Exploraciones Literarias y Reflexiones Personales: Un Viaje a Través de la Lectura y la Experiencia

En un recorrido personal marcado por la literatura y la experiencia, se exploran las complejidades de la creación, la crítica y la búsqueda de la voz propia. Este viaje se adentra en las profundidades de la lectura, la adicción y el desencanto, buscando conexiones entre autores, ideas y vivencias.

Una experiencia intensa en Lisboa, marcada por sentimientos encontrados, sirve como punto de partida para reflexionar sobre la influencia de la ciudad en la literatura y la cultura. Se menciona la obra de Vila-Matas y Tabucchi, así como la popularidad del grupo Madredeus, contrastada con la autenticidad de los fados de Amália Rodrigues.

En un viaje relámpago a Badajoz, en la recóndita librería "Universitas", se adquiere "Cocaína (Manual del usuario)", una adquisición que plantea interrogantes sobre la exploración de los abismos y la necesidad de estar bien equipado para enfrentarlos. ¿Para qué darse una vuelta en Cova da Moura, barrio ubicado en la periferia y mejor conocido como la favela europea? Yo lo hice, montado en mi bicicleta porque no hay calles: todos son senderos de tierra que suben y bajan.

Meses antes, en septiembre de 2003, Julio Trujillo aterrizaba en Chicago con su segundo libro en mano, El perro de Koudelka. En un viaje relámpago de fin de semana a la ciudad de México, me hice con el primer libro de poesía que leí de Julián Herbert, Kubla Khan, reseñado por Julio Trujillo y donde concluye, contundente como era el Trujis, lo siguiente: “Kubla Khan fue una de las mejores noticias del año pasado.

La leyenda urbana, bien podría ser también calificada como campirana, que prescribe que el escritor debe encontrar su voz, nunca me ha convencido. Es más, me parece una reverenda idiotez. Una de las cosas que encuentro más irritantes en las redes sociales son los discursos políticos de mis amigos latinoamericanos avecindados en Estados Unidos, alumnos de maestría y doctorado en estudios culturales. Para sustentar dicha condición como mero lector, me sobran y bastan, en primer lugar, Ítalo Calvino, tan dado a enumerar propuestas y definiciones, en este caso: qué es un clásico.

Toca ahora checar qué dice un poeta, bastante buen poeta ―en ocasiones desdeñado entre algunos poetas y lectores de poesía por la vulgar pulsión de querer hacerse pasar por sofisticados―, la encarnación misma de la costa californiana, Kenneth Rexroth, desencantado de todo, empezando por los beats, pero siempre con la mirada puesta en el cambio de las estaciones del año.

Empiezo -ya me tardé, paciencia damas y caballeros- por las aproximaciones que argumentan y sostienen el primer ensayo acerca de la respiración. Un ejemplo que resulta evidente en sí mismo, y que, como señalé antes, es una muestra del trabajo que se toma Julián para encontrar afinidades y contradicciones en sus lecturas de muy distintos autores: “aquí entra un prejuicio que muchos escritores tienen a la hora de pensar en términos respiratorios: la idea (no por cómoda menos ilusoria) de que la prosa es una entidad divorciada de la versificación.” En efecto, hay prosistas que encuentran el tono y el ritmo de una frase, de un párrafo, de un capítulo y de una novela en un verso, un terceto, un cuarteto. Y tengo para mí que eso se nota.

Acerca de las adicciones ―eso entiendo, pero puedo equivocarme― como recurso alterno a los ejercicios que le otorgan aliento al escritor, Herbert concluye: “Creo, sin embargo, ―y esto es pura malignidad―, que el alcohol les dio siempre mejores resultados a Bukowski o a Fitzgerald que el hábito de correr a Murakami.” Ni que lo digas. En su entrevista con el fundador de The Paris Review, el personajazo George Plimton, le revela: “Let’s face it, escribir es un infierno” ―algo no muy alejado de lo que, sentados una tarde en su legendaria veranda, armados cada uno con su respectivo un vaso de refrescante Campari, Alejandro Rossi me confesó: “Me parece que escribir es un acto no natural en el hombre: sentarse a hacerlo puede ser una pesadilla.

Es bueno decirlo, porque alguien sin experiencia podría creer que si no tiene ganas de escribir, entonces no sirve para eso. Es mentira, todas las personas pasan por estos sudores. Así pues, donde Styron, the third wheel, se pondría a tono con Buko y Francis Scott, y ya estaríamos hablando de un triciclo dotado con un turbomotor, sería al final de la jornada, según los hábitos de trabajo de los que le habló a Plimton―sustancia que atraviesa Suerte de principiante.

Dice Styron: “Yo empiezo a escribir después del mediodía. Ya lo dice el propio Herbert de otra manera no menos elocuente: “Se escribe para entender, no para expresar” […] Uno tiene que inventar o descubrir los diferentes procesos que facilitarán su trabajo a lo largo de los años y dependiendo de la economía específica de cada proyecto. Todavía en el primer ensayo relativo a la respiración, a partir de o como derivación de la lectura de un célebre neurocientífico que ensaya y divulga como el escritor consumado que es, me refiero a António Damásio, así como del crítico literario más vilipendiado y a la vez comúnmente más acertado en sus juicios, autor de una obra descomunal al que más adelante regresa Julián: Harold Bloom.

De ahí que, a lo largo de Suerte de principiante, Herbert haga múltiples viajes de ida y vuelta entre el budismo y el pensamiento occidental, del cual forma parte la literatura. El punto que quiero destacar aquí es el recorrido, a ratos paralelo, con el reconocido astrofísico, filósofo y especialista en distintas corrientes del budismo, Juan Arnau, en el arte de abrirse el singular camino.

Cito in extenso a Arnau, de su libro En la mente del mundo. La invención de lo cotidiano es un arte. Un arte que hace que lo cotidiano nos sorprenda, que adquiera un nuevo cariz […] De ese modo ventilamos la mente, evitamos ahogarnos en el torrente de nuestros pensamientos. La gran invención del budismo fue precisamente advertir que el único refugio seguro reside en ciertas actitudes que la mente despierta, cuando ésta se aquieta y se acompasa con el ritmo de la respiración, cuando soltamos el lastre del yo y de lo mío, de los miedos y de los intereses.

Los budistas hablan de brahmavihārā, o de «cuatro moradas sagradas»: la de la bondad, la de la empatía, la de la alegría y la de la ecuanimidad. Todas estas moradas no están bajo tierra, en un búnker inexpugnable, ni en un cielo fuera de nuestro alcance, tampoco escondidas en lo profundo del bosque o en alta mar. Están en la mente del ser humano. Es posible refugiarse en ellas cuando parece que la vida no da tregua, en esos momentos en los que nos asedian la soledad o la tristeza. Creo que todos necesitamos un bushidō. La parte más importante de esa palabra es dō: significa «práctica, camino u oficio».

El mundo social es imperfecto, injusto, cruel incluso. Pero está ahí, tiene sus propias reglas, y cada persona va a encontrar tarde o temprano su lugar en esa dimensión. Para esbozar una respuesta que tenga y se sostenga en referentes literarios, recurre a Harold Bloom, quien es fama que, en público abominaba de Her Doctor Freud mientras que en privado, siempre fue un amor peleonero, y con objeto de responderse a sí mismo, Julián hace una valiosa y bien cimentada interpretación del gran crítico y profesor de Yale, que además prolonga hasta nuestros días: “Asegura Harold Bloom que algunas de las ideas más interesantes de Freud sobre la conciencia provienen de ese momento en el que el personaje se escucha a sí mismo por accidente.

La conciencia escindida de Hamlet participa, en muchos aspectos, de cómo nos relacionamos cotidianamente, por ejemplo, en las redes sociales. No solo desarrolla la disyunción de ser esto o aquello, sino la duda cognitiva de estar en un plano de «realidad» ―en un mundo― o en otro […] Bloom, quien describe al príncipe de Dinamarca como «uno de los grandes ironistas de la época clásica», se pregunta: ¿quién es el creador de la representación que Hamlet está dirigiendo? ¿William Shakespeare?

Peor aún: lo que se presenta como posibilidad de un diálogo acerca de un texto en el cual participarían todos ―¿Quiénes son todos?: los profesores de literatura y estudios culturales que se comunican entre sí publicando en revistas especializadas y Journals de acceso restringido―, es en los hechos el empeño en la desaparición, muerte, ausencia del autor, bajo el supuesto surgimiento, resurgimiento y deconstrucción del “discurso” contenido en el Texto. No por nada el pensador y filósofo José Guilherme Merquior ―premeditadamente arrinconado al olvido y leído por una minoría, autor de una obra maestra de historia de las ideas antropológicas, filosóficas y literarias: De Praga a París.

Todo lo anterior me lleva a celebrar la ausencia de prejuicios, lugares comunes y hasta de odio y animadversión, hacia la figura ―controvertida, sin duda alguna― y vasta y obra de Harold Bloom, por parte de Julián. Podría hablar de su compromiso irrenunciable, en múltiples ocasiones expresadas, no precisamente de una manera dichosa o redentora ―más bien siempre aparecía deprimido, pero su fe en el poder transformativo de la literatura, ajeno a idioteces como “leo para ser más feliz y encontrarme a mí mismo”, era su forma de estar en el mundo, apoyado en el conocimiento, la erudición y el vínculo, casi trascendental que todo ello le proveía con cuanto ocurría a su alrededor.

Especialmente a la luz de los tiempos que corren. Mi razón para verter mala leche contra los resentidos (o más bien, contra el resentimiento como fenómeno contemporáneo) tiene que ver con una cuestión de índole estética, no ética. Julián hace inmediata referencia a Karl Kraus, de quien dice, con razón si uno tiene a la mano esa joya de selectos improperios y del arte de ofender, Contra los periodistas y otros contras y que lejanamente lo acercan a William Hazlitt, autor de un suculento ensayo, “On the Pleasure of Hating”, que publicó por primera vez en 1826 en su versión original en la revista The Plain Speaker.

Para Herbert, el asunto se concentra en “la teoría mítica que recorre el mundo y es, me parece, una falacia”, refiriéndose a que “[…] es verdad que el reconocimiento es inequitativo en términos raciales, económicos y de género, nunca negaría eso. Pero es engañoso afirmar que la mayoría de los genios fueron ignorados en vida […] W.H. En este punto en particular, no puedo estar más de acuerdo ―especialmente si tomo en cuenta el deceso de un amigo, también transterrado de su tierra natal, que con razón le resultaba asfixiante y que sabía todo de la vida y obra de Auden.

Aquí sin duda coincido, pero en La tertulia me enfrascaría gustoso con Julián en un vertiginoso ping-pong de alegatos bizantinos para ponerle su pimienta a la conversación: ¿cómo qué tan leído habrá sido, por ejemplo, el mero mero inventor de la poesía yámbica, Arquíloco de Paros, cuando era u...

En resumen, este texto explora la complejidad de la experiencia humana a través de la literatura, la adicción y la reflexión personal. Se destaca la importancia de la lectura crítica, el cuestionamiento de las convenciones y la búsqueda de la voz propia en un mundo imperfecto.

El Canón literario de Harold Bloom

Autores Mencionados

Autor Obra(s) Mencionada(s)
Julián Herbert Kubla Khan, Suerte de principiante
Harold Bloom (Obra vasta, no especificada en detalle)
Julio Trujillo El perro de Koudelka
António Damásio (Obra ensayística y de divulgación científica)
Juan Arnau En la mente del mundo
Karl Kraus Contra los periodistas y otros contras
William Hazlitt "On the Pleasure of Hating"

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