Es el día grande. Aquel para el que sufriste durante las lluvias, el de los meses y meses con madrugones, apetito y piernas como un flan. Donde te lo juegas todo, donde no está permitida la compasión, el yerro.
Porque a veces se tuerce el asunto, no sale como esperas, no puedes rendir. Diste lo mejor, otros lo hicieron de forma óptima. Porque nosotros vinimos a hablar de otro rollo. De los fantoches, de las vergüenzas, de quienes no pueden mirarse al espejo tras el cagancho estratosférico. Sean ustedes bienvenidos a las mayores espantadas ciclistas de siempre.
Digamos que en los primeros años del ciclismo había mucha espantada, pero era difícil discernir cuándo resultaban auténticas. O, si lo prefieren, que mogollón de ciclistas faltaban a mogollón de carreras, pero muchas veces no sabes si es porque tienen contrato más jugoso en los Seis Días de Albacete, porque se averió el tren, porque no llegó a tiempo con la bici (Vicente Blanco fue en velocípedo desde Bilbao hasta París para correr el Tour) o porque… en fin, porque se había muerto (a veces en combate, a veces por disentería, a veces por mil causas). Así que nos esperamos hasta los treinta para ver mutis ciertos y comprobables.
Alfredo Binda: El Pago por No Competir
Como el de Alfredo Binda. Que, para comienzo, cunde. Digamos que Alfredo mete espantada en el Giro de 1930, pero trae causa… Que la organización le pagó morterada gorda para que no participe, porque era tan superior que eliminaba emociones y hacía bajar ventas en periódicos. Así que le dan, en mano, un premio equivalente a la general y varias etapas, y nuestro Binda lo coge alegremente, y aprovecha para correr por velódromos, llenando su colchón de forma loquérrima.
¿Era para tanto? Pues miren, hizo cuatro veces primero y una segundo en el lustro anterior de la Corsa Rosa, ganando una, seis (cuando queda subcampeón), doce, seis y ocho etapas en Giro.
Fausto Coppi: El Capricho de la Vedette
Lo de Coppi sí que entra en la definición. Y Coppi tiene varias de esas, porque Coppi es el ciclista más importante de siempre, y la primera vedette a nivel histórico de este deporte. Y las vedettes hacen cosas de vedettes, y terminan tiendo tics a lo capricho de vedette. Como en Valkenburg, Mundial de 1948, por ejemplo, con Coppi y Bartali haciendo el lilas, vigilándose sin nada que vigilar, jodiendo al otro, buscando la no victoria del ajeno en lugar de la victoria personal. ¿Conclusión?
Tuvo más, Coppi, porque declinó mucho, y muy feo. Tuvo el episodio de 1954, cuando salía en el Giro como vigente vencedor, cuando vistió la primera maglia tras ganar su Bianchi una crono por equipos en Sicilia… y cuando debió retirarse tras zampar unas ostras en la cena, por aquella de celebraciones. Y con las ostras hay que tener cuidao, una no muy buena y adiós. Pues Coppi… adiós. Nunca volvió a vestirse la túnica legendaria en el Giro.
Pero es que hay otras espantadas (ya ven, muchas). Cuando pasa por Colombia para medirse con los escarabajos de allí, solo para sufrir humillación enorme en La Línea por parte de Ramón Hoyos. Y también está su pachanguita crepuscular por la Vuelta a España, con más años que la EGB y menos ganas que un chaval de la ESO. Paseó desvergüenza y contrato firmao por las carreteras españolas Coppi, entre chuflas y algún aplauso en plan remembrares.
Igual fue la época, mitad de siglo, pero es que en aquel entonces tenemos espantadas para aburrir. Eran, todos ellos, muchachos que crecieron en la posguerra. A veces civil, a veces mundial, pero posguerra. No puedes tú decirle, a uno de esos paisanucos, que responsabilidades con el organizador, que todos estos vinieron a verte. Te manda a tomar dos orujos.
Bueno, eso y Fede. Fede es Federico Martín Bahamontes. Alejandro, ya saben, que somos originales en conjunto. El escalador más genial que ha habido y habrá.

También un chiflado de proporciones épicas, un desequilibrado importante, un colega ciclotímico, egoísta y mesiánico que, en nuestros tiempos, hubiese inundao portadas, tuits y bilis. También por las espantadas. Que tiene. Muchas. Muchísimas. Algunas inmensas.
Federico Martín Bahamontes: El Anarquista de la Bicicleta
Desde aquel Gran Premio Sniace, en Torrelavega, donde siendo un chavalín casi desconocido dijo que nanai, que cobraba lo mismo que Loroño o iba a correr allí su tía Salustiana. Cuentan que si empezó, por esas perras, la animadversión con Jesús. Cuentan, también, que se bajó de la bici muy cerquita de ese sitio, en otra prueba. Fue subiendo a Helguera de Reocín, y no traía Bahamontes desarrollo para tanta rampa. (Al menos eso contaba mi amigo Curro siempre, aunque yo no pude constatar hecho. Y se parece bastante a lo de van Looy, así que no sabría decirles. Pero escrito queda.
Tiene bochornos en grandes escenarios, Fede. Miren su año sesenta, que es para descojonar. Viene a la ronda de casa como vigente vencedor del Tour. Primer español, estrella absoluta. Viene con el mayor contrato que se haya visto en las dos ruedas hispanas, muchos reales con Faema. Pero es que está peleado con todos sus compañeros (salvo uno), y con el director del Faema, y con muchos rivales, y con el organizador, y con periodistas, y tampoco se lleva bien con la Federación. Pinta guay, sí. Aquella Vuelta fue bochorno en muchos sentidos, con el pelotón perdiendo minutadas día tras día, con ciclistas llegando tras caer la noche, con las estrellas haciendo ridículos tipo «George Best en Marbella».
Charly Gaul, némesis de Bahamontes, tuvo aquí una de sus espantadas más célebres (no la única, porque las anfetas hacían de Gaul bomba que revienta a cualquier ratuco). Y Fede hace lo propio. Han eliminado, por fuera de control, a Julio San Emeterio. Que es compi. Que es ese compi con quien aun se habla, por contextualizar. Así que Federico hace la etapa siguiente en plan «huelga de piernas caídas», como protesta y exabrupto. La gente, que es muy de calentarse, empieza a insultarlo, y acaba a hostias con un espectador (él llevaba paraguas negro, Fede una bomba de hinchar neumáticos). Expulsao al final de la tarde.
Eso fue en el sesenta, dije. Pero es que en julio llega el Tour, y al Tour va como vigente vencedor, y en el Tour aguanta… menos de un día. Él cuenta que le pincharon una inyección de calcio, que se le puso todo malísimo, que no podía dar pedales. Como fuere… deja Bahamontes la bici al borde del camino, se sienta en una cuneta con césped, se descalza, echa agua sobre sus calcetines. El seleccionador español intenta convencerlo para seguir. «Hazlo por España, Fede», y Fede dice que no. «Hazlo por Fermina, Fede», y a Fede no le vas a conmover con su esposa. «Hazlo por Franco», así, en grito, como última bala. Cero. Ni el tal Franco puede obligar a Bahamontes.
Jacques Goddet dijo, más tarde, que nunca un ganador saliente del Tour había deshonrao la carrera y a sí mismo de esa forma. Miren, si no, de qué forma se retiró del ciclismo. También en el Tour, edición de 1965. Viene de ser el más fuerte para arriba doce meses antes, viene de estar en el pódium. Pero no puede, no le alcanza, no va. Es viejo, se siente viejo, se hizo viejo. Pasa, último, por Tourmalet. Al día siguiente ataca furioso antes de comenzar la escalada al Portet d´Aspet. Va en solitario, el pelotón, tranquilo y ronroneante, lo pierde de vista. Entonces, justo donde empieza a empinarse el camino, Federico Martín Bahamontes (seis reinados de la montaña, tres pódiums en la Grande Boucle, una general), coge su bici y corre, con ella de la mano, tras unos arbustillos. Allí permanece agazapao hasta que pasan los que ya no son compañeros, lo que piensan sigue delante, escalando como solo él ha sabido escalar. Luego, cuando se pierde a lo lejos el último, abandona su escondite.
Jacques Anquetil: El Aristócrata Indiferente
¿Saben? Igual lo de Anquetil nos sorprende más. Porque tiene ese (falso) aire aristócrata, porque parece inmune a todo, porque no te lo imaginas en escandaleras por un quítame allá esos acuerdos (en escandaleras de vida privada sí, ahí todas). Nah, con esos ojos azules, con ese aspecto de bon vivant, que esa mirada un poco de lado, una miaja de «me la pela todo mogollón». Y luego… zas. Ejemplos por doquier. Vean, verbigracia, el Tour. Siempre se empieza por el Tour, y con Anquetil, primero en ganar cinco, más razón.
Hizo mutis al año siguiente de su última victoria, cuando prefirió un desafío a la altura de su leyenda (lol), y se trinca Dauphiné Libéré y Burdeos-París… en veinticuatro horas. Acabó la carrera alpina a media tarde, se fue corriendo al aeropuerto de Avignon, tomó un vuelo especialmente fletado para él. Allí descansa, aun vestido de ciclista, llega a Burdeos, han pasado unas horas desde que se bajó de la bici. Y sale en aquel reto incomprensible, en aquel pulso a lo irracional. Burdeos-París. ¿Resumen? Unos seiscientos kilómetros desde las Landas hasta Île-de-France. Solos, al principio, la segunda mitad, aproximadamente, a rueda de dernys. Empezaba por la noche, cruzabas madrugada sobre el sillín. Hay fotos de Anquetil con los ojos cerrados, autómata. Llegó a bajarse de su máquina, pero Géminiani lo convence para que continúe. Y lo hace. Picado en su amor propio, orgullo de as. Recupera el tiempo con Jean Stablinski, líder entonces, y lo deja tirado en la Côte de Picardie, ya cerca del Louvre. Entra, vencedor y eterno, en el Parque de los Príncipes.
Digamos que esa ausencia se puede justificar. Pero después… Retorna el normando a la Grande Boucle por 1966. Allí solo tiene un objetivo: que no gane Poulidor. Así que seca al limusín, le tiende trampas, finge. Abandona en Alpes, cuando su compañero de equipo Aimar lleva distancia suficiente. Nunca más volvería al Tour.
Duel Anquetil Poulidor
Hay otras dos espantadas de Anquetil que descacharran cuando las lees. Vuelta a España de 1962, la más gorda. Solo que con el ciclista que no toca. Primero Seamus Elliot (irlandés, mira exotismos) y después Rudy Altig. Jacques, rey absoluto, aguarda agazapadete. Hay una crono en Donosti, más de ochenta kilómetros, a dos etapas del fin. Sitio perfecto para el gran golpe, que para eso uno es Monsieur Crono. Además, nos desgastaríamos lo justo cara a julio. Pero no sale bien, la cosa. Vamos, que parcial y amarillo para Rudy Altig, y Anquetil con un cabreo de cojones. No saldrá al día siguiente, porque tiene gripe, una gripe inmensa, tú, qué pedazo de gripe. Insoportable, para él, ser batido en su terreno.
(Ese mismo año, meses después, hace pareja con Altig en el Trofeo Baracchi, contrarreloj por dúos. Quizá la mayor humillación de Jacques Anquetil, que es animado bochornosamente por su «compi» durante parte del recorrido. No podía ni seguir rueda. Hay por internet imágenes sobre aquello y resultan incómodas, casi obscenas.
La otra espantada de Jacques Anquetil son en realidad dos, y tienen el mismo origen: los controles. Cuando gana Lieja-Bastoña-Lieja (su único Monumento, aunque entonces no se llamara Monumento a nada que no fuera la Mezquita de Córdoba) los jueces aparecen con el frasquito tras la ducha del normando. «Ya no me queda nada», dice, «igual podéis sacar algo entre el jabón». Cuela. Pero en la Hora no. En la Hora, en su segundo Récord de la Hora, después de ese legendario que le arrebató al mito Coppi. Esta vez Anquetil se niega, directamente, a lo del antidoping.
Claro que… relean lo anterior. A veces es solo que no puedes con lo que tienes delante. A veces. Clasicómanos de postín que claudican ante puertos, llaneadores con espaldas gordísimas dando mus y buscando un horizonte más cariñoso. Rik van Looy, por ejemplo, que abandonó una Vuelta a España en El Escudo. «Yo he venido aquí a subir puertos, no paredes», dicen que dijo (igual les suena la frase… estas leyendas se escuchan mucho).
O Francesco Moser en el Tour de Francia, que debuta con séptimo puesto esperanzador, apenas veinticuatro añitos, aquella Grande Boucle que Merckx palma en Pra Loup. Edición furiosa, violenta, endurance. Pinta bien, el chaval transalpino. Y nada, que no vuelve. Para qué, no es mi prueba, no voy a sacar nada. Dame adoquines, dame San Remos, dame Lombardías o Tirrenos.
Un precursor de Simoni, también trentino él, solo que Simoni no renunció al Hexágono por fuerzas o posibilidades, no. «El Tour es una carrera amañada, y yo no compito en carreras amañadas», dijo. Toma, fuego ante los micrófonos.
(Y luego están cosas tipo Freddy Maertens abandonando una San Remo porque el diablo, el mismísimo Belcebú se lo había ordenao. Son los años chungos de Maertens, metido con sectas, alcohol y narcóticos. Después le hicieron un exorcismo en casa y pareció mejorar.
Ahhhh, los años ochenta. Ah, y mamarrachadas. Sobre las bicis. Miren, ya podemos contar cualquier historia sobre cagadones ochenteros, que siempre nos aparece Luxemburgo. El tío que no está, que no sale, que se retrasa casi tres minutines. Prólogo del Tour, con amarillo de vigente vencedor. El día, por más abundamiento, que estrenan patrocinio. Uno fantasea con Mario Conde tirándose de los pelos (y poniéndose los deducos perdidísimos de gomina) mientras ve la tele en casa. Pero, ¿con quién coño me he juntado? Y tal. Es, sin duda, la espantá de las espantás. Sumen lo del día siguiente, con Perico (porque de Perico hablamos, ya lo saben ustedes) descolgándose de sus compis en crono por escuadras, sumen los susurros en el pelotón, sumen las teorías. Que si fue al baño, que si se pierde por las callejas de Luxemburgo, que si una rubia, que si una morena, que si compensación por no expulsarlo el año anterior, que si huelga porque no me dan el fijo de salida. Hasta un microsecuestro etarra, he llegado a leer. Chi lo sa. Histórico.

¿Consecuencias? Hostias gordísimas del Butano, portadas sonrojantes, teorías al descojono y una remontada sin fin (y sin premio) que dibuja el Tour más emocionante de siempre. El pódium parisino de aquella Grande Boucle, por cierto, tiene fantochadas para regalar. Miren Greg, verbigracia, que arrastraba un culo más gordo que Dario Pieri por todo el calendario «menos-el-Tour» en su época «post-parecerme-a-un-pavo». Esos reptares dolomíticos, esa sonrisa de «a mí qué me cuentas, si me la suda mogollón, si yo solo quiero ganarte en Francia sin chupar aire».
Sobre todo porque enfrente estaba Laurent Fignon. Y Laurent Fignon fue agresividad y arrogancia, fue un lobo entre corderos, fue un grimdark en los anuncios de Candy, Candy. Alumno aventajado de Bernard «mientras me quede aliento atacaré» Hinault. Entonces, ¿por qué sale Laurent hoy? Pues porque hacía mutis a veces, con aquel ciclismo un pelín más golfo, un pelín más despreocupado. Contaba Fignon en su autobiografía cómo, cierta carrera a fines de temporada, se retiró para gastar una broma a sus compañeros. Que han puesto control antidopaje, colegas, que meadita para el ganador y para quienes salgan por sorteo. Todo ficticio, había, aun, pruebas sin tales menesteres, carreritas locales que no buscaban (o no podían buscar, por presupuesto) a los tramposos. Y eso, que cunde pánico en el pelotón, y se retiran muchos paisanucos, y casi tienen que suspender aquella prueba por falta de bicis. Imagino que quien ganase tendría conciencia tranquila.
Tabla Resumen de las Espantadas Ciclistas
| Ciclista | Año | Carrera | Razón |
|---|---|---|---|
| Alfredo Binda | 1930 | Giro de Italia | Pago por no competir |
| Fausto Coppi | 1954 | Giro de Italia | Intoxicación por ostras |
| Federico Martín Bahamontes | 1960 | Vuelta a España | Protesta por eliminación de compañero |
| Jacques Anquetil | 1962 | Vuelta a España | Gripe |
| Rik van Looy | N/A | Vuelta a España | Descontento con el recorrido |