El Fin de la Crónica Roja: Un Análisis desde Adentro

Me dijeron que el periodismo policial estaba muerto y partí a preguntarle a Carabineros. Pero no tenían idea. Los ratis dijeron que no era asunto suyo. No quise preguntarles a los fiscales para que no se enredaran más las cosas. Por eso preferí buscar a los deudos. A fuentes cercanas a la víctima, si las hay: reporteros, fotógrafos, abogados. Gente que conocí en esos barrios hace algunos años. Les sé el apellido pero todos -menos yo, lamentablemente- quedamos claros que en este texto no iba a haber nadie identificado. Fue por inercia pero porque además me propuse escribirlo a la antigua.

Bueno, tiempos que para ser honesto no eran tan buenos, tampoco. Eran más bien precarios: nos mandaban a recorrer Santiago toda la mañana, sin otro plan que seguir lo que iba pasando. Salíamos con un equipo básico de supervivencia periodística: un celular y una radio que interceptaba las frecuencias de Carabineros y bomberos, y que escuchábamos todo el día. Los locutores hablaban en claves y nosotros las teníamos memorizadas. Así sabíamos lo que estaba ocurriendo en toda la ciudad. Choques, asaltos, robos, muertos, locos sueltos en la calle, incendios. Nos la pasábamos en eso. No éramos buena compañía. Lo menos que nos decían era rapiña, aunque alguna vez alguien varió y nos trató -en el funeral de un viejo mafioso- de “alimañas polvorientas que merodean por los rincones”. Que llegáramos a un lugar era mala señal: un drama. Así se nos pasaba el día. Entre dramas ajenos y matando el tiempo contándonos historias. Ahí no había nadie que hubiera dicho “esto es lo que quiero hacer con mi vida”. Todos íbamos llegando por descarte.

Frente policial le llamaban a eso en los diarios y nosotros también, a veces. Ahora me preguntan si eso se murió, si se acabó la crónica roja. No, pienso. Qué se va a haber terminado esa maldad. “Ustedes la mataron”, acusa un abogado en un café de Sanhattan, el barrio de oficinas más exclusivo de Santiago. Los periodistas que aguardan son todos deportivos. Están en la misma posición que la que teníamos nosotros cuando nos parábamos fuera de los cuarteles. Aunque eso ocurría hace años, asumo que sigue igual. Le llaman tensa espera, pero no es cierto porque todos conversan y se cuentan chistes. Ríen. Lo único tenso es que se acerca la hora del cierre. Nosotros hacíamos lo mismo, pero en la puerta de las comisarías. La diferencia era que nuestra espera terminaba cuando salía alguien corriendo, esposado o con la cabeza tapada con una chaqueta. Buenos días, señor cara de chaqueta.

No se detenía a contarnos con calma lo que le había pasado adentro. Ya lo sabíamos. O casi, porque la mejor parte de la historia no la contaban los policías. Pero así y todo el sistema funcionaba: la policía citaba a la prensa para mostrar a un preso y ahí estábamos. Si alguien llegaba atrasado, se le esperaba. O se metía a los presos al calabozo de nuevo y se volvía a hacer la ronda. En alguna ocasión los presos entraron y salieron tres veces. Pasaba sobre todo los fines de semana. La idea era que pareciera algo casual, porque era ilegal: la ley no deja a los agentes hablar de investigaciones en curso, de modo que las cosas se reemplazan por un telefonazo y una pauta al paso, casi para que pareciera un acierto periodístico.

Preguntas Implacables y la Condena Mediática

¿Qué se le pregunta a alguien acusado de homicidio? En una oración y a la rápida. Tiene que ser algo corto e implacable. Por eso las preguntas después suenan tan tontas. “¿Eres inocente?”, “¿Qué piensas de…?”. Obvio que Ema Pinto no respondió, porque esa pregunta no espera respuesta; descarta completamente una defensa. Hiciste algo, ya estás condenada, Ema. Si me preguntaran por qué lo hicieron, por qué mataron al periodismo policial, no sé qué podría contestar.

Los abogados son actores esenciales en este género. Los textos no se escriben solamente con lo que dan los policías: los abogados, que se pasean entre jueces, fi ales y cárceles, aportan lo suyo. Generalmente es la carne de la historia. Algunos los comparan con ventrílocuos, porque hablan y dicen las cosas de corrido, mejor que policías, delincuentes, jueces y fi ales. Los mejores son los que terminan explicándoles a sus clientes cómo fueron sus vidas y por qué se metieron en el problema que los tiene presos o casi presos. Para escribir esto, recurrí a varios de ellos. Los criminalistas son todos lectores. No hay ninguno que no recorriera desde niño las páginas rojas con interés. Ahora que los diarios prefi eren hacerle espacio a las tendencias, suelen aburrirse. Son buenos testigos a la hora de decir quién mató a quién. La mayoría, como los reporteros, quisiera escribir. Solo algunos lo hacen.

El alemán Ferdinand von Schirach es de esos. Acaba de llegar a Chile su primer libro, un monstruo que se llama Crímenes y que me cayó recomendado por un abogado penalista, que a su vez recibió la sugerencia de una periodista judicial. Literatura de pasillo de la Corte de Apelaciones. Pero contundente. Dice Von Schirach en el prólogo: “Yo cuento las historias de asesinos, trafi antes de drogas, atracadores de bancos y prostitutas. Todos tienen su historia y no son muy distintos de nosotros. Nos pasamos la vida danzando sobre una fi capa de hielo; debajo hace frío, y nos espera una muerte rápida. El hielo no soporta el peso de algunas personas, que se hunden. Lo de Von Schirach es útil porque esas historias eran las que componían la vieja crónica policial. Asesinos, traficantes, asaltantes y prostitutas. El reparto lo completaban policías, jueces y periodistas. Y el crimen, en ese tiempo, no era sino una suma de errores. Las páginas policiales daban cuenta de ellos: el que dobló mal y provocó un choque; el que decidió asaltar un banco; el celoso que no pudo más; la estufa encendida y los niños encerrados en invierno.

El Crimen Moderno y la Simplificación de la Prensa

Pero el error fue reemplazado por la enfermedad. -La crónica roja murió porque el crimen cambió. Hoy todo es narcotráfico, pero al narcotráfico le cuesta tener un relato todavía. No tiene héroes y te puedes encontrar con la atrocidad, con un niño metido en un microondas, pero explicable por la droga. Es un mundo simple. Los diarios se pusieron simples. Pero no es que antes fueran especialmente complejos. Si uno revisa la prensa del fin de semana, apenas se encuentra con reseñas de los sucesos policiales. En las peores versiones, los periodistas deciden hablar de “sujetos”: un sujeto muere al caer de un edificio; otros sujetos roban un cajero automático. Sujetos más, sujetos menos, el corte es el mismo: ya no hay historias. Los diarios no apuestan por ellas. Incluso pareciera que les hacen el quite. Si hace veinte años la existencia de un par de páginas policiales obligaba a tener todos los días notas de sucesos y a rellenar con lo que hubiera -incluyendo el robo de balones de gas o los “partos asistidos por Carabineros” -, hoy solo una hecatombe puede exigir espacio, fotos, infografías y hasta editoriales.

-En dictadura había crónica roja, en democracia es cuando muere porque la prensa pasó a ser un buen negocio. En algún lugar de la costa central, un periodista policial (r) se toma algo. Puede ser una cerveza o un café. ¿Qué se le pregunta a alguien acusado de homicidio? En una oración y a la rápida. Por eso las preguntas después suenan tan tontas. “¿Eres inocente?”, “¿Qué piensas de…?”. Pero eso es mito. -Un día empezamos a ver cifras. Teníamos que dedicarnos a meter cifras, políticos; políticas públicas. Las encuestas de victimización. Es frío el mundo así, no tiene historia. La gente leía esto porque tenía alma. Empezando el siglo XXI, las secciones rojas de los dos diarios principales pasaron a llamarse Seguridad Ciudadana. El cambio a Seguridad Ciudadana implicó que el foco se trasladara a las políticas públicas. Con su maña, porque lo que la transformación escondía era que la seguridad se había transformado en una bandera política.

A partir de la elección de 1999 la derecha opositora sistematizó sus críticas al manejo concertacionista de la delincuencia y básicamente le empezó a dar como caja al asunto. Hubo políticos que hicieron carrera con el asunto. Alberto Espina, por ejemplo, fundó una Fiscalía Antidelincuencia -o algo así- y se dedicó a hacer sus propias estadísticas de victimización, aparte de denunciar puntos de venta de drogas y armas. Guido Girardi, por el lado progresista, alguna vez llegó a proponer que las familias de los infractores de la ley perdieran subsidios estatales. Desde el gobierno, las administraciones de Lagos y Bachelet respondieron con políticas cada vez más duras.

La Clandestinidad y el Rol de los Detectives

La prohibición, como todas, hacía las cosas más interesantes, sobre todo con los detectives, esos personajes que caminan con un pie metido en las reglas y el otro más allá de la razón. Cafés en lugares innombrables y conversaciones a la rápida en bombas de bencina le daban color a la vida. Esa clandestinidad necesaria en un buen cuento y que nos salvaba de los lugares comunes cuando teníamos que escribir algo, siempre contra el tiempo, ese gran amigo de los clichés. El periodista policial en retiro dice que eso le quitó vida a lo que se escribía. No solo eso. La campaña sostenida llenó las cárceles de presos.

-Acá uno ve lo que estamos haciendo -me dijo alguna vez, notoriamente decepcionado, un juez de garantías desde una de las oficinas del muy impecable complejo de justicia de Pedro Montt. Desde sus ventanales se ve el patio de la ex Penitenciaría de Santiago y algo de Santiago 1. Algo parecido me dijo un periodista judicial antiguo: que la tranquilidad de los juzgados de antes se reemplazó por un edificio en que todo pasa a la velocidad del rayo y en que no hay mucho tiempo para seguir historias. Es, explicó, como querer estar pendiente de las cajas de un supermercado. No es nostalgia. El periodista policial antiguo lo que hacía era el ejercicio mínimo de la prensa: contar algo. No había, en la mala prensa de los noventa, otro lugar para hacerlo.

Se investigaba. Los reportajes de asesinatos, torturas y enjuagues cometidos en dictadura eran los hermanos mayores de este otro, que se hacía a diario y con las urgencias y pequeñeces del día a día. La crónica policial se hacía con la huella que dejaban seres humanos. Al que se le olvidaba eso alguna vez, se convertía en un funcionario, insensible al desfile de enfermos, malvados, errados, corruptos y desesperados que todos los días le tocaba conocer. Gente en problemas. Generalmente, pobres.

La nostalgia tiene su qué. No había, como en otros frentes, alguien que explicara qué había pasado detrás de una mesa en una linda conferencia de prensa. No. Si había un muerto en la calle, estaba ahí. Y era cosa de ponerse a preguntarles a los vecinos para saber la historia que tenía el fallecido -Monte Seis, en la clave de los pacos- o, si había suerte, meterse en su casa y conocer cómo vivía. El simple cuento de ver que pasó algo y reconstruir eso que ocurrió sin quedarse a esperar el comunicado de prensa. Un mundo sin Extend Comunicaciones es siempre más entretenido para reportear.

-Nos ensuciábamos los zapatos en los sitios eriazos. Recuerdo las cosas que hacía: caminar dos kilómetros por la pampa en Alto Hospicio para ubicar la boca de la mina en que Julio Pérez echaba a las niñas muertas. Ahora no sé si esas cosas se hacen. Los reporteros policiales de los noventa siempre viven con nostalgia. A veces parecen esos replicantes desesperados por todos los recuerdos que se perderá la posteridad cuando mueran. Es parte de la demagogia inherente al recuerdo, creo. Pensar que todo tiempo pasado fue mejor siempre es un error. Son tiempos distintos, y una de las diferencias que había era que, existiendo algo más de desorden, el periodista podía ser inquieto o rebelde. No hay como un tozudo que te trae noticias. Y eso los transformaba en actores.

Yo, modestamente, siguiendo una cabeza aparecida en un canal de Huechuraba terminé investigando la corrupción de la Corte de Apelaciones. En un mundo así de enredado, dedicarse a algo era posible. El reportero era un actor, pero de esos que aparecen nada más en el filo de la historia, para agregarle algún dato que la hace coherente. Poder ver las cosas sin que nadie se las contara era un lujo, desaprovechado la mayor parte del tiempo. Pero mirar la pieza de una víctima y estar obligado a decir algo de ella era un ejercicio mayúsculo. O hablar con los vecinos, esas señoras siempre pendientes del resto y que se sorprenden de la vida del victimario, que siempre es un señor que saludaba todas las mañanas y que uno nunca se hubiera esperado. También se relacionaba uno con el poder. Era que no. Y eso tal vez es lo que terminó por pudrirlo todo.

La Relación con el Poder y la Prohibición de Informar

Durante años la relación fue tranquila. En este sector, una fuente oficial no podía hablarte; si lo hacía no solo se exponía a la ira de sus jefes: cometía un delito, expresamente tipificado en el código de procedimiento penal. El famoso 74 bis b que los jueces echaban encima de sus policías cuando una historia se les iba de las manos. La prohibición, como todas, hacía las cosas más interesantes, sobre todo con los detectives, esos personajes que caminan con un pie metido en las reglas y el otro más allá de la razón. Cafés en lugares innombrables y conversaciones a la rápida en bombas de bencina le daban color a la vida. -Era un mundo. Meterse a la fila de la cárcel para entrar a una visita y contar eso después. Había curiosidad. ¿Cuándo se murió eso? Vaya uno a saber.

Un amigo tiene una idea: la mañana en que Felipe Harboe y los carabineros de Estación Central citaron a la prensa para mostrarles lo que habían incautado en un allanamiento en la Usach, poco antes de una fecha de protestas. Puede haber sido antes del Día del Joven Combatiente o para el más tradicional 11 de Septiembre. Sobre los mesones había machetes y la explicación oficial era que los estudiantes se preparaban para realizar una protesta con ellos. Nadie, dice mi amigo, tuvo la lucidez para preguntar si eso era cierto. O para reírse, porque eso más parecía enfrentamiento entre zulús y miembros del CNA en Sudáfrica. La prensa se tragó el anzuelo. Y el machete. Esa mañana a nadie se le ocurrió decir un pero. Pero hay que ser justos con Harboe. Él no les mató la curiosidad a los periodistas del frente policial.

-Cuando Nelson Mery mandó colocar en una placa de bronce el nuevo lema de la Policía de Investigaciones de Chile, nadie dijo nada. ¿Y quédecía el lema? “Investigamos para detener, no detenemos para investigar”. Nada. Claro. Tampoco nadie se sorprendió. No era tampoco el paraíso. El periodismo policial tenía un hermano loco, exagerado. La vergüenza amable de toda familia. Pero salvaje. Era homófobo, xenófobo, machista. Era salvaje. Desde chico recuerdo un titular de La Cuarta, cuando el diario ya estaba partiendo y cumplía su parte como legado de Clarín. Decía: “Monstruo violó a sus cuatro hijas”. Y el epígrafe: “Se salvó el gato porque era de yeso”. O el clásico “Lo mató porque le comió la color”. Ese cuidado con la mirada empezaba reporteando. Las víctimas pas...

Desesperada búsqueda de Fernando: salió de su trabajo y desapareció

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