La vida de un artista flamenco es un tapiz tejido con hilos de pasión, sacrificio y profunda conexión con sus raíces. En este contexto, exploramos la biografía de un maestro cuyo impacto ha trascendido generaciones. Séptimo capítulo de EL LOCO DEL FLAMENCO: serie audiovisual de Manuel Bohórquez.
Un maestro lo es en todo y usted lo es del arte y de la vida. Su biografía es la de un chiquillo pobre de Puente Genil (Córdoba), que se echó al ruedo del cante no solo por vocación sino por necesidad.
Dijo Maruja Torres que “un buen maestro hace que el mal estudiante se convierta en bueno y el buen estudiante en superior”. Enrique Morente solía decir que no existían los maestros, sino los que quieren aprender. Sigo creyendo en los maestros, don Antonio.
Nada habría sido igual en mi vida de aficionado al flamenco, y de crítico, sin usted, admirado maestro, como no hubiera sido igual sin otros maestros de su tiempo: Mairena, Lebrijano, Morente o Camarón. Pero en usted vi siempre al Maestro con mayúsculas, alguien en quien se podía confiar.
Le valoro como cantaor, uno de los grandes, pero he de reconocerle que cuando empezaba a coquetear con el cante, en los setenta, usted no estaba entre mis favoritos. Su voz me resultaba dura y tuve que aprender a apreciarla en complot con mi piel. Pero todo fue escucharlo por primera vez en un festival, el de Puente Genil, su pueblo, verle cómo se peleaba con los tercios, y entender que aquello era de otro mundo.
Sin que usted se haya dado cuenta, he estado presente en episodios de su vida que son parte fundamental de su biografía más íntima. No olvidaré jamás lo mal que lo pasó en el Giraldillo del Cante, de la primera Bienal de Flamenco de Sevilla, al que no renunció porque le pidieron que fuera a darle prestigio al concurso, y lo hizo.
Que le hablen a usted de fatigas o duquelas, maestro. Que le cuenten historias para no dormir. Que vengan algunos a darle lecciones de penurias. Luego dicen que el cante de determinados artistas, sobre todo gitanos, duele por las fatigas que han pasado.
Es un honor ser su amigo, maestro, y haber coincidido con usted en el tiempo. Haber vivido tantas noches de arte en los festivales y las peñas flamencas. Que siga ahí, vivo, en forma, con la cabeza tan bien amueblada como siempre, es un regalo de incalculable valor. Lo fue también estar dos días con usted en Puente Genil y Castro del Río, en su Córdoba del alma, asistiendo a un nuevo y más que merecido homenaje.
Larga vida, maestro, y gracias por todo.
Antonio Fernández Díaz ‘Fosforito’ y Manuel Bohórquez. Hotel Las Acacias, de Puente Genil, Córdoba. Septiembre 2021.
