Diarios de Motocicleta: Un Resumen Crítico

Los "Diarios de Motocicleta", obra que relata el viaje de Ernesto "Che" Guevara y Alberto Granado a través de América Latina, han sido objeto de numerosos análisis y adaptaciones. Aclamada por la crítica, la película basada en el libro recibió dos nominaciones al Óscar, a mejor película en lengua no inglesa y a mejor actriz, para Fernanda Montenegro. Este artículo ofrece un resumen crítico de la obra, explorando sus temas centrales y su impacto cultural.

Este filme recibió el premio a mejor película internacional, siendo el primero que recibe un largometraje enteramente brasileño. El presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, aseguró que “hoy es el día de sentir aún más orgullo de ser brasileño".

Un Viaje Transformador

La obra narra el viaje de Ernesto Guevara y Alberto Granado a través de América Latina, mostrando a Brasil y al mundo la importancia de la lucha contra el autoritarismo. Como historia de viaje y aventura, marca un hito. Como documental, es una buena muestra de nuestra América y un bonito homenaje a estos ilustres latinoamericanos (Ernesto Guevara y Alberto Granado), retratados aquí con todos sus defectos y toda su grandeza.

Identidad Latinoamericana y Modernidad

París fue, en muchos aspectos, la ciudad de referencia para intelectuales y escritores latinoamericanos durante el siglo XIX y gran parte del siglo XX. Augusto d’Halmar (1882-1950) llegó a París en medio de la Gran Guerra, con un afán novicio por acercarse a la modernidad europea sin ambages y con una admiración y afán de reencuentro con su ciudad amada que, en momentos, pareciera ser acrítico.

El escritor representa la búsqueda del intelectual latinoamericano de aquellos componentes de la modernidad que considera fundantes de la cultura universal. París, para él es la nueva Atenas, la sede de la cultura occidental asediada por los espasmos de la guerra y la brutalidad que representa la amenaza alemana. Dos modernidades en tensión: la modernidad central europea y la modernidad periférica latinoamericana. D’Halmar solo conoce y asigna valor a la primera.

Es interesante ver cómo la posición de d’Halmar en el escenario europeo confiere una serie de dualidades que conviene tener presentes antes de afrontar la cuestión del callejeo impresionista que es el modo propio de la flanerie d’halmariana, la flanerie del observante escritor y cronista que, mirando un mundo desde su posición particular, refleja el encuentro o la tensión entre polaridades que diagraman su condición postcolonial.

Para un latinoamericano que no pertenece a la oligarquía, para quien ha viajado normalmente gracias a los beneficios de una misión, una legación o una tarea, París es un privilegio. Así pues, en d’Halmar, a pesar de su lenguaje culto, a pesar de su estampa corporal europea, a pesar de su vestuario y sus modelos, su mirada latinoamericana, su asombro y su alegría revelan las huellas de su postcolonialidad; mimicry que no oculta un arribismo que, al mismo tiempo, es ponderación sin límites con respecto a París y amnesia total con respecto a su origen provinciano.

D’Halmar, ya había hecho esfuerzos por europeizarse con la elección de su seudónimo y con su narrativa y autopoyética vinculación con un barón nórdico: el barón d’Halmar. El vagabundeo parisiense es la coronación de ese proyecto blanqueador, donde no hay orfandad ni ausencias nobiliarias.

La Crónica como Espacio de Reflexión

Es el escritor que escribe no un poema, sino una crónica, pero, al hacerlo, pone en tensión sus recursos creativos, su potencia elocutiva, su arte retórica. Y, en la crónica, pone en ejercicio los mecanismos de la modernidad escrituraria: brevedad v/s intensidad comunicativa, impacto noticioso v/s belleza estilística.

D’Halmar escribe desde un cuarto iluminado por la luz física de una bujía y por la luz inmaterial de la razón, mientras afuera, en la oscuridad, pueden escucharse bombas lejanas o gritos de la gente. París, la ciudad luz, la ciudad de la razón, es más París en el escritorio de d’Halmar que afuera. Mientras haya alguien que piense la ciudad, la observe, la describa, la lleve a la escritura, París vive en la esencia de su naturaleza histórica y social.

Las crónicas de d’Halmar, finalmente, revelan la esperanza de la paz sobre la sinrazón de la guerra. Entre ellos, el escritor chileno Augusto d’Halmar quien, además de referirse a ella en algunas de sus narraciones y retazos biográficos, la escogió como su ciudad definitiva a fines de 1916, en donde ejercería como corresponsal de guerra de los periódicos La Unión de Santiago de Chile y La Nación de Buenos Aires.

Las impresiones de su estadía en París son accesibles gracias a la lectura de las crónicas que escribió como corresponsal. En ellas resulta claramente destacable el perfil del sujeto cronista con los rasgos del flâneur decimonónico que ejecuta una flanerie que sigue, de algún modo, los rituales de los paseantes latinoamericanos por Europa. Por este motivo, el objetivo de este artículo consiste en describir algunos rasgos de la flanerie d’halmariana, intentando demostrar que su práctica peripatética sigue las huellas del imaginario parisiense que había elaborado desde sus primeras lecturas, antes de su primer viaje en 1907, cuando pudo comprobar que la cartografía urbana coincidía con el mapa de la ciudad soñada.

D’Halmar intenta demostrar, hasta donde le es posible, que la ciudad en guerra sigue siendo la de siempre, la ciudad eterna, la que está más allá de las peripecias contingentes y en donde se quintaescian los resultados más finos de la Humanidad. Es propósito de este artículo, además, demostrar que su recorrido por París tiene similitudes con el de otro escritor contemporáneo, el salvadoreño Arturo Ambrogi (1875-1936), quien, al decir de uno de sus estudiosos, realiza una flanerie cualificable como “callejeo impresionista”.

Si bien el estudio mencionado no considera el nombre de Augusto d’Halmar, resulta de utilidad la clasificación propuesta por su autor. Lo es porque facilita una aproximación que, comparativamente, ofrece luces valiosas sobre la flanerie practicada por el autor de las crónicas y relatos que tienen como centro a París, y a d’Halmar caminando por él como cronista o a través de sus personajes narrativos.

Al revisar la biografía de Ambrogi, resulta interesante advertir que no solo en cuestiones temáticas parece encontrarse con el autor de La Lucero, sino también en varias peripecias viajeras y en intereses comunes. Ambrogi nace en El Salvador, en 1875, apenas siete años antes de d’Halmar. Hacia 1896, viaja a Chile para radicarse un poco más de dos años entre nosotros. En ese tiempo, publica en el periódico La Ley, el mismo en donde trabajaba d’Halmar.

Ahora bien, si dados estos antecedentes, no se puede sostener una influencia recíproca, sí se colige que respiraron el mismo aire intelectual, similares influencias, preocupaciones y lecturas. Era el aire del ‘900, el de entresiglos, el que Ambrogi vino a buscar a Santiago de Chile, por entonces metrópolis intelectual latinoamericana. Era la atmósfera del modernismo y su espíritu epocal que lo impregnaba todo.

Esa estética impresionista es posible verla también en d’Halmar; ejemplo de ello son las crónicas que clasificó bajo el título de “Peregrinas” e “Iniciaciones” y que publicó en el periódico Informaciones en Madrid, a partir de 1926, así como el hecho de haber trabajado a comienzos del ‘900 en el periódico de sugerente nombre Instantáneas de luz i sombra. Sus mismas obras, en algún caso, tienen títulos que recogen la dinámica evasiva y sugerente del impresionismo; así, por ejemplo: La sombra del humo en el espejo (1918).

Para el caso de d’Halmar, la cultura oriental es un tema gravitante, quizás más para su narrativa que para sus crónicas y también, en algunos casos, se advierte una frustración con respeto a sus expectativas (la descripción de Calcuta es la más emblemática). Sin embargo, las decepciones del salvadoreño y del chileno son distintas.

Este tópico, propio de otros escritores modernistas (Gutiérrez Nájera, por ejemplo), se relaciona con el lugar que el hablante quiere tener frente a la multitud. Se verá, más adelante, cómo d’Halmar claramente establece una diferencia entre el tipo de paseante que es él y los demás.

De este modo, el viajero-observador objetiva su posición frente a la nueva ciudad. Al respecto, Cuvardic García se extiende con el fin de dar cuenta de este recurso como “común en la literatura de viajes” y cita los ejemplos de Alberto Moravia y Paul Theroux, quienes tienen en común el hecho de que “condenan y trivializan el objeto de su mirada, entrevisto como espacio de fealdad y desorden”.

El interés por “el movimiento de la enorme ciudad”. En séptimo lugar, en ocasiones, el cronista de Ambrogi realiza una flanerie en rickshaw (423), es decir, movilizado en un vehículo tira...

La verdad oculta de Diarios de Motocicleta

El Relato de Viajes como Género Híbrido

Se diría que, básicamente, el relato de viajes, consistente en un género híbrido (Alburquerque-García), fronterizo (Champeau), por naturaleza huidizo y, sobre todo, irreductible a la clasificación con respecto a un solo grupo de características o un tipo determinado. No se puede dominarlo estructuralmente del mismo modo que, durante algún tiempo, creíamos haber controlado los géneros clásicos (novela, drama, poesía).

Podría decirse que el relato de viajes, como género “menor”, nace evanescente o menos asediado por las clasificaciones, hasta que, avanzados los siglos y milenios, se termina por adquirir conciencia de que, menos clasificable que los demás, es un género que ha acompañado a la humanidad desde la antigüedad (Vgr. Gilgamesh) hasta nuestros días.

El propósito de este artículo es ofrecer cinco criterios de clasificación para el relato de viajes, escogidos de entre las múltiples presentaciones que ofrecen diversos estudiosos del mismo y trabajados con vistas a presentar un cuadro de diálogo en el que es posible determinar la existencia de nueve subgéneros que expresan la dialéctica del relato viajero entre la importancia del objeto narrado y la del “yo” que relata su experiencia. Para eso ha sido necesario desarrollar dos enfoques primordiales: la distinción entre relatos de carácter descriptivo, argumentativo y narrativo, en primer lugar, y, la distinción entre relatos con finalidad documental, ideológica y estética, en segundo lugar.

En cada caso, se ofrecen ejemplos de producciones literarias, periodísticas o cinematográficas que encajan con la naturaleza del subgénero que se intenta reseñar, habida cuenta del carácter emblemático de dichas producciones. Sin perjuicio de ello, se mencionan también obras de autores menos conocidos universalmente; tal es el caso de Augusto D’Halmar, escritor chileno (1882-1950). Las referencias a su obra se justifican por el hecho de que, salvo sus primeras novelas, el resto de su obra está ampliamente marcada por su experiencia viajera.

En este sentido, los ejemplos señalados quedan expuestos inmediatamente al cuestionamiento sobre las opciones adoptadas por los autores de este estudio, salvando el hecho de que tales opciones no desean establecer un sesgo en su lectura, comprendiendo, sobre todo, que la movilidad lectora de los textos ofrece, sucesivamente, distintas apreciaciones según las variaciones que diferentes horizontes de expectativas han ido determinando.

Esta investigación está inscrita en un proyecto general destinado a delinear las características de la formación de la crónica literario-periodística decimonónica en Chile. Para tal efecto, se parte del presupuesto de que el relato de viajes fue una de las fuentes de la que se nutrió, en parte, el desarrollo del artículo de costumbres y, posteriormente, la crónica viajera.

Literatura y Ficción en el Relato de Viajes

Geneviève Champeau plantea que “la noción de literatura es histórica y culturalmente variable” (2004, p. 18). Este aspecto problematiza, de entrada, la clasificación que, pareciendo tan simple, se transforma en compleja al tratar de separar los relatos de viajes literarios de los no literarios.

[m]uchos relatos de viajes de la segunda mitad del siglo XIX o de principios del siglo XX, se relegarían hoy a una categoría de subliteratura porque su retórica nos parece estereotipada, poco original; sin embargo, manifiestan, junto con un objetivo documental, una voluntad de estilo, un deseo de amenidad (Champeau, 2004, p. 18).

Si bien la primera distinción atendía al diálogo formal que tiene el relato de viajes con la literatura, esta segunda clasificación apunta a mencionar los distintos tipos de contenidos abordados en sus materializaciones históricas más reconocidas. Se considerará como apoyo, en este artículo, el aporte de Beatriz Colombi, quien enumera las siguientes especies textuales: relatos sobre “peregrinación”, “exploración”, “la conquista y el dominio territorial”, “el viaje educativo (Bildungsreise)”, “El viaje científico”, “el viaje burgués (el grand tour)”, “el viaje letrado” y “el viaje turístico” (Cfr. Colombi, 2006, p.

Relatos de Peregrinación y Exploración

Los relatos de “peregrinación” encuentran abundante material en las experiencias de viajeros motivados, en términos generales, por búsquedas de carácter religioso. Los “santos lugares” (Jerusalén, Roma, Santiago de Compostela, La Meca, etc.) se constituyen en espacios simbólicos que representan una posibilidad de encuentro, una meta del destino sublime del ser humano, muchas veces como alegoría celeste y presencia escatológica que se configura, al mismo tiempo, como una expresión de “mérito” por parte del viajero y de “gracia” por parte de la divinidad.

Los relatos de “exploración” tienen una larga producción que exhibir. Su naturaleza original, generalmente de corte eurocéntrico, pretende exhibir el conocimiento que, gracias a los viajes, se ha podido obtener de tierras desconocidas. Así, por ejemplo, Heródoto de Halicarnaso, en sus Nueve libros de Historia, relata su conocimiento de Egipto y del Imperio Persa. Jenofonte hace lo propio con su Anábasis; Marco Polo, con su Libro de las maravillas; etc.

Viaje Educativo y Científico

Por otro lado, el “viaje educativo” (Bildungsreise) tiene íntimas relaciones con el Gran Tour y la Bildungsroman, por cuanto se conectan en la concepción del viaje como espacio formativo. El viaje educativo se transformó pronto en una obligación para las clases acomodadas de las nacientes repúblicas americanas (s. XIX), que vieron como necesidad imperiosa que sus miembros intelectuales más jóvenes realizaran periplos de conocimiento focalizados en los grandes centros de la cultura europea.

El relato de viajes “científico” constituye una variante temática bastante definida y muy destacada por las extensas publicaciones de grandes hombres de ciencia que, en sus viajes de exploración, levantaron y relataron sus teorías sobre aspectos geográficos, geológicos, climatológicos, genéticos, etc. Queda por decir que el relato de formación, el relato burgués (Gran Tour), e incluso la Bildungsroman, suelen tener fronteras difíciles de delimitar, pero que bien podrían ser recogidas bajo el gran paraguas del “relato letrado”, el cual vino a ser el género de la “escritura viajera de Chateubriand, Goethe, Nerval, Flaubert, Stendhal, Gautier, o Víctor Hugo” (Colombi, 2009, p. 3).

Finalmente, conviene notar que el “relato letrado” establece ciertas diferencias con el “relato turístico”, aunque, sin duda, sea alimento de este último. La cuestión principal es que aquel se centra en la experie…

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