El ciclismo, más allá de la competición, es un deporte que se vive y se siente "desde la cuneta". La afición juega un papel fundamental, impulsando a los ciclistas con su apoyo incondicional. Pero, ¿qué significa realmente vivir el ciclismo desde la cuneta? Este artículo explora la pasión, los incidentes, las frases típicas y el argot que conforman la cultura ciclista.

La Afición: Motor del Ciclismo
La afición es uno de los motores de este mundillo, de eso no hay duda. No se puede explicar razonadamente, pero los gritos de ánimo, las palabras alentadoras de los aficionados, las banderas, la calzada pintada… todos esos elementos dan al ciclista una fuerza extra que seguramente ninguna barrita energética, gel o bebida isotónica puede ofrecer.
Como nuestro nombre indica, “desde la cuneta” es uno de los mejores lugares para seguir el ciclismo de cerca. Raro es ver a alguien pitar a un ciclista porque corra en el equipo rival de tu corredor favorito. Sólo Laurent Fignon levantó unanimidad en ese sentido.
Es ahí cuando entra en acción la cordura y educación del espectador respecto al ciclista y el trabajo de los agentes de policía y guardia civil. Todas esas conductas son intolerables y luego pasan las cosas que no queremos que pasen. Y cuando los agentes actúan aparecen voces discrepando. Todos tenemos que poner de nuestra parte: aficionados, medios de comunicación y fuerzas de seguridad.
En la época de Mariano Cañardo, no siempre el público se tomaba a bien el espectáculo que ofrecían los ciclistas y en más de una ocasión estos tuvieron que salir escoltados en medio del tumulto porque la hinchada consideraba que la entrega no había sido justa con la pasión que les conferían. Recordamos pasajes también desafortunados con grandes campeones como Eddy Merckx, cuyo dominio provocó el hartazgo e ira de ciertos inquilinos de la cuneta, propinándole un golpe en el estómago en uno de los últimos Tours que corrió. O qué decir de las campas belgas entregadas al frenesí del ciclocross en un ambiente caldeado por la cerveza.
Nos vienen a la mente dos capítulos de la Vuelta a España cuando se disputaba en abril. En 1992 las opciones de Perico de ganar su tercera general provocaron que en las cunetas más de uno se calentara al paso de Tony Rominger y Jesús Montoya. Ambos ciclistas describieron situaciones irreales, muy similares a las que por ejemplo Manolo Saiz denunció en la famosa etapa en la que Rominger sentenció la carrera frente a Alex Zulle en El Naranco.
Con todo, sí que es cierto que el ciclismo cultiva otro tipo de afición. No sé si es porque gran parte de ella es practicante activa de la bicicleta, y sabe lo que se sufre sobre ella, pero raro es ver a alguien pitar a un ciclista porque corra en el equipo rival de tu corredor favorito. Sólo Laurent Fignon levantó unanimidad en ese sentido.
Incidentes en la Cuneta: La Delgada Línea entre Pasión y Peligro
Justo en esta semana hemos tenido al menos, según lo que hemos podido ver por la televisión, un par de incidentes que podían haber acabado bastante mal. En el primero, un espectador tiraba a Belkov del Katusha, sin motivo aparente, y era reducido por un guardia civil. En el segundo, otro agente empujaba a un espectador justo después de que pasase Alberto Contador en uno de sus ataques yendo en solitario y a punto estuvo de ser atropellado por una moto de la organización.
¿Dureza de los agentes de la fuerza del orden? Pero no hay que olvidar que su trabajo es controlar la carrera y proteger a los ciclistas que con un ligero contacto, pueden caerse.
El Ciclismo en el País Vasco: Una Tradición Heredada
HISTORIA DEL CICLISMO VASCO "EUSKADI NORTE"
En casa de Markel, Oinatz y Regina se habla de ciclismo como del tiempo; ahora sí y luego también. Y la bicicleta es un utensilio más del hogar. Más común que una escoba; más útil que el calentador de agua. A Regina no hay quien le baje de ella. La bici es su osito. Su amiga.
En casa tenían que aguantar otro chaparrón, la bronca de ama. Y el castigo. A la habitación. Pero se iban contentas. “Es lo que pasaba en Euskadi, que había tanta tradición ciclista que esta se iba heredando como si fuese algo genético”, cuenta Somarriba; “la pasión por el ciclismo aquí viene de ver y escuchar.
Lo comprobó ella más tarde, lo de la dureza del ciclismo y lo del respeto que se le procesa al ciclista, porque ella se sintió admirada y querida por una afición que, más aún que idolatrarle como reina del Tour, la amó. “Recuerdo el Tourmalet lleno de aficionados, de gente de casa, y de cómo estando muerta, sin fuerzas, esa visión me hacía revivir y me animaba para sufrir más aún”. Eso que cuenta lo repiten siempre los ciclistas. Una cuneta vacía deprime al mismo tiempo que una poblada de ojos apasionados ilusiona y motiva.
“Fue algo inolvidable, exagerado”. Las carreteras se plagaron de aficionados. “Nunca antes, ni después, he visto tanta gente viendo una carrera de chicas.
Entonces, los años 30 de la Guerra Civil, y los 40 de la posguerra, el ciclismo no se veía, se escuchaba. “Íbamos a la única radio que había en el pueblo a oír lo que pasaba en la Vuelta a España. Apretábamos las manos fuerte y acercábamos la oreja al aparato cuando contaban la llegada a meta y nos hacía ilusión imaginarnos cómo sería ver aquello y ver a los ciclistas a los que admirábamos no porque les considerábamos héroes, sino por su nobleza, porque practicaban un deporte duro, en el que se sufre mucho entrenando con el calor, con el frío, en cualquier condición”.
“Iba mucha gente, más que ahora, mucha más. Y eso que se iba andando, con el bocadillo y la botella de vino porque entonces no había otra manera de ir. La afición que había era tremenda. ¿Por qué? Porque había buenos corredores, Ezquerra, Langarica y todos los demás, y siempre los hubo. Eso es lo que atraía a la gente a las carreras, que había muchas como la Vuelta a España, la Bicicleta Eibarresa, Arrate o un Gran Premio de Ondarroa que recuerdo cuando yo ya era ciclista y los de fuera, Mascaró, Company, Poblet, Serra, Masip y otros estaban acojonados del ambiente y de la manera de animar de la gente, porque nos tenían más cariño a nosotros, los de casa, claro, pero se les aplaudía a todos”.
Eso fue así, dice Barrutia, hasta el enfrentamiento entre Loroño y Bahamontes, un acontecimiento cumbre del ciclismo español. “La afición se dividió”, recuerda. Era la lucha de la clase de un ciclista “un poco loco” contra la tenacidad de Loroño, “que era duro, se enganchaba a la rueda y se iba diciendo: ‘No me dejas, no me dejas’”. Ese enfrentamiento apasionó, pero trascendió lo deportivo.
“Pero a mí siempre me recibían bien en el País Vasco”, suele recordar agradecido Bahamontes. “Era increíble la afición que había allí y de la que antes de conocerla ya había oído hablar. En las carreras, sobre todo en la Subida a Arrate, se juntaba una cantidad de público que no te puedes hacer idea. Venían de todos lados, de Eibar, San Sebastián, Bilbao… A mí me querían. El difunto Juanito Txoko (alma y fundador de la prueba) me llamó una vez que no iba a correr porque estaba en cama para decirme que tenía que ir, que yo era el que llenaba la subida de público”.
“Al público lo que le ha gustado siempre es el espectáculo”, abunda Barrutia; “y Bahamontes y muchos otros de aquella época o anteriores, lo daban. Eso era lo que la gente admiraba y apreciaba.
“Se dice y es verdad que la mejor afición de España está en el País Vasco. Yo lo descubrí la segunda vez que fui y, esta vez sí, pude participar. Acostumbrado a correr sin público, me impresionó la de gente que había en las cunetas, en los puertos, en la salida o en la meta. Eso no lo había visto nunca. Y luego comprobé que era siempre así. Que en cualquier carrera de cualquier categoría había público, mucho, y no un público cualquiera, sino uno cualificado y crítico que sabía y entendía, que conocía a los corredores, a todos, los consagrados, los jóvenes, los chavalillos, y que cuando te reprochaba algo lo hacía con argumentos.
“A la gente le gustaba el espectáculo”, sentencia Delgado. Y eso era Marino. Una gozada de ciclista que perdía carreras y ganaba adeptos, admiradores, devotos. Corría con el corazón. Le dejaba hablar a él, que se expresara, que se sintiera libre para atacar y perder, que era como ganar. En el podio, segundo tantas veces, los honores del público, la admiración y los aplausos eran para él. “Pero a la vez, a nosotros que éramos sus rivales nos agradecían y valoraban si dábamos eso que ellos querían: espectáculo.
Marino, generoso en el esfuerzo ciclista pero a la vez cercano, humano, un tipo normal, de carne y hueso al que se podía tocar, al que se le podía hablar con naturalidad si te lo cruzabas por la calle, encarnaba todo aquello que admira la afición vasca y que resume Jean Marie Leblanc, director del Tour de Francia desde 1989 hasta 2005, cuando dice que el ciclismo es un deporte “que adoran los vascos porque, quizás, simboliza los valores que han forjado su carácter como pueblo: coraje, perseverancia, audacia, nobleza…”. Por eso les admiran. “Son justos y apasionados”, ensalzaba Jens Voigt en una carta de agradecimiento; “son leales. No importa si hay 5 grados con nieve ni con lluvia, ni sol de verano, siempre están prestos a echar una mano cuando sufres.
“Recuerdo pocas victorias de etapa en las que el suspense y la simbología fueran tan intensos”, señala Leblanc aquel día en el que los Pirineos se volvieron repentinamente naranjas, el color que identifica desde entonces al ciclismo vasco como un fenómeno social incomparable. “Un boom”, analiza Delgado; “una gran idea que hacía que se reconociese a los aficionados vascos en las carreras, pero que no se debe confundir con la impresión de que la afición vasca nace en ese momento. El ciclismo en el País Vasco ha apasionado siempre”.
Hay quien asegura que el País Vasco es la cuna del ciclismo español. Que la Vuelta a España nació ahí. Como algunos de los mejores equipos: el legendario Kas, o el Fagor. Que los corredores, los mejores, todos, de aquí y allá, del Mediterráneo o de los campos de Castilla, viajaban de niños al norte para hacerse ciclistas, una emigración forzosa. La universidad. Ese camino siguió Delgado. Y como él, otros: Mancebo, Sastre, Joaquim Rodríguez, Contador… Todos.
Allí se quedó para verlo: la subida a Arrate, la gente de pie en las cunetas esperando entusiasmada, una imagen sublime.
El Argot Ciclista: Un Lenguaje Propio
El ciclismo, como cualquier disciplina con su propia cultura, posee un argot particular que enriquece la comunicación entre aficionados y profesionales. A continuación, se presentan algunas de las expresiones más comunes:
- Chupar rueda: Ir a rueda de otro ciclista para aprovechar su rebufo.
- Hacer un abanico: Formar una línea oblicua con los ciclistas para protegerse del viento lateral.
- El tío del mazo: Momento en el que un ciclista sufre una fuerte fatiga y pérdida de fuerzas.
- Pájara: Agotamiento extremo por falta de energía.
- Terreno pestoso: Tramo del recorrido con constantes subidas y bajadas.
- Meter cuneta: Obligar a otro ciclista a salirse de la carretera para que sufra el viento.
- Demarraje: Ataque repentino para distanciarse del grupo.
- La serpiente multicolor: El pelotón de ciclistas.
- Montonera: Caída masiva de corredores.
- Ir encunetado: Cuando empieza a crearse los abanico y vas por la cuneta
- Se te pegan los caracoles a la rueda: cuando se va super parado en una subida
- Ser un pestoso: cuando vas de dos y al compañero de al lado le sacas 30 cms la rueda
- Rodar atrancado: Cuando alguién lleva mucho desarrollo puesto y le cuesta moverlo
- Le cayó la del pulpo: cuando a alguien le cae en carrera una minutada
- Bajar cuadrado: Véase como ejemplo la etapa en que se marcharon Piepoli y Basso, como bajaba este último.

Otras expresiones y conceptos
- Autobús (además de los de los equipos): grupo que se forma en las etapas de montaña para ir todos a su ritmo y llegar antes del cierre de control. También denominado grupetto o grupetta. Normalmente viajan en él los sprinters aunque en ocasiones también ha cogido billete algún favorito.
- Globero
- Banco o caja de ahorros: empresa cuya principal ocupacion es patrocinar equipos ciclistas.
- Corredor aficionado: se dice de aquella persona loca por firmar un contrato con un equipo profesional.