La nostalgia, un sentimiento a veces inevitable, me transporta a recuerdos de infancia en el sur de Chile. Me detengo en un tiempo de campanadas y gritos camino a la leche matinal de un invierno cualquiera, en las páginas de un libro gris de clases que esconden historias de niños con mejillas enrojecidas por la escarcha, y en los cánticos de aliento al equipo local. ¿Se acuerdan?
Coca, Cola, cola de mono, monopatin, tintineo, neo palma, palmatoria... y tralala. Me deslizo por debajo de la puerta del olvido.
Cada mañana, Don Lalo, como le decíamos, nos venía a despertar la mente, arrastrando sus conocimientos. Cada día era una nueva aventura. La clase dejaba de chillar ante su imponente presencia: vestón gris, chaleco marengo y una camisa que no hacía juego con nada. Sus zapatos eran capaces de enceguecer al sol, impecables. Repartía saludos a diestra (Juan Robles) y siniestra (su preferida). Rauco abría el pasaje de los laberintos académicos, las baldosas callaban bajo su cansino caminar, y la campana anunciaba que la vida real comenzaba.
Durante años, me guio por el saber. Su cabellera peinada hacia atrás, sus dedos eran la propaganda de los campos de tabaco, sus ojos de un claro profundo e interrogadores traspasaban las mentirillas por no haber estudiado. Siempre nos decía: "Cuando Uds. van, yo ya vengo de vuelta", ¡y madre mía que tenía razón!
Fue testigo de nuestros éxitos y también de nuestros fracasos, de nuestros primeros amores y de las batallas campales por algún amor. La No 1 (República de Venezuela) era su reducto inexpugnable, de allí salían todos los sueños, los futuros ciudadanos que fuimos, malos o buenos, somos el fruto de sus largas lecciones. Después, por razones que la naturaleza solo sabe y decide, los jacarandá de Goenechea le rendían homenaje. Con él viajamos y conocimos una parte de Chile, y también el universo que está más allá.

Él formó los equipos que reinarían en el Liceo de Hombres (solo de nombre), él lanzó a la vida y formó los hombres y mujeres que hoy somos: Hernán, mi eterno compadre, Juan Yáñez, Rubén Silva, Ramón Chacana, Mario Engber, Virginia Espinoza, Mauricia Maturana, Gabriela, Astrid Arenas, Werner Montiel, Ángela Klenner, Ester Martínez, Cristian Espinoza y tantos otros que mi memoria no logro acaparar. Solo pregunten por el Cuarto C (el glorioso, le decían) y obtendrán respuesta.
Su vocación no tenía límites, no tenía horarios, su vida la endilgó por el lado de la mano del corazón. Sus detractores no comprendieron sus convicciones, fue vilipendiado, fue dejado de lado, fue exiliado dentro de su propio reino, y ¿saben? le hicieron un favor, le dieron la chance de recomenzar a formar nuevos futuros. La Quebrada del Pobre supo de su generosidad, su Renoleta se convirtió en el bus escolar y el camino enlodado no lo detuvo, nunca nada lo detuvo.
Hace algunos años regresé a Chile, y por ese endemoniado azar, nos fuimos reuniendo en la puerta del Studio Callejas un grupo de amigos, esos que fuimos súbditos de su reinado. Éramos cinco o seis, estábamos en franca charla, cuando de repente salido de la nada se nos aparece y su pregunta fue la misma que nos hacía siempre: ¿Qué fechoría están tramando, banda de malhechores?
Una avalancha de recuerdos se estrelló contra mi pecho, quise decir algo y no pude, enmudecí. A mi viaje de retorno a Chile, le había encontrado el otro sentido que le faltaba. Sus ojos recorrieron cada uno de esos rostros que vio crecer, algunos ya con tiza en el pelo (¡Eh! Mario), otros con menos pelos (¿Manolo?) y yo con algunas heridas y rasguños en el corazón, estoy seguro que las vio. Su mano se posó en el hombro de cada uno, era como siempre lo hacía, la bendición Papal, eso quería decir: sigan enmierdando al mundo, banda de delincuentes, yo a Uds. los conozco. Y luego se alejó despacito, con una sonrisa dibujada en los labios, en el fondo de su alma, sabía que había hecho su trabajo, el resto, nos pertenecía.

Ese era y será por siempre Eduardo Grenett Moreno, un profesor, un padre, un amigo y un hombre de convicción.
Esta letanía emotiva sin mordazas, nacida en este frío Norte, no tiene otro propósito que agradecer a través de Don Lalo, a cada Profesor y Profesora que formaron parte de mi vida y de la vida de tantos otros como yo y que fueron nuestros iconos para el futuro incierto que se nos venía encima, ya crecimos, pero... no olvidamos.