Historia de las Pandillas de Motociclistas y su Cultura

La cultura biker siempre ha estado ligada al concepto de personalización. No aplicada únicamente a las motos en sí, sino también a los mismos motoristas. Éstos crean su propia imagen escogiendo un tipo determinado de casco, de chaqueta, de botas, etc. Pero si existe un elemento distintivo definitivo de la cultura biker, son los parches moteros.

De hecho, actualmente muchos moteros llenan sus chaquetas y chalecos con parches que, aunque saben que son biker, en realidad no conocen su significado o, como poco, se aleja bastante de lo que pensaban.

Orígenes de los Clubes Moteros

Hasta la Segunda Guerra Mundial, la motocicleta era un mero medio de transporte. Tras la II Guerra Mundial, muchos veteranos de guerra encontraron consuelo con la moto. Pero, a diferencia de los miembros de los antiguos clubes, empiezan a vestir con ropa militar, con su vestimenta de piloto de caza, usando sus cazadoras de aviación y sus botas.

Esta asociación fue la encargada de registrar los primeros clubes moteros. Estos solían ser grupos de amigos que se juntaban por el mero placer de rodar en moto. No tardó en hacer concursos para valorar los logotipos más originales.

Los Outlaw Bikers y el Parche del 1%

Así aparecieron los primeros outlaw bikers. Llegaron a afirmar que el 99% de los motociclistas americanos pertenecía a su asociación y respetaban la ley. El 1% restante eran los outlaw bikers clubs y el parche del 1% se convirtió en su símbolo.

La Estructura de los "Colores"

Dividiendo el parche de la espalda en 3 piezas, extendiéndose su uso en chalecos. El conjunto de estos 3 parches se conoce como “colores” y quedaba dividido de la siguiente manera:

  • Un parche superior (top rocker) con el nombre del club.
  • Un parche central (central rocker) con el logo del club.
  • El parche inferior (bottom rocker) con el lugar de procedencia.

En algunas ocasiones, a estos tres parches de les añade un cuarto con las siglas MC para indicar que es un moto club.

Parches Moteros Comunes y su Significado

Los MCs no suelen llevar más parches que sus colores, el parche del 1% y sus rangos. Pero al cruzar el charco y llegar a Gran Bretaña, la tradición de los parches moteros se convirtió en moda al adaptarse a la costumbre de mods y rockers de adornar su vestuario y su moto con toda clase de insignias.

Esta costumbre ha llegado a nuestros tiempos y, en muchas ocasiones, usamos parches bordados cuyo significado desconocemos. Veamos algunos de los más populares:

  • Men of Mayhem: Parche que porta el miembro de un MC que ha matado en nombre del grupo.
  • Bad Influence: Este parche indica que su portador es un loco.
  • Números: Forma de identificar al MC al que se pertenece por el lugar que ocupan en el alfabeto sus iniciales. Así, los Hells's Angels son el 81, los Forajidos el 6, etc.
  • FTW: En algunos ámbitos significaría “For The Wind”, pero en la cultura MC son las siglas de “Fuck the World” (Que le den al mundo), símbolo de la absoluta rebeldía biker.
  • Cruz de Malta: Símbolo internacional que representa protección, valor y coraje.
  • Cruz Blanca: Parche que se obtiene al profanar una tumba con testigos presentes para tomar un artículo del difunto.
  • Cruz Roja: Parche que se gana cuando se han practicado relaciones homosexuales con testigos presentes.
  • Número 13: Da a entender que el biker fuma o trafica con marihuana. La M es la treceava letra del alfabeto.
  • As de Picas: Este parche, conocido como “la carta de la muerte” simboliza que el miembro del MC está dispuesto a matar por el grupo o ya lo ha hecho.
  • Calavera con tibias o sables cruzados: Significa “Respect Few, Fear None” (Respetar a algunos, Temer a Ninguno). También puede simbolizar que el miembro ha asesinado por el grupo o que ha burlado la muerte.
  • D.F.F.L.: Son las siglas de “Dope Forever Forever Loaded” (Droga por siempre, siempre cargado). Su portador siempre anda con drogas o las puede conseguir con facilidad.
  • Bola número 8: El parche de la bola negra con el número 8 es un símbolo relacionado con el juego. Lo llevan aquellos que piensan que la vida es un juego que, en función de la suerte y de lo que arriesgues, te irá mejor o peor.

Joyas y Accesorios en la Cultura Motera

La pasión por las motos tiene su reflejo estético. Chaquetas de cuero, abalorios metálicos y, cómo no, una joyería identificativa. Más que una afición, la estética de un motero, o motera, transmite una filosofía de vida.

La moto es un símbolo de libertad y también es un elemento gregario, de pertenencia a un grupo. A los motoristas les gusta hacer rutas colectivas o quedar en una concentración con otros compañeros. Los motoristas expresan su enfoque sobre la vida, con su estética e indumentaria, cuidando para ello hasta el último detalle.

Tipos de Joyería Biker

  • Anillos: Los motoristas suelen llevar anillos llamativos con motivos como calaveras, cruces o emblemas de marcas de motocicletas.
  • Collares y Colgantes: Cadenas de metal, chapas identificativas, calaveras, dragones y símbolos celtas son comunes.
  • Pulseras: Las pulseras de piel, a menudo trenzadas, son otro accesorio habitual.
  • Pendientes: Los pendientes de aro, con origen en la tradición marinera, también son populares.
  • Carteras con Cadena: Un accesorio práctico para evitar la pérdida de la billetera o las llaves durante la conducción.

El Impacto del Cine y la Televisión

La película «The Wild One» (Salvaje) protagonizada por Marlon Brando en 1953, introduce la estética y la filosofía motera en la cultura popular. Marlon Brando encarna en esta película a Johnny, el líder de una banda de moteros que llega a un pequeño pueblo de California armando un gran revuelo. Son jóvenes que visten de cuero negro y que viven, prácticamente, encima de la moto.

Tiempo después, otra pandilla de motoristas, encabezadas por Lee Marving pretenden expulsar a Johnny y su pandilla del pueblo. Abriendo, de esta manera, una confrontación entre ellos.

La película “Salvaje” de Marlon Brando se hace para intentar criminalizar a estos jóvenes inadaptados. El efecto que genera en la población es el contario. Jóvenes de todo el mundo se quedan fascinados por el espíritu rebelde y libre que transmite el personaje de Brando. Y por su estética rompedora.

Después llegarán otras películas y series míticas. Como “Easy Rider” en 1969 o “The song of anarchy” en el 2008.

Ya hace unos meses que había oído hablar de esta serie que ha arrancado con mucha fuerza en los USA: “Sons of anarchy” (Hijos de la anarquía, en la traducción oficial española). La serie ha sido un éxito de audiencia en su primera temporada y las críticas recibidas son muy buenas. En general, la comparación más utilizada para esta serie es “Los Soprano”, lo que es una inmejorable referencia. “Los soprano en dos ruedas” he leído por algún sitio.

Hijos de la Anarquía está protagonizada por una pandilla sobre ruedas de estética custom cuyas riendas lleva un clan familiar: una matriarca, su marido y un hijo de ella. Sin detallar el argumento, os comento que los capítulos relatan los esfuerzos de la banda por mantener a Charming (su pueblo) libre de drogas y asesinatos de otras bandas (hispanos, coreanos, rusos,...) para poder desarrollar sus clásicos negocios de tráfico, juego y protección. Y para mantener ese orden, os podéis imaginar que habrá una cierta dosis de violencia.

En resumen, una serie sobre dos ruedas que promete traición, lealtad, celos, amor, violencia, aromas de libertad, instinto de supervivencia,... Un cocktail de difícil equilibrio que parece resolverse sorprendentemente bien por la respuesta de la audiencia y las críticas.

Por qué los moteros odiaban a Sons of Anarchy: Los forajidos que rechazaron Hollywood

El Símbolo de la Calavera y los Outlaws MC

Marlon Brando catapultó aquel símbolo, la calavera con los huesos cruzados, a medio camino entre los piratas y corsarios, las sociedades secretas más oscuras y terroríficas y el crimen organizado cuando ¡Salvaje! se convirtió en la gran película para las bandas sobre ruedas de los cincuenta y Brando lideraba a sus impecables Black Rebel Motorcycle Club.

Los Outlaws lo adoptaron y lucieron en su espalda, cuando la banda era un grupo relativamente pequeño y con poco que ver con los actuales Outlaws MC. Se fundaron en 1935 en un bar situado en la antigua Ruta 66 a la altura de McCook, Illinois, un suburbio cerca de Chicago.

Más tarde se llamaron los Chicago Outlaws, hasta la actual denominación de Outlaws Motorcycle Club, ya asentados al norte de Florida. Inicialmente lucían en la parte de atrás de sus chaquetas su nombre, aunque sin dibujos ni logo de ningún tipo. Posteriormente, decidieron incorporar una calavera entre dos huesos a la que llamaron «Charlie».

En sus orígenes no fueron un club «1%» (la facción más extrema de los forajidos sobre ruedas), pero todo cambió cuando en 1960 la AMA (Asociación de Motoristas Americana) les denegó la admisión, condenándolos a ser unos proscritos. Se radicalizaron, adoptaron el 1% y el lema: «Dios olvida, pero no los Outlaws».

Danny Lyon, un fotógrafo aficionado a las subculturas y con capacidad para retratar magistralmente todo lo que sucedía en Estados Unidos, capturó un ambiente único, cuando a mediados de los sesenta, con el movimiento aún creando su propio estilo, rodó con los Outlaws de Chicago y los fotografió en su día a día.

Biker Movies: Un Reflejo de la Cultura

El 4 de julio de 1947, un escuadrón de alrededor de 4000 energúmenos motorizados, invadió la pequeña localidad californiana de Hollyster, convirtiéndola en un pandemonium digno de cualquier azote vikingo y causando el terror generalizado entre los lugareños. Apenas dos semanas después, la revista Life incluía un completo reportaje a propósito del suceso en el que destacaba una espectacular foto a toda página de uno de aquellos bárbaros posando plácidamente encima de su máquina.

Kramer percibió el potencial cinematográfico del tema. De modo que. junto al director Laszo Benedek y el guionista John Paxton, se puso manos a la obra para realizar la primera “biker movie” propiamente dicha: «¡Salvaje!« (“The Wild One” 1954). Antes de iniciarse el rodaje, junto al joven Marlon Brando, actor elegido para dar vida al motero protagonista. los autores vivirían tres semanas alternando con auténticos motoristas, impregnándose de su filosofía vital y recogiendo sus opiniones

Bien es cierto que, vista hoy, ”Salvaje” resulta escasamente violenta, sin embargo, para la época, aquello parecía hiperfuerte, tanto que los censores pusieron el grito en el cielo y la crítica tachó la película de “incitación a la anarquía y la violencia”. Columbia Pictures presionaría a Kramer para insertar sobre el plano final un puritano e hipócrita mensaje asegurando al público que todos aquellos indeseables eran finalmente capturados y condenados.

Durante los años siguientes una plaga de JD films (películas de delincuencia juvenil), casi todas de ínfimo presupuesto, arrasó Estados Unidos. Dentro de esta línea, las películas de motoristas formaban un apartado con características diferenciadas, con la película de Benedeck como clara precursora.

A principios de los 60, los ‘JD Films’ parecían haber dado de sí casi todo lo que podían partiendo de tan exigüas fórmulas, al tiempo que la imaginería ‘biker’ se había convertido en un elemento tan habitual en la “Teen-explotation” como los kleenex en un rodaje porno.

Al margen de los circuitos comerciales, algunos cineastas con vocación más underground-experimental se zambullirían en la estética cromada y customizada con títulos como “Scorpio Rising” (1963), del genial locaza Kenneth Anger, o “Blow job” (1964) y “Bike Boy” (1967), ambas de Andy Warhol.

Inspirado, al igual que Kramer, por una fotografía de la revista Life que mostraba a una cuadrilla de auténticos Angeles del Infierno, con sus aparatosas ‘choppers’,asistiendo al solemne funeral de uno de sus miembros. Corman presentó un proyecto a la AIP para resucitar el género. En el estudio pergeñaron un tratamiento titulado “Angeles Caidos” que enfocaba la acción desde el punto de vista de una población atemorizada por una pandilla motorista, presentando a “los Angeles “como los malos de la película.

Corman se opuso rotundamente a este tratamiento: “La perspectiva de los ciudadanos me traía sin cuidado. lo que yo quería era contar la historia de los Angeles. Ellos eran las figuras. No me interesaban los valores sempiternos, sino el mundo del marginado, del fuera de la ley”, así se expresaba Corman años más tarde.

Los verdaderos Hell´s Angels habían acaparado la atención general en 1964. cuando unas adolescentes declararon haber sido raptadas y violadas por una banda de motoristas salvajes. La prensa tardó poco en calificar a los Angeles de amenaza nacional, a través de numerosos reportajes en diversas publicaciones respetables.

Con semejante delirio visual a su alcance, Corman no podía dejar pasar la ocasión de convertirlo en pasto de explotación fílmica. El monarca del rodaje supersónico se inclinó en ella, con su astucia habitual, por un estilo semidocumental, suficiente para desarrollar el leve argumento. Este recurso, como es lógico, iba encaminado a ahorrar el máximo número de tomas posible, lo cual acabaría cuajando en un film de extrema parquedad narrativa, estructura atropellada pero efectiva y diálogos espartanos (el guión original de Charles Griffith apenas constaba de…120 líneas).

Corman exigió también a todos sus intérpretes que fueran ellos mismos quienes montaran las “choppers”. Esto originaría la substitución de George Chakiris (“West Side Story”) por Peter Fonda, al ser incapaz aquel de aprender a defenderse sobre dos ruedas.

El herido muere y sus compañeros organizan un funeral que termina degenerando en un sacrílego desmadre de violencia y sexo… La reacción crítica a “The Wild Angels” resultaría de lo más dispar, creando una radical controversia.

Pese a comentarios tan negativos como aquellos que la calificaban de “basura violenta sin sentido alguno”, el film se exhibiría en certámenes como Venecia y Cannes, recibiendo en Europa una calurosa acogida. En Estados Unidos se convertiría rápidamente en el film más taquillero de toda la historia de la AIP, siendo devorado con avidez por la juventud contracultural de aquellos años.

John Cassavettes interpretaba a Code, el jefe del grupo Los Calaveras, que resulta ser un individuo algo más reflexivo y razonable de lo habitual en este tipo de cintas.

Bandas Callejeras en Madrid: Los Ojos Negros

En Madrid, los barrios de Carabanchel, Orcasitas, Pan Bendito y Usera, por ejemplo, vieron actuar a las primeras bandas callejeras, especializadas en robos, timos, tirones, amenazas que van escribiendo la ley de la calle mientras se inspiran en las películas americanas. Una de las más famosas y temibles tiene una historia genial.

Ángel Luis Tello era un macarra de Carabanchel que tiene los ojos color azabache al que acompaña un lugarteniente, Mariano Revilla, y un grupo de amigos que le siguen adonde vaya. Uno de ellos se llama José Luis Pacheco y tiene unos arranques tremendos de genio. No duda en sacudir puñetazos cuando la situación lo requiere. Ellos son los líderes de un grupo que se hace llamar Los Ojos Negros, porque todos los tienen oscuros y porque, si te enfrentas a ellos, puede que tú también.

Pero no son la única banda que tiene fama. Se habla de Los Látigos, en el mismo barrio de Carabanchel, los Trompas de Vallecas, Rana Verde en Orcasitas, los Gatos Negros de San Blas, por ejemplo.

Los Ojos Negros llevan a cabo sus misiones. Motos tentadoramente aparcadas en la calle, alguna intimidación por encargo y el orden de los tráficos de la noche, que en la época no pasan de hachís y grifa procedentes de Marruecos.

Uno de los más valientes o inconscientes del grupo es José Luis, apellidado Pacheco, que no rehúye una pelea y que está acostumbrado a defenderse, si hace falta, con una navaja o un cuchillo.

En una ocasión, acompañado por Emilio El Lobo, uno de sus secuaces habituales, atraca una farmacia a punta de navaja. Sin embargo, por alguna razón, ambos discuten a la hora de repartirse el botín y arman tal escándalo pelándose que la policía les detiene.

Pacheco no tiene más de 16 años y solo debería pasar unos meses a la sombra, pero en la cárcel se vuelve más violento todavía. Conoce “dentro” a El Lute, coincide con Jesús Gil e incluso con el bailarín Antonio Gades. Y agrede a un guardia. Pasará dos años en prisión y al salir descubrirá su destino en un bar de legionarios que frecuenta: presencia en televisión una pelea de boxeo de Fred Galiana y tuvo su epifanía, iba a ser boxeador.

Su estilo, tan descarnado como la propia calle, le servirá en bandeja su apodo. “Dum Dum” Pacheco, en honor a unos misiles de la época, pega con la rabia acumulada desde la cuna, como aprendió con Los Ojos Negros. Se dejará el alma y los órganos en el cuadrilátero hasta llegar a ser número uno del ranking europeo.

Allí, Los Ojos Negros imponen su ley, con navajas y cadenas de motocicleta y están deseosos de retarse con una banda rival. Acaba de estrenarse “West Side Story” (1961) y los duelos de la película hacen volar la imaginación.

Los Ojos Negros consolidan un templo de reunión nocturna. Se trata de una discoteca, Los Boys, en Usera, su cuartel general. Allí, según cuenta Domínguez y también Servando Rocha en la revista “Madriz”, tiene lugar una escena que el propio Camilo Sesto corroboraba en sus memorias (“Camilo”, 1985).

Antes de adoptar el nombre artístico por el que fue conocido, Camilo Blanes formaba parte de Los Dayson, una banda de pop, aunque en España todo se etiquetaba como “ye-yé”. El caso es que una noche Los Dayson se plantan en la discoteca que gobiernan Los Ojos Negros y se acercan a Pacheco, reconociendo que allí ellos son los que mandan. Le piden trabajo y Pacheco intercede por ellos ante el dueño del local, que ya les ha rechazado previamente. Aunque protesta, acaba cediendo a la presión del macarra y los poperos. “Vamos a ser sinceros contigo. O les das un mes de prueba o si no, ya sabes, te rompemos la discoteca”, le dice Pacheco.

Con su actuación de aquella noche y el buen hacer del cuarteto durante los siguientes meses de 1965, el dueño de Los Boys vio recompensada con creces su decisión.

Lo que sucedió en aquella primera noche, la de bautismo de Camilo Sesto, lo relata él mismo en su biografía, en la que describe Los Boys como “un garaje enorme y horroroso, con las paredes sucias y húmedas”. En su debut en esa especie de “The Cavern” a la española, el famoso cantante lo recuerda así: “En medio de nuestra actuación, un tipo completamente vestido de negro, adornado con cadenas y herrajes de todo tipo, pelo largo, muñequera, gafas oscuras ; un tipo con un aspecto terrible empezó a hacerme muecas de burla mientras bailaba. Yo dejé la canción a la mitad, abandoné el micro en el suelo y me lancé a la pista. No era fácil ganarme bailando el rock and roll. Pronto nos hicieron corro y aparecieron dos chicas en la competición. Al terminar, el fulano me abrazó con fuerza y dijo: ‘‘A partir de ahora seréis los líderes musicales de nuestra banda, Los Ojos Negros’’. A lo que yo contesté: ’’¿Yo? ¿Has visto el color de mis ojos?’'. Pero el tipo sentenció. ’'Da lo mismo. Cantas y bailas como dios. Asunto hecho’'. Iban armados de cadenas de motos, cuchillos y resultaban realmente peligrosos. Así que eran los verdaderos dueños de Los Boys. Sin embargo, gracias a su admiración por nosotros, se convirtieron en seguida en nuestros protectores”, recordaba el propio Camilo Sesto.

Bosozoku: Las Tribus del Trueno en Japón

En los años 50, los pilotos que sobrevivieron a la Segunda Guerra Mundial se echaron a las calles en busca de su dosis diaria de adrenalina. La mayoría arrastraba secuelas psicológicas que les incapacitaba para adaptarse a la nueva realidad de un país cautivo y en pleno proceso de occidentalización.

Se sentían ultrajados por la misma sociedad que les educó para ser mártires y ahora les exigía que fueran dóciles y productivos, cargando sobre sus hombros con la responsabilidad del milagro económico.

La punta de lanza fue la industria del motor. Hasta ese momento, Honda solo fabricaba componentes, Suzuki hacía telares, Kawasaki maquinaria pesada y Yamaha instrumentos musicales pero, gracias a la influencia extranjera de Harley-Davidson y la frenética actividad de las cadenas de montaje, surgió en Japón una creciente comunidad de fanáticos de las motocicletas. Consumo, ruido, velocidad y tecnología: los ingredientes de la modernidad, los mismos del rock’n’roll.

Al principio se hicieron llamar Kaminari-Zoku, la Tribu del Trueno, en referencia al estruendo tan característico que brotaba de los tubos de escape de sus motos. «Máquinas rugientes» que encarnaban el ideal poético del futurismo italiano «adornado con gruesos tubos parecidos a serpientes de aliento explosivo».

La horquilla delantera y los manillares muy altos imitando a las choppers estadounidenses y carenados de gran tamaño y, a menudo, inclinados hacia adelante, similares a los de los racers británicos.

En su etapa de apogeo, los clanes de moteros sumaban 40.000 miembros desplegados por todo el país como si se tratara de un ejército. Incluso contaban con su propio uniforme: el tokkō-fuku (cuya traducción literal es “ropa de ataque especial”), un mono inspirado en los utilizados por los obreros y los aviadores de la Segunda Guerra Mundial.

Entre sus filas predominaban los nostálgicos que se aferraban al código del Bushido e imponían castigos ejemplares a quienes se desviaban del Camino del Samurai, pero su autoridad se vio cuestionada en cuanto el narcotráfico y la venta de armas se impusieron como los principales medios de subsistencia.

Sin lugar a dudas, el hito más relevante de aquel periodo se filmó en 16mm y en blanco y negro. Décadas más tarde, su título, God Speed You! Black Emperor (1976), inspiró al colectivo de post-rock canadiense del mismo nombre y sigue vigente como un título esencial del cine independiente japonés de bajo presupuesto.

El impactante documental de Mitsuo Yanagimachi sigue a los Black Emperor, una facción bosozoku marcada por un código de disciplina estricto, una infraestructura paramilitar y una estética desafiante y audaz que incluye bandanas, cejas afeitadas y el uso de la esvástica como insignia.

«Vivo en un túnel. Famosos por su conducta temeraria y su violenta, los bosozoku se erigieron como una de las temáticas contraculturales más en boga del cine japonés durante los años 70.

En Akira (1988), los delincuentes juveniles también siembran el caos a lomos de sus motocicletas futuristas, blandiendo tuberías y cócteles molotov como jinetes postapocalípticos. Demenciales chicos acelerados que consumen anfetaminas para deambular por las calles de Neo-Tokio, a imagen y semejanza de los que camparon a sus anchas durante los años ochenta y que, en muchos aspectos, resultaban tan intimidantes como los describe el manga y la película.

En la visión de Otomo, los motoristas se enfrentan a la policía y participan en disturbios antigubernamentales, haciendo de las calles su patio de recreo y oponiéndose a cualquier figura de autoridad que se interponga en su camino.

En la actualidad, las cosas han cambiado mucho. Los bosozoku más veteranos se burlan de las generaciones más jóvenes por usar casco y montar en scooter. La vieja guardia acabó diezmada por las redadas policiales y la recesión económica que provocó la crisis del petróleo de los años 90 acabó por desanimar al resto.

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