Alberto Fernández: La Trágica Historia del Ciclista que Marcó una Época

Fue un 14 de diciembre del año 1984 cuando la carretera le arrebató la vida de forma cruel. Un accidente de tráfico entre Burgos y Segovia cortó de forma abrupta la trayectoria del mejor ciclista español de la época, precursor de los éxitos que luego llegarían de las piernas de Pedro Delgado o de Miguel Indurain.

Inicios y Trayectoria

El corredor nació el 15 de enero de 1955 en Cuena, Cantabria, a menos de diez kilómetros de la localidad palentina de Aguilar de Campoo. A la edad de siete años sus padres se trasladaron a Castilla por motivos laborales, y allí comenzó Alberto Fernández su trayectoria como ciclista.

Apodado 'el Galleta' debido a la industria galletera que ha hecho famosa a la localidad aguilarense, ingresó en la escuela que Moncho Moliner desarrollaba en Valladolid donde, en las filas del equipo Volvo, logró sus primeros triunfos como corredor juvenil, según recuerdan en el club ciclista que lleva su nombre. En la ciudad del Pisuerga formó parte de otros dos equipos, el Novostil-Helios en 1978 y un año más tarde en el Moliner-Vereco donde coincidió con otros grandes corredores como José Luis López Cerrón o Perico Delgado, quienes guardan un gran recuerdo de él.

Con 24 años debutó como profesional en el equipo Teka bajo las órdenes de Domingo Perurena. Ese año 1983, Etxeondo equipaba al equipo Reynolds y al ZOR.

Consolidación en el Ciclismo Profesional

En el Tour de 1982 Alberto demostró su valía como escalador al finalizar tercero en la mítica cima del Alpe D'Huez y, un año después, ya en las filas del equipo Zor, sumó a su palmarés un tercer puesto más dos victorias de etapa en el Giro de Italia, y repitió sitio en el cajón en la Vuelta por detrás de Mariano Lejarreta y del campeón francés Bernard Hinault.

El Galleta firmó un gran año en su nuevo equipo y confirmó que se trataba de uno de los mejores corredores de la época. En palabras de Perico Delgado, «era la referencia del ciclismo español en el Giro y el Tour. Lo recuerdo con admiración, era muy sólido en todos los terrenos, andaba bien en la montaña y en la contrarreloj».

Alberto Fernández rozó las mieles del éxito en 1984, su último año. En una de las Vueltas más apretadas de la historia, tan solo seis segundos separaron al español de lograr el jersey de campeón en la ronda española. Fue el año en el que un jovencisimo Pedro Delgado se daba a conocer desde el equipo Reynols y en el que Fernández demostró que la montaña era para él, con dos terceros puestos en las etapa con final en los Lagos de Covadonga, y en una cronoescalada dos días después.

La tragedia de los seis segundos quedó olvidada con los hechos de diciembre. Alberto Fernández abandonó la concentración que el Zor había planeado en Sierra Nevada para dirigirse a Madrid a recoger el premio en reconocimiento a sus méritos deportivos.

Alberto Fernández encabeza un homenaje a San Martín

El Trágico Final

López Cerrón rememora el momento: «Veníamos de 15 días en Sierra Nevada, se fueron Rupérez, Mínguez y él para Madrid para recoger el premio de Unipublic al mejor ciclista. Al día siguiente nos íbamos a ver en un homenaje en Aguilar de Campoo, pero cuando bajábamos de entrenar esa mañana nos salieron a buscar para decirnos que había sucedido el accidente. Fue un mazazo, una impresión para todos».

Al día siguiente el Galleta debía estar en Aguilar, el pueblo que le había dado su apodo y le había visto crecer, pero un choque frontal contra otro vehículo silenció el homenaje que iba a recibir, llenó de lágrimas los ojos de los personajes de mundo del ciclismo y frenó los éxitos del mejor ciclista español del momento.

La prematura muerte de Alberto provocó que el ciclista se quedara sin lograr la gran vuelta que tan cerca estuvo de conseguir. Perico Delgado asegura que «con su muerte brusca no terminó de rematar un mejor palmarés» mientras que López Cerrón va más lejos al analizar las opciones que el fatal destino arrebató al de Aguilar: «Podía haber llegado a cotas altas, no sé si a ganar un Tour pero a hacer buenos puestos sí, y aquella Vuelta a España fue una desgracia.

El 15 de diciembre de 1984, Alberto Fernández Blanco iba a recibir un homenaje multitudinario en la localidad en la que se hizo hombre y ciclista, Aguilar de Campoo, donde residía desde los siete años hasta que contrajo matrimonio con 26. El Galleta era el mejor ciclista de la época, liderando una generación de nuevas estrellas españolas, los Perico Delgado, Lejarreta, Arroyo, Faustino Rupérez, Gorospe, etc. De hecho, en la noche del 13 de diciembre era reconocido en Madrid como el mejor ciclista español del año en la Gala Unipúblic.

Pero lo que iba a ser un homenaje se convirtió en un funeral, presidido por la incredulidad y con cerca de 10.000 personas despidiendo a El Galleta y su esposa Inmaculada Sainz, fallecidos un día antes en un trágico accidente de circulación cuando viajaban a Aguilar a ese homenaje y estar con sus padres y hermanos. Un francés le quitó la vida en un adelantamiento prohibido y otro, Eric Caritoux, la Vuelta a España por seis segundos, la diferencia más corta en la historia del ciclismo mundial en cualquiera de las tres grandes, Vuelta, Giro y Tour.

Aquel homenaje multitudinario que no se le pudo realizar en vida, lo tuvo ayer con motivo del cuarenta aniversario de su muerte. En honor a la verdad, el CC Aguilarense Alberto Fernández honra su memoria desde aquel día. De hecho, ha sido el organizador de todos los eventos, de la mano de su expresidente, José Ángel Gutiérrez, junto a la presentación del documental 40 años y 6 segundos.

Homenajes Póstumos

Desde la pandemia, La 8 Palencia y Diario Palentino querían hacer un homenaje especial a uno de los deportistas palentinos más importantes de su historia. Año tras año proponían a Alberto Fernández al galardón especial de deportista de leyenda del deporte palentino en los Premios PDP. Por fin fue reconocido en diciembre de 2020.

Fue el pistoletazo de salida para la creación del documental, que venía a completar, no competir, con el maravilloso reportaje de Conexión Vintage de Teledeporte, que le dedicó dos capítulos. En este caso, se pretendía que fuese más personal, más relacionado con Aguilar y Palencia, conocer su vida desde que naciese el 17 de enero de 1955 en Cuena, un bellísimo pueblo de la por aquel entonces provincia de Santander colindante con Aguilar.

La 8 Palencia decidió que el mejor homenaje que se le podía realizar era presentarlo en forma de premier en Aguilar de Campoo, antes de su emisión para todo el público (que tendrá lugar los días 23 y 30 en dos capítulos). José Ángel Gutiérrez, conocedor de estas intenciones, se prestó a colaborar realizando las gestiones para poder contar con diversos protagonistas contemporáneos de Alberto Fernández para recoger sus impresiones.

Así, fueron pasando por las cámaras de La 8 Palencia su hijo Alberto Fernández Sainz, su hermano Jesús Fernández Blanco, su familia materna y amigos de Cuena, el director del GP Cervera (que ganó en su primera edición), Jesús González, el director de la Escuela CC Aguilarense y amigo, Susi Fernández, sus excompañeros de equipo Nano Sobradillo, Eduardo Chozas, José Luis López Cerrón, Álvaro Pino, Ángel Camarillo, Faustino Cueli, sus rivales, pero amigos, Peio Ruiz Cabestany y Alfonso Gutiérrez, su exdirector deportivo, Javier Mínguez, los exciclistas aguilarenses Marcos Rojo y Ángel de Julián el que fuera su gerente en el Teka, Santiago Revuelta y el periodista Javier Ares.

Recopilando imágenes de aquella época (la mayor parte de ellas en el archivo del propio club) se completó este reportaje de cerca de dos horas de duración, cuyo nombre tiene un sentido. Cuarenta años, por los años que han pasado desde su trágica muerte y seis segundos, por ser la diferencia entre Caritoux y El galleta en aquella Vuelta a España de 1984.

Pero, con buen criterio, José Ángel Gutiérrez entendía que había que rodear a la emisión de este documental de actos paralelos para conmemorar esta fecha y el club aguilarense se puso manos a la obra. de Alberto Fernández en la Biblioteca Pública, la mayor parte de ellos que obran en poder de su hijo y que están depositados en una especie de museo familiar en Barros (Cantabria) donde reside. Incluso se pudo ver uno de los coches de director deportivo del Teka (equipo en el que militó tres temporadas) cedido para la ocasión por el Museo de ciclismo de Santiago Revuelta.

El anhelo del CC Aguilarense es que en la Villa se cree con el tiempo un museo dedicado a El Galleta.

El siguiente paso fue invitar a personalidades del ciclismo y deporte español. Así estuvieron ayer en Aguilar hasta 39. Los campeones del mundo y olímpicos: José Iván Gutiérrez, Abraham Olano, Dori Ruano, Óscar Freire, Roberto Alcaide; varios de los protagonistas del documental: Álvaro Pino, Javier Mínguez, Nano Sobradillo, Peio Ruiz Cabestany; el director general de la ronda española, Javier Guillén y el exdirector del GD Once, Manolo Sainz. Y dos ciclistas contemporáneos de El Galleta, Marino Lejarreta (compañero y rival) y Eric Caritoux, que tuvo el gran detalle de viajar desde Francia.

El periodista José María García, amigo de Alberto e impulsor de la Vuelta a España con Antena 3 Radio, finalmente no pudo estar en Aguilar.

Tanta expectación generaron estos actos, que se tuvo que hacer dos pases del documental en el Cine Amor. Uno, para el público en general y por la tarde, con la presencia de los invitados. Tras su emisión, se realizó en el propio Espacio Cultural Cine Amor una charla-coloquio presentada por los exciclistas profesionales Luis Pasamontes y Eloy Santa Marta. Antes de ello, una actuación musical a cargo del pianista aguilarense Óscar Pascasio. A la entrada, se les entregó a los invitados el suplemento especial gratuito de 24 páginas que publicó Diario Palentino con un repaso detallado de la carrera ciclista de El galleta.

Tras estos actos se celebró la cena-gala el Hotel Valentín, con las plazas ya ocupadas desde muchos días antes.

Un francés, Èric Caritoux le arrebató la Vuelta a España por seis segundos, la distancia más pequeña de la historia en una de las 'grandes'. Y otro, la vida, cuando su coche invadió el carril contrario y chocó frontalmente con el vehículo donde viajaban Alberto Fernández (Cuena, 1955- Pardilla, 1984) y su mujer, Inmaculada Sainz. Entre un momento y el otro apenas habían pasado siete meses.

Hoy se cumplen cuarenta años desde que 'El galleta' se marchó de repente. Tenía 29 años y varias guerras ganadas, pero se fue con muchas más pendientes por vencer. Aquel 14 de diciembre de 1984 el asfalto y el destino se lo llevaron en el camino de vuelta a su casa, en Aguilar de Campoo. Venía de Madrid de recoger la Copa del Superprestigio como el mejor del año. El trofeo viajaba en el asiento trasero del coche con el matrimonio. Allí se quedó. Mudo. Como el ciclismo español.

Legado

Fernández nació en Cantabria, pero siendo muy pequeño se trasladó a la localidad vecina. Medio cántabro, medio palentino, creció rodeado de fábricas de galletas y aprendió a subirse a la bicicleta de la que nunca quiso bajarse. A la que amó y cuidó. Fue el encargado de volver a dar cuerda al reloj del ciclismo español, estancado desde Ocaña o Fuentes, y de perder el respeto a los rivales más allá de Los Pirineos.

«En aquella época no quería nadie ir al Tour, ¿para qué? Era sufrir y sufrir para nada, pero él fue quien recuperó la autoestima y la confianza», recuerda Alfonso Gutiérrez, el sprinter de Lantueno a quien apadrinó 'El Galleta' desde que dio el saltó al profesionalismo. «Fue mi maestro; me enseñó el oficio. Primero, Linares, como director, y luego él; nos llevaba a los jóvenes a entrenar, nos cuidaba... Era un fenómeno», añora Gutiérrez.

«En aquella época nadie quería ir a correr a Francia. Había miedo.

«No era un súperclase, pero tenía una clase superior. Era constante y se cuidaba mucho.

«Era un ejemplo para los jóvenes. Les cuidaba y les enseñaba. Dos años antes de que aquel coche se cruzase en su camino, en 1982, Fernández acabó décimo en el Tour de Francia y al año siguiente fue tercero en la Vuelta y en el Giro de Italia.

«Era el referente en las grandes. Revitalizó la forma de afrontarlas y ayudó a prestar atención a lo que hacían los españoles fuera de España», explica Pedro Delgado, 'Perico', ganador del Tour de Francia cuatro años después, en 1988, y heredero de aquel impulso que capitaneó el de Cuena.

Han pasado cuarenta años y aún arranca suspiros cuando se habla de él. Todos los 14 de diciembre hay quien se muerde el labio por la pérdida de un ciclista sencillo, pero pionero y referente.

«No era un súper clase, pero tenía una clase superior. Siempre en primera línea. Un profesional como ninguno, con una constancia sin igual», añade Marino Lejarreta. El Junco de Bérriz compartió guerras desde pequeñajos. Perico y Marino recogieron ese estandarte la década siguiente a la desaparición de Fernández.

Los tres se conocían de juveniles y amateurs. Eran rivales. Amigos. Jugaron juntos a ser ciclistas y les salió bien. «Corría mucho en País Vasco y nos teníamos a veces que aliar para ganar a los que tenían mejor equipo que nosotros.

La mayoría de edad les cogió dando pedales. Eran el futuro de un ciclismo que sacaba la cabeza más allá de las fronteras. «Se nos quitaban las ganas de hablar al pasar el peaje de Irún. Todos callados», admite Gutiérrez.

«Eran los años en los que los titulares eran del tipo: 'Los españoles, lo previsto, ni se les ha visto'», recuerda Perico, con cierta nostalgia y resignación. Sin embargo, Fernández se empeñó en llevar la contraria. Su personalidad, dedicación y carácter le proporcionaron un carisma que traspasó su propia condición de ciclista. Aglutinó los cariños de los aficionados y de los medios de comunicación. Se convirtió en el aspirante a todo.

«Se puede decir que fue quien encendió la vela, quien demostró que no éramos unos matados y cambió un poco el concepto que luego ya seguimos nosotros», añade Delgado, que si bien el segoviano en el 82 acababa de dejar aparcado el traje de la mili para subirse a la bicicleta, en el 83 ya ganó etapas en el Tour. «Pasamos de que dijeran 'pero dónde van estos, a ser protagonistas'».

Ese año sufrieron juntos en aquella Vuelta «que ganó Hinault como quiso», recuerda Lejarreta, que compartió podio en La Castellana con el 'Caimán' y con Fernández. Los tres en los más alto. Hinault, uno de los más grandes, y los dos españoles. España se preparaba.

Todavía quedaba que rumiar. La Francia de Platini le ganaba la Eurocopa a la de Arconada en el Parque de Los Príncipes, pero ya se intuía el aliento de los españoles en la carretera. La distancia se iba reduciendo.

«En aquella época era impensable que un patrocinador español permitiera que los ciclistas se fueran a correr el Tour y dejarán el calendario español», argumenta Perico. «Lo que hizo Eddy Merckx en 1973 de venir a correr la vuelta y dejar el Tour, eso no lo hacía un español», insiste. Eran otros tiempos. Correr en Francia era cosa de 'Matahombres', como decían los diarios galos.

Fernández fue uno de los precursores de que todo eso ocurriera. Empujó la historia. Derribó la puerta y todo a base de humildad y cercanía. Un genio de andar por casa. El de Cuena era un líder silencioso, que atraía sin quererlo. «Era como un hermano mayor;siempre pendiente de los jóvenes. En mi primer año en profesionales iba siempre mirando dónde iba en el pelotón. Organizaba partidos de fútbol en invierno, marchas a la montaña... Hacía grupo», señala su 'ahijado' ciclista.

Aquel 1984, Gutiérrez había sido el español con más victorias del año. Ya no eran compañeros, porque Fernández había cambiado los lunares del Teka por el azul del Zor, de Javier Mínguez, pero, sin embargo, los inviernos eran iguales. Corriendo con aquellas piernas fuertes, pero torpes con la pelota, por la playa mataban las mañanas en los meses en los que soñaban con mojarles la oreja a los franceses. En familia.

La del Teka fue la primera como profesional. Con el patrón dispuesto a seguirle la corriente al 'Galleta'. «Era muy metódico, efectivo y siempre preocupado de entrenar bien y de ganar», indica Santiago Revuelta, director y mandamás de aquel equipo cántabro que se atrevió a cruzar al otro lado y correr el Tour «cuando no sabíamos ni dónde estábamos pinados. Pero Alberto venía a mi casa y me contaba sus deseos. Yo le decía: 'Lo piensas todo'. Quería ir a allí. Estaba convencido de que podía estar con los mejores», añade Revuelta, quien ha prestado al CC Aguilerénse un coche original del Teka de su Museo del Ciclismo para el homenaje que hoy recibirá Fernández en Aguilar de Campoo.

Por las manos de Revuelta pasaron los mejores ciclistas españoles -y no españoles- en el pionero equipo que regentó con mano firme e innovadora. «Por ahí tengo el recibo de lo que tuvimos que pagar para ir a correr el primer Tour», explica. Teka fue uno de los que abrió la lata que luego, con permiso de Orbea MG y otros tantos, asumió Reynolds como buque insignia en el ciclismo internacional.

Fernández era un convencido y su tenacidad le dada un plus. De los que no se rinden aún perdiendo. Siempre dispuesto a todo. Esa era su filosofía. «Una vez cenando en mi casa su hijo pequeño se cayó de la silla y fuimos rápido a verle, pero me dijo; 'Déjale, déjale, que se levante solo'», recuerda con una expresión aún de sorpresa cuarenta años después. «Ya verás cómo puede», decía.

Aquel pequeño era Albertín, el hijo de Alberto y Macu, a quien también se le pasó el tiempo a pedales -fue profesional con el Karpin- y quien no pudo conocer a sus padres. No le dio tiempo. Aquella noche se cruzó demasiado rápido. «Aún recuerdo los gritos de mi mujer cuando nos enteramos de la noticia. Fue una pérdida irreparable».

El patrón del Teka corrobora esa actitud generosa y paternalista del Galleta con los chavales. «Venían a decirme: 'Qué bien me pusiste en la habitación con Alberto en aquella carrera'».

Ese invierno fue más frío que ninguno. Fernández dejó ojiplático al país. Un ciclista humilde y sencillo que sin ganar todavía ya despertaba admiración. «En Francia ya le querían mucho.

A Perico le cogió la noticia en su casa. La noche anterior habían cenado juntos. A Alfonso, en la mili. Aún se emociona al recordarlo. A Lejarreta, entrenando «por ahí perdido» y se paró de repente. A España le pilló frotándose las manos con lo que pensaba disfrutar con todos ellos. Lo hizo, pero sin Alberto Fernández.

Aquel viernes 14 de diciembre de 1984 Alberto Fernández regresaba con su esposa por carretera de Madrid a Santander, donde residía, y en el asiento trasero del coche portaba el Superprestigio Unipublic, trofeo que había recogido el día anterior y que le distinguía como mejor ciclista español de la temporada. A sus casi 30 años -los iba a cumplir el 15 de enero-, y en los seis que estuvo en el profesionalismo, Fernández fue en permanente progresión, hasta el punto de que se consideraba que en 1985 tenía muchos boletos para conseguir por fin esa gran vuelta que se le resistía -décimo en el Tour’82; impresionante su doble podio en 1983: tercero en la Vuelta y en el Giro; y no menos importante el segundo puesto en la Vuelta’84-.

Todo corazón, amor propio e inteligencia dentro y fuera del pelotón.

“Lo recuerdo en las Vueltas del 83 y 84. No eran años sencillos para el ciclismo español, que vivía de los recuerdos de los últimos grandes, como Luis Ocaña.

“Se juntó todo un poco, porque a ellos se les unió el debut de la televisión. La gente quería gente nueva, que se desvinculara de la imagen triste del ciclismo español a inicios de los ochenta.

“Posiblemente tengan algunas similitudes. Veníamos de la decadencia de los clásicos, hoy Purito se nos ha retirado, Valverde ha extendido mucho su carrera, pero creo que siempre surge alguien. Veo más crisis a nivel de equipos y que los chavales que destacan deben irse al extranjero.

“Yo he sido “ciclista de chapas”, claro que sí, y de cronos y recortes.

Alberto Fernández era sensacional, se dice pronto, pero lo era. Aunque fuera pequeño en las contrarrelojes se medía con los mejores, porque lo daba todo, nadie transmitía esa sensación de sacrificio como él.

El 14 de diciembre de 1984, Alberto Fernández y su mujer Macu fallecían cerca del termino municipal de Aranda de Duero cuando volvían a Aguilar de Campoo, su ciudad de residencia, después de haber recogido en Madrid el premio "Super Prestigio" concedido al mejor ciclista del año. Dejaban un hijo de 4 años, Alberto, que perdía a sus padres en aquel trágico accidente. Sus abuelos maternos lo acogieron y criaron. Ellos fueron desde entonces su mamá y su papá.

Alberto Fernández repetía una y otra vez que quería ganar una gran vuelta como premio a su gran trabajo dentro del mundo del ciclismo. Fue tercero en el 83, pero una sanción por dopaje supuso su descalificación y la tuvo cerca en el 84, pero la perdió por un error en la 7ª etapa. Y aunque luego intentó remontar la diferencia con el francés Eric Caritoux, incluso hasta la última etapa en Madrid, la acabó perdiendo por seis segundos. ¡Seis segundos!

Es la historia de Alberto Fernández, luchador, batallador, buen contrarrelojista, disciplinado, fuerte y duro con sus rivales, siempre en los puestos de cabeza, pero al final sin conseguir aquella gran vuelta, que debió ser en el 84, cuando fue elegido "ciclista del año" pero la muerte cortó de raíz su camino.

La Vuelta a España decidió nombrar "Cima Alberto Fernández", el pico más alto de cada una de las ediciones de la Vuelta a España.

El club ciclista Aguilarense, que también está presente en este Vintage, celebra cada año una gala de honor, Memorial a Alberto Fernández, en la que organizan charlas, mesas redondas y marchas con ciclistas profesionales de hoy y de siempre.

Fuimos a Barros en Cantabría y estuvimos con Alberto Fernández hijo y con los abuelos maternos que le acogieron y le ayudaron a crecer. Nos habló Alberto y con él recordamos la imagen más impactante quizá de este doble Vintage: Alberto Fernández se viste de amarillo en Logroño en la Vuelta del 83 y sube a hombros a un niño de 3 años. Ese es el joven Alberto, que luego fue ciclista con Álvaro Pino y que NUNCA había visto ese video. Os podéis imaginar su emoción.

Hemos intentado expresar dolor y reconocimiento por este trágico accidente que ha convertido a Alberto Fernández en una leyenda eterna 35 años después.

A sus casi 30 años -los iba a cumplir el 15 de enero-, y en los seis que estuvo en el profesionalismo, Fernández fue en permanente progresión, hasta el punto de que se consideraba que en 1985 tenía muchos boletos para conseguir por fin esa gran vuelta que se le resistía -décimo en el Tour’82; impresionante su doble podio en 1983: tercero en la Vuelta y en el Giro; y no menos importante el segundo puesto en la Vuelta’84-.

Un francés, Eric Caritoux, le quitó la Vuelta a España de ese año por la menor diferencia en la historia de las tres grandes (seis segundos) y otro le quitó la vida en un adelantamiento indebido en la N-I.

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