En el mundo del ciclismo, como en cualquier otro deporte de alto rendimiento, la salud de los atletas es un tema de suma importancia. La exigencia física a la que se someten los ciclistas profesionales puede tener consecuencias a largo plazo, y en algunos casos, desenlaces fatales.
La revisión en profundidad de hechos en el pasado, aportando la debida documentación, ha permitido desvelar datos desconocidos y corregir o completar versiones que el público en general manejaba de manera muy ligera.
Numerosas firmas del periodismo español, cuando repasan episodios del pasado de nuestro fútbol recurren a la información de artículos publicados en Cuadernos de Fútbol.
Sin embargo, no siempre marcar significa ganar. Estos duelos dejan al descubierto una paradoja apasionante: haber celebrado goles sin que estos se traduzcan en triunfo.
En este sentido, comenzamos un serial de las temporadas de la Primera División de la Liga española, donde detallaremos jornada a jornada los goles anotados desde que en 1929 comenzó a rodar el balón por los terrenos de juego.
Obviamente, solo tendremos en cuenta los partidos donde hubo un perdedor y éste conjunto anotó al menos un gol. Goles de Cros que solo sirvieron para maquillar el marcador final.
La primera parte finalizó con un contundente 4-0. A la media hora de juego ya dominaban en el marcador los realistas.
La remontada de los bilbaínos no se hizo esperar; un minuto después del gol de Kiriki, la Real empató por mediación de Unamuno.
De nuevo el Racing volvió a perder por idéntico resultado que en las jornadas 2ª y 5ª, adelantándose en el marcador en los tres partidos.
Los equipos que más rentabilizaron sus goles fueron el Barcelona (vencedor de la Liga), su inmediato seguidor en la clasificación, el Real Madrid, y el Español.
En el lado opuesto, el Real Unión de Irún, aun marcando, perdió nueve encuentros.
Por su parte, el Racing de Santander que perdió un partido menos que el Real Unión, quedó en último lugar de la clasificación, debiendo disputar contra el Sevilla (campeón de Segunda División) la promoción para la permanencia en Primera.
La directiva del At. Bilbao llevaba tiempo intentando organizar una gira por América, cosechando distintos fracasos.

Unas veces por la informalidad de ciertos intermediarios, a tenor de excusas oficiales que evitaban incidir en cuestiones de mayor dificultad expositiva, y otras porque llegada la hora de retratarse, las ofertas económicas parecían tan evanescentes como fumarolas, el caso era que las planillas rojiblancas no salían de Vizcaya durante el periodo estival, cuando nuestro fútbol se tomaba vacaciones.
Y para colmo, aunque de esto no se hablara, estaban las reticencias con que desde “la superioridad” se contemplaban posibles visitas a países con nutrida implantación de exiliados republicanos.
Así las cosas, iban corriendo los años sin que el empeño fructificara. Enrique Guzmán no pudo obtener partido de su amistad con el ministro Castiella, puesto que su ciclo en el puente de mando Atlético concluyó en 1959, cuando entregara el testigo a Javier Prado, quien también abandonaría la poltrona en 1965 sin ver cumplida la misma ensoñación viajera.
Aquella temporada se había iniciado entre luto y aflicción por la muerte de Guillermo Gorostiza, gran extremo pre y posbélico convertido en juguete roto por su falta de carácter y dependencia alcohólica.
Un deceso esperado, puesto que llevaba tiempo enfermo de una tuberculosis que su dipsomanía convirtió en incurable, y por ende particularmente triste, pues habiéndole concedido la vida múltiples oportunidades, se empeñó en desperdiciarlas todas.
Por cuanto respecta al equipo rojiblanco, acababa de experimentar una amplia transformación.
Carmelo Cedrún, Canito, Garay, Manuel Etura, Mauri, Maguregui, Uribe, Gainza, Merodio, Arteche o Arieta I, encontraron excelentes sustitutos en Iribar, Echeverría, Aranguren, Argoitia, Fidel Uriarte, Rojo I, Iñaki Sáez o Arieta II, internacionales parte de ellos, en tanto otros meteoros luminiscentes cuando asomaran al profesionalismo, como Pedro Lavín o Jesús Mari Echevarría, resultaron ser estrellas fugaces.
El segundo, además, como el propio Gorostiza, no sabiendo encarrilar su existencia.
Desde el Distrito Federal llegó hasta la calle Bertendona, entonces sede social del Atlético bilbaíno, una oferta para que el club disputase varios partidos amistosos entre los días 1 y 21 de junio.
Propuesta mucho más que aceptable en lo económico y sentimental, pero supeditada al devenir del equipo en el torneo de Copa, según se adujo, y a que “la superioridad” otorgara su pláceme, por más que tal punto se omitiera.
La final de Copa estaba señalada para el 2 de Julio en el estadio Santiago Bernabéu, y el presidente entrante estaba empeñado en hacer un buen papel en dicho torneo.
Resumiendo, se dieron largas a intermediarios y organizadores mexicanos, según la versión oficial, hasta que el posible viaje al país donde seguían residiendo los hermanos Regueiro, Isidro Lángara, Enrique Larrínaga, Gregorio Blasco, Emilín Alonso, Serafín Aedo, José Manuel Urquiola, Rafael Egusquiza, Pablito Barcos o José Muguerza, todos ellos componentes del equipo Euzkadi, y tierra adoptiva, además, de tantos vascos exiliados tras la Guerra Civil, concluyera esfumándose.
Otra versión más prosaica, sustentada en el devenir real de los acontecimientos, concluye que la directiva rojiblanca desestimó retrasar las fechas de partida ante los escollos que desde la Delegación Nacional de Deportes fueran poniéndose.
México seguía constituyendo un problema.
Y además, entre medias surgieron otras cuestiones no menores, como en seguida veremos.
El caso es que ambas partes jugaron al gato y al ratón.
La D.N.D. fraguando con la R.F.E.F. un premio de consolación, para no dejar heridos en la cuneta, y el At. Bilbao acatando disciplinadamente, como años antes hiciese Enrique Guzmán, una negativa muy edulcorada.
En resumen, “a México no, pero podrías ir a los Estados Unidos, si os apetece.
El campeonato de Liga llegaba a su fin con más pena que gloria para los vizcaínos, dirigidos desde el banquillo por su antiguo capitán y estrella imperecedera “Piru” Gainza, a quien la prensa apodara “El Gamo de Dublín” tras un partido soberbio con la camiseta de nuestra selección: Un 7º puesto entre 16 contendientes, y solemne batacazo en la Copa de Ferias, estaban muy por debajo de lo esperado, al decir de los eternos optimistas.
Lo cierto era que Agustín Gainza fue cuestionado casi desde el principio.
Hizo gala de una propensión desmedida al manguerazo en San Mamés, sobre todo cuando tocaba medirse a equipos meridionales.
Era un técnico de otro tiempo, anticuado e impermeable a las nuevas tácticas, en permanente evolución.
Se le achacaba, además, falta de tablas, puesto que tan sólo había entrenado al Arenas Club de Guecho, en 3ª División.
Seguía maniatado al fútbol fuerza, al carrerón en largo, el desborde por la banda y los centros al punto de penalti o el segundo poste.
Y para colmo, cuando los espectadores ya no sólo ansiaban resultados, sino también espectáculo, se le iba la mano con el riego, como aquella tarde ante el C. D.
El Málaga, al encontrarse con una piscina, se atrincheró ante su marco y los jugadores bilbaínos, de resbalón en resbalón, rebozados en lodo, apenas lograban terminar una jugada.
Cualquier intento de regate estaba condenado al fracaso.
Sólo restaba aplicar patadones, como en el fútbol pleistocénico.
Y ante semejante táctica, los encastillados lo tuvieron todo a favor.
Las crónicas periodísticas locales recogieron de este modo aquel empate, que sepultaba las escasas posibilidades atléticas de alcanzar al Real Madrid y Barcelona: “A Piru Gainza le salió el tiro (léase agua) por la culata” (El Correo Español-El Pueblo Vasco).
“Toneladas de agua de lluvia artificial convirtieron San Mamés en una piscina” (La Gaceta del Norte).
Agustín Gainza, gran estrella en sus días de futbolista activo, como entrenador mostró un libreto anticuado, abusando del manguerazo hasta lo inimaginable cuando en la plantilla contaba con un buen puñado discípulos sin nada que envidiar, técnicamente.
Pero como dice el refrán, Dios aprieta, aunque no ahoga.
Y el caso es que semanas antes de la conclusión liguera, casi de improviso, surgió lo de viajar a Chicago, ciudad sin apenas españoles y por tanto con mínimas posibilidades de que surgieran problemas políticos.
Ese bolo se resolvió con victoria rojiblanca por 3-1, con un gol de Fidel Uriarte y dos de Arraiz, a quien el Real Zaragoza había hecho llegar una oferta cifrada en 300.000 ptas. de ficha y 8.000 de sueldo mensual, primas aparte, rechazada desde la directiva rojiblanca.
La expedición tuvo que regresar directamente a Valencia, donde tocaba dirimir el penúltimo partido liguero, efectuando escalas en New York, Londres y Madrid.
Pero al desembarcar en Barajas surgió la sorpresa: faltaba “Chechu” Rojo.
“Pero si estaba conmigo en la sala de tránsito londinense”, apuntó un compañero.
“Creo que dijo algo sobre ir al servicio”, corroboró otro.
Total, había quedado encerrado en una cabina de los servicios, sin que al parecer llegaran hasta allí los mensajes de megafonía.
Y lo más sorprendente, nadie advirtió su ausencia hasta pisar suelo español.
Finiquitada la Liga con una triste 7ª posición entre 16 equipos, la Copa, eterna esperanza de la afición bochera, arrancó bien para los intereses rojiblancos.
Vitorias ante el Recreativo de Huelva en Dieciseisavos, por 3-0 y 0-1. En octavos, eliminación de la U. D. las Palmas con un 3-0 en San Mamés y derrota en el Insular por 1-0.
En Cuartos, victoria a domicilio ante el equipo “colchonero” 0-2, y empate a 1 en Bilbao.
La Semifinal, ante el Córdoba C. F., estuvo envuelta en un escándalo bochornoso.
Los cordobeses, con un equipo veterano a las órdenes del hispanofrancés Marcel Domingo, donde destacaban el aguerrido Simonet, los pegajosos marcajes de Martí, la brega del guipuzcoano Alfonso, la eficacia del canario Ricardo Costa, el hábil Álvarez, capaz de driblar hasta a su propia sombra, y Juanín empuñando la batuta como gran director de orquesta, era obvio lo pondrían difícil en el antiguo Arcángel, aunque desde el bocho sólo se pensara en la final.
Los medios de difusión vascos, antes de que el balón rodase, anunciaban un tren especial, cien autobuses apalabrados por distintas agencias de viaje, peñas y particulares, y 7.000 plazas hoteleras contratadas en la capital y su provincia.
No obstante, aquel domingo 18 de junio de 1967 se fraguaba una increíble celada en la ciudad califal.
De pronto se apagaron los focos de iluminación artificial, y una buena porción de aficionados saltaba al césped para agredir a Félix Birigay, árbitro de la contienda, y a los jugadores rojiblancos mientras estos corrían a tientas hacia el túnel de vestuarios.
Gainza, entrenador atlético, se encaró con el presidente cordobés para cantarle las verdades del barquero: “Aquí hay un culpable.
Hora y media después de finalizar el encuentro, el autocar del equipo bilbaíno, escoltado por la policía, lograba salir del estadio con todos los futbolistas tendidos en el suelo, para cubrirse ante las pedradas lanzadas desde el exterior.
El At. Bilbao se había impuesto 0-1, merced al gol anotado por Zorriqueta, de cabeza, y la prensa del día siguiente afirmaba: “El Atlético ganó el partido… y la guerra.
Se apagan las luces del Arcángel para facilitar la agresión a los bilbaínos y al árbitro, que acababa de anular un gol cordobés”.
Seis días más tarde, el sábado 24, volvían a vencer los rojiblancos en su feudo por 2-0, con tantos de Arieta II en el minuto 64 y Fidel Uriarte, en 83, de penalti.
La final era un hecho, mientras el Comité de Competición de una R.F.E.F.
El 2 de julio, a las órdenes del colegiado tarraconense Jaime Oliva Fortuny, el Valencia se imponía al Atlético por 2-1, con goles del asturiano paquito y el paraguayo Jara para los campeones, por más que este último jugador nunca debería haber gozado de ficha federativa española, al representar internacionalmente a Paraguay durante su etapa juvenil.
Algo que taxativamente prohibían los acuerdos sobre import...
Analizar las causas de muerte de un deportista de élite como Juanjo Valverde requiere una investigación exhaustiva que considere factores genéticos, historial médico, estilo de vida y las exigencias físicas del ciclismo profesional.