Muerte, en cambio, surge fundamentalmente en Estados Unidos desde el campo de la Tanatología, empleando una visión interdisciplinaria para dar cuenta de la necesidad de preparar a las personas para vivir y acompañar la muerte (Mascarenhas & Testoni, 2011).
La aproximación interdisciplinar de la Educación para la muerte plantea cuestionamientos de carácter subjetivo que han llevado al estudio de actitudes, creencias, experiencias y prácticas de distintos actores educativos, en una relación mucho más estrecha con las ciencias de la salud y la psicología.
Así, es habitual que se considere a los docentes con similares demandas formativas que los profesionales de la salud respecto del tema de la muerte (Engarhos et al., 2013; Fonseca & Testoni, 2011).
La revisión de la literatura constata que la muerte en la escuela es un tema escasamente investigado en Chile. Solamente se encontró una investigación acerca de las creencias y percepciones de la población en general respecto de temas como la secularización de la muerte, las experiencias y creencias personales al respecto y la mediatización del morir (DESUC, 2015).
En cambio, en países anglosajones se aprecia un amplio campo de estudio focalizado en aspectos subjetivos relacionados en cómo distintos actores educativos entienden, sienten y viven las experiencias de muerte (Engarhos et al., 2013; Gorosabel-Odriozola & León-Mejía, 2016; Rodríguez et al., 2019; Wass, 2004).
Por ejemplo, qué creencias tienen docentes y padres sobre el abordaje de la muerte en la escuela (Kovács, 2012; McGovern & Barry, 2000), o qué tan preparados se sienten los futuros docentes para abordarla con sus estudiantes (Galende, 2015).
Las investigaciones ponen de manifiesto la relevancia de acceder a las experiencias y prácticas escolares vinculadas a la muerte a través de la voz de los actores educativos, avanzando hacia enfoques más pertinentes para el trabajo de este tema (Eyzaguirre, 2000; Pfeiffer, 2003). A su vez, los instrumentos de carácter más abierto y orales permiten que, junto con el levantamiento de la información, los actores educativos participantes puedan reconectarse en profundidad con sus experiencias y contribuir a una reflexión positiva sobre la pérdida (Bolkan et al., 2015).
En resumen, la investigación sobre la muerte en la escuela si bien lleva década de desarrollo en el mundo, es un campo incipiente en Chile y se ha estudiado fuera del ámbito escolar a través de cuestionarios o instrumentos cerrados que acceden a una dimensión subjetiva, personal, e individual.
El presente trabajo da cuenta de un estudio inédito que indaga esta temática desde una mirada más comunitaria: la escuela, expresada a través de la voz de distintos actores educativos. Además, es una investigación en profundidad ya que analiza narraciones extensas de padres y apoderados, docentes y equipos directivos. Si bien en esta investigación se accede a los significados personales, se los estudia en el contexto de cada institución educativa y teniendo presente las características específicas de cada una ellas.

El objetivo de este estudio fue analizar experiencias y prácticas pedagógicas vinculadas a la muerte en tres establecimientos educativos de la Región Metropolitana para caracterizar, desde la voz de los actores educativos, las principales tensiones que plantea esta dimensión en la formación de las y los estudiantes en sus primeros años de escolaridad. Se indagó en las prácticas que cada institución emplea para abordar situaciones de muerte y las tensiones que emergen de estas. Metodológicamente, se realiza un estudio de casos múltiples con la finalidad de obtener una descripción en profundidad del fenómeno en estudio en su contexto (Yin, 2009). Los casos corresponden a tres instituciones educativas: un establecimiento confesional perteneciente a una congregación religiosa de nivel socioeconómico alto y de dependencia particular pagada.
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