La París-Roubaix, también conocida como "El infierno del norte" o "La clásica de las clásicas", es una carrera de un día profesional de ciclismo en ruta que se disputa en la zona septentrional de Francia. Es una tradicional carrera ciclista francesa conocida también por otros títulos evocadores como "La clásica de las clásicas" y "La última locura". Siendo la extrema dureza una de las características de esta carrera, los rostros llenos de barro de los corredores de alguna forma simbolizan esta prueba.
Considerada una de las pruebas más duras a nivel físico por el pavé sobre el que transcurre, se disputa desde 1896 y solo ha sido interrumpida por las dos Guerras Mundiales. La carrera nació del ímpetu de dos empresarios textiles de Roubaix, la ciudad del norte de Francia, muy próxima a la frontera con Bélgica, que en su día fue conocida como la Manchester francesa por su enorme potencial como centro industrial textil.
La creación de la París-Roubaix fue impulsada por el diario deportivo Le Vélo. En un principio unía los 300 kilómetros que separaban el norte de París con Roubaix. Desde entonces la prueba solo ha dejado de disputarse en 7 ocasiones, todas motivadas por las dos Guerras Mundiales, de 1915 a 1918 y de 1940 a 1942. Hasta 1966 continuó saliendo de París pero ese año se cambió su lugar de salida a la localidad de Chantilly, 50 kilómetros al norte de París. Posteriormente, en 1977 volvió a cambiarse, esta vez a Compiègne. Cubre unos 260 kilómetros aproximadamente entre Compiègne, cerca de París y el velódromo de Roubaix, en la región de Alta Francia.

¿Qué hace única a la París-Roubaix?
Lo que convierte a la París-Roubaix en una carrera única es la extrema dureza del terreno por el que se disputa, el pavé. Pese a que existen otras pruebas que transcurren por tramos adoquinados, ninguna de ellas acumula tantos kilómetros sobre este tipo de superficie, rondando siempre, según el recorrido, los 50 kilómetros. Estos tramos, cerca de 30, que se suceden más o menos desde el kilómetro 100 de la prueba hasta la misma localidad de Roubaix, pueden llegar a rondar los 4 kilómetros y están calificados con estrellas, siendo aquellos de 5 estrellas los considerados de mayor dureza.
Ésta categorización se establece en función del trazado del tramo, de su distancia (algunos de hasta casi 4 kilómetros) y del estado en que se encuentre el pavés. Espaciados en diferentes tramos durante los últimos dos tercios de la prueba, el terreno irregular dificulta enormemente el pedaleo en bicicleta de carretera, a lo que se suma normalmente que casi siempre llueve durante la prueba, o ha llovido en días o horas anteriores. La mezcla de terreno irregular, polvo, arena, barro, caídas multitudinarias y carrera de un día hacen que sea una prueba televisivamente muy atractiva.
La prueba fue idea de dos empresarios de la zona de Roubaix e impulsada por el diario deportivo Le Vélo. Vieron el recorrido como un entrenamiento perfecto para la Burdeos-París, la prueba más famosa en aquel momento.
Es costumbre que los aficionados al ciclismo recorran, los días previos al gran evento deportivo, los 257,5 kilómetros del recorrido o que realicen algunos tramos de pavé. Si les preguntas por qué lo hacen te responden que es ‘una experiencia muy gratificante’ y que ‘todo ciclista tiene que venir aquí y recorrer las calles adoquinadas de la Roubaix’. Estas se concentran en los últimos 90 kilómetros y son las más temidas.
Los Sectores de Pavé Más Emblemáticos
El punto culminante e imagen simbólica de la extrema dureza y singularidad de esta carrera es la Trouée de Arenberg. Situado a 89 kilómetros de meta y cualificado con cinco estrellas de dificultad. Es el sector por excelencia de la carrera y el más deseado por cualquier ciclista. 2.400 metros con diabólicos adoquines.
El mítico Mons-en-Pévèle es también un cinco estrellas. Tramo de pavés polvorientos de 3.000 metros de longitud con un trazado irregular. Lo bueno, tiene partes que pueden servir para un buen paseo con la familia. Aquí se encuentra el famoso ‘giro a la izquierda’ de 90 grados, lugar donde se suelen instalar los aficionados y hacer noche.
A campo abierto se ubica el tercer tramo con cinco estrellas. El corazón de la leyenda, el Carrefour de l'Arbre. Unos 2.000 metros de pavés y a 15 kilómetros de meta. Normalmente es el paso clave de la carrera ya que es terreno propicio para los últimos ataques. Su trazado pasa por al lado del restaurante de una estrella Michelin, L'Arbre.
A 15 kilómetros de Roubaix, aparece el Carrefour de L'Arbre. Dificultad cinco estrellas (máxima): 2.100 metros infernales. Un pedregal infame donde es más fácil caerse que pedalear. A esas alturas, los consejos de Horrillo no sirven para nada. Se pedalea por instinto, con el único objetivo de salir al asfalto.
En un ambiente festivo, el mítico Velodrome de Roubaix, espera a los ciclistas que dejan atrás el infierno de los pavés. Los aficionados se preparan para ver llegar a los corredores a la Tierra Prometida. Pero durante la mañana el Velo Club du Roubaix, situado justo a la entrada del velódromo y junto al 'gran adoquín' la escultura homenaje a la prueba, se convierte en centro de peregrinación para aficionados y curiosos del ciclismo. En el bar se puede comprar una reproducción del trofeo, un pavé.

Consejos para Afrontar el Pavé
Los consejos son de Pedro Horrillo, ex ciclista profesional, con varias París-Roubaix en sus piernas. Horrillo aconseja a la grupeta de Le Coq Sportif unos kilómetros antes de entrar en el Bosque de Arenberg, el tramo de adoquín más famoso y difícil de la historia del ciclismo.
Tienes que agarrar el manillar de arriba. Ni muy fuerte ni muy flojo. Que no se te escape. Que los brazos te hagan de amortiguador. Si lo agarras muy fuerte, los golpes se los van a llevar la espalda y las cervicales. Y el desarrollo, que puedas moverlo. No importa que vayas un poco atrancado. Que la bicicleta fluya...
Los profesionales entran en Arenberg a 50 por hora y, si salvan la caída, salen a 30. Los aficionados alcanzamos la increíble velocidad de 20 por hora si la cosa se da bien. Eso incluye no poner el pie en el pavés, no caerse, no tirar a nadie, sortear a los que ya están en el suelo y evitar el cómodo carril bici que transita a la derecha.
Lo recomendable es pedalear por el centro, encima justo del abombamiento. Se puede aprovechar la cuneta para evitar las vibraciones pero eso significa mayor riesgo de pinchazo. Las cunetas, además, tienen otros factores de peligro. Se acaban de repente y volver al adoquín significa maniobrar en condiciones muy precarias. Hay que elegir muy bien la trazada e imitar al que va delante.
Para afrontar la carrera, los ciclistas modifican ligeramente sus bicicletas: aunque nunca se han consolidado innovaciones como las suspensiones delanteras, es preceptivo correr con una presión de neumáticos más baja de lo habitual, para evitar el efecto rebote. Las ruedas también suelen ser un poco más anchas. En el manillar se suele llevar una doble cinta, a modo de amortiguación, lo cual no impide que las manos de los corredores acaben despellejadas o con sangre, de tanto sufrir el impacto contra los adoquines.
El Trofeo y las Duchas de Roubaix
Otras particularidades de esta carrera son su lugar de finalización y el trofeo que se entrega al vencedor. Desde su primera edición, la París-Roubaix finaliza en el velódromo de Roubaix. Los participantes, después de pasar por línea de meta aún tienen que completar una vuelta completa al anillo para finalizar la prueba. Cuando el vencedor sube al podio, el trofeo que recibe es una réplica de los miles de adoquines por los que ha tenido que pasar para llegar hasta allí.
La mística de la carrera no acaba cuando los corredores cruzan la línea de meta: es tradición que todos los que logran acabar la prueba se duchen en las instalaciones del velódromo, que se mantienen prácticamente intactas desde su inauguración, con una cadena para volcar el agua sobre el cuerpo del ciclista.
Es tradición, además, que el ganador de cada Paris - Roubaix inaugure una ducha con su nombre en una placa en el velódromo, de manera que las duchas de la Roubaix son prácticamente un museo de ciclismo.
Después de la ducha, llega otro momento icónico: el ganador levanta su trofeo, un enorme adoquín de 15 kilos de peso. Los aficionados pueden comprar una reproducción a menor escala en el bar del velódromo donde acaba la prueba.

El Origen del Sobrenombre "El Infierno del Norte"
En realidad, el sobrenombre de "El infierno del norte" no está relacionado, originalmente con la dureza de la prueba sino con el estado en que el recorrido quedó tras la conclusión de la I Guerra Mundial. La carrera suele llamarse el 'infierno del norte': curiosamente, el nombre no procede de las duras condiciones de la prueba, especialmente complicadas en días de lluvia sino de lo que se encontró el periodista Victor Breyer cuando fue a reconocer la zona en 1919, después de la Primera Guerra Mundial.
"Nos adentramos en pleno campo de batalla. No queda un solo árbol. Está todo arrasado. No queda un solo metro de terreno que no esté levantado. No se ve más que un cráter tras otro. ¡Esto es un infierno!".
Efectivamente, la zona norte de Francia sufrió más que ninguna otra del país las consecuencias de la guerra, con las batallas de Verdún, el Somme, Arras o Cambrai como grandes ejemplos.
Palmarés Destacado
Ganar una Roubaix ya permite a los corredores entrar a formar parte de la historia del ciclismo, pero dos corredores encabezan el palmarés con diferencia: los belgas Roger De Vlaeminck, y Tom Boonen comparten el récord de cuatro victorias.
Bélgica es el país que suma más triunfos, 162, a mucha diferencia de los 82 triunfos de corredores franceses. Ningún español ha logrado llevarse el adoquín del ganador. Solo dos españoles han logrado subir al podio de la Paris - Roubaix, Miquel Poblet (segundo en 1958, tercero en 1960) y Juan Antonio Flecha, tercero en 2005 y 2010, y segundo en 2007.
Ganadores con más victorias
| Ciclista | Victorias |
|---|---|
| Roger De Vlaeminck (BEL) | 4 |
| Tom Boonen (BEL) | 4 |
Datos de la carrera
- 27 Son los tramos de pavés que recorren los ciclistas, aunque puede variar.
- 120 Es una de las carreras más longevas de la historia del deporte.
La París-Roubaix se disputa el segundo domingo de Abril, por lo que la lluvia es habitual, y si no llueve el día de la carrera lo hace los días u horas previos. Tradicionalmente se disputa siempre el segundo fin de semana de Abril, justo después del Tour de Flandes. Es una prueba de la categoría UCI World Tour 1. Se encuentra dentro de los denominados «monumentos del ciclismo» junto a la Milán-San Remo, el Tour de Flandes, la Lieja-Bastoña-Lieja y el Giro de Lombardía y es la última clásica de tramos adoquinados del calendario UCI World Tour.
"Es la última gran insensatez que el ciclismo plantea a sus participantes". La frase no es de un cualquiera, sino de Jacques Goddet, director de la Paris - Roubaix y del Tour de Francia.Se refería a la clásica de las clásicas, el infierno del norte, la prueba ciclista de un día más dura del calendario internacional. Es, obviamente, la Paris - Roubaix, que el domingo 7 de abril vuelve puntual a su cita con el calendario, con 259 kms de recorrido y con Mathieu van der Poel como gran favorito.
En palabras de Roberto Coca, comisario jefe de la Paris Roubaix 2011: “Es una carrera de eliminación y lo que manda son las fuerzas del ciclista. El pavés lo que hace es añadir obstáculos y lo fastidiado es cuando sufres una caída o un pinchazo una vez la carrera ya esta lanzada. El que se queda atrás es muy difícil que vuelva a entrar. Con las carreteras estrechas, los coches están lejos. Mientras que en calzadas normales, cuando se produce un incidente se llama al coche, adelanta por la izquierda y en 10 segundos está allí, en Roubaix puede llegar a tardar un minuto y medio. Esta carrera exige fuerza en las piernas y tener suerte. La bicicleta en cuanto a los cambios y tecnología es la misma, pero el cuadro es más pesado y más duro para aguantar el adoquinado y las ruedas son más rígidas.
La París-Roubaix es más que una carrera, más que una clásica o que un monumento del ciclismo. Atacar sobre esa superficie absurda y enconada solo está al alcance de ciclistas potentísimos y confiados. Nada tienen que hacer aquí los ligeros líderes de grandes vueltas, sobreprotegidos por sus gregarios y devotos del hambre y la fibra enclenque. El pavé exige fuerza, músculo y voluntad. El que ataca aquí es un superciclista, y si consigue distanciarse del grupo es además un superhombre, está más allá del dolor y de las fuerzas habituales.
Finalmente se llega a Roubaix, ciudad hoy decadente, en la que un velódromo anticuado sirve para escenificar un par de vueltas que, algunos años, ofrecen sprint y emoción hasta el último segundo.
“La Paris-Roubaix es una mierda,” dijo Bernard Hinault tras la edición de 1981. Sean Kelly - “La Paris-Roubaix sin lluvia no es una Paris-Roubaix de verdad.